LAS 1001 NOVIAS ( Trilogía)
En lo que parece una reflexión casual soltada en plena película, Fernando Merinero, director, demiurgo y protagonista absoluto de esta segunda entrega de su trilogía lúdico-metalingüística-confesional Las 1.001 novias, afirma que una novia sin una cámara no le serviría de nada. Ahí, un eco lejano de esa poética de la Nouvelle Vague que consideraba el cine como prolongación de la vida cae en el territorio desamparado de esa imagen digital de la precariedad que, de nuevo, permite difuminar las fronteras entre representación y experiencia. Alumbrar prolonga el discurso de Capturar, película en la que Merinero convertía al espectador en cómplice –y, finalmente, víctima- de sus artimañas para convencer a algunas de sus antiguas amantes / actrices / musas de que le acompañaran, simulando una relación inexistente, en su viaje de reencuentro con Magaly Santana, actriz de su ópera prima Los hijos del viento (1995), cuyas derivas vitales incluyen, al parecer, un episodio penitencia...