El problema final
El problema final : el cadáver de la literatura El atractivo de El problema final procede de una fórmula que no necesita presentación: un espacio cerrado, un grupo de personajes entre los que cualquiera puede ocultar una mentira y un crimen que convierte cada conversación en una posible pieza del rompecabezas. La miniserie recupera con claridad ese placer del misterio clásico y lo hace desde una estética deliberadamente reconocible. Hay algo de Agatha Christie en el planteamiento, en la elegancia del escenario y en la manera de convertir la convivencia forzosa en un campo de sospechas. El problema no está en utilizar esa tradición, sino en lo poco que la serie parece dispuesta a hacer con ella. La producción avanza con oficio, pero también con una prudencia que termina siendo su principal limitación. Apenas hay voluntad de alterar las convenciones del género o de buscar una personalidad visual que dialogue con ellas. Los personajes entran en escena cargados de secretos, las conv...