Las largas sombras

 

La impostura del reencuentro y 

los claroscuros del 'noir' de provincias


El auge del
noir periférico en la ficción seriada española ha encontrado un nuevo territorio fetiche en el paisaje industrial del Medio Vinalopó. Con el estreno de Las largas sombras, la realizadora Clara Roquet asume la compleja tarea de trasladar a la pantalla la exitosa novela homónima de la eldense Elia Barceló. El proyecto, amparado por el músculo financiero de Disney+, se presentaba como una ambiciosa deconstrucción del thriller dramático en clave femenina. Sin embargo, tras su elegante factura visual y un reparto de indiscutible magnetismo, la producción se debate constantemente entre la hondura del drama psicológico y los peajes comerciales de un género que empieza a mostrar síntomas de agotamiento por saturación.

La premisa de la serie activa un mecanismo narrativo de sobra conocido: el pasado como un territorio hostil que se niega a permanecer sepultado. El detonante es el hallazgo en Mallorca de los restos de Mati, una adolescente desaparecida en 1998 durante un viaje de fin de curso. Veinticinco años después, el descubrimiento sacude los cimientos de un grupo de antiguas alumnas del colegio de las Dominicas de Elda. La estructura del relato se fragmenta entonces en dos líneas temporales para radiografiar la culpa colectiva de un grupo de mujeres —interpretadas en su madurez por Elena Anaya, Belén Cuesta, Irene Escolar y Marta Etura, entre otras— cuyas vidas adultas se sostienen sobre una impostura compartida.

El principal acierto de Roquet radica en su renuncia a la postal urbana homogénea y metropolitana. Al trasladar la acción a Elda, la serie respira una atmósfera claustrofóbica muy particular. El paisaje físico de la ciudad, encajonado entre montañas calcáreas y marcado por la herencia arquitectónica de su esplendor zapatero, opera como un correlato perfecto del estado anímico de las protagonistas. Hay un acierto innegable en la integración del tejido cultural eldense: la inclusión de las marchas festeras de los Moros y Cristianos o los acordes de la AMCE Santa Cecilia no se perciben como un burdo adorno folclórico, sino como el retrato de una comunidad que utiliza el ruido de la fiesta para acallar sus propios fantasmas domésticos. La iconografía local se convierte aquí en un mecanismo de ocultación.


No obstante, es en el equilibrio entre el costumbrismo analítico y las exigencias del thriller policíaco donde la propuesta empieza a agrietarse. La sutileza que Clara Roquet demostró en su celebrado debut cinematográfico (Libertad, 2021) para retratar las violencias invisibles de la clase y el género, se diluye a veces bajo el peso de las convenciones de la plataforma. La trama policial, encabezada por la inspectora que interpreta Ana Torrent, avanza a golpe de giros de guion un tanto mecánicos y revelaciones convenientemente dosificadas que restan verosimilitud al conjunto. El misterio en torno a quién mató a Mati termina devorando lo que inicialmente era más interesante: el estudio psicológico de cómo el trauma juvenil moldea la mediocridad o el éxito de la vida adulta.

El guion también tropieza al retratar la España de finales de los noventa. Mientras que la novela de Elia Barceló tejía con precisión quirúrgica la atmósfera de aquella juventud que estrenaba el cambio de milenio bajo la promesa de una modernidad idílica, la serie cae ocasionalmente en el fetiche nostálgico facilón. Los saltos temporales adolecen de un contraste dramático más severo; las actrices jóvenes realizan un trabajo encomiable, pero la desconexión entre sus interpretaciones y las réplicas adultas resiente la fluidez de la catarsis emocional.

Donde la serie recupera su pulso crítico es en su dimensión de género.
Las largas sombras puede leerse como una enmienda a la totalidad al mito de la sororidad incondicional. Lejos de idealizar los lazos afectivos entre mujeres, la narrativa explora las aristas de la envidia, la cobardía de clase y la complicidad silenciosa. Estas mujeres se protegen, sí, pero lo hacen por instinto de supervivencia individual y miedo al descrédito social en una ciudad de provincias donde el juicio ajeno sigue siendo una soga invisible. El personaje de Elena Anaya, una exitosa directora de orquesta que regresa al hogar con una armadura de sofisticación cosmopolita, ejemplifica de manera brillante ese abismo insalvable entre el origen humilde y la necesidad patológica de validación externa.

A pesar de sus arritmias narrativas y de un tramo final que sucumbe al efectismo melodramático, el valor de la propuesta es innegable dentro del panorama audiovisual español. Al descentralizar la mirada y apostar por el microcosmos del Vinalopó, la serie demuestra que las historias sobre el peso del remordimiento adquieren una textura mucho más áspera y rica cuando se alejan de la M-30. Las largas sombras no logra alcanzar la excelencia de los grandes referentes del nordic noir, pero se consolida como un ejercicio de estilo digno, un vehículo de lucimiento para un elenco femenino en estado de gracia y un testimonio incómodo de que, por mucho que avancemos, siempre seremos los rehenes de los secretos que guardamos a los diecisiete años.
(C)Lector impertinente

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