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La adopción.

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Mi hija me comunicó con delicadeza que había adoptado a dos hermanitos. Eran gemelos y tenían cinco años. Habían sido abandonados y un trabajador de los servicios asistenciales, entristecido ante la terrible situación, lanzó la noticia a Internet. Mi hija, febril usuaria de la red, lo meditó durante veinticuatro horas y tomó la inamovible decisión  de aceptarlos en la que era su casa desde hacía pocos meses. Jamás había manifestado inclinación o instinto alguno que pudieran hacerme pensar en algo semejante. ¿Qué papel jugó la reciente independencia -y consiguiente soledad- a la hora de inclinarse por tan importante cambio en su vida? Me costaba imaginarla dedicando a los pequeños sus días y gran parte de sus noches. Hipotecando vacaciones y novios. En definitiva, un estilo de vida. Con  natural preocupación, intenté disuadirla. Argumenté que estaban ya crecidos y quizá presentaran graves problemas de adaptación. Además, la peculiar raza de los pequeños llamaría la atención. ...

La tinta perdida

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Lejos de entonar otro canto nostálgico, advierto que empieza a ser una excentricidad sacar una libreta para escribir algo más que un dato en unos tiempos donde lo físico se reemplaza por lo virtual, que además es ingrávido y requiere menos esfuerzo. Pertrechados en nuestra solitaria sala de máquinas, completamos la ilusión de estar conectados sin gastar más energía que la de un tecleo autodidacta. Desde el sexo al trabajo fijo o del ocio hasta las compras -showrooming se le llama a la nueva costumbre de ir a una tienda tan sólo a mirar modelos y precios para luego comprar on line-, la realidad cambia sus formatos y con ellos se desvanece una parte de nuestra idiosincrasia a la vez que se gesta el nuevo sesgo del presente. En las reuniones, mi cuaderno cada vez está más solo, rodeado de iPads y encantadoras pantallas en las que la gente escribe sin el susurro de la punta del bolígrafo sobre el papel. Ese sonido de mecedora, de tierno arañazo, de pulso inquieto que aguarda la pausa del...

¿22 o 13 capítulos por temporada?

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  Puede tener una vertiente meramente económica y de reducción de riesgos, de tal forma que, en el caso de juego de tronos por poner un ejemplo, una temporada de 22 episodios supondría duplicar el presupuesto, con el riesgo de que la gente se canse y la vaya dejando de lado a la mitad, sobre todo con la expansión de las tecnologías que permiten más canales de TV, tanto por internet como otros adelantos a la hora de filmar y retrasmitir que no había hace diez o quince años, para más público con más series, más formatos. En definitiva mucha más competencia. Imagínate que coinciden en algún punto las temporadas de Juego de Tronos con las de The Walking Dead, por decir las dos con más público. Con la falta de tiempo que tenemos todos (trabajo, estudios, niños, comidas, limpieza, reuniones, salidas con los amigos, ver el partido de fútbol el fin de semana en TV y otros tipos de ocio diferentes a las series) lo mismo nos tocaría tener que elegir entre ver uno o ve...

despedidas

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Se movía como por el salón de su casa. Era alto, delgado aunque fornido. Se le notaban las horas de gimnasio. Vestía muy desigual, no de esa marca, vestía en cada parte de su indumentaria un estilo distinto. Pantalón pitillo y camiseta surfera, con chaqueta de Boss, en fin, un Mix, que diría su amiga Juva, a la que, por cierto, hace tiempo le perdió la pista. Estaba, Juva, muy arrimada a los movimientos antisistema, más que nada por lo que significaban en la actual situación de la cultura, ya que ella a contestataria no le ganó nunca nadie. Bien, ese es otro tema. A lo nuestro. Esa parsimonia en el andar denotaba un control de la situación, no daba un paso sin haber previamente fijado el anterior como si de la pasarelas del Darro  se trataran las baldosas de la acera de la calle Reyes. Se dirigía a Plaza Nueva, paso previo a su destino, el Albaicín bajo y en éste la casa de Pedro. Tenía que contarle de viva voz lo que le había pasado. Estaba en su casa, leyendo con la v...

La intimidad apesta

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Hablaba de chicas bonitas, piernas largas, pechos increíbles. Admiraba las miradas tristes, encontrándolas en el lugar incorrecto, siendo un sentimental. Se refugiaba en la soledad de una habitación con ventanas, suspirando, creyendo que llegará el amor. Escribía maldiciendo a la infancia y nos miraba con indiferencia. Nunca nadie le ha conocido, porque nunca nadie se ha interesado en mirar más allá. Y bien, porque todos apestamos por dentro. Todos tenemos la intimidad guardada en las huellas del pasado, y si disparas a escupirlo todos lo olerán. Sabrán que aquel chico de sonrisa irónica y triste está con su mujer por estar, porque no pudo interaccionar con la primera chica que le habló por el facebook. Es el típico.  Es la misma historia  de siempre.                                                             ...

El silencio

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El magnetista hablaba y caminaba en círculos cuadrados. Finalmente, se detuvo frente a la ventana a ver la lluvia besar el suelo con sus mil y una bocas repletas de agua. Y dijo sin mirarla: “Los miedos que nos gobiernan se esconden en la sombra de nuestro ser. La sombra de nuestro ser siempre se escapa a la luz. Para poner luz en la sombra hay que hacerlo con poesía sin flujo, verbos sin acción, acciones sin lenguaje. La sombra que escapa a la luz tiene su propia sombra y es la música que emana de nuestro propio cuerpo. Escuche, habite su silencio, y escuche”.  La tierra rechazó el beso de la lluvia. Tash cruzó la calle empapada de verdades. El silencio es una mujer sin pentagrama que espera un músico escondido en la esquina del futuro , escribió el magnetista en su cuaderno de notas. Y la lluvia se extinguió. El magnetista

Freak Show

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Al caerse mis dientes de leche los nuevos que se formaron fueron todo muelas. Ni incisivos ni caninos ni premolares. Se configuró una dentadura descomunal de treinta y dos anchas coronas que molían y machacaban cualquier cosa. A la hora de comer me llamaban “la apisonadora” porque ni cortaba ni desgarraba, solo trituraba alimentos. Era un monstruo con sonrisa de caballo, la atracción de feria de todos y el motivo por el que llenaban su boca de improperios para provocar mi llanto. Arrinconado en una esquina e incapaz de contenerme, conseguían hacerme llorar desconsoladamente, y descubrían fascinados el verdadero espectáculo que suponía presenciar como brotaban lágrimas de gelatina de mi único ojo. Sergi Cambrils