Competencia oficial

No hay más ciego que el que no quiere ver. 

Por fortuna a la sociedad entre Gastón Duprat y Mariano Cohn -sea con o sin el segundo implicándose en 'Mi obra maestra'- no le faltan ojos para observar, reírse y radiografiar el esperpento en una hoda de mofas al mamarrachismo, la estulticia y la ostensible superficialidad que rodean a las altas esferas de la élite cultural, ya sea en la rama literaria ('El ciudadano ilustre'), en la pintura y las artes plásticas -en la ya aludida incursión en solitario de Duprat- o, como en este caso, al choque de personalidades opuestas durante los ensayos de una gran producción cinematográfica donde la borrachera de egos desfila a través de unos histriones consumidos por el hambre de notoriedad y el derroche de popularidad -la tragadera autoparódica presente en el hollywoodiense Félix Rivera es directamente proporcional a la grandeza de un, ahora sí, convenientemente sobreactuado Antonio Banderas-, en una Penélope Cruz tan divertidamente petarda como no la recordaba desde... nunca, dejándose exorcizar por (me mojaré adivinándolo) a partes iguales por Lucrecia Martel e Isabel Coixet. 

La guinda de contrapunto a tamaña feria de las vanidades la pone un Oscar Martínez cuyo Iván Torres, curtido animal de teatro, carece tanto de filtros o postureos arribistas como de humildad. Por su parte, Pilar Castro e Irene Escolar gozan de gloriosas intervenciones, sin que al menos a una de las dos le haga falta abrir la boca durante más de dos segundos -no para hablar-.

 
Con cartas así es difícil equivocarse. Y menos cuando sabes que la acidez y la incorrección política son resortes fijos en el cine de sus directores.
Tan buena como cabía imaginar para los que ya eramos adeptos a Cohn & Duprat. 

Y si no ya tardas en descubrirlos.

 
'Competencia oficial' (2022, Gastón Duprat & Mariano Cohn) regala uno de los mejores personajes para Penélope Cruz en años; asimismo es uno de los trabajos más destacables de Antonio Banderas en décadas.

(C) Antonio López
 

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