jueves, 23 de marzo de 2017

Hand of God



¿Qué sucede si un portal como Netflix se convierte en una productora de calidad de series brillantes y en una creadora de productos sensacionales? Pues que Amazon, otro de los grandes gigantes corporativos que dominan la Tierra, decide remangarse y desarrollar también series de una calidad exquisita. Conclusión, los maníacos de las series, salimos ganando.


Más le valdría a los canales de cable tradicional del tipo HBO, AMC o FX ponerse las pilas porque las plataformas están haciendo las cosas muy bien. Por su parte Netflix a la que siempre agradeceré que rescatara la serie The Killing (en breve rescatará Las chicas Gilmore) nos ha dejado atónitos con algunas de las mejores series de los últimos años: House of Cards, Orange is the new black, Marco Polo o Daredevil.
Por su parte, Amazon, el gigante de compra-venta online, contraataca con nuevas series de calidad, recientemente The Boss, y este otoño con la imprescindible Hand of God. Hoy os doy 5 razones para ver Han of God.

Hand of God es una serie que cuenta con el primer aliciente de ver al bueno de Ron Perlman (el mítico Clay Morrow de Sons of Anarchy, Hellboy) completamente desmelenado y demostrando todo el talento que tiene con cada escena. Un derroche interpretativo, impensable hace años cuando las series de televisión aún no le habían ganado la partida al cine.

¿De qué trata Hand of God?

Nos cuenta la historia del juez Harris Pernell, una especie de cacique que tiene a media ciudad bajo su influjo, al tiempo que ésta le devuelve una risa burlona llenando de dinero fácil los corruptos e infinitos bolsillos de juez. Un personaje complejo, de esos que están tan de moda: violento, grosero, mal padre y peor marido, con un montón de vicios inconfesables hasta ahora. Los chicos malos y el padre de familia antihéroe están de moda, y Perlman se adapta a un personaje que le viene como anillo al dedo, una extensión del Clay Morrow con el que disfrutamos tanto.


Un buen día, el Juez Pernell siente la llamada de Dios, de forma completamente explícita, parece que el mismísimo Dios le habla y quiere convertirlo en el brazo ejecutor y violento, de la voluntad divina, al tiempo que el juez podrá luchar contra los fantasmas que guarda en su armario y que cada poco salen a bailar con él en una danza macabra.


Su camino divino le llevará a buscar a los responsables que arruinaron la vida de su hijo, en coma desde el episodio primero. Lo que constituye el verdadero leitmotiv de la serie, y que propone los cliffhangers que nos mantienen atrapados sin poder levantarnos del sofá.


La historia la completa un componente religioso, ya que una secta de dudosas prácticas morales, capta al juez como uno de sus nuevos siervos. A la vez que éste se busca un lacayo que se ensucie las manos, un ex-convicto llamado KD. Pernell logra así dar riendas sueltas a sus fechorías más descabelladas, amparado por un Dios que le permite dormir más tranquilo por las noches.


5 razones para ver Hand of God

1. Ver completamente desatado al actor Ron Perlman, en un papel hecho completamente a su media. No en vano, es uno de los productores de la serie.
2. El equipo detrás de la cortina es para quitarse el sombrero, Ben Watkins fue el encargado de desarrollar la serie, que está dirigida y supervisada por Marc Foster, el niño prodigio que cuenta sus películas por éxitos: Monster’s Ball, Descubriendo Nunca Jamás, Quantum of Solace o Guerra Mundial Z.
3. Un reparto de lujo, que arropa de manera formidable el trabajo sobresaliente de Perlman. A destacar, su esposa interpretada por Dana Delany (Mujeres Desesperadas), Andre Royo (yo sigo viéndolo como el homeless de la serie The Wire).
4. Una puesta en escena fantástica, cuidada en cada detalle, con una fotografía y un montaje elegantes. Que confieren una narración impecable, creando una puesta en escena que te atrapa desde el primer segundo del piloto. Además efectos especiales muy cuidados, al servicio de las alucinaciones constantes del juez Pernell.
5. Una banda sonora, que crea el clima necesario para este drama con tintes de novela negra en el que además se reflexiona sobre la religión, la política, la corrupción y la ética moral de una ciudad en la que parece que siempre llueve sobre mojado.
Cris Terrer

miércoles, 22 de marzo de 2017

El coro.



No creo que haga falta ser ningún iluminado para, únicamente leyendo el título de esta película, acordarse de Los chicos del coro, de Christophe Barratier.


Bastante lejos de ser un calco de la citada película, El coro es una propuesta influenciada, principalmente, por las cintas de superación cuando se trata de destacar en un entorno desconocido. Eso no quiere decir que no guarde ciertas similitudes con la obra francesa, pues encontramos sus mejores momentos cuando más cerca se encuentra de la misma: en los momentos musicales.
Step (Garrett Wareing), un conflictivo niño de once años, acaba de perder a su madre en un accidente de tráfico.


El joven tiene un don extraordinario para la música, por lo que, gracias a la ayuda económica de un padre biológico que nunca ha querido saber nada de él, ingresa en una prestigiosa escuela cuyo coro infantil viaja por todo el mundo. Además de las diferentes confrontaciones con sus compañeros, primero por ser el nuevo y más tarde por pura rivalidad, tendrá que enfrentarse al exigente maestro de la escuela (Dustin Hoffman), que no parece especialmente alegre por su presencia.


Como ya he dicho, El coro es una película efectiva cuando los únicos protagonistas son el pequeño Step y la música. En esos momentos, poco importa que nos estén contando una historia mil veces vista, pues François Girard imprime la garra y emotividad suficiente para que lo acontecido nos interese.


Desgraciadamente, acaban teniendo excesiva relevancia algunas subtramas y personajes (el del padre biológico es vergonzante) que, lejos de aportar algo positivo a la narración, dan la sensación de existir única y exclusivamente para dotar al relato de una innecesaria tensión y motivar giros argumentales cada cierto tiempo. Una decisión un tanto dudosa, la de convertir en un thriller -al menos momentáneamente- películas cuyo desarrollo no lo requiere.


Con una dirección bastante funcional, el director canadiense parece empeñado en darle importancia a una música que no para de sonar en los 106 minutos que dura la película. Cuando no son los chicos del coro los que cantan, escuchamos música diegética e incluso el sonido de instrumentos cuya aparición sólo se explica si es para su propia utilización. Esta necesidad de enlazar melodías y sonidos de cualquier tipo no me molesta, pues su concatenación está lograda y supone una verdadera muestra de intenciones.


Pero es indudable que, entre numerosas y diversas distracciones repartidas a lo largo del metraje, la historia principal tiene el dinamismo y la fuerza suficientes para sustentar una película bastante irregular. Además, nos encontramos un elenco actoral bastante destacado, tanto por las interpretaciones de los jóvenes como por las de viejas glorias como Dustin Hoffman y, sobre todo, Kathy Bates. Ésta última no sólo aporta el temple y la veteranía, sino que además se convierte en el alivio cómico de la cinta.


El coro, tan trillada como dolorosamente comercial, tiene las suficientes virtudes como para sobresalir entre los productos denominados de usar y tirar. Sin embargo, el buen sabor de boca que me dejó tras el visionado se ha ido tornando en indiferencia.
LUIS MIGUEL DOMINGUEZ


miércoles, 15 de marzo de 2017

The Path


Lenta, sí, pero sabe hacia dónde dirigirse y lo hace con pie firme. Lo mejor sin duda, el espectacular reparto, a poco que el guion siga acompañando, estamos ante una serie de lo mejorcito estrenado en 2016.


Aaron Paul, nuestro Jesse Pinkman de "Breaking Bad" interpreta a Eddie, un hombre que a raíz del suicido de su hermano, acabó entrando en una secta, ahora está casado con otro miembro de la misma, Sarah, Michelle Monaghan "True detective I" ambos tienen dos hijos, un adolescente que tiene problemas en el colegio y una niña.


El líder de la sucursal de la secta donde viven, en Nueva York, es Calvin Roberts, Hugh Laurie "Hannibal" y para mí hasta el momento el mejor de los tres actores.


La serie narra la vida y funcionamiento de una secta ficticia, de esas que hablan del fin del mundo por culpa del cambio climático y que apuestan por seguir un camino, una escalera (título de la serie) hacia la paz interior.


Vamos a ver como Eddie empieza a dudar de la fe, y contacta con una mujer que lleva años huyendo de ellos después de que asesinaran a su marido cuando quiso dejar la secta, y como su mujer cree que las dudas de Eddie se deben a que tiene una aventura amorosa. Por último, Calvin oculta que el líder de la secta, los meyeristas, oculta a todos que su fundador, el doctor Meyer está en coma, y que es él quien maneja la secta a su antojo.


Soñando con aumentar el número de adeptos y ganar peso en la sociedad, lo que lleva a chocar con las autoridades.


Como todas las sectas el meyerismo se aprovecha de la gente que ha sufrido traumas, incluso intervienen cuando se producen catástrofes naturales, como tornados, con el fin de reclutar a la gente que lo ha perdido todo. También funciona como centro de desintoxicación para hijos drogadictos.


Lo peor como digo, la lentitud, que puede hacer que el espectador tarde en engancharse, y para mí, a título personal, la especie de triángulo amoroso entre los tres protagonistas, tema demasiado manido últimamente.
Aun así yo la recomiendo.
Rufus T Firefly

lunes, 13 de marzo de 2017

Desde aquí veo sucia la plaza


¿Vale todo en el discurso de la tradición? Esto es lo que se cuestiona en Desde aquí veo sucia la plaza, una función gamberra y reivindicativa que utiliza la ironía disfrazada para contarnos la defensa de una tradición de bárbaros que fue prohibida, como tantas otras que todavía no lo han sido. La critican, sí, pero a su manera. Sintiéndose ellos, los del pueblo, los que aman la cabra y la tiran desde el campanario. Chiqui Carabante dirige este espectáculo que muestra a tres actores en su apogeo creativo.


No quería ponerme a escribir esta crítica sin antes comprobar qué tiene de cierta esta historia. Villanueva de la Faca no existe pero sí existe Manganeses de la Polvorosa, en Zamora, donde en 2002 se prohibió esta tradición de tirar una cabra desde el campanario del pueblo. “La Volá” se llama en Villanueva de la Faca y por mucha manta que haya para intentar cazar al vuelo a la cabra, lo cierto es que me sigue pareciendo una atrocidad. Club Caníbal esboza un pueblo de tradiciones profundas con un humor negro exquisito, un punto absurdo y una originalidad aplastante.


Es cierto que Desde aquí veo sucia la plaza no tiene un ritmo frenético, algo que se echa en falta a veces, hay demasiada recreación en algunos momentos graciosos que pierden fuelle en ese exceso pero también es cierto que la obra es original como pocas y que tiene un trabajo creativo excelente. La historia, de por sí, es interesante. El Parlamento Europeo prohíbe “La Volá” en Villanueva de la Faca. El pueblo se revoluciona y su alcalde no está dispuesto a permitir que le prohíban cumplir con una tradición milenaria. A partir de este momento se preparará junto a su primo, el “actor” que volvió al pueblo, para convencer con carisma a Europa de que la tradición no se puede prohibir. Mientras tanto, pastores, viejas y policías acompañarán a estos dos primos en la lucha por la defensa de “La Volá”.

Si “La Volá” se celebra se llenará el pueblo de tricornios azules. Sí, tricornios azules, la ONU ha decidido fusionar a la policía y a la guardia civil. Esta es una de las ocurrencias que el equipo de Club Caníbal ha decidido introducir en el texto de Desde aquí veo sucia la plaza. Escenas muy acertadas, como la relación de amor entre el pastor y la cabra Clarita, las escenas de las viejas, con unos Vito Sanz y Juan Vinuesa acertadísimos. Los dos están geniales en toda la función y en la multitud de personajes que llevan a cabo, no les cojea ninguno. Font García esboza un alcalde ridículo y está notable en el monólogo final. Un monólogo que guarda toda la intencionalidad de la obra. La música y efectos sonoros de Pablo Peña también contribuyen a crear una atmósfera rústica y locuaz.


Desde aquí veo sucia la plaza, una plaza llena de sangre por una cabra que no supo caer sobre la manta. Una fiesta atroz -en el video de Manganeses de la Polvorosa casi ahorcan a la cabra antes de tirarla- pero no menos atroz que otras fiestas en otros pueblos o que los mismos toros, arraigados en nuestra sociedad pero con muchos detractores. O se prohíben todos estos festejos que maltratan a los animales o no se prohíben ninguno. Voto porque se prohíban todos.
Mikael

 

viernes, 10 de marzo de 2017

Yo, Daniel Blake



En una época en la que cualquier agresión social por parte de los poderes públicos pasa por delante de nuestros ojos, sin más que provocarnos espanto y a lo sumo indignación, Ken Loach y Paul Laverty nos "escupen" a la cara la maldad del sistema impuesto y fundamentalmente también la de los "cómplices necesarios" que la hacen posible, porque si no colaboráramos como lo hacemos, nada podría ser igual de canalla.


De esta película hay quien dice que es igual a las anteriores de este director. Gracias a dios, es verdad, porque está uno harto de que los grandes éxitos nos hablen de acción, violencia con efectos especiales, soluciones de superhombres frente a problemas de índole cósmico.
Loach lleva toda la vida denunciando las agresiones de los poderosos capitalistas, de los políticos que los necesitan para proseguir sus carreras, de unas clases medias ciegas y egoístas a las que nada les importa la suerte de los más desfavorecidos, y cuando enfrenta esas agresiones siempre ha encontrado los verdaderos caminos de salvación en la solidaridad entre esos desfavorecidos.


Siempre molestaron sus películas a los poderes fácticos, pero ahora las enfrentan descalificándolas como didácticas, buenistas, ilusorias. Tienen que hacerlo así en una época que ya sufre la muerte de las ideologías, de las fes, de las utopías que han fraguado a través de los últimos lustros.
Porque las ideas, las utopías son más peligrosas para los explotadores, los acaparadores, en suma "los malos", que las armas más sofisticadas. Si las personas asumiéramos que tenemos en nuestra ética, en nuestro comportamiento las verdaderas fuerzas revolucionarias para cambiar un sistema social basado cínicamente en la libertad de mercado que lleva indefectiblemente a la miseria, a la pobreza, a la marginalidad, a la falta de oportunidades, a la muerte prematura...de millones de seres humanos; Si lo asumiéramos todo sería muy distinto.


Cierto que el protagonista está construido para llevar de la mano al espectador a través del laberinto levantado por las administraciones para enfangar la consecución de los subsidios, de las ayudas que en todas partes se tienden a disminuir, a hacer desparecer, a que los individuos que entran dentro del círculo de ayudas, subsidios se sienta una piltrafa sin capacidad de rebelión, imposibilitado para ello. Y lo logra.


La protagonista femenina, vive, educa, es ayudada y ayuda, una persona portadora de todas las esperanzas que necesitamos para seguir caminando en un mundo aparentemente sin salidas; eso es lo que quieren, que vivamos solamente preocupados en consumir, pasarlo bien, llegar hasta donde podamos en la escalera social, sin que nos tenga que importar nada hasta dónde puedan llegar los otros.


La tesis es clara, meridiana. En el mundo actual hay mucha gente que sobra pero a la que no se puede matar, no se atreven a tanto, por lo tanto, mientras se van muriendo y quejando, el estado se encuentra con un problema, qué hacer con ellos, cómo pararles los pies, de qué manera entretenerlos y confundirlos, parecer que nos preocupamos por ellos y los atendemos.
Ahí es cuando aparece el fenómeno burocrático, todo el monstruoso entramado de las conocidas como sociedades del bienestar, dícese del tinglado espantoso formado por asistencia social, oficinas de empleo, cursos, subsidios, paro, pleitos, apelaciones y demás papeleo limosnero (se trata de soltar lo mínimo posible y que esa cantidad paupérrima sea conseguida al precio de variadas vejaciones y penalidades. La humillación y la farsa como ingredientes fundamentales del espectáculo de la caridad estatal; te tratan como a ganado y te obligan a hacer un papel que nadie se cree, ni tú ni ellos. Mil formas de persuasión, trabas y obstáculos constantes, de apariencia inofensiva y de crueldad inusitada.


El mensaje es claro, te vamos a dar poco y ese poco lo vas a tener que pagar con sangre, a fuerza de vergüenza), eufemismos de algo que no suena tan bien, es decir, barricadas, ejércitos que separan los dos lados, el de los que defienden sus privilegios frente a los que no cuentan, y en medio esos soldados en tierra de nadie, en la frontera, que por cuatro buenos duros (y mucha suerte que tienen) protegen el fuerte de los posibles invasores, por lo menos los marean, aturden y desesperan. Mano de obra que hace el trabajo sucio del poder. Ahí está una de las paradojas: todo ese chiringuito en realidad no ayuda a la pobre gente en lo esencial (son hipócritas parches en heridas sin remedio), no les da o busca trabajo (remedos en el mejor de los casos), justo al contrario, sirve para emplearse ellos mismos, aquellos que dan la cara ante los pobres.


¿Y de dónde salen esas muchedumbres de quejosos ciudadanos que se agolpan en esas oficinas esperando un turno que se eterniza? ¿Por qué?
Pues son la materia sobrante (antes se montaban guerras que solucionaban el problema de manera limpia y eficaz, la carne de cañón era eliminada y después, mientras se reconstruía, había trabajo para todo el mundo), formada por aquellos que no dan la talla, ya sea por incompetencia, enfermedad, mucha edad, inexperiencia, debilidad o muchas cosas más que vienen de mismo origen, nacieron en el lado equivocado y en el tiempo pernicioso, aquel que considera que el trabajo no es un derecho o un deber, ni siquiera una necesidad de reciprocidad en la que participamos todos aportando nuestro granito de arena, ni mucho menos algo a lo que obliga el sentido común si se quiere una sociedad justa y sana, no, se ha convertido, así nos lo venden cada minuto de cada día, en un bien precioso y muy escaso, oro puro, maná caído del cielo, milagro, aventura, lotería y maravilla, por eso se pasan los ratos hablando de la famosa "creación de empleo", porque consideran que hay que inventarlo, crearlo de la nada, sacarlo de algún sitio misterioso, arrancárselo a la tierra o al mismo Dios, ya que no existe ni se conoce su paradero. Todo ello acarrea consecuencias denigrantes, por ejemplo, la consideración del trabajo como un favor, pura compasión, que te hacen los gerifaltes para que no te mueras, por pena, y que por ello debes agradecer o suplicar, además de aceptar por cochambroso que sea o muy poco que te paguen; y por otro lado deriva en la sensación, de ahí la necesidad, la inevitabilidad, el interés por mantener siempre una hermosa cantidad de parados (es mentira que quieran erradicarlo), de competencia general, el todos contra todos en la búsqueda del trabajo perdido, la potenciación del sálvese quien pueda, la selva laboral, a ver quién acepta algo peor (y ahí aparecen los emigrantes como factor de cierre, atraídos por las empresas que buscan beneficios a cualquier precio y en colaboración con los políticos son expoliados ya que saben que ellos están en peores condiciones, se van a quejar menos y se puede abusar más, con lo que se demuestra fehacientemente que no interesa acabar con la falta de trabajo, si así fuera se daría a los primeros, no a los últimos, sino que solo les importa el mayor beneficio con el menor coste, caiga quien caiga).


Ya tenemos el cuadro completo. Privilegiados, barricadas o murallas (servicios sociales) y pobre gente + inmigrantes (doblemente desvalidos).
Este es el contexto en el que se sitúa esta película. Impecable y admirable ejercicio de lucidez respecto a un asunto cotidiano, vergonzoso y tan decisivo.

No te la pierdas.
Terminarás con ganas de que todo cambie, de cambiar tú.
NERI

miércoles, 8 de marzo de 2017

El Viajante



                  El cineasta Asghar Farhadi fue noticia en la pasada edición de los Oscar no tanto por su película como por su decisión de no acudir a la ceremonia en solidaridad con el resto de ciudadanos iraníes afectados por el veto migratorio de Donald Trump. 'El viajante' acabó llevándose el premio al mejor filme de habla no inglesa, una decisión que se ha leído sobre todo en clave política. Es verdad que en esta categoría competía una favorita de la crítica como la alemana 'Toni Erdmann' de Maren Ade. Pero no hay que olvidar que una de los anteriores películas de Farhadi, 'Nader y Simin, una separación' (2011), ya se alzó en su momento con la misma estatuilla, además de convertirse en la película iraní con más proyección internacional de la historia.


Tras el paréntesis francés que supuso 'El pasado' (2013), con 'El viajante' Farhadi regresa a Irán con un proyecto que recuerda bastante a su título más popular. Aquí volvemos a encontrar a una pareja como protagonista. Pero, al contrario de lo que sucedía con Nader y Simin, cuando arranca la película Emad y Rana se encuentran todavía en una etapa feliz de su relación. Acaban de mudarse a un nuevo piso. El anterior corría el riesgo de derrumbarse, así que han aceptado el primero que han encontrado a través de un colega de la compañía de teatro de la que son miembros. Todo ha ido tan rápido que la inquilina anterior todavía tiene allí sus cosas. Una noche, Rana aprovecha para ducharse antes de cenar mientras su marido va a la compra. Llaman al telefonillo y, confiada, abre la puerta antes de regresar al baño. Cuando Emad vuelve a casa, descubre que su esposa ha sido agredida. El ataque empieza a erosionar una vida en pareja que hasta ahora había transcurrido con total armonía.
Farhadi es un maestro a la hora de desplegar dramas personales en forma de 'thriller'.


Una tensión latente se apodera de 'El viajante' mientras los dos personajes se enfrentan de forma diversa a la agresión que ha sufrido Rana. Emad se lo toma a modo personal, como si la víctima hubiera sido él. En su interior va amasando una profunda sed de venganza espoleada por su obsesión por descubrir qué pasó exactamente. ¿Quién fue el hombre que asaltó a su mujer? ¿Tiene que ver algo la antigua inquilina en el allanamiento? Una furgoneta abandonada se convierte en la pista a través de la que seguir el rastro del sospechoso. Rana, mientras tanto, intenta sobrellevar el trauma a través de cierto mutismo y de aferrarse a la vuelta a la rutina.


El asalto a Rana juega un papel similar al del aborto de la asistenta en 'Nader y Simin, una separación' y al del suicidio misterioso de 'El pasado'. Además de convertirse en el enigma narrativo que da fuelle al 'thriller', también permite reflotar una serie de tensiones sociales, patriarcales y de clase que no resultaban evidentes en un escenario de presunta estabilidad.
El machismo se hace obvio por el simple hecho de que nunca acaba de quedar claro si Rana ha sido víctima de una agresión también sexual. El tabú en torno al tema acrecienta el malestar de Emad, a quien al principio del filme vemos mostrarse comprensivo ante el hecho de que una mujer se sienta incómoda por sentarse a su lado (o al de otro hombre cualquiera) en uno de esos taxis compartidos. La convicción de que la anterior inquilina era una prostituta y la sospecha de que el asaltante la confundió con su esposa parece herir su orgullo masculino. Otro vecino presume de cómo le ajustaría las cuentas al agresor, mientras todo el mundo tiene claro que es mejor no acudir a la policía, porque encontrarían sospechoso que una mujer abriera la puesta a un desconocido. A todo esto, el dolor de Rana queda en un segundo plano.


La tensión acumulada a lo largo del metraje desemboca en un tramo final en que Farhadi enfrenta a su protagonista masculino a un dilema ético que emponzoña todavía más su carácter. Para llegar hasta aquí, el relato ha dado un par de vueltas innecesarias, lo que da como resultado un filme menos fluido y más redundante que 'Nader y Simin'; una obra, en fin, a la que se le notan más las costuras y se le adivinan antes las intenciones.



 Los protagonistas representan a lo largo de la película, y en paralelo a su propio drama, 'Muerte de un viajante', de Arthur Miller. Los intervalos entre bambalinas nos permiten situar mejor a los personajes a través de su propia condición socio-cultural: son una pareja joven y moderna con intereses intelectuales e ingresos más bien modestos. No queda tan claro hasta qué punto la pieza teatral tiene que funcionar también como caja de resonancia del periplo de Emad, un personaje mucho más joven que el cuasi jubilado Willy Loman. Ambos comparten, eso sí, ese deslizarse por un abismo de decadencia moral del que no parece haber salida posible.
Eulalia Iglesias (EC)

lunes, 6 de marzo de 2017

Neckan

En 1956, al final del Protectorado español de Marruecos, un anónimo recibido desde Tetuán cambia definitivamente la historia de un joven abogado perteneciente a una influyente familia franquista de Valencia. Ese joven es Santiago García Musoles (Pablo Rivero), hijo adoptivo de un importante político, que no dudará en trasladarse a la capital del Protectorado en el norte marroquí, para buscar a una familia que podría ser la suya. Así comienza la historia de Neckan, la última película del director de cine Gonzalo Tapia (Avilés, 1963), nieto del periodista y escritor Constantino Suárez, conocido con el seudónimo de "El Españolito" y que trabajó en las Misiones Pedagógicas de la Segunda República. Pero las callejuelas de la Medina de la ciudad conocida como "La paloma blanca" llevarán al protagonista a destinos con los que no contaba: un grupo de masones desaparecido y una pizpireta joven sobreprotegida por su padre.
"En hebreo clásico 'Neckan' significa venganza, pero también justicia. Es una palabra ambigua que cada personaje entiende con uno u otro sentido. Dicen que fue el grito de Jacques de Molay, el último gran maestro templario, cuando murió en la hoguera el 18 de marzo de 1314 por orden del rey de Francia Felipe IV el Hermoso", cuenta a Vozpópuli Gonzalo Tapia. El cineasta asturiano, un apasionado de la cultura marroquí, explica que "el corazón" de la película es tratar el desasosiego que siente una persona muy segura de sí misma cuando descubre que su identidad puede ser otra. Según Tapia, la descolonización española en Marruecos fue un "buen momento" para ambientar este thriller porque fue un periodo de muchos cambios. "El franquismo dejaba de ser fascista para convertirse en una dictadura autoritaria, supuso un cambio de régimen. Comenzaba la recuperación económica y las alianzas con los americanos. Franco no quería dejar el Protectorado, se sentía vinculado emocionalmente, pero fue forzado por las Naciones Unidas".

Maestros castigados
Para Pablo Rivero, que ha vuelto a Cuéntame en el papel de Toni Alcántara, lo mejor de la película es que "plantea temas muy serios sin intentar hacer una moralina". "Da las pinceladas, pero no dice quién es el bueno o quién es el malo ni cómo te tienes que sentir. Hay gente que obra mal y lo justifica por el bien mayor que persigue", dice. Sobre su papel, Rivero asegura que le pareció "muy interesante" que la búsqueda desesperada la hiciese un personaje proveniente de una buena familia que quiere a sus padres y parece "que no quiere encontrar".
La Educación es lo único que puede salvar a este mundo. No es lo mismo invertir un 3% más en ella que en armas, pero las consecuencias no se ven hasta dentro de décadas"
Sin embargo, además de una investigación en torno a niños robados, el filme explora la represión padecida por los maestros y masones. "Los grandes sufridores de la represión en España fueron los maestros. En los años 30 había corrientes pedagógicas apasionantes que fueron aniquiladas totalmente para establecer una Educación basada en unos principios católicos, que no aportaba nada a la libertad de libre pensamiento de las personas", considera Tapia, cuya madre estudió en la Institución Libre de Enseñanza (ILE). "Los maestros republicanos muchas veces están considerados como demonios. Mi madre tenía que ocultar que estudió allí porque la gente pensaba que era un lugar donde se fomentaba el amor libre y las perversiones, pero solo fomentaban el libre pensamiento, muy normal en la sociedad actual, pero contrario al nuevo Estado y a la Iglesia tradicionalista española de aquellos años", dice.

Masones y judíos
Neckan, que cuenta con Michel Gaztambide (No habrá paz para los malvados) entre sus guionistas, hace alusión a Giner de los Ríos y a algunos de sus discípulos a través de frases y discursos.  "La Educación es lo único que puede salvar a este mundo. No es lo mismo invertir un 3% más en Educación que en armas, pero las consecuencias no se ven hasta dentro de décadas y los políticos no piensan en eso porque están pensando en sacar rédito a las próximas elecciones", considera Tapia. Por ello, en el filme -su segundo largometraje después de Lena- Tapia ha querido rescatar "mentalidades del pasado" en torno a un personaje al que le rompen los esquemas creados en torno a su familia. "A través de otros personajes sacamos de las catacumbas la imagen de los masones creada por el franquismo, una Orden Iniciática donde en realidad había todo tipo de personas. Los masones y los judíos fueron el chivo expiatorio del franquismo, pese a que Franco protegió a muchos sefardíes que le habían ayudado en Tetuán", prosigue.
Rivero, que cuando era pequeño asociaba la masonería a películas "oscuras", cree que una buena Educación aporta libertad. "Conoces cosas, tienes referentes y puedes valorar y contrastar. Afrontas las cosas desde una perspectiva más abierta, comprendes otras culturas y te pones mejor en la piel de los demás", considera el actor. Con Neckan, el cine español suma otro capítulo inexplorado de la historia de España a su cartelera. "Lo importante es que se haga referencia a la historia de España a través de un género y unos personajes, que no sea algo panfletario, porque eso va a la contra. Para eso lees un libro o vas a clase. El código cinematográfico o audiovisual que sirve para entretener y hacerte viajar se debe aprovechar para contarte todo eso sin dar moralinas y de decirte 'esto fue así'", considera el joven intérprete madrileño.
Marina Alías