domingo, 4 de diciembre de 2016

SICARIVS : La noche y el silencio.


La premisa con la que arranca Sicarivs es bastante discutible desde un punto de vista moral.
Porque cualquier asesino es despreciable y nada justifica nunca el asesinato, por mucho que se trate de humanizar al monstruo. Sin embargo, obviando ese detalle, estamos ante una muy buena película de género, y además española, cosa que se agradece, en vista del entristecido panorama de producciones patrias.


Las principales razones que hacen funcionar la conjunto son, desde mi punto de vista, básicamente dos: el esfuerzo literario con el que se ha construido la psicología del personaje (esa voz en off que desquiciará a más de uno y que deleitará a los amantes de la expresión verbal, a menudo tan alejada de un medio tan visual como el cine), y el tremendo buen hacer cinematográfico que hay detrás de la película, porque, sin ser perfecta, Sicarivs enmascara bajo un thriller una auténtica película de autor; es decir, una película que Javier Muñoz ha calculado al milímetro para hacer eso: SU película, tal y como él ha querido, bebiendo de fuentes muy variadas, sí, pero huyendo de clichés, vicios visuales comerciales y estructuras planas, o lo que podríamos llamar "cine de consumo".


El ritmo es preciso, enmarcado por una estética muy cercana al cine negro clásico estadounidense y repleto de recursos cinematográficos muy bien elegidos. Largos travellings (como aquel con el que arranca la película); juegos de sombras, con personajes grisáceos, a veces casi confundidos con el ambiente; luces tenues para definir entornos concretos de iluminación; planos largos para ubicar el espacio y las distancias entre personajes; esa cámara casi escondida, espiando a los protagonistas, e incluso algún momento de montaje visual vertiginoso, que, sin embargo, no desentonan con el ritmo pausado del resto, sino que lo acelera cuando el tempo narrativo lo requiere.


Javier no duda en detener la acción cuando así lo cree conveniente, en avanzar y contar ese detalle del futuro del personaje que otro director nos habría omitido, e incluso de intercalar toda la trama con ese larguísimo flashback de la conversación con el maestro, donde la combinación de primeros planos, travellings, gamas de grises, penumbras y humos de cigarrillo nos proporciona algunos de los momentos más bellos, en el aspecto visual, de la película, gracias a una magnífica labor de iluminación y fotografía, sin duda.


A valorar también, la claridad del guión, que deja fluir la historia con medida, de forma que el espectador pueda seguir perfectamente los pasos del protagonista.


Y que se entienda lo que dice todo el mundo en todo momento es, ciertamente, un hito en nuestro cine.
Bravo por el técnico de sonido.


A destacar también la labor de todo el reparto, sobre todo Clavijo, que ha sabido dotar de personalidad y credibilidad a un personaje nada fácil.


Hay quizás, en pequeños detalles situacionales del guión, ciertos resbalones, algún hecho que no termina de explicarse o algunas reacciones de los personajes algo discutibles, pero el conjunto funciona extremadamente bien... hasta la conclusión, que deja un regusto algo amargo, tal vez por la fragilidad de la revelación final, pero que, aun así, no desmerece en absoluto el resto. Gran primera obra de un magnífico autor que, sobre todo, y se nota en la película, ama mucho el cine; y los
 espectadores que también lo amamos se lo agradecemos de corazón.


logan

viernes, 2 de diciembre de 2016

DIVORCE


Que Sharon Horgan es una gran guionista ya lo sabíamos.
Que Sarah Jessica Parker es una gran actriz lo sabemos ahora.


Lo de antes, incluida 'Sexo en Nueva York' no cuenta.


Con los cincuenta cumplidos, la neoyorquina ha encontrado en 'Divorce' el vehículo de lucimiento con el que por fin puede precisamente lucirse.



Lo de antes, todas esas comedias sobre urbanitas neuróticas y enamoradizas, no cuenta.
Dejándose llevar por el guión de la listísima Horgan (cocreadora y coprotagonista de la maravillosa 'Catastrophe'), e integrada en un reparto capaz de sacarle los colores a cualquiera (desde Talia Balsam hasta Tracy Letts, pasando por Jemaine Clement), Sarah Jessica vuelve a la televisión sabiendo bien quién es, qué ha hecho, y qué tiene que hacer ahora para que veamos 'Divorce' como la serie que quiere ser.


Y a ella como la notable actriz que ha terminado siendo.


Sólo su marido en la ficción, un pétreo Thomas Haden Church desentona en la agridulce separación matrimonial que retrata la serie de HBO.


Lo cual es extraño, dado que si de algo sabe la Parker es de química en pantalla.


Es imposible no recordar las chispas entre Carrie Bradshaw y Mr. Big (Chris Noth) al ver lo mal que casan (perdón por el chiste fácil) Parker y Haden Church, por mucho que lo que intenten vendernos es un matrimonio que decide dejar de serlo.
O mejor dicho, un matrimonio que deja de serlo porque ELLA ha decidido que así sea.
En esa asunción de cierta culpa por parte del personaje femenino radica gran parte de la fuerza de 'Divorce'.


Es un punto de partida peligroso, pues el machismo, en todas sus variadísimas formas, acecha en cada esquina, pero Sharon y Sarah Jessica, con gran astucia, lo exploran con una desarmante naturalidad.



Tanta que por momentos parecen querer sabotear su propia serie, reduciendo un conflicto teóricamente serio (joder, que la serie se titula 'Divorcio', no 'Pero seguimos siendo supercolegas') a algo anticlimático por definición. 'Divorce' no es 'La Guerra de los Rose' (sobre todo porque nada es 'La Guerra de los Rose'), pero como aproximación seriéfila al incómodo planeta del aburrimiento, la rutina y el desdén maritales, es como mínimo valiente.


Sarah Jessica Parker ha decidido divorciarse más como Louie que como Carrie.

Alberto Rey

lunes, 28 de noviembre de 2016

La pata del mono


I

La noche era fría y húmeda, pero en la pequeña sala de Laburnum Villa los postigos estaban cerrados y el fuego ardía vivamente. Padre e hijo jugaban al ajedrez. El primero tenía ideas personales sobre el juego y ponía al rey en tan desesperados e inútiles peligros que provocaba el comentario de la vieja señora que tejía plácidamente junto a la chimenea.
-Oigan el viento -dijo el señor White; había cometido un error fatal y trataba de que su hijo no lo advirtiera.
-Lo oigo -dijo éste moviendo implacablemente la reina-. Jaque.
-No creo que venga esta noche -dijo el padre con la mano sobre el tablero.
-Mate -contestó el hijo.
-Esto es lo malo de vivir tan lejos -vociferó el señor White con imprevista y repentina violencia-. De todos los suburbios, este es el peor. El camino es un pantano. No se qué piensa la gente. Como hay sólo dos casas alquiladas, no les importa.
-No te aflijas, querido -dijo suavemente su mujer-, ganarás la próxima vez.
El señor White alzó la vista y sorprendió una mirada de complicidad entre madre e hijo. Las palabras murieron en sus labios y disimuló un gesto de fastidio.


-Ahí viene -dijo Herbert White al oír el golpe del portón y unos pasos que se acercaban. Su padre se levantó con apresurada hospitalidad y abrió la puerta; le oyeron condolerse con el recién venido.
Luego, entraron. El forastero era un hombre fornido, con los ojos salientes y la cara rojiza.
-El sargento mayor Morris -dijo el señor White, presentándolo. El sargento les dio la mano, aceptó la silla que le ofrecieron y observó con satisfacción que el dueño de casa traía whisky y unos vasos y ponía una pequeña pava de cobre sobre el fuego.
Al tercer vaso, le brillaron los ojos y empezó a hablar. La familia miraba con interés a ese forastero que hablaba de guerras, de epidemias y de pueblos extraños.
-Hace veintiún años -dijo el señor White sonriendo a su mujer y a su hijo-. Cuando se fue era apenas un muchacho. Mírenlo ahora.
-No parece haberle sentado tan mal -dijo la señora White amablemente.
-Me gustaría ir a la India -dijo el señor White-. Sólo para dar un vistazo.
-Mejor quedarse aquí -replicó el sargento moviendo la cabeza. Dejó el vaso y, suspirando levemente, volvió a sacudir la cabeza.
-Me gustaría ver los viejos templos y faquires y malabaristas -dijo el señor White-. ¿Qué fue, Morris, lo que usted empezó a contarme los otros días, de una pata de mono o algo por el estilo?
-Nada -contestó el soldado apresuradamente-. Nada que valga la pena oír.
-¿Una pata de mono? -preguntó la señora White.
-Bueno, es lo que se llama magia, tal vez -dijo con desgana el militar.
Sus tres interlocutores lo miraron con avidez. Distraídamente, el forastero llevó la copa vacía a los labios: volvió a dejarla. El dueño de casa la llenó.
-A primera vista, es una patita momificada que no tiene nada de particular -dijo el sargento mostrando algo que sacó del bolsillo.
La señora retrocedió, con una mueca. El hijo tomó la pata de mono y la examinó atentamente.
-¿Y qué tiene de extraordinario? -preguntó el señor White quitándosela a su hijo, para mirarla.
-Un viejo faquir le dio poderes mágicos -dijo el sargento mayor-. Un hombre muy santo… Quería demostrar que el destino gobierna la vida de los hombres y que nadie puede oponérsele impunemente. Le dio este poder: Tres hombres pueden pedirle tres deseos.
Habló tan seriamente que los otros sintieron que sus risas desentonaban.
-Y usted, ¿por qué no pide las tres cosas? -preguntó Herbert White.
El sargento lo miró con tolerancia.
-Las he pedido -dijo, y su rostro curtido palideció.
-¿Realmente se cumplieron los tres deseos? -preguntó la señora White.
-Se cumplieron -dijo el sargento.
-¿Y nadie más pidió? -insistió la señora.
-Sí, un hombre. No sé cuáles fueron las dos primeras cosas que pidió; la tercera fue la muerte. Por eso entré en posesión de la pata de mono.
Habló con tanta gravedad que produjo silencio.
-Morris, si obtuvo sus tres deseos, ya no le sirve el talismán -dijo, finalmente, el señor White-. ¿Para qué lo guarda?
El sargento sacudió la cabeza:
-Probablemente he tenido, alguna vez, la idea de venderlo; pero creo que no lo haré. Ya ha causado bastantes desgracias. Además, la gente no quiere comprarlo. Algunos sospechan que es un cuento de hadas; otros quieren probarlo primero y pagarme después.
-Y si a usted le concedieran tres deseos más -dijo el señor White-, ¿los pediría?
-No sé -contestó el otro-. No sé.
Tomó la pata de mono, la agitó entre el pulgar y el índice y la tiró al fuego. White la recogió.
-Mejor que se queme -dijo con solemnidad el sargento.
-Si usted no la quiere, Morris, démela.
-No quiero -respondió terminantemente-. La tiré al fuego; si la guarda, no me eche la culpa de lo que pueda suceder. Sea razonable, tírela.
El otro sacudió la cabeza y examinó su nueva adquisición. Preguntó:
-¿Cómo se hace?
-Hay que tenerla en la mano derecha y pedir los deseos en voz alta. Pero le prevengo que debe temer las consecuencias.
-Parece de Las mil y una noches -dijo la señora White. Se levantó a preparar la mesa-. ¿No le parece que podrían pedir para mí otro par de manos?
El señor White sacó del bolsillo el talismán; los tres se rieron al ver la expresión de alarma del sargento.
-Si está resuelto a pedir algo -dijo agarrando el brazo de White- pida algo razonable.
El señor White guardó en el bolsillo la pata de mono. Invitó a Morris a sentarse a la mesa. Durante la comida el talismán fue, en cierto modo, olvidado. Atraídos, escucharon nuevos relatos de la vida del sargento en la India.
-Si en el cuento de la pata de mono hay tanta verdad como en los otros -dijo Herbert cuando el forastero cerró la puerta y se alejó con prisa, para alcanzar el último tren-, no conseguiremos gran cosa.
-¿Le diste algo? -preguntó la señora mirando atentamente a su marido.
-Una bagatela -contestó el señor White, ruborizándose levemente-. No quería aceptarlo, pero lo obligué. Insistió en que tirara el talismán.
-Sin duda -dijo Herbert, con fingido horror-, seremos felices, ricos y famosos. Para empezar tienes que pedir un imperio, así no estarás dominado por tu mujer.
El señor White sacó del bolsillo el talismán y lo examinó con perplejidad.
-No se me ocurre nada para pedirle -dijo con lentitud-. Me parece que tengo todo lo que deseo.
-Si pagaras la hipoteca de la casa serías feliz, ¿no es cierto? -dijo Herbert poniéndole la mano sobre el hombro-. Bastará con que pidas doscientas libras.
El padre sonrió avergonzado de su propia credulidad y levantó el talismán; Herbert puso una cara solemne, hizo un guiño a su madre y tocó en el piano unos acordes graves.
-Quiero doscientas libras -pronunció el señor White.
Un gran estrépito del piano contestó a sus palabras. El señor White dio un grito. Su mujer y su hijo corrieron hacia él.
-Se movió -dijo, mirando con desagrado el objeto, y lo dejó caer-. Se retorció en mi mano como una víbora.
-Pero yo no veo el dinero -observó el hijo, recogiendo el talismán y poniéndolo sobre la mesa-. Apostaría que nunca lo veré.
-Habrá sido tu imaginación, querido -dijo la mujer, mirándolo ansiosamente.
Sacudió la cabeza.
-No importa. No ha sido nada. Pero me dio un susto.
Se sentaron junto al fuego y los dos hombres acabaron de fumar sus pipas. El viento era más fuerte que nunca. El señor White se sobresaltó cuando golpeó una puerta en los pisos altos. Un silencio inusitado y deprimente los envolvió hasta que se levantaron para ir a acostarse.
-Se me ocurre que encontrarás el dinero en una gran bolsa, en medio de la cama -dijo Herbert al darles las buenas noches-. Una aparición horrible, agazapada encima del ropero, te acechará cuando estés guardando tus bienes ilegítimos.
Ya solo, el señor White se sentó en la oscuridad y miró las brasas, y vio caras en ellas. La última era tan simiesca, tan horrible, que la miró con asombro; se rió, molesto, y buscó en la mesa su vaso de agua para echárselo encima y apagar la brasa; sin querer, tocó la pata de mono; se estremeció, limpió la mano en el abrigo y subió a su cuarto.



II

A la mañana siguiente, mientras tomaba el desayuno en la claridad del sol invernal, se rió de sus temores. En el cuarto había un ambiente de prosaica salud que faltaba la noche anterior; y esa pata de mono; arrugada y sucia, tirada sobre el aparador, no parecía terrible.
-Todos los viejos militares son iguales -dijo la señora White-. ¡Qué idea, la nuestra, escuchar esas tonterías! ¿Cómo puede creerse en talismanes en esta época? Y si consiguieras las doscientas libras, ¿qué mal podrían hacerte?
-Pueden caer de arriba y lastimarte la cabeza -dijo Herbert.
-Según Morris, las cosas ocurrían con tanta naturalidad que parecían coincidencias -dijo el padre.
-Bueno, no vayas a encontrarte con el dinero antes de mi vuelta -dijo Herbert, levantándose de la mesa-. No sea que te conviertas en un avaro y tengamos que repudiarte.
La madre se rió, lo acompañó hasta afuera y lo vio alejarse por el camino; de vuelta a la mesa del comedor, se burló de la credulidad del marido.
Sin embargo, cuando el cartero llamó a la puerta corrió a abrirla, y cuando vio que sólo traía la cuenta del sastre se refirió con cierto malhumor a los militares de costumbres intemperantes.
-Me parece que Herbert tendrá tema para sus bromas -dijo al sentarse.
-Sin duda -dijo el señor White-. Pero, a pesar de todo, la pata se movió en mi mano. Puedo jurarlo.
-Habrá sido en tu imaginación -dijo la señora suavemente.
-Afirmo que se movió. Yo no estaba sugestionado. Era… ¿Qué sucede?
Su mujer no le contestó. Observaba los misteriosos movimientos de un hombre que rondaba la casa y no se decidía a entrar. Notó que el hombre estaba bien vestido y que tenía una galera nueva y reluciente; pensó en las doscientas libras. El hombre se detuvo tres veces en el portón; por fin se decidió a llamar.
Apresuradamente, la señora White se quitó el delantal y lo escondió debajo del almohadón de la silla.
Hizo pasar al desconocido. Éste parecía incómodo. La miraba furtivamente, mientras ella le pedía disculpas por el desorden que había en el cuarto y por el guardapolvo del marido. La señora esperó cortésmente que les dijera el motivo de la visita; el desconocido estuvo un rato en silencio.
-Vengo de parte de Maw & Meggins -dijo por fin.
La señora White tuvo un sobresalto.
-¿Qué pasa? ¿Qué pasa? ¿Le ha sucedido algo a Herbert?
Su marido se interpuso.
-Espera, querida. No te adelantes a los acontecimientos. Supongo que usted no trae malas noticias, señor.
Y lo miró patéticamente.
-Lo siento… -empezó el otro.
-¿Está herido? -preguntó, enloquecida, la madre.
El hombre asintió.
-Mal herido -dijo pausadamente-. Pero no sufre.
-Gracias a Dios -dijo la señora White, juntando las manos-. Gracias a Dios.
Bruscamente comprendió el sentido siniestro que había en la seguridad que le daban y vio la confirmación de sus temores en la cara significativa del hombre. Retuvo la respiración, miró a su marido que parecía tardar en comprender, y le tomó la mano temblorosamente. Hubo un largo silencio.
-Lo agarraron las máquinas -dijo en voz baja el visitante.
-Lo agarraron las máquinas -repitió el señor White, aturdido.
Se sentó, mirando fijamente por la ventana; tomó la mano de su mujer, la apretó en la suya, como en sus tiempos de enamorados.
-Era el único que nos quedaba -le dijo al visitante-. Es duro.
El otro se levantó y se acercó a la ventana.
-La compañía me ha encargado que le exprese sus condolencias por esta gran pérdida -dijo sin darse la vuelta-. Le ruego que comprenda que soy tan sólo un empleado y que obedezco las órdenes que me dieron.
No hubo respuesta. La cara de la señora White estaba lívida.
-Se me ha comisionado para declararles que Maw & Meggins niegan toda responsabilidad en el accidente -prosiguió el otro-. Pero en consideración a los servicios prestados por su hijo, le remiten una suma determinada.
El señor White soltó la mano de su mujer y, levantándose, miró con terror al visitante. Sus labios secos pronunciaron la palabra: ¿cuánto?
-Doscientas libras -fue la respuesta.
Sin oír el grito de su mujer, el señor White sonrió levemente, extendió los brazos, como un ciego, y se desplomó, desmayado.



III

En el cementerio nuevo, a unas dos millas de distancia, marido y mujer dieron sepultura a su muerto y volvieron a la casa transidos de sombra y de silencio.
Todo pasó tan pronto que al principio casi no lo entendieron y quedaron esperando alguna otra cosa que les aliviara el dolor. Pero los días pasaron y la expectativa se transformó en resignación, esa desesperada resignación de los viejos, que algunos llaman apatía. Pocas veces hablaban, porque no tenían nada que decirse; sus días eran interminables hasta el cansancio.


Una semana después, el señor White, despertándose bruscamente en la noche, estiró la mano y se encontró solo.
El cuarto estaba a oscuras; oyó cerca de la ventana, un llanto contenido. Se incorporó en la cama para escuchar.
-Vuelve a acostarte -dijo tiernamente-. Vas a coger frío.
-Mi hijo tiene más frío -dijo la señora White y volvió a llorar.
Los sollozos se desvanecieron en los oídos del señor White. La cama estaba tibia, y sus ojos pesados de sueño. Un despavorido grito de su mujer lo despertó.
-La pata de mono -gritaba desatinadamente-, la pata de mono.
El señor White se incorporó alarmado.
-¿Dónde? ¿Dónde está? ¿Qué sucede?
Ella se acercó:
-La quiero. ¿No la has destruido?
-Está en la sala, sobre la repisa -contestó asombrado-. ¿Por qué la quieres?
Llorando y riendo se inclinó para besarlo, y le dijo histéricamente:
-Sólo ahora he pensado… ¿Por qué no he pensado antes? ¿Por qué tú no pensaste?
-¿Pensaste en qué? -preguntó.
-En los otros dos deseos -respondió en seguida-. Sólo hemos pedido uno.
-¿No fue bastante?
-No -gritó ella triunfalmente-. Le pediremos otro más. Búscala pronto y pide que nuestro hijo vuelva a la vida.
El hombre se sentó en la cama, temblando.
-Dios mío, estás loca.
-Búscala pronto y pide -le balbuceó-; ¡mi hijo, mi hijo!
El hombre encendió la vela.
-Vuelve a acostarte. No sabes lo que estás diciendo.
-Nuestro primer deseo se cumplió. ¿Por qué no hemos de pedir el segundo?
-Fue una coincidencia.
-Búscala y desea -gritó con exaltación la mujer.
El marido se volvió y la miró:
-Hace diez días que está muerto y además, no quiero decirte otra cosa, lo reconocí por el traje. Si ya entonces era demasiado horrible para que lo vieras…
-¡Tráemelo! -gritó la mujer arrastrándolo hacia la puerta-. ¿Crees que temo al niño que he criado?
El señor White bajó en la oscuridad, entró en la sala y se acercó a la repisa.
El talismán estaba en su lugar. Tuvo miedo de que el deseo todavía no formulado trajera a su hijo hecho pedazos, antes de que él pudiera escaparse del cuarto.
Perdió la orientación. No encontraba la puerta. Tanteó alrededor de la mesa y a lo largo de la pared y de pronto se encontró en el zaguán, con el maligno objeto en la mano.
Cuando entró en el dormitorio, hasta la cara de su mujer le pareció cambiada. Estaba ansiosa y blanca y tenía algo sobrenatural. Le tuvo miedo.
-¡Pídelo! -gritó con violencia.
-Es absurdo y perverso -balbuceó.
-Pídelo -repitió la mujer.
El hombre levantó la mano:
-Deseo que mi hijo viva de nuevo.
El talismán cayó al suelo. El señor White siguió mirándolo con terror. Luego, temblando, se dejó caer en una silla mientras la mujer se acercó a la ventana y levantó la cortina. El hombre no se movió de allí, hasta que el frío del alba lo traspasó. A veces miraba a su mujer que estaba en la ventana. La vela se había consumido; hasta casi apagarse. Proyectaba en las paredes y el techo sombras vacilantes.
Con un inexplicable alivio ante el fracaso del talismán, el hombre volvió a la cama; un minuto después, la mujer, apática y silenciosa, se acostó a su lado.
No hablaron; escuchaban el latido del reloj. Crujió un escalón. La oscuridad era opresiva; el señor White juntó coraje, encendió un fósforo y bajó a buscar una vela.
Al pie de la escalera el fósforo se apagó. El señor White se detuvo para encender otro; simultáneamente resonó un golpe furtivo, casi imperceptible, en la puerta de entrada.
Los fósforos cayeron. Permaneció inmóvil, sin respirar, hasta que se repitió el golpe. Huyó a su cuarto y cerró la puerta. Se oyó un tercer golpe.
-¿Qué es eso? -gritó la mujer.
-Un ratón -dijo el hombre-. Un ratón. Se me cruzó en la escalera.
La mujer se incorporó. Un fuerte golpe retumbó en toda la casa.
-¡Es Herbert! ¡Es Herbert! -La señora White corrió hacia la puerta, pero su marido la alcanzó.
-¿Qué vas a hacer? -le dijo ahogadamente.
-¡Es mi hijo; es Herbert! -gritó la mujer, luchando para que la soltara-. Me había olvidado de que el cementerio está a dos millas. Suéltame; tengo que abrir la puerta.
-Por amor de Dios, no lo dejes entrar -dijo el hombre, temblando.
-¿Tienes miedo de tu propio hijo? -gritó-. Suéltame. Ya voy, Herbert; ya voy.
Hubo dos golpes más. La mujer se libró y huyó del cuarto. El hombre la siguió y la llamó, mientras bajaba la escalera. Oyó el ruido de la tranca de abajo; oyó el cerrojo; y luego, la voz de la mujer, anhelante:
-La tranca -dijo-. No puedo alcanzarla.
Pero el marido, arrodillado, tanteaba el piso, en busca de la pata de mono.
-Si pudiera encontrarla antes de que eso entrara…
Los golpes volvieron a resonar en toda la casa. El señor White oyó que su mujer acercaba una silla; oyó el ruido de la tranca al abrirse; en el mismo instante encontró la pata de mono y, frenéticamente, balbuceó el tercer y último deseo.
Los golpes cesaron de pronto; aunque los ecos resonaban aún en la casa. Oyó retirar la silla y abrir la puerta. Un viento helado entró por la escalera, y un largo y desconsolado alarido de su mujer le dio valor para correr hacia ella y luego hasta el portón.
El camino estaba desierto y tranquilo.

FIN

W.W. Jacobs

viernes, 25 de noviembre de 2016

9 razones para ver Buena Conducta


1 - Por la pareja más inesperada
Buena conducta (Good Behavior), la serie estrella del otoño de TNT se estrena en todo el mundo el martes 15 de noviembre, en 
España con doble episodio. Significa el debut en televisión del hispanoargentino Juan Diego Botto y el radical cambio de rumbo en su carrera de la inglesa Michelle Dockery, Lady Mary Crawley de Downton Abbey, que se ha sacudido los gráciles vestidos y el té de su anterior serie para cambiarlos por provocativos escotes y whisky 
de garrafón.


2 - Por el “test de química”
La pareja de actores rodó el conocido como “test de química” para saber si funcionan juntos en pantalla en Londres, ante 25 directivos de TNT. “Desde ese momento supe que nos íbamos a entender –asegura Juan Diego Botto–. Michelle tiene un talento fuera de lo normal y me gusta mucho trabajar con ella”.


3 - ¿Por el exceso de química?
La química entre ambos es la clave de la serie y, a juzgar por los testigos de la grabación, la cosa promete. Tanto, que en medios británicos como el Daily Mail hablan de lo cercana que es la relación entre ambos actores. No pasa de un cotilleo, ya que Juan Diego Botto mantiene una relación estable desde hace tiempo, pero los tabloides sobre todo ponen el foco en la mejoría del estado de ánimo de Michelle, que perdió a su prometido hace un año, víctima de un cáncer.


4 - Por la potente trama
Letty Lobesh (Dockery) está desesperada. En apariencia, es solo una chica sin suerte, una expresidiaria con trabajos temporales que acaba de salir de la cárcel por, precisamente, buena conducta y con su único hijo al cuidado de una madre que la odia. Pero a veces tiene suerte y algún amigo consigue que pueda asaltar habitaciones de hoteles de lujo para hacerse con joyas y dinero  que transforma en seguida en drogas, alcohol e infinita tristeza. Durante uno de esos robos, oye cómo un asesino a sueldo, el argentino Javier Pereira (Juan Diego Botto), es contratado por un hombre para que entre en su casa y asesine a su mujer.
En un súbito ataque de bondad, Letty se arriesga a conocer al atractivo sicario, acostarse con él y averiguar la dirección de la víctima para salvarla de una muerte segura. Pero lo que empieza como un fugaz encuentro entre dos criminales muy diferentes se transforma en una alianza que puede beneficiar a ambos.


5 - Por el desafío de Michelle
“Al principio no te crees que el trabajo que ha ocupado tu vida durante seis años haya finalizado. Había sido un viaje increíble y no tenía ni idea sobre lo que iba a hacer”, revela Michelle Dockery, que no dudó en aceptar un trabajo totalmente diferente, en Carolina del Norte, EE.UU., y encarnando a un personaje en las antípodas de Lady Mary.
Para la actriz, el papel era oscuro y duro, pero no deprimente gracias al humor y a la química sensual que se establece entre la ladrona y el sicario. “No obstante espero que no comparen mis dos últimas interpretaciones, no tienen nada que ver salvo en que han sido muy divertidas de realizar y todo un desafío para cualquier actor”, asegura con precaución.


6 - Por la fascinación por Lady Mary
Pero Blake Crouch, el guionista y autor de la saga de libros protagonizada por la ladrona Letty, no está de acuerdo. “Soy muy fan de Downton Abbey y creo que Lady Mary y la protagonista de Buena conducta serían muy buenas amigas”.
Su amigo y productor Chad Hodge, con quien ya había trabajado el año pasado en Wayward Pines, coincide: “Creo incluso que Lady Mary sería muy parecida a Letty si viviese en el siglo XXI, ella es  también una loba solitaria que lucha por sobrevivir en un mundo hostil en el que no se siente integrada”.


7 - Por el don de lenguas de Botto
No es ni mucho menos el primer español que se desenvuelve con soltura en una producción americana, pero eso no quita mérito al perfecto dominio del inglés de Juan Diego Botto: “Puede sonar un poco prepotente… ¡Pero es que se me da muy bien! Soy casi bilingüe. Incluso me esforcé para que se notase que mi personaje no era estadounidense”.


8 - Por el futuro de la serie
Después de seis semanas de grabación muy intensa, los diez primeros capítulos ya están preparados y todo indica que se realizará una segunda temporada. Tendremos sensual romance entre delincuentes para rato.

9 - Por el aperitivo estimulante
Viendo el trailer de Buena conducta, los encantos de la serie resultan muy evidentes…



 Óscar Cabrera

viernes, 18 de noviembre de 2016

Designated survivor


Serie sencilla y modesta, a la que quizá se le eche en falta más medios, pero que está compensado por el enorme carisma de Kiefer Sutherland, un ritmo vertiginoso al que se desarrollan los acontecimientos y muy buen trabajo de los secundarios, especialmente de
Maggie Q "Nikita" aquí como la agente del FBI Whells.








Sutherland en esta ocasión interpreta a un personaje contrapunto al Bauer de "24" Kirkman es el modesto secretario de vivienda en el gobierno de los EEUU, al que las circunstancias, el asesinato del resto de miembros del gabinete, convierten en presidente por accidente.


Si, la trama no es original, demasiadas películas y series han hecho de esa premisa su argumento, sea en clave de comedia, de drama o de acción.


En esta ocasión no esperes a un Bauer repartiendo hostias e impartiendo la justicia americana. En "Designated survivor" es un hombre frágil al que las circunstancias superan, pero que, apoyado por su familia, (me sobra el hijo adolescente que toma drogas, demasiado tópico) intenta hacerse respetar en el papel de presidente en unos momentos trágicos. No falta la figura de los militares que no le respetan y se saltan sus órdenes.


Ritmo elevado al que trascurre la serie, y por supuesto, enseguida la idea de los atentados islamistas deja paso a la hipótesis de una conspiración interna que buscaba dejar como único superviviente del gabinete a un hombre al que muchos consideran débil y manipulable, pero que con la ayuda de la agente Whells, está dispuesto a desenmascarar a los traidores.

sábado, 12 de noviembre de 2016

1,2,3



CHOCOLATAS DE MANDARINA 

Ingredientes: 
* 1 lata de mandarinas en almíbar
* 1 envase de fondue de chocolate Nestlé para microondas
* 1 bote de mermelada de naranja.

Preparación: Primero tenemos que calentar el envase de la fondue al baño María en el microondas hasta que el chocolate quede debidamente líquido. Escurrimos las mandarinas, las introducimos con cuidado en la fondue para que se bañen de chocolate, las sacamos y depositamos sobre un film transparente. Las metemos en la nevera para volver a solidificar el chocolate y poder manipularlas después. En un plato extendemos una capa fina de mermelada naranja y cuando los gajos de mandarina estén fríos, los despegamos cuidadosamente del plástico y los vamos poniendo por encima. Adornamos con una hojita de menta. Et voila!




MOUSE DE MARACUYÁ 

Ingredientes: 
* 1 tarro de leche condensada
* 1 yoghurt blanco
* 200 ml de crema
* 300 gr de maracuyá

Preparación: Empezamos mezclando la leche condensada con la crema, el yoghurt blanco y 250gr de la pulpa de maracuyá hasta que quede uniforme. Ponemos la mezcla en vasos individuales, puedes utilizar una bolsa o una manga pastelera para ayudarte.
Un final dulce hasta para quien ´´sólo quiere probar´´.





TRUFAS DE CHOCOLATE Y MENTA

Ingredientes: 
* 225 gramos de chocolate agridulce
* 225 gramos de chocolate semidulce
* 400 gramos de leche condensada
* 3 o 4 gotas de extracto de menta
* 225 gramos de chocolate con leche
* Azúcar glasé
* Colorante verde

Preparación: Calienta los chocolates oscuros y la leche condensada al baño maría a fuego medio-bajo hasta que quede mezclado y homogéneo. Añadimos el estracto de menta al gusto y revolvemos. La mezcla quedará con una textura esponjosa. Retiramos del fuego, la cubrimos y la refrigeramos hasta que quede completamente fría (unas 2 horas aproximadamente). Una vez enfriada, calentaremos el chocolate con leche de la misma manera que hicimos con el oscuro. Enrollamos la masa fría en bolitas con la ayuda de una cucharilla de café y la introducimos en el chocolate con leche caliente con un tenedor para que el chocolate excedente se caiga. Damos color al azúcar glasé con un poquito de colorante verde y lo espolvoreamos encima de las trufas.



Un postre de contrastes, con uno de estos postres y Ballantine?s con Ginger Ale, tus amigos y una buena dosis de risas, la noche perfecta está asegurada.

martes, 8 de noviembre de 2016

Capitán Koblic


Un brillante piloto de aviones quiere borrar un insoportable trauma del pasado, pulverizando su propia identidad, desapareciendo sin dejar huellas. De común acuerdo, se despide de su mujer de toda la vida y entierra su anterior carrera destacada. La película se inicia en esa bisagra existencial


Insomne, atormentado por imágenes de cuerpos que caen al mar semiinconscientes, se va alejando del medio urbano hasta llegar a un pueblo perdido del interior, para cuyos habitantes –que conservan algunas características gauchescas (equivalentes al cowboy del Lejano Oeste) es un total extraño,menos para un amigo de su padre que también parece haber elegido el sitio para alejarse de los conflictos del país y lo ha invitado a colaborar en tareas rurales de fumigación. para lo que los conocimientos de Kóblic son apropiados.
Sin embargo, su destino le deparará encontrarse nuevamente con las calamidades de las que huye, bajo otras formas, tiempos y rostros.
Paradójicamente también se le abrirá la posibilidad de reencontrarse con el amor ausente en su vida anterior y con la posibilidad de restaurar una injusticia profunda.


El tema no puede ser más prometedor y las resoluciones no son para nada previsibles ni fáciles. Mucho del suspenso que acompaña todo el desarrollo de la historia reside precisamente en eso. Si le añadimos las excelentes actuaciones, no solamente las de Darín y Martínez que están magníficos, sino también la interesante interpretación de Inma Cuesta, además de otros interesantes protagonistas menores pero inolvidables.



El humor no está tan presente como en “Cuento Chino “y “La suerte está echada”, sus dos filmes anteriores, aunque Borenstein reserva algo de grotesco para un par de apariciones que le permiten matizar el dramatismo romántico de la trama, en algunas escenas como la de la prostituta en el burdel del pueblo o en el furioso discurso de un ridículo pero temible abusador que alterna la vida delictiva con los negocios.
Con mucho de western y de policial negro, la historia atrapa desde su inicio y no suelta hasta el final.


Es importante entender que la trama se construye a partir de una situación histórica y desgraciada que realmente ocurrió en la Argentina a fines de los años setenta. Ese hilo argumental no es de ninguna manera el centro de la narración pero sí, el que permite entender el profundo dilema ético que atraviesa al protagonista.
Ese pueblo de ficción llamado Santa Elena, corresponde a la zona rural de la provincia de Buenos Aires, San Andrés de Giles y San Antonio de Areco, aparecen en los créditos de las locaciones, precisamente los pagos magistralmente descritos en esa gran novela argentina que es Don Segundo Sombra.


Se logra crear un emotivo clima referencial, pero sin apelar a los típicos elementos testimoniales de la época. La oscura escena que recrea un “vuelo de la muerte” es impactante. Los silenciosos cuerpos que caen al mar arrojados al abrir la puerta del avión fuera de foco, nebulosa, reaparecen en la pesadilla del protagonista y se muestran por primera vez en el cine argentino.


La diferencia de este film con un policial negro es que la violencia ocurre en espacios abiertos, no hay mujeres fatales sino sometidas y la mayor parte de las escenas son diurnas. Por los espacios amplios y la luz, por su héroe solitario que llega a un pueblo con violencias ocultas, Kóblic tiene mucho de western. El forastero llega para cambiar las cosas, aunque su objetivo inicial no era ése. La entrada al bar del pueblo, recortado como un perfecto extraño, el duelo, la búsqueda de reivindicación y la protección de los desamparados lo acercan al género aunque con un notable toque argentino, visible sobre todo en el contraste del apellido de origen polaco y su contracara. Velarde,


El apellido del corrupto comisario de pueblo interpretado por Martínez, crea su propia dupla antagónica entre el típico hijo de inmigrantes y un descendiente del malévolo Viejo Vizcacha, el pícaro acomodaticio y astuto arquetipo propuesto por el argentino creador del Martin Fierro.


Ambos integran esa contradictoria condición de ser argentino.
rouse cairos