viernes, 20 de enero de 2017

Doctor Foster


Cuántas historias conocemos de personas que han sido capaces de aguantar años con una amante en paralelo mientras coordinaban viajes con la familia y escapadas con la amante. Cuántas de estas historias corren por los barrios, pueblos y ciudades, con todo el mundo fingiendo una monogamia ficticia. Cuántas personas no se dan cuenta que su pareja recibe sospechosos mensajes a todas horas, que responden de forma enigmática. Pues la serie Doctor Foster no deja que sigan siendo “historias de otros” sino que mete al espectador en esa misma situación. Sólo hace falta encontrar un cabello que no es tuyo en la bufanda del marido para que salten todas las alarmas.



Podría pensarse que Doctor Foster, que la BBC ha estrenado este pasado otoño, nació como consecuencia de The affair . El prestigioso canal estadounidense Showtime anunció un drama sobre el adulterio (¡hasta estaba en el título!) y ellos querían apuntarse a la moda. Podría ser. Pero es difícil condenar la serie británica por pertenecer al mismo subgénero. Para empezar, ha sido todo un fenómeno en el Reino Unido con diez millones de espectadores, que justifica el acierto de la cadena. Pero lo destacable es que supone una experiencia más inmersiva: no busca excusas para exaltar la importancia del adulterio y enmarca el espectador en el estado psicológico de la protagonista.


Al fin y al cabo, no deja de ser irritante que The affair necesite una excusa para hablar de crisis matrimoniales, el duelo y dinámicas nocivas con la familia política. Sí, la relación entre Noah (Dominic West) y Alison (Ruth Wilson) está bien construida con unos puntos de vista complementarios, y también son plausibles sus matrimonios. Pero uno nunca se quita de la cabeza que Sarah Treem y Hagai Levi, los responsables, sienten que se trata de una temática menor. Se centran en una infidelidad pero meten un asesinato en el argumento que no resulta orgánico, por si acaso hay un perfil de espectador que opina que una serie sobre el adulterio fuera un culebrón de tres al cuarto.


Al final de su primera temporada, de hecho, se echó en falta que dieran más profundidad al matrimonio de Noah. La serie ganaba enteros cada vez que intentaba retratar mejor su dinámica de pareja, qué habían sido en un principio y en qué se habían convertido. Sólo así se podía entender la magnitud de la traición, las motivaciones y hasta qué punto tenía razones (que no digo justificaciones) para hacerlo. Pero Doctor Foster, en cambio, entiende el adulterio como el centro absoluto y no hace ningún amago. He aquí su secreto. Cuando Gemma Foster (Suranne Jones) encuentra el cabello de otra, no hay marcha atrás. Como si fuera una enfermedad, la sospecha se apodera de ella y del espectador.


En este sentido, el escritor Mike Bartlett fascina. No necesita una coartada para explorar ese drama. No hay una amante psicópata, no hay un trastorno mental, no hay una investigación de fondo. Él entiende que, al igual que ocurre en algunas series adolescentes, la calidad está en saber transmitir las inquietudes de los personajes. Hay quienes defienden que The affair resulta muy estimulante pero que quizá no la entienden aquellos que no llevan veinte años casados. Pero esto no impide que un servidor entienda la traición de Alicia Florrick en The good wife, que entienda el instinto de supervivencia de The walking dead sin sufrir por la vida, o que entienda la pasión por el fútbol en Friday night lights sin ser fan de ese deporte.


El arte tiene el deber de sacar de dentro del espectador aquello que ni tan siquiera él mismo sabe que posee e ideas como la estabilidad emocional, el deseo, el aburrimiento y la tentación las tenemos suficientemente interiorizadas como para que jueguen con ellas desde una serie de televisión. Doctor Foster lo entiende. Primero siembra la duda y luego quema todos los cartuchos habidos y por haber. Está la desconfianza, la inseguridad, la desesperación. Obliga a plantearse qué haríamos nosotros mismos si nos encontráramos en la historia propia del vecino. ¿Tiraríamos nuestro matrimonio por la borda? ¿Seríamos capaces de perdonar? ¿Aguantaríamos por el bien de nuestros hijos? ¿O protagonizaríamos una trágica noticia en el apartado de sucesos de un periódico local?


Doctor Foster, en el fondo, tiene la misión de explicar que no existe una respuesta fácil. Es algo tan complejo como vivir en un hogar donde de repente te acuestas con alguien que creías conocer y que podría tener una vida paralela. Y no necesita más tramas porque, si nos encontráramos en esa situación, sería nuestra versión del fin del mundo. Es por esto que gana su particular duelo sobre el adulterio. Mientras The affair nos habla de un adulterio, Doctor Foster nos pone los cuernos.

miércoles, 18 de enero de 2017

StartUp



           Qué impacientes somos, lo queremos todo y ya, pero no, el mundo de las series no funciona como el cine, hay que dar espacio a que las tramas se desarrollen y el espectador comienza a empatizar por los personajes, tomado partido por unos o por otros. Eso sucede en "StartUp" serie que se cuece a fuego lento, con un piloto algo confuso, donde se acumulan la presentación de personajes y nada parece tener sentido, pero en el segundo y tercer capítulo, todo cambia. Desde luego, no es la mejor serie del año, pero contiene elementos interesantes, una buena producción y mejores actuaciones


El protagonista es Martin Freeman, sin duda lo mejor de la serie, dió vida a Lester Nygaard en la ficción Fargo,  pero que, imagino que por causas de su agenda, sale menos en pantalla de lo que me gustaría. Interpreta a Rask, un corrupto agente federal, especializado en delitos financieros que va tras Nick Talman (Adam Brody "The O.C."),que tiene una pequeña firma de abogados, y tras el padre de este, con quien tiene una antigua deuda pendiente.
Ambos invierten dinero ilegal en una 'start-up' de tecnología, junto con una banda de traficantes haitianos,


La "Start-up" se llama "Gencoin" (en clara parábola del "Bitcoin") dirigida por Otmara Marrero "Graceland" y Edi Gathegi secundario en "The Blacklist"
Crackle, el competidor del popular servicio de TV en línea Netflix, ha lanzado esta serie que para mi gusto es basatnte pobre en buenas ideas. Relato confuso en sus inicios, solo obtiene cierta claridad narrativa hacia el final de su episodio piloto. 
Dos mundos distintos acaban chocando, el violento mundo de las drogas, con el volátil y complejo mundo de las empresas tecnológicas. Entre medias un corrupto agente federal, dispuesto a saldar viejas cuentas y a llevarse su tajada del negocio.


Gasta demasiado tiempo en escenas con situaciones eróticas de los personajes, cosa que no ayuda con la progresión dramática sino todo lo contrario. ¿Es que esto es una serie sobre gente que tiene problemas con el sexo? Francamente resultan ridículas estas situaciones porque no aportan nada, o muy poco al relato. Parecen más bien puestas a la fuerza por un ejecutivo que dijo “Metan sexo entre este thriller aburrido que el sexo siempre atrae y vende". 
Pero aquí no hay más. Dudo, que si sigue así, le den una nueva temporada.


Ahora, porqué Sony a través de Crackle nos presenta este tipo de serie y entra de esta forma en el sector, pues lo más avezados en esto de la luchas y políticas de cadenas y productoras pensará que intenta plantar cara a las “grandes casas” y conseguir arrebatarle a ese público mayor, el cual está cansado de ficciones dulcificadas, monótonas, procedimentales, y un largo etcétera, las cuales topan la parrilla tanto en Estados Unidos como en este lado del “charco”. Puede que estén buscando desmarcarse algo y arriesgar con algo diferente, producciones que no sea la típica serie policial, comedia de situación o melodrama televisivo. Pero todo esto es adentrarse mucho sin saber más sobre qué tipo de ficciones que nos va a seguir presentado Crackle en el futuro y que tipo de estrategia va a seguir con cada una de ellas.


Rufus T Firefly

martes, 17 de enero de 2017

The young Pope


¿Quién eres?", le pregunta el confesor al mismísimo Papa. "Una contradicción, como el propio Dios, que es uno y trino". La conversación aparece en The young pope (El joven papa) mediado el que es el primer capítulo de una serie de 10 horas.


Y, en efecto, es ahí donde habita el prodigio presentado por Paolo Sorrentino: en la perezosa paradoja de la carne iluminada, en el contrasentido de cine que no es ni siquiera cine (o no en el sentido académico).
Sin duda, de lo mejor y más sorprendente de la Mostra  2016.


Perfecto, hipnótico, santo y profano disparate. No en balde, se trata del último trabajo de ese canto al veneno eterno de lo efímero que es La gran belleza.


La película (llamémoslo así para abreviar) se abre con la escena de un sueño. Un bebe gatea entre una nube de cuerpos de querubines dormidos. Todos ellos forman una gran pirámide en la plaza de San Marcos, en la misma Venecia. Lo horizontal es vertical, la vigilia se confunde con el sueño. Todo exuberante, todo perfumado por el olor de la santidad, que coincide con el aroma de la muerte. Es sólo el puente de acceso a lo que promete ser una meditada profanación de todas y cada una de las normas cada vez menos inmutables que configuran el lenguaje televisivo. Pero no sólo eso. Lo visto apunta a una reflexión desengañada de los mecanismos perfectamente humanos que animan las más altas motivaciones, los más sagrados principios.


Si se quiere, la película retoma el artificio de Il divo, donde los azares del poder eran examinados desde el Gran Guiñol de la política italiana secular. Y en el centro, los ojos siempre vidriosos de Giulio Andreotti, el hombre que mantenía que no hay nada más peligroso que la malicia de las buenas personas (es un arma en manos inexpertas). Ahora, el escenario cambia, pero la extraña combinación de santidad y cattiveria, que dicen por aquí, se mantiene.


El Vaticano recibe al nuevo Pontífice. Es americano, responde al nombre de Lenny y aún no ha cumplido 50 años. Además, fuma. Nadie sabe nada de él. Los azares del Espíritu Santo o lo otro (según credos) son, en efecto, inescrutables. Todos esperan su primera homilía. Mientras, él, se hace de rogar, calcula sus pasos, estudia a los adversarios y así hasta dar con el peor enemigo de todos.


Quién sabe si él mismo, Jude Law exprime lo mejor de sí mismo en la construcción de un personaje que se hace fuerte en sus silencios, en sus bromas sin gracia ("Mi pecado es que no creo en Dios", le suelta a un atónito cura, además de, según el director, "tonto") y, sobre todo, en su ácida exhibición de cinismo agrio.


Por el reparto, además, no conviene perder el paso de un Silvio Orlando memorable en la piel del cardenal italiano encargado de las finanzas (con todo lo que eso significa).


Ni a él ni a una Diane Keaton, monja y secretaria del Papa, quizá demasiado fiel para todo esto.


A ellos y, claro está, a Javier Cámara,
que también pasea por la pantalla sus modales de incienso carpetovetónico.


La cámara de Sorrentino, siempre al límite y tan capaz de lo mejor como de lo contrario, se mantiene siempre en ese extraño lugar entre la realidad y el deseo, entre la virtud y el vicio, entre el cielo y la misma tierra, entre lo trágico y lo demente. Puta y santa a la vez. La estrategia consiste en construir un drama tan realista que parezca soñado; un thriller elaborado con la virtud de la transparencia; una comedia divina, por fin.


Insiste Sorrentino en que lejos de él la tentación de la irreverencia. "Me he acercado al argumento con honestidad y curiosidad. La idea es indagar en las contradicciones y dificultades en un universo tan fascinante como el del clero. Al fin y cabo, el Papa no es más que un cura algo especial", dice. Añade que el pontífice por él imaginado nada tiene que ver con el actual. "El mío es muy conservador. Y sinceramente no creo que la Iglesia se esté volviendo más liberal.


Nada hace pensar que el sucesor de Francisco no cambie completamente la orientación". No en balde, el personaje interpretado por Jude Law elige el nombre de Pio XIII, sucesor por tanto del Pío XII, que hizo a Musolini hijo de la Providencia. -¿Y qué reacción espera del Vaticano?-Es un problema suyo. No mío. Si tienen la paciencia de verlo hasta el final verán que es un trabajo honesto. Y ahí lo deja. Sea como sea, la carga de la prueba, por así decirlo, no está ahí, en la polémica en crudo.


Todo es más elaborado. Por barroco. La irreverencia es de otro tipo. No estrictamente política, ni siquiera religiosa. Lo irreverente forma parte del nudo más íntimo del mejor trabajo del italiano porque suya es la capacidad de convertir en pecado, tal vez mortal, cada gesto; suyo el empeño de sacralizar cada acto cotidiano, desde el mismo gesto de fumar.


En efecto, el Papa de Sorrentino fuma. "Lo tomé de Ratzinger. Era conocido que él lo hacía", puntualiza el director.Cuentan que el Papa Inocencio X rechazó El éxtasis de Santa Teresa esculpido por Bernini por considerar a la obra más cerca del erotismo que del misticismo. Probablemente y por la misma razón, abominaría de la película que nos ocupa tan voluptuosamente santa. También cuentan que la anécdota es falsa. Lástima.


Toda la película se debate contra la idea de dejar en el simple desarrollo de la trama el mecanismo narrativo. "Creo que este es el gran problema de la mayor parte de las series. Y por eso se olvidan pronto, pese a la cantidad de tiempo que nos acompañan", dice para, acto seguido, insistir en que para él se trata de una película de 10 horas. El ver el resto de los capítulos ratifica que la serie es capaz de mantenerse entera a la altura de estas dos primeras horas irrefutables.Tras los dos primeros episodios, 'The young Pope' acaba con el discurso ansiado por todos.


En él, el Papa se niega a sí mismo y reclama la atención de los fieles al mismo Dios, que se olviden del prójimo y hasta de él, para volverse al Altísimo. La figura de Pío XIII aparece a oscuras desde el balcón más visible del planeta. Sin duda, apenas el arranque de una magnética, santa y profana contradicción.

domingo, 15 de enero de 2017

Irrépochable




"Irréprochable", telle apparaît Marina Foïs dans cette délicate interprétation d'une femme en déficit affectif profond dont sa vie, vide de sens, la conduira à rechercher dans celle des autres un besoin maladif à compenser ses propres manques... Difficile de mettre un mot sur ce comportement étrange et pourtant plus répandu qu'on ne croit, car ni paranoïaque, ni schizophrène, Constance est plongée dans un délire psychologique à en devenir mythomane, où la manipulation d'autrui sera sa force, son but et sa raison d'être...


Et c'est sur ce point que ce film est prodigieux car Marina Foïs étonnante se glisse à la perfection dans la peau de son personnage, ce que renforce encore avec maestria Sebastien Marnier, fort bien inspiré par une mise en scène étouffante, angoissante, tout en laissant à l'histoire et au spectateur par ricoché, des moments de répit et d'insouciance, comme pour mieux y retourner tête baissée après ! Alors crescendo mais pas trop, on se dirige vers le gouffre sans savoir ce qu'il y aura vraiment au bout du chemin, tout en l'imaginant fort bien et surtout en identifiant de mieux en mieux les troubles de Constance que le scénario nous aide à percevoir et à comprendre habilement...


Une Constance que tout un chacun utilise aussi pour la rejeter quand elle devient trop envahissante, trop présente ! Parmi eux justement, son amant, son ancien collègue, interprétés par Benjamin Biolay et Jérémie Elkaïm sont intéressants dans leur genre et quelques renversements de situations par rapport à leur propre personnage, sont franchement significatifs de cette folie qui tisse sa toile indiciblement ! Un thriller plus psychologique que véritable thriller pur et dur, qui fait la part belle à ce personnage central, auquel on vouera toutes nos attentions, on focalisera toutes nos observations pour mieux le décrypter et mieux le comprendre !


Une première réalisation à découvrir, à la fois brillante, déstabilisante dans le bon sens du terme, qui interpelle et qui procure un plaisir cinématographique certain...
Les apparences sont trompeuses dans ce premier film dont le titre se révèle, on le découvre peu à peu, un contresens parfait. Constance, l'héroïne, est avant tout une femme... instable. La vie, il est vrai, la malmène : forcée de quitter Paris, où elle a perdu son travail, elle revient vivre en province, dans la maison de sa mère, hospita­lisée. Déjà sans un sou, elle doit abandonner tout espoir de retrouver son poste dans l'agence immobilière qu'elle avait quittée pour la capitale.


Une jeune fille vient d'être embauchée. Alors, Constance fait tout pour la rencontrer et devenir sa meilleure amie. Comprenez l'inverse...


Avec cette femme tout droit sortie du cinéma réaliste, qui évoque a priori le chômage et la crise, le jeune Sébastien Marnier file ailleurs : vers le thriller psychologique. D'une victime sociale, il fait un personnage qui pourrait devenir une menace. On sent le plaisir du cinéaste à jouer avec le spectateur, à prendre ses attentes à revers. Il y a un peu de Chabrol dans cette atmosphère qui s'appuie sur la quiétude provinciale pour mieux faire ­surgir l'inquiétude et des comportements étranges, extrêmes. Le plaisir, plus mineur, d'un simple film de genre l'emporte parfois.


Les acteurs y mettent de la conviction, Marina Foïs en tête : l'actrice apporte tout son capital de sympathie au personnage de Constance et sait pourtant comment devenir inexorablement glaçante.





domingo, 8 de enero de 2017

The OA


'The OA': un estreno inteligente, una serie frustrante
La apuesta de ciencia ficción de Netflix fue uno de los últimos fenómenos televisivos de 2016. ¿Hay motivos para la fascinación? 'The OA', sobre lo que le ocurrió a una joven desaparecida durante siete años, crea una expectativa más grande que su misterio final.


Da la sensación de que The OA había que verla pronto, y que había que juzgarla y escribir sobre ella también pronto. Netflix ha ayudado en parte a crear este panorama, que no es bueno ni es malo: sus estrenos casi cada viernes son como las películas semanales de la cartelera, que puedes ver de una tacada y esperar hasta que llegue la próxima.


Eso ha provocado que la conversación alrededor de cada ficción se reduzca a unas semanas (excepto el milagroso caso de Stranger Things), pero también que consigamos liberarnos de los plazos de consumo y charla de la televisión tradicional, en pleno momento de burbuja seriéfila. Es algo así como televisión Fast-Food, como han acertado en llamarlo algunos: quienes estén cansados del bombazo diario de títulos como Juego de Tronos y The Walking Dead, pueden hacer oídos sordos e ir a su rollo en la plataforma online.


Con The OA el reto ha sido especial. Sabíamos que Netflix estaba gestando el proyecto, una serie de ciencia ficción creada por Brit Marling y Zal Batmanglij, pero no sabíamos cuándo se estrenaría. En solo un par de días, el servicio de streaming lanzó el tráiler y sus ocho capítulos, el pasado 16 de diciembre, y en pocos más los devoraron muchos espectadores: el misterio de lo desconocido fue el único y perfecto marketing.


La cuestión es cómo se enfrentan a fenómenos como este los columnistas de televisión, para los que la distancia temporal y emocional es tan necesaria. No es que sea muy diferente con series como Juego de Tronos, sobre las que muchos escriben horas después de su emisión, pero ver y reposar una serie completa en un fin de semana, como demanda la dictadura del click, es un paso más allá. La solución es que cada uno siga su propio ritmo.


Pero, ¿de qué va The OA? Antes de esto es pertinente apuntar que el estreno sorpresa no fue el único atractivo de la serie, también su pareja de productores. Brit Marling y Zat Batmanglij están detrás de películas modernas de culto como The Sound of My Voice y Another Earth, y había mucho interés por verles al frente de una serie.


Es la propia Brit Marling quien interpreta el personaje protagonista, Prairie, una joven que vuelve a su hogar tras años desaparecida: ha regresado habiendo recuperado la vista (se quedó ciega de niña), haciéndose llamar The OA y ocultando una historia traumática y liberadora. A su retorno, reúne a cinco personas para contarles lo que pasó, desde la experiencia cercana a la muerte que sufrió cuando era muy pequeña, y permitirles acceder a un conocimiento que puede cambiar sus vidas. Y así será, pero no de la forma que ellos tal vez esperaban.


Más convencional y menos inteligente de lo que parecía


La gran virtud del trabajo de Brit Marling y Zat Batmanglij es el dispositivo narrativo puesto en marcha desde el primer episodio, cuyos créditos no vemos hasta el tercer acto. Muchos han hablado de ello como de las muñecas matrioska, un relato, el que The OA cuenta a sus compañeros, que da lugar a otros sin llegar nunca al definitivo. Ese misterio, esa sensación de estar ante algo nuevo, ante un ejemplar insólito de ciencia ficción existencialista y pedagógica (recuerda en ciertos momentos a Sense8), mantiene el interés de los protagonistas tanto como de los espectadores.


La labor de Batmanglij como director es mágica y enigmática, y Marling destaca como una genial cuentacuentos por su inteligencia a la hora de dosificar la información y las sorpresas, pero el problema llega, como en muchas series articuladas alrededor de la duda, cuando hay que conectarlo todo y darle sentido.

El final de The OA es frustrante, o al menos sorprendente por su simpleza. Su último capítulo termina con una escena emocionante que da cierto sentido a la evolución de sus personajes secundarios, pero de ellos apenas sabíamos nada.



 ¿Qué hay de Prairie? No solo es que los creadores desactiven con ese desenlace toda la maquinaria narrativa previa, sino que deja sin responder (quizá de cara a una segunda temporada) preguntas muy importantes.


¿Es cierto todo lo que narró la protagonista? ¿Qué hay de su propósito final? Lo más decepcionante, sin embargo, es darse cuenta de que The OA no es tan inteligente ni tan revolucionaria como quería parecer (ni como muchos han escrito), de que todo el misterio no es más que una pantomima. Tal vez era esa la intención germinal de The OA, crear un fenómeno retorcido y lleno de recovecos de algo que es en definitiva mucho más simple…
VÍCTOR GONZÁLEZ