miércoles, 30 de junio de 2010

MULETAS PARA CORAZONES CRUELES




Yo uso gafas para ver bien.
Otros usan muletas para caminar.
Lo que aún no se ha inventado es un artilugio
para los minusválidos de corazón.
A.D.B.






Fue imposible no ver
su mirada cuando niño.
En juegos inalcanzables.
En carreras: “yo te pillo”.
Ni fútbol, ni bicicletas.
Ni chapoteos en el río.

Absurda adolescencia
de los abrazos vacíos.
De besos imaginados.
De los boleros perdidos.

¿Cómo nadie construyó
entre sus ramas el nido?
Sólo vieron sus alas rotas.
Nunca un corazón crecido.

Qué ciega estuvo la gente:
se perdieron su cariño.
Fue una suerte encontrar
un diamante en el camino.
Ni el más negro universo
puede ocultar tanto brillo.


(Para Nando, con mi cariño inmenso)
Publicado por Amelia

martes, 29 de junio de 2010

Esa Mujer


Esa Mujer
constelación
nunca escrita o dibujada
unida al sueño
de una roca del cielo
No existe en realidad
Es la quinta estación
o el límite del viento.
En la multitud de universos
habitación lejana y muda
sacudida por inaccesibles lluvias
invadida por huellas de desnudos pies
Frontera de belicosas paredes
sin puertas que cerrar
Inmenso espacio
esa mujer

Poema e imagen © Ina 2010

Dedicada a la multitud de universos y constelaciones que aún no tienen título...
Publicado por Zoe
http://encuantosearregleeldia.blogspot.com/

lunes, 28 de junio de 2010

Para vivir no quiero


Para vivir no quiero
islas, palacios, torres.
¡Qué alegría más alta:
vivir en los pronombres!


Quítate ya los trajes,
las señas, los retratos;
yo no te quiero así,
disfrazada de otra,
hija siempre de algo.
Te quiero pura, libre,
irreductible: tú.
Sé que cuando te llame
entre todas las gentes
del mundo,
sólo tú serás tú.
Y cuando me preguntes
quién es el que te llama,
el que te quiere suya,
enterraré los nombres,
los rótulos, la historia.
Iré rompiendo todo
lo que encima me echaron
desde antes de nacer.
Y vuelto ya al anónimo
eterno del desnudo,
de la piedra, del mundo,
te diré:
«Yo te quiero, soy yo».

Pedro Salinas
Publicado por Inés

domingo, 27 de junio de 2010

He piropeado a un agente del CNP

Piropos en la fuente


Uno no puede quitarse de encima en unos años el peso de una mala educación y menos, las exigencias genéticas. Normalmente, me controlo. He dado muchos años clases a chicas y chicos adolescentes, hermosísimos y elásticos, y estoy seguro de que ninguno de ellos tiene pruebas de que haya mirado su cuerpo con interés. Digo que no tiene pruebas, es decir, que aprendí a mirarlos sin que se dieran cuenta. O al menos eso creía yo. A las mujeres de más edad, también he aprendido a mirarlas sin que lo aprecien, demasiado. Sólo tengo problemas en la cola de los cajeros, porque no sé dónde mirar, si miras al frente, malo, se puede pensar que te estás quedando con el pin, y esto es grave penalmente, y si, prudentemente, bajas la vista, se puede pensar que te dejas llevar por los “bajos instintos”, y aquí se te puede aplicar la legislación de género. Pero no me gusta que una mujer me coja mirándola y, menos piropearla. Ahora me cuesta menos trabajo, la entropía desactiva, no el deseo, sino sus sobreactuaciones. El caso es que el piropo, o cualquier otra manifestación del deseo, te hacen aparecer como dependiente o encadenado. Yo sé que lo soy, que hay un resorte en los hombres (de los de las mujeres no sé nada), que se activa automáticamente cuando aparece una mujer, y que te convierte en un ser desnortado o, por el contrario, en un ser cuyo imán siempre se orienta hacia el mismo Norte. Las mujeres, incluso en el patriarcado, han aprendido a vivir con este poder y a usarlo cuando han podido. Repasando mi currículo, nadie podría pensar que iba a terminar piropeando a una policía nacional. La chica me estaba ayudando en una comisaría a renovar el certificado digital de mi DNIe, le di las gracias cuando terminó y le dije que tenía una queja que presentar. Me rogó muy amablemente que se la planteara. Le dije que en la foto en blanco y negro del DNIe salíamos cadavéricos. Ella defendió con pasión la fotografía en blanco y negro o en tonos sepia. Y ahí fue donde eché a perder una trayectoria impecable de respeto a la mujer y a mi mismo: “Usted”, le contesté espontáneamente, “con lo joven y lo guapa que es, se puede permitir todos los efectos del photoshop que quiera, pero los que vamos teniendo una edad, no”. No me puso las esposas. Creo recordar que me sonrió con agrado.

Publicado por Pablo Alcázar
imagen: Galanteo en la fuente de Eugene Von Blaas

sábado, 26 de junio de 2010

Vacío Sereno

Imagen: La sabiduría del Tao

Algunos días me gusto mucho, pero otros, como hoy, detesto volver a sentirme la mujer vulnerable y un poquito introyectada de hace algún tiempo.
Detesto darme cuenta que cualquiera puede hacer cosas graves o lindas sin mayores problemas, mientras yo no.
Choca dentro de mí que las cosas me afecten.
Lastima saber que no importa por cual sendero decida irme si a final de cuentas actuar con honestidad y sentir la vida con intensidad no me conducen a un estado de paz...
Decía Einstein que lo importante no es dejar de preguntar, pero qué hago con este puñado de preguntas sin respuesta que se derraman por entre los dedos, que no caben en mis manos?
Qué se hace con este vacío sereno que en el fondo sabe que muchas cosas no cambiarán jamás?

Karla Preciado
http://karlapreciadomendoza.blogspot.com/

viernes, 25 de junio de 2010

Dos caminos


Más que en cualquier otro tiempo de la historia,
la humanidad se encuentra hoy ante una encrucijada.
Un camino lleva hacia la desesperación y la total desesperanza;
otro nos lleva hacia la extinción total.
Recemos para que tengamos la cordura de escoger correctamente.
© Angel 20/6/2010
P.D.
Buscando una imagen para este texto, he constatado que hay uno muy parecido atribuido a Woody Allen, por lo que he pensado que, sin discutir, puedo compartir el copyright con él , siempre que se comprometa a dos cosas:
1.-Venir a Granada a tocar con su grupo en el Festival de Jazz
2.-Conseguirme una entrada para ir a verle, bueno dos, que iré con mi domadora.



cartel diseñado por Juan Vida

jueves, 24 de junio de 2010

Que me dejen en paz


No puedo más con los días
no puedo más con las personas
no puedo más con este mundo
tan egoísta y repugnante
ya me he hartado de todo
ya no quiero oír a nadie más
ya no aguanto tanta idiotez
tanta mediocridad insoportable
resbalando de las bocas
ya no soporto este gris
que me devora por dentro
de la mañana a la noche
ahora quiero quedarme solo
necesito estar solo
y que nadie me hable
no quiero recibir miradas
no quiero compasiones
no quiero palabras vanas
que se pudren de falsedad
antes de llegar a mis oídos
deseo que me dejen en paz
quiero que me dejen en paz
exijo que me dejen en paz
mientras acabo mis días
refugiado en mi cueva oscura
alejado de toda esa basura
que aturde mis sentimientos
disfrutando a conciencia
del abrazo de la soledad
y del silencio de los muertos
.
Toro Salvaje

miércoles, 23 de junio de 2010

Tortura


Tortura es
lo que siento
cuando sin poseerme
te noto y te huelo.
Tortura es
notar tu presencia
tan cerca
que ahoga mi aliento.
Tortura es
sentirme esclava de ti
aún en silencio.
Tortura es
sentirme prisionera
de tu cuerpo.
Tortura es
declararme cuerda
cuando mi locura..
y mi deseo..
me invaden por dentro.
Tortura es
no ser dueña de mí
ni de mi pensamiento.
Tortura es
lo que percibo
presintiendo tus manos
tus dedos..
tus labios..
tus ojos...
y todo tu por entero




Publicado por lisebe

martes, 22 de junio de 2010

Puertas cerradas


Puertas,
para evitar la frescura,
sortear razones,
y cercenar ilusiones.

Cerradura,
como arma para quebrar la utopía,
mitigar los deseos,
y evitar el disfrute de elegir,


caminos,
propuestas,
ideas,
debates,
sueños,
amores,
canciones.
Hurtando el deleite de
mirar,
oir,
acariciar,
gustar,
oler,
y amar.
Texto y fotos de El Pinto

http://lavidaymisfotos.blogspot.com/

lunes, 21 de junio de 2010

Me han llamado "chantajista" ante toda España.

Foto : Carlos R. Brown
Pues aquí estoy después de una semana entre encamada y "autista". El trancazo que me traje de Madrid me ha pasado mucha factura.
A lo que voy, que no es plan de ponerse a llorar ahora después de no levantar cabeza en días, hoy me encontraba en la cocina con mis quehaceres necesarios (perdí dos kilos por no alimentarme en dos días con la fiebre) mientras oía la radio, aún bastante floja físicamente pero más animosa.
Los que me leeis hace tiempo sabeis mi debilidad por Alsina y su programa La Brújula, y entre sartenes y la Fussion Cook, andaba yo escuchando La Brújula de la economía y a Carlos Rodriguez Brown...argentino, y economista liberal que me orgasma toa y cuya frase de "el mejor amigo del hombre es el chivo expiatorio" he publicado alguna vez en el blog.

Rodríguez Brown tiene la costumbre de vez en cuando de cantar, lo hace unos segundos con Carlos Herrera por las mañanas - coincide a la hora que estoy llegando a la oficina- , y cuando Alsina lo deja en su programa se explaya.
Su "pupupidú" tatareado de la Monroe no tiene rival.
Pues bien, hoy el programa era en directo desde Santiago de Compostela, y Alsina expresó que no habría presión popular que le impeliera a dejar perpetrar al mozo su afición. Y ahí que estaba la Fiebre escuchando y no sé porqué (quizá el encierro forzado y las ganas de sociabilizar) hicieron que viniera al PC y escribiera el siguiente correo al programa:

Buenas noches. Soy Lola y os escribo desde Málaga. Soy funcionaria, divorciada, vivo sola y pago una hipoteca, por lo que podreis deducir que mi vida es un poco triste.
Disfruto de contadas experiencias orgasmáticas al año. Dos de ellas, son cuando veo la nómina con la paga extra. El resto cuando canta el Señor Brown.
Zapatero me ha quitado dos. Alsina, si no quiere arruinar la vida sexual de una mujer solitaria... ¡¡permita cantar a Don Carlos!!

Cuando al cabo de unos minutos, Alsina comenzó con lo de...soy Lola, y después dijo: Esperad, esperad, que no acaba aquí...yo juro que me quería partir la caja.

Jamás he sentido la necesidad de adquirir notoriedad pública -lo sé, tengo un blog- , pero nunca escribí un mail a ningún organismo , ni me he planteado en salir en la tele ni en radio, aborrezco los diarios de Patricia y similares, y si un novio se me fuera a declarar en la Caja Tonta...ese forniciaba con su madre.

Pero juro que a medida que Alsina iba leyendo mi correo (con mucha más arte del que yo lo escribí por cierto), el público en el estudio se partía, y el resto de los contertulios dijeron que eso era "un chantaje en toda regla" y mi Carlos se escogorciaba...mi ego se iba hinflando cual globo aerostático.

Y cuando mi adorado Rodríguez Brown preguntó cual era el próximo avión que salía para Málaga mis carcajadas ya eran espasmódicas.
Menos mal que una vuelve pronto en sí y me di cuenta que cocinando albóndigas, con una cola de caballo y con los sudores de los restos de la gripe encima... una es de todo menos orgasmática.

Fiebre
http://fiebrerubia.blogspot.com/

domingo, 20 de junio de 2010

De la ternura de los lobos


Su continuo caminar en busca de los otros es,
en realidad,
una búsqueda de ellos mismos;
frente a la dureza de las circunstancias.
Estas mismas circunstancias...
pueden despertar en cada ser,
su instinto de ternura o de bestialidad.
El ser humano con sus palabras...
puede ser el más feroz animal....
No hay que confundir sinceridad con crueldad.
mar
http://blackintheblack.blogspot.com/

sábado, 19 de junio de 2010

La pesadilla



No era una mañana mas, algo me decía que iba a pasar algo pero no sabía qué. Me levanté como todos los días a la misma hora y con el singular ruido de mi despertador. Me siento en mi cama grande, confortable, situada en una amplia habitación cálida e iluminada. Un ventanal que muestra el exterior en forma de cuadro.
Observo con detenimiento esa mancha negra que contrasta la almohada blanca, congelada en el tiempo, a la espera de nada ni nadie.

El siempre en la misma pose, inmerso en un sueño profundo y sin perturbación alguna. Todas las mañanas se despierta una hora mas tarde que yo. Cuando me despierto lo observo unos minutos para llevarme una foto de él y luego me alejo de la habitación, recorro el pasillo y bajo las escaleras con la tranquilidad de que todo está en orden. Voy en busca del desayuno, ese ritual previo al resto del día. Hoy algo sucedería, tenia ese presentimiento desde el momento en que mi cuerpo y mi cama dejaron de ser un solo objeto.

En la planta baja diviso su cartera arriba de la mesada. Estaba abierta como invitándome a ella. No soy de hacer esto pero hoy todo es distinto. Me acerco y con culpa la reviso. Cartas de alguien, una tal Marisa. No era amiga de la familia ni conocida nuestra. Leo con detenimiento mientras me preparaba para lo peor. Palabras y frases como puñales. No podía creer que estaba en presencia de mi engaño, del fin de una relación y del principio de otra. Se hacia cada vez mas difícil sostener ese papel entre mis manos, era filoso y quemaba. ¿Qué debo hacer?, era el único interrogante que se me manifestaba, cuya respuesta no estaba o no quería que esté.

Me conozco, ese era mi terror más grande, mi reacción podía no ser la adecuada pero ya no me importaba nada. Era tanto el dolor que el corazón no piensa, y eso me asustaba. Me acerco al bar en busca de un trago que me tranquilice pero nada era suficiente. En ese mismo instante oigo un grito. Era él, pedía ayuda. Me nombraba entre lamentos. Corrí con fuerza hasta esa escalera sin fin, hasta ese pasillo interminable, hasta esa puerta que en ese momento separaba lo que nadie nunca soportaría ver. Su cuerpo sin vida, sus ojos perdidos en un mundo de arrepentimientos. No, seguía allí, como la última vez que me fuí; quieto y callado.

Me siento en mi cama, lo miro y no podía entenderlo. Me recuesto sin saber que hacer y me duermo profundamente buscando la cura de todo el dolor. Al despertarme todo había cambiado: mi habitación ya no era amplia ni cálida e iluminada, la cama había dejado de ser grande y confortable; todo parecía un sueño.
Y cuando de repente miro que mi ventanal ya no es un cuadro y que fué remplazado por barras verticales, como jaula sin salida.

Me dí cuenta que no era un sueño, si no más bien el principio de mi pesadilla.
Publicado por Lucrecia Borgia
http://elmundodelucrecia.blogspot.com/

viernes, 18 de junio de 2010

Ojalá/Oxalá



E él díxolle:

“Oxalá poidamos dicir
algún día,
que a muller triste
que viveu en ti,
marchou para sempre”

E ela pensou:

“Oxalá teñas razón
e esa muller
non volte xamais”


...ooo000ooo... ...ooo000ooo... ...ooo000ooo... ...ooo000ooo...

Y él le dijo:
Ojalá podamos decir algún día,
que la mujer triste que vivió en ti
se fue para siempre.
Y ella pensó:
Ojalá que tengas razón
y esa mujer no vuelva jamás.

...ooo000ooo... ...ooo000ooo... ...ooo000ooo... ...ooo000ooo...

"... El caballero no parecía tener alternativa. Perdía fuerza en cada segundo que pasaba y la sangre brotaba de sus dedos allí donde se aferraban a la roca. Pensando que moriría, se dejó ir y se precipitó al abismo, a la profundidad infinita de sus recuerdos.

Recordó todas las cosas de su vida de las que había culpado a su madre, a su padre, a sus profesores, a su mujer, a su hijo, a sus amigos y a todos los demás. A medida que caía en el vacío, fue desprendiéndose de todos los juicios que había hecho contra ellos.

Fue cayendo cada vez más rápidamente, vertiginosamente, mientras su mente descendía hacia su corazón. Luego, por primera vez en su vida, contempló su vida con claridad, sin juzgar y sin excusarse. En ese instante, aceptó toda la responsabilidad por su vida, por la influencia que la gente tenía sobre ella, y por los acontecimientos que le habían dado forma.

A partir de ese momento, fuera de si mismo, nunca más culparía a nada ni a nadie de todos los errores y desgracias. El reconocimiento de que él era la causa, no el efecto, le dio una nueva sensación de poder. Ya no tenía miedo.

Le sobrevino una desconocida sensación de calma y algo muy extraño le sucedió: ¡empezó a caer hacia arriba! ¡Sí, parecía imposible, pero caía hacia arriba, surgiendo del abismo! Al mismo tiempo, se seguía sintiendo conectado con lo más profundo de él, con el centro de la Tierra. Continuó cayendo hacia arriba, sabiendo que estaba unido al cielo y la Tierra.

Repentinamente, dejó de caer y se encontró de pie en la cima de la montaña y comprendió el significado de la inscripción de la roca. Había soltado todo aquello que había temido y todo aquello que había sabido y poseído. Su voluntad de abarcar lo desconocido le había liberado. Ahora el universo era suyo, para ser experimentado y disfrutado.

El caballero permaneció en la cima, respirando profundamente y le sobrevino una sobrecogedora sensación de bienestar. Se sintió mareado por el encantamiento de ver, oír y sentir el universo que le rodeaba. Antes, el temor a lo desconocido había entumecido sus sentidos, pero ahora podía experimentar todo con una claridad sorprendente. La calidez del sol del atardecer, la melodía de la suave brisa de la montaña y la belleza de las formas y los colores de la naturaleza que pintaban el paisaje, causaron un placer indescriptible al caballero. Su corazón rebosaba de amor: por sí mismo, por Julieta y Cristóbal, por Merlín, por Ardilla y por Rebeca, por la vida y por todo el maravilloso mundo.

Rebeca y Ardilla observaron al caballero ponerse de rodillas, con lágrimas de gratitud surgiendo de sus ojos.

“Casi muero por todas las lágrimas que no derramé”, pensó. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas, por su barba y por su peto. Como provenían de su corazón, estaban extraordinariamente calientes, de manera que no tardaron en derretir lo que quedaba de su armadura.

El caballero lloraba de alegría. No volvería a ponerse la armadura y cabalgar en todas direcciones nunca más. Nunca más vería la gente el brillante reflejo del acero, pensando que el sol estaba saliendo por el norte o poniéndose por el oeste.

Sonrió a través de sus lágrimas, ajeno a que una nueva y radiante luz irradiaba de él; una luz mucho más brillante y hermosa que la de su pulida armadura, una luz destellante como un arroyo, resplandeciente como la luna, deslumbrante como el sol..."

"El caballero de la armadura oxidada"
Robert Fisher

Foto: Aldabra
Publicado por Aldabra
http://congoyyo.blogspot.com/

jueves, 17 de junio de 2010

Remodelación


imagen: Emily
Hace unos días, me preguntaba a mi misma, si como el ave fénix podría yo renacer de las cenizas? y la respuesta ha ido llegando poco a poco, gota a gota durante todo este tiempo, hoy creo que si es posible, es más ya se ha dado, sólo que no lo veía.
Pero este renacer no es fácil, libra duras batallas día a día, mi YO, el viejo, el que me hace sufrir se resiste a morir, mientras mi nueva YO, recoge lo que puede salvarse y se empecina en permanecer... en terminar de nacer.
Así que ha sido el tiempo propicio para remodelar la ventana de mi ser, que es este blog, mi sentir en palabras... espero les guste, porque de no tener color, he pasado a tener muchos: el rosa siempre me pareció el color de la suavidad, de la sensibilidad femenina, aunque pueda parecer cursi me recuerda a mi hija, a mi madre, a mis hermanas, sobrinas, a mis amigas, mis lectoras, así el rosa en todos sus matices son todas ustedes, mis entrañables compañeras, el NARANJA son mis hijos, vida, alegría, dulzura, calor... sobre todo eso calor, ellos me calientan el alma cada vez que me siento sola.
Me ha encantado la mezcla, los matices, porque así me siento, aun tan desaliñada, sin orden ni coherencia, pero hermosa.
He vuelto hace unas horas, de encontrarme en el silencio conmigo misma, y he visto cosas tan bellas que siento que mi vida es perfecta en este preciso instante... es una obra de arte en manos de Dios.
Un beso grande,
Sara
Publicado por Una mujer desnuda y en lo oscuro
http://desnudayenlooscuro.blogspot.com/

miércoles, 16 de junio de 2010

La ventana del 4ºB


Ilustración: "Ventanas en la noche", de Edward Hopper

La ventana del 4º B se mantiene iluminada hasta altas horas de la madrugada.
Permanece con la persiana cerrada durante todo el día, y en cuanto el sol se pone, se abre.
Para que entre la oscuridad, digo yo.
Pocas veces veo a nadie más.
Sólo a esa chica que camina lento, que parece perdida a pesar de estar en su casa.
Puedo observar parte de su cama, una mesa escritorio pegada a la ventana y un sillón abarrotado de ropa que nunca le he visto puesta, porque siempre está con esa camisola gris hasta las rodillas. Aparentemente, anda descalza.
O eso pienso yo, porque no alcanzo a ver sus pies.
Nunca la vi en la calle.
Y eso que mi enfermedad me tiene postrada ante esta ventana, y poco se me escapa.
No sé de qué vive, qué come, con quién se relaciona.
No consigo deducir nada de su vida, salvo que se pasa horas frente a su ordenador y que, llegado un momento, se echa en la cama, toma una fotografía, la mira por unos minutos y luego la aprieta fuerte contra su pecho mientras llora desconsoladamente.
No sé de quién es la foto.
Mis prismáticos no me permiten verlo con detalle.
Tal vez deba comprarme unos nuevos.
Publicado por Alís

martes, 15 de junio de 2010

La bandera de la "Roja"


Joaquín entró a la cafetería sin prisas, con calma, había terminado un trabajo recientemente y hasta el siguiente turno, seguramente no le avisarían.
Carajillo de Bayleys y un botellín de agua con gas, si es posible de Lanjaron, pidió al camarero que se ofreció a atenderle.
Desplegó el periódico Ideal y se dispuso a hojearlo, que no a leerlo, sin prisa, con calma, pues sabía que no le avisarían para un servicio más en esta jornada.
La sección política se dedicaba como monotema al tijeretazo de Zapatero, a cómo se desdecía de su promesa de “nunca rebajaré los derechos de los trabajadores” , “nunca abandonaré a los más débiles”…etc, que rondaba por todas la redacciones y en ésta no iba a ser menos.
Los deportes estaban prácticamente copados por el fútbol, el Granada había dado buena cuenta del Alcorcón, verdugo del Real Madrid por cierto y ya estaba en Segunda división y la Roja, ¿Porqué no la Colorá?, se disponía a dar comienzo un Mundial que sin duda marcará un antes y un después en su historia, preñada de hazañas pequeñas, pero que a falta de grandes gestas satisfacen al mundillo de fútbol patrio y encandilan a la juventud de hoy día.
Ya no es signo de ser “facha” el llevar la bandera Rojigualda hondeando al viento desde motos, coches y todo tipo de balcones vecinales.
Estaba terminando de ser servido por tan atento camarero, cuando le sorprendió la pregunta:
-¿Usted es bombero?, le dijo.
-Pues sí, para qué voy a negarlo, pero me gustaría saber cómo ha podido usted averiguar mi profesión.
-Pues.......por la forma de pedir lo que iba a consumir, el tipo de consumición, la marca de licor con el que hacer el carajillo, la forma en que ha roto el sobre para poner el azúcar, el modo tan peculiar de coger y utilizar la cucharilla al remover el azúcar…….pero sobre todo, el uniforme tan llamativo que usted lleva, el casco tan espectacular, el hacha a la espalda en el cinturón….y el coche rojo con luces rotativas de emergencia amarillas que ha dejado subido en la acera.
© Angel 12/06/2010

lunes, 14 de junio de 2010

El Patio


Mirando a través de los cristales de la ventana del cuarto de estar se ve el patio verde, fresco y limpio; ha sido un invierno particularmente lluvioso y frío, pero la yedra que tapa las paredes y trepa por las columnas de la pérgola, hasta cubrirla por completo, ha sobrevivido al mal tiempo y con los primeros rayos del sol de la primavera ha surgido mas brillante y lustrosa que nunca.
Es un patio pequeño, pero en él caben los elementos suficientes para que cada uno pueda desarrollar su vida independientemente, los perros reinan en el suelo; los gatos hacen equilibrios para pasar por el filo de la tapia que delimita el patio mientras se ríen de los perros que se vuelven locos porque saben que jamás podrán pillarlos, a su vez el ratoncillo que vive encima de la pérgola se divierte provocando a los gatos que jamás lo podrán pillar a él, porque se esconde entre las plantas que cubren la pérgola y tendrían que pasar por encima de la parra, y si lo hicieran se caerían al suelo y los pillarían los perros, porque los pámpanos verdes no tienen fuerza para soportar el peso de un gato. Se cierra así el círculo del mundo de los perros, los gatos y el ratón. Pero quedan muchos círculos de vida todavía en el patio: las avispas que revolotean alrededor de la alberca y cuando se acercan a beber se quedan atrapadas en el agua y se ahogan , aunque algunas veces encuentran una hoja o una flor y se suben hasta que se le secan las alas y vuelven a volar; las salamanquesas que se pasan la vida debajo del farol de la pared de la pila, que es la única que no tiene plantas, esperando a los mosquitos que no se resisten a la atracción de la luz del farol, sin darse cuenta de que lo único que consiguen es que se los coman las salamanquesas, pero no importa porque las salamanquesas son pocas y ellos son legión y no hay peligro de extinción de la especie.
Esta mañana hay una actividad nueva en el patio: una pareja de mirlos está haciendo su nido. Han elegido un lugar entre la yedra en la pared del fondo. Es un error y alguien debía de advertirles de que no se tomaran el trabajo, que el jardinero cuando lo vea se lo va a quitar, que alguien les diga que no traigan las ramitas y las hierbas, que no las tejan con forma de cesto, que luego no rellenen el cesto con tierra húmeda, que no esperen a que se seque para venir a ocuparlo, porque cuando una tarde venga la mirla parda a poner sus huevos no va a encontrar su nido perfecto y se va a volver loca y va a ir a buscar al mirlo negro y guapo con su pico amarillo, y los dos se van a golpear una y otra vez contra el lugar donde estaba, sin comprender lo que ha pasado con su nido que tanto esfuerzo les ha costado, y la mirla tendrá por fin que poner los huevos en cualquier parte y quien sabe si podrán nacer los polluelos. Por eso, para impedir ese drama, sería necesario que alguien les dijera que buscaran otro sitio, pero quien se lo va a decir si en el patio nadie se fía de nadie.
Mañana la salamanquesa le dirá a una avispa, que le ha contado el ratón, que un mosquito le ha dicho que sabe de buena tinta que los perros, que son los únicos que entran en la casa, vieron llorar a la mujer del jardinero por la tragedia ocurrida el día anterior a la familia de los mirlos.
Coco
http://coco-cocovida.blogspot.com/

domingo, 13 de junio de 2010

El secreto


-¿Cual es el secreto, maestro?
-El secreto es que no hay nada mejor que saciar el hambre
y no hay nada peor que el hambre saciada.
Torcuato González Toval.
http://todonuevobajolaluna.blogspot.com/

sábado, 12 de junio de 2010

El viejo tío Vania


El frío se colaba por las rendijas que tenía el vagón. Era tan intenso que podía casi tocarse. Pero el joven profesor Serebriakov no estaba interesado en comprobarlo de forma empírica. Viajaba hacia Saratov. En San Petesburgo las cosas se habían puesto un poco complicadas para los que no eran totalmente afectos al nuevo régimen. Quizá había elegido aquel destino estepario porque allí debía vivir todavía Voinitzi, un familiar al que sus padres llamaban "el viejo tío Vania". No sabía mucho de ese pariente pues apenas se habrían cruzado unas pocas cartas. Tenía entendido que de joven había sido sastre y que, ya retirado, tenía simpatías por los bolcheviques.Cuando bajó del tren no había nadie esperando en el andén. El convoy prosiguió su marcha en medio de una enorme nube gris de vapor helado que estaba a punto de licuarse. El sol allí era del mismo tono que la niebla. Salió de la desvencijada estación que amenazaba ruina y lo encontró allí, vestido de forma desaliñada, con un cigarro clavado en sus labios resecos y enarbolando una botella de vodka. Se saludaron efusivamente y Serebriakov agradeció el trago y se disculpó porque tenía que resolver unos asuntos administrativos, entre ellos un lugar donde dormir y la escuela donde enseñar. Le asignaron un lujoso palacete de esos que habían sido expropiados a la nobleza. El establo junto a su domicilio lo habían convertido en escuela popular de Saratov, su lugar de trabajo. Quedaron a la hora de comer y gracias a la literatura se hicieron amigos. El profesor había escrito un modesto libro de poesía de escaso eco en aquellos tiempos tan duros. Por contra su tío, llevaba escribiendo cuentos en secreto. El sobrino era admirador de Chejov. El anciano le enseñó una de sus historias y el sobrino le animó a que las difundiera pues creyó que eran tanto o más buenas que lo que escribía Gogol.Tío Vania llevaba una tertulia literaria en las dependencias de su antiguo negocio. Allí acudía con regularidad un reducido grupo de campesinos al que se unió el sobrino.—¡A mí me importa un carajo lo que dice Chejov! —solía responder Vania cada vez que el joven recordaba las normas mínimas para que un cuento pudiese ser leído y comprendido por más gente. —No es obligatorio. Pero es similar a las reglas de conducción de los automóviles. ¿Qué me dices si cada uno circula por donde le da la gana? Tiene que haber un mínimo de leyes —replicaba Serebriakov.—¡Pues yo escribo como quiero, hasta con faltas! —concluía Voinitzi secundado por las risotadas etílicas del resto de contertulios mientras hacía equilibrios para que la ceniza del cigarro no le cayese en la pechera.Con el tiempo Serebriakov se integró en la comunidad y se casó con una joven del lugar. Dejó de frecuentar las reuniones y tío Vania se alegró pues así él podría volver a controlar el coloquio de aquellos labriegos sin ningún tipo de oposición. Murió Lenin y retornó a San Petesburgo dejando a su esposa al cargo de la escuela. Allí publicó su segundo libro. Tío y sobrino intercambiaron telegramas. Vania quería una opinión sobre uno de sus cuentos, "La casa de la estepa". Serebriakov lo encontró de gran calidad pero con una inverosimilitud: "Tío, tu personaje es un fantasma que tiene la habilidad de sudar y eso confunde a los lectores". "Suda si yo quiero", respondió airado y ciego de aguardiente el pariente en otra misiva donde además intentaba señalar múltiples errores de su libro. El sobrino respondió que las erratas ya las había corregido y que le estaba agradecido por ello, pero que aquella frase estaba gramaticalmente bien.—¿Y tú como sabes todo eso?—¿Tío, no recuerda que soy profesor? Además lo consulté en los manuales de gramática.—¡Te has endiosado porque eres profesor! ¡A mí me corriges y tú no me aceptas nada! ¡Los labriegos tendrían que estar en las cátedras! ¡Una oveja tiene más conocimiento que tú! —Insistía airado y enrojecido por los litros de vodka—, ¡Te acordarás de tu soberbia! ¡No necesito para nada tu ayuda! Voy a presentar mi libro en la casa del pueblo, y tienes que venir, es obligatorio. No hubo más correspondencia.Stalin se hizo con el poder soviético y Serebriakov abandonó la ciudad. Estaba confundido. Lamentaba no haberse exiliado en París. Volvió con su esposa. Llegó el día después de que Vania fuese encumbrado por los comunistas más radicales. Al llegar a casa lo comprendió todo. La habían registrado de arriba a abajo y le habían requisado muchos libros. Ya no era el maestro. Su puesto se lo habían dado a un tertuliano de Vania. Ya era tarde, muy tarde pues el tío había denunciado a su sobrino, el cual fue deportado a un gulag donde murió semanas más tarde víctima de la tuberculosis.
© Manel Aljama (mayo de 2010)

http://manelaljama.blogspot.com/2010/06/el-viejo-tio-vania.html
Ilustración: Van Gogh, Old man putting dry rice on the hearth (1881)

viernes, 11 de junio de 2010

Carmen el Agua


Subimos al Albaicín,
por las calles misteriosas,
el calor subía adoquinado
entre paredes blancas y olor de rosas.


Oculta tras una esquina
hallamos la pequeña puerta,
pequeño recibidor, escaleras sinuosas,
con sillas y mesas de hierro
y esa terraza tan hermosa.


Tus preciosos ojos tristes,
las perlas entre tus labios,
tu amor inmenso declarado,
tu serenidad, tus palabras,
el silencio de los platos...
y una nota, y un regalo...


Como te lo agradecí,
te lo agradezco tanto...


Tenía tu rostro ante mi,
por la Alhambra rodeado,
vestida de luz rojiza
con el cielo negro recortado.


Si aquello no era cielo,
porque muertos aun no estamos,
se le parecía tanto amor,
que yo creía tocarlo...

Publicado por JamS
http://linea-discontinua.blogspot.com/2010/05/carmen-el-agua.html

jueves, 10 de junio de 2010

Amor efímero



Ella, una chica morena de ojos negros y piel blanca.
Estaba en su habitación, poco luminosa y muy poco espaciosa.
Allí, sentada en la cama, conversaba con su amiga Marta, que estaba sentada en una silla, al lado de la cama. La morena y la rubia reían, hasta que Marina asomó la cabeza por la puerta con un papel entre sus manos:
- Oye, alguien te ha dejado esta nota. - dijo.
Marina le alcanzó la nota, escrita a mano en tinta negra y por ambas caras.
Comenzó a leer y el rostro le cambió completamente.
Parecía otra.
Tenía la mirada de una chica que guardaba una ilusión y la sonrisa de una mujer enamorada.
- "Tengo una sorpresa. Te espero en el patio". - Leyó.
El patio era un lugar por el que se accedía bajando las escaleras del piso.
Era como una especie de túnel construido con ladrillos que tenía una plataforma de hierro, como si fuera una especie de balcón con su barandilla.
Allí era donde se llegaba por las escaleras.
Un poco más a la izquierda, había vigas de madera que iban de una punta a la otra del patio y en las que había unas cuerdas muy finas justo en el medio.
El suelo era todo de arena.
Entusiasmada, abrazó en su pecho la nota con una sonrisa y disculpándose ante Marta y Marina, se fue bajando las escaleras.
Cuando abrió la pesada puerta, vio ante ella un chico rubio de ojos azules con una rosa roja en la mano y una sonrisa en la cara.
Su nombre era Pablo.
Ambos se fundieron con un beso en la boca mientras se abrazaban por el cuello.
- A partir de ahora te acompañaré a la universidad - dijo él.
- ¿¡En serio!? - contestó ella con gran sorpresa.
- Es más. Me gustaría que pasáramos todo el día juntos.
Aquel día que compartieron, para ella fue inolvidable.
Y así, día tras día, él le escribía notas con unas palabras de amor y una cita en el "balconcito" del patio.
Después la acompañaba a la universidad y pasaba el día con ella.
Estaban muy enamorados.
Parecía que no podían vivir el uno sin el otro.
Una mañana, unos vecinos suyos, que eran marido y mujer, se le acercaron a hablar, como siempre hacían.
Eran unos viejecitos muy simpáticos.
Ambos tenían el pelo cano, una gran barriga y una sonrisa tan alegre que los hacía hermosos.
Iban siempre con sus sombreros de paja a todas partes.T
ras charlar un rato con ellos, volvió a su casa esperando una nueva carta de su amor aquella tarde.
Esperó en la habitación y, por fin, la leyó:
- Hoy no te voy a poder acompañar a la universidad. Lo siento. - ponía en la carta.
Alarmada y sin soltar la carta, bajó corriendo las escaleras y abrió la puerta.
No había nadie.
Posó sus manos en la barandilla y miró hacia el suelo.
Se le cayó la carta en la arena.
Al lado yacía boca arriba el cuerpo de Pablo, como si hubiera caído.
Se asustó mucho y se puso a llorar, pero algo la hizo volver en sí.
Oyó unos gritos que venían de la izquierda.
Eran los viejecitos, que queriendo cruzar una de las vigas, perdieron el equilibrio y estaban pendientes de la cuerda fina a la que lograron sujetarse.
Al principio se agazapó y no sabía qué hacer.
Hasta que reaccionó y, cruzando ella también la viga, los agarró de la mano y consiguió subirlos poniéndolos a salvo.
- No pude salvarte a ti, pero pude salvarlos a ellos.
Diste tu vida por la suya.
Publicado por saiko
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miércoles, 9 de junio de 2010

Desconcierto

Ante la cortina de Erich Heckel


Despertó del sopor del domingo estruendosamente. No estaba en casa y los sonidos se mostraban irreconocibles, certeros e irritativos hasta la desesperación. Bajo el edredón se desperezaba sin ganas revolviéndose en este maremoto incompresible que la bombardeaba. Estiró las manos y cogiendo el extremo del mismo, metió la cabeza dentro. Buscaba el silencio, la tranquilidad del despertar de un fin de semana, sin prisas, disfrutando de la calidez de los tejidos que rozaban con parsimonia, a cada movimiento, su piel cansada y blanquecina como las sábanas que la cubrían.
Sin embargo, la soledad impuesta bajo esta tienda de campaña improvisada no es insonora; la incursión de ruidos consigue penetrar a través de ella. Desesperada y arrebujada contra su propio cuerpo, intenta tararear una canción y así inundar, desde dentro, a su cerebro. Por un instante lo consigue y el mar empapa de salitre su piel y llena de brisa su pelo. Inhala profundamente. Se siente tranquila y el sopor del sueño la vence.
De repente un sonido seco, como si fuera un terremoto, sacude su cuerpo desde arriba hacia abajo. Estremecida asoma la cabeza fuera del encierro voluntario. Parpadea y acostumbra sus ojos a la claridad de la espléndida mañana de domingo. No comprende qué ocurre a su alrededor. Observa y no reconoce los objetos. No sabe dónde está. Agudiza sus sentidos y comprueba que no es su cama, ni su habitación, ni sus paredes pintadas eternamente de rosa; ni siquiera el mural plasmado con sus manos, frente a la cabecera, es visible. Agitada cambia de posición bruscamente y se sienta en la cama restregándose los ojos. Una vez despierta toma conciencia de la enorme montaña que se alza a su lado. La observa con miedo comenzando por su declive inferior. Sobre la sábana hay un valle y al final del mismo, se levanta una colina que deja entrever un enorme pie ladeado hacia la izquierda, recorre con su mirada la continuación del mismo, en el sentido contrario, sin reconocer la robustez del miembro que lo sostiene. Siente pavor, desconoce cómo ha llegado hasta aquí y asombrada, fija su atención en el vaivén de la enorme curva montañosa que ejerce de abdomen ajeno tan cerca de ella. Se retira hacia el otro extremo de la cama dispuesta a salir corriendo. Sus pies diminutos se afanan en buscar los zapatos, sus manos tantean el suelo hasta que chocan con los vaqueros y las bragas. ¡Dios!, ¿dónde coño me he metido? —masculla—, justo en el instante en que el atronador ronquido irrumpe nuevamente en el aire; justo cuando su impetuoso y breve cuerpo se está levantando del lecho; justo cuando expulsa el contenido del estómago hacia la pared tiñiéndola de un collage rosa... justo en la cabecera de la cama.
Publicado por Lunática

http://visionesdelaluna.blogspot.com/2010/05/desconcierto.html

martes, 8 de junio de 2010

La traición del silencio



Hay momentos en que incluso el silencio se vuelve contra ti, y arremeten sus gritos en un ir y venir.
Son olas enfurecidas contra los acantilados, que ansían erosionar sus fuertes paredes, y empequeñecerlas a una diminuta roca.
En la torpedad de tus dedos, se esconderá la indiferencia a lo lejano, y apresando la diminuta roca, como de un juego infantil se tratase, se perderá en ella, lanzándola al vacío del hombre.
Aparecerá la música enfurecida por su silencio obligado, pero no deseado.
Tu rostro será grito y tus manos herramientas para un pueblo que yace dormido, bajo la censura del olvido. Las cadenas quedarán rotas aun sujetando manos.
No hay peor olvido, que del que se es sabedor de su llanto mudo... y seguir mudo.

Publicado por Tris-ynarud
Foto :Oleaje en Donostia de efe
http://yabira9.blogspot.com/

lunes, 7 de junio de 2010

Kasumi



DEDICO:

Dedico este relato a Joaquín Sabina, que fue el primero que conocí en aquel número siete con sus metáforas cantadas, con sus mentiras de verdad y sus verdades de mentira. Le robó el otoño a los días y me lo entregó en aquel hotel dulce hotel.

Dedico este relato a Ismael Serrano, por atraparme. Porque gracias a él sé que un mundo mejor es posible. Por las utopías. Por los viajes y por su camino de regreso. Por la fragilidad y por la fuerza. Por alinearse con los débiles. Porque si las armas las carga el diablo, las canciones las carga Ismael.

Dedico este relato a Juan José Millás, por dejarme habitar su mundo.

Dedico este relato a S. King. El portador de mis primeros miedos literarios. El primero que me clavó una palabra de madera en el corazón y en mi memoria.

Dedico este relato a Miguel Ríos. Por paisano. Por dejarme nunca solo en el parque de las emociones y las canciones. Por regresar siempre a Granada. Por subir juntos a ese autobús de canciones tristes.

Dedico este relato a Lola Beccaria. Por hacerme el amor con su literatura desnuda y abierta. Por presentarme a su mujer vestida para amar y desnuda para creer y crecer. Por enseñarme a perder con arte y sin ensayo.

Dedico este relato a Bukowski, por prestarme su máquina de follar. Por contarme la verdad aun sin quererla. Por resucitarme al tercer capítulo. Dedico a Bukowski lo que soy y lo que no soy. Por dejar que ande y desande una y otra vez la senda de los perdedores.

Dedico este relato a Ángela Becerra, por los amores negados.

Dedico este relato a Gomaespuma, por hacerme reír en días de tormenta. Por hacerme estremecer con su solidaridad. Porque un día, sintonizándolos, escuché “papa cuéntame otra vez” y lloré.

Dedico este relato a Henry Miller por su París literario. Por hacerme partícipe de sus amores. Por presentarme a Anaïs Nin. Por contar con la riqueza de las palabras y la pobreza de la vida. Por servirme el desayuno en la bandeja de sus trópicos.

Dedico este relato a Anaïs Nin, por prestarme sus diarios. Por ser amante de amantes. Por contagiarse de Miller y retratarlo con palabras en su obra Henry and June.

Dedico este relato a García Lorca, por convertir en palabras todo lo que su alma tocaba. Por no irse. Por no morir, nunca.

Dedico este relato a Benjamín Prado, por polemizar poemizando. Por dejarme habitar sus silencios en voz alta.

Dedico este relato Extremoduro, porque no sólo de pan vive el hombre. Por la irreverencia de las canciones.

Dedico este relato a Fito y los Fitipaldis, por estar, lo más lejos, a mi lado cada vez que he necesitado una canción navegante.

Dedico este relato a Miguel Delibes, por alimentarme con sus ratas. Por los ratos prestados al borde del camino. Por cederme la sombra de su ciprés cargado de literatura perenne.

Dedico este relato a Mario Vargas Llosa, por mostrarme el sufrimiento y las travesuras de su niña mala. Por retratar con su literatura lacerante la caída de Trujillo.

Dedico este relato a Antonio Muñoz Molina, por sus vientos cargados de historias.

Dedico este relato a Zoé Valdés por lo mucho que disfruté con su nada cotidiana. Por escapar de La Habana y acoger la vida parisina siguiendo los pasos de Miller y los verbos de Sartre, Beauvois y Nin.

Dedico este relato a Pedro Juan Gutiérrez, por seguir escribiendo desde su decrépita Habana vieja. Por sus excesos convertidos en literatura. Porque la literatura enriquece aunque esté rodeada de la pobreza más extrema y de la indigencia política más estúpida.

Dedico este relato a John Fante, por inspirar a Bukowski. Por sus preguntas polvorientas y primaverales. Por no dejar que los días pasen en vano mientras se espera a la primavera.

Dedico este relato a Louis Ferdinand Celine, por coger el tren que conduce al fin de la noche. Por describir el sabor de las mujeres y por morir con crédito por ellas en cada una de sus novelas.

Dedico este relato a García Márquez, por sus amores de soledades centenarias. Por sus putas tristes. Por sus pasiones náufragas y redentoras en los tiempos envenenados.

Dedico este relato a Jack Kerouac, por su camino sembrado de literatura reaccionaria.

Dedico este relato a Sam Savage, por sus ratas de biblioteca. Por sus libros carcomidos y polvorientos. Por sucumbir a los encantos de la literatura adiestrada.

Dedico este relato a Catherine Millet, por mostrarme cómo hablan los cuerpos cuando la boca se cierra a cal y canto.

Dedico este relato a Silvio Rodríguez por novelizar sus canciones. Por la voz nunca silenciada. Por sus amores musicados.

Dedico este relato a José Luis Sampedro, por su sonrisa etrusca. Por mostrarme la destreza literaria de la vieja sirena.

Dedico este relato a Javier Álvarez por sus inicios. Por sus principios. Por ser amigo de poetas. Por cantarle a Ángel González. Por emocionarme con su “Padre”.

Dedico este relato a Quique González por su voz pausada cargada de historias aceleradas de amor y desamor. Por inspirar a otros, por acoger en su seno las letras del poeta Luis García Montero.

Dedico este relato a Luis García Montero, porque mañana no será lo que Dios quiera.

Dedico este relato a Pedro Zarraluki, por explicarme en silencio cómo tener éxito con los encargos difíciles. Por su literatura de sabores, por sus verbos cocinados a fuego lento.

Dedico este relato a Felipe Benítez Reyes, por compartir conmigo pensamientos monstruosos.

Dedico este relato a Jack London, por querer al indomable colmillo blanco. Por convertirme en su Martin Eden por el resto de mis días literarios.

Dedico este relato a Coetzee, por ayudarme a descender al infierno de las personas. Aún hoy me siento agraciado cada vez que acaricio con la punta de los dedos su "Desgracia".

Dedico este relato a Saramago, por cegarme con su literatura. Por amar a los nombres.

Dedico este relato a Tabucci, por sostener a Pereira.

Dedico este relato a Neruda, por inspirar a la mitad más unos de los que he citado hace unos segundos. Por prestarme sus frases. Por su literatura epistolar.

Dedico este relato a Andrés Suárez, por ser banda sonora y amigo a la vez. Por sus historias de piedras y charcos. Por su voz y su guitarra. Por posar para mis verbos.

Dedico este relato a Marwan, palabra por palabra.

Dedico este relato a Carlos Chaouen, por su intención de pintar el cielo. Por sus canciones que siembran mi camino.

Al anciano que encontré a las puertas de la Alhambra, por regalarme su historia, le dedico mi relato:

...

Amaba Japón.

Desde siempre había crecido con la ilusión de viajar algún día al país del sol naciente. Anhelaba recorrer sus calles y conocer sus gentes.
Conoció sus primeros dibujos animados antes que nadie gracias al padre de un amigo suyo que era capitán mercante y surcaba los mares y los océanos conocidos.
Y tuvo que callarse cuando apostó por Japón en la segunda guerra mundial, cuando no tuvo piedad de los otros que querían apagar ese sol con las primeras lluvias atómicas. Defendió a los nipones siempre. Voló, triunfó y murió con los camicaces que fenecían enterrándose entre el fuselaje de los acorazados enemigos. Y nunca dejó de amar ese país.

Cada vez que le preguntaban de dónde le venía ese amor patrio por las razones orientales no sabía qué contestar. A veces decía que la culpa la tenía Don Basilio, un maestro republicano que les mostró la bandera. Se enamoró de ese sol siempre rojo intenso. Y empezó a estudiar y a imitar sus costumbres. Cada día le preguntaba al profesor qué comían, cómo dormían, qué hábitos, en definitiva, conformaban su estilo de vida.

Poco a poco Japón se fue instalando en su vida.
Y poco a poco creció. No hubo remedio, así que Japón cedió su lugar a otros más exóticos portados de la mano de los escritores que fue conociendo. De vez en cuando volvía a acordarse del país adoptivo. Y sentía pena porque cada vez eran menos las veces que visitaba, que vivía, que cerraba los ojos para caer en manos de una geisha.

A los veinte años dejó el conservatorio aburrido de la doctrina musical. Quería ser autodidacta. Quería libertad para aprender en libertad. Quería sus ratos y sus silencios y quería comprender el mundo y sus habitantes.
Aprendió lo suficiente y se vio recompensado con una plaza de profesor de guitarra en una academia de flamenco en el Sacromonte granadino.

Cuando conoció a kasumi tenía veinticinco años. Estudiaba becada en la universidad. Y era alumna en la academia donde él enseñaba. Aprendía a bailar. Y entre clase y clase, espiaba las dotes para la docencia musical de Matías. Kasumi amaba el movimiento de sus manos. La calidez de sus notas. La elegancia de su mirada concentrada mientras la guitarra lloraba unas veces, se lamentaba otras y hablaba siempre. Decidió que aprendería a tocar. Solicitó al director del centro que le dejara instruirse junto al joven profesor.

Cuando la vio supo que era japonesa. Se cercioró en cuanto sus intenciones se exploraron. Cuando sus ojos fueron derramando la mirada por el atlas de su fisionomía. La cortedad de ella, la manera de darle la mano sin obsequiarle con la mirada. El temblor de sus labios. La opacidad de su acento. Y él, solícito, aceptó descubrirle los secretos de las seis cuerdas. Las clases serían particulares en el piso que compartía con algunos compañeros. Sellaron un pacto de reciprocidad: Ella le enseñaría el idioma nipón y él le descubriría los secretos de la guitarra.

Así que cada día, después de las clases en la Facultad, se dirigía al piso de Matías. Le gustaba ese lugar. Disfrutaba ese paseo que acompaña a la Alhambra junto al río Darro. Le gustaban los árboles centenarios, el sonido del agua, la luz del otoño casi infinito bañando la ciudad nazarí. Leía a Lorca, sentada en alguno de los puentes, cuando él se retrasaba. Era una procesión que acababa en el barrio del Albaicín.

Durante la primera hora tomaban café y tocaban la guitarra. Durante la segunda hora tomaban té y hablaban japonés. Docencia y aprendizaje. Cada vez con más soltura fluían los verbos y cada vez eran más los dedos que afinaban y construían notas yacentes sobre las palabras pronunciadas.

Durante un año aprendieron los dos lenguajes. Se defendían; él hablando japonés y ella acariciando las cuerdas para lograr una liturgia digna con el instrumento del que se prendó.

Ella se enamoró de la música y de la ciudad. Él se enamoró de ella y de su país. A menudo salieron juntos a contemplar el atardecer desde el mirador de San Nicolás. Y la noche los encontraba silentes, unidos por el cordón umbilical del deseo recién nacido.

Siguieron juntos hasta que el destino los separó. Pensaron que sería temporalmente. Erraron el pronóstico.
El director de la escuela de flamenco le anunció que les contrataban para realizar una gira por Japón y Corea. Les hacía falta un segundo guitarra. Aceptó sin pensárselo dos veces. Nunca pensaba dos veces las cosas en la vida. Nunca sometía a ningún tipo de estudio sus necesidades y sus preferencias. Nunca pedía ayuda ni consejo. Esta vez no hizo excepción alguna.
Le explicó a Kasumi lo de la gira. Y ella, en un español envidiable, le contestó que por fin su sueño se haría realidad. Conocería su país.

Dedicaron los tres meses que faltaban para el inicio de la gira a despedirse. A desacostumbrarse. Los paseos maratonianos dejaron paso a escuetas caminatas preceptivas. Las clases de guitarra fueron silenciándose. Y el idioma nipón se fue congelando en los labios de Matías cada vez que éste murmuraba algo tras besarla.

Ella lo acompañó al aeropuerto. Se despidieron en japonés y como japoneses. Dignos. Ni una sola lágrima, ni un abrazo candoroso. Un escueto beso silencioso y unas miradas anegadas que gritaban desesperadas.

La gira derivó en varias giras por países asiáticos.

Después de cada recital escribía una carta que depositaba en la entrada del hotel donde se hospedaba. Y cada tres semanas recibía respuesta. Así estuvieron hablándose con las misivas. Queriéndose con las letras impresas llenas de dibujos y símbolos. Así estuvieron hasta que la correspondencia cesó.
Nunca supo si fueron los cambios de hotel. Nunca supo qué fue realmente. Pero apremiaba al director a volver a Granada tras cada gira. Y tras cada gira, un éxito, tras cada éxito, otros contratos.

A los once meses volvió a Granada. La buscó en los sitios acordados. Paseó por la ciudad a todas las horas del día. La esperó en los bares donde conversaban y tocaban la guitarra. Montó guardia en la entrada de la Facultad. No dejaba de pensar en lo que le contaría de Japón en cuanto la viera. Sus experiencias, los éxitos cosechados y la promesa de nuevos recitales.

El otoño fue muriendo en los brazos impiadosos del invierno. Otras giras sin saber de ella.
Regresó a Japón y por las calles de Tokio la buscaba. En los bares, en los paseos tras el primer café del día. Tomaba té para mojar sus labios con el sabor de su recuerdo. Pensaba en Kasumi mientras ensayaba y la buscaba con la mirada entre los asistentes sentados en la platea.

Abandonó la compañía a principios de los años ochenta. Buscó refugio en la lectura y en las clases particulares que impartía a los extranjeros universitarios. Pero ella no era ninguna de las personas que requerían sus enseñanzas.

Con lo poco que ahorraba viajaba cada dos años a Japón. Practicaba el idioma y la melancolía practicaba con él.

Hizo caso omiso a la necesidad de opositar para acceder a una plaza de profesor en el conservatorio de la ciudad.
Cada vez los viajes a Japón se fueron espaciando más en el tiempo. Pocas veces no pensaba en ella cuando estaba en los brazos de otra mujer. Nunca le sedujo otro país ni le llamaron la atención otras costumbres que no fueran las niponas. Nunca iba al cine excepto cuando proyectaban alguna película donde tuviera como protagonista al pueblo japonés.

Miraba cada día el buzón. Facturas. Y cuando cambió de dirección, de vez en cuando volvía a su viejo piso del Albaicín. Se sentaba en algún bar a los pies de la Alhambra y se tomaba un café con leche muy caliente o un té muy caliente, mientras esperaba al cartero.
Lo asaltaba dejando la consumición a medio tomar y le preguntaba si tenía algo para él. Siempre fue negativa la respuesta. Ella nunca volvió por carta.

Dejó de frecuentar esa parte de la ciudad. Dejó de viajar a ese rincón donde la memoria guardaba su otrora vida naciente.

Como si le debiera algo al destino, acabó tocando por calles y plazas. Llegaron ofertas de festivales menores. Tocó cuanto supo y cuanto pudo. Y cuando empezó a cantar, supo que la locura se estaba apoderando de él. No sabía de dónde venía. No conocía los motivos por los que lloraba por las noches. Tampoco cómo había llegado a ese punto de no tener nada. Ignoraba lo mucho que duele el corazón cuando está vacío así como las muchas veces que estalla la cabeza cuando los recuerdos luchan por salir.

Un día se levantó temprano y recorrió el camino del Rey Chico. Subió la cuesta que llega hasta el patronato. Se quedó mirando los autobuses llenos de turistas. Rebosantes de gentes ávidas por conocer el país del agua, los palacios y jardines del reino nazarí.

Se sentó en el banco que quedaba libre. Y saludó a nadie en japonés. Habló en la lengua nipona a su recuerdo. Pensaba en ella. Musitó algo y las personas que bajaban del autocar se le quedaron mirando.

Le preguntaron y contestó a cuantas preguntas le formularon. Maravillados. Asombrado. Tenía voz, otra vez.
Cada vez que llegaba un autobús, el mismo proceder. Miraba cómo lo observaban. Y saludaba en japonés. Y fluía la conversación y el asombro se tornaba en admiración.

Los estudiantes universitarios que subían hasta los palacios para estudiar la cultura y la arquitectura del reino moro, se dirigían hasta donde descansaba. Hablaban con él. Le pedían consejo: qué entrada era la mejor, cómo decir en español esto o aquello, cómo solicitar ayuda a alguna azafata.

Y al final del día, cuando los turistas se retiraban a su merecido descanso, o cuando los estudiantes regresaban a sus campus; viejo, cansado y vacío emprendía el camino de regreso por el Paseo de los Tristes.

Arribaba a su piso, cenaba sin ganas y se tumbaba en la cama mientras la radio escupía las noticias recientes.
Sólo deseaba que las primeras luces del día no se demoraran mucho.

Pero no fue el sol quien lo despertó una de esas mañanas. Desde la calle atronó la voz:

- ¡Eh! ¡Matías!

La voz no le era familiar, pero se asomó al escuchar su nombre.
Un hombre de unos cuarenta años le preguntaba si podía bajar. Tenía algo para él.
Cuando abrió la puerta reconoció la figura de su antiguo cartero.

- Joder, hombre, llevo detrás de usted tres meses. He tenido que movilizar al cuerpo de correos de Granada para dar con usted. ¿Se acuerda de mí?

- Claro, claro que me acuerdo. Usted es el cartero del Albaicín. ¿Alguna multa, algún requerimiento de la alcaldía?

- Diría que no. Yo no hablo japonés. No sé usted.

Sostuvo el sobre en la mano. Apretaba con fuerza, como con miedo a que las letras se desvanecieran. Acariciaba los símbolos familiares que conformaban el membrete. Buscaba qué decir, cómo decir.
Sólo pudo esgrimir un lacónico agradecimiento dos veces:

- Gracias, gracias.

No sabía cómo despedirse del cartero. Cómo agradecerle la carta que sostenía en las manos y que sus ojos estaban a punto de devorar. Le ofreció café que el funcionario de correos rechazó con mirada cómplice.

Antes de irse le hizo prometer que otro día le acompañaría a comprar una guitarra para su hijo, justo ahora que empezaba a aprender. Aceptó. Claro.

Se quedó a solas con las letras que le retornaban a esos días de soles nacientes y futuro incierto. Y pronunció su nombre antes de volver a ella:
- Kasumi
Publicado por Mario
http://tunoeresinteresanteparami.blogspot.com/

domingo, 6 de junio de 2010

Café con leche y un croissant

foto: Vicente González
He entrado en la cafetería con la convicción de que podría encontrármela.
Pero sé que es muy difícil, casi imposible, aunque la esperanza es lo último que se pierde, no como dicen en las columnas económicas, que lo último que se pierde es la casa, cuando te ejecutan la hipoteca.
Me he sentado en una mesa desde la que se divisa bien la puerta de entrada y cuando la camarera se me acercaba ya la había “fichado”: cuerpo torneado, delantera que para sí la quisiera el Real Madrid, o el Alcorcón, que ahora está de moda hablar de él en Granada.
El cutis muy poco cuidado y expuesto a lo que el clima quiera hacer de él, que suele ser maligno.
Los ojos, ¡ay!, sus ojos, ¿son el espejo de alma?
Te miran y parece que te han hecho una radiografía, irradian vida, mucha vida interna, tanta como sea capaz de atesorar en sus escasos 25 años y ella lo sabe, se deja mirar.
-Un descafeinado de sobre con la lecha desnatada, si la tienen y un croissant, solamente trinchado.
Esa va a ser mi merienda, aunque me apetece algo más ya que el almuerzo ha sido muy cortito.
Las paredes de la cafetería están repletas de pequeños marcos con fotos de personajes, seres que han desfilado por allí desde los años 20, cuando una fotografía era una fotografía y no ahora, que es un apéndice del móvil y casi no se imprime nada.
Ha pasado por allí lo más granado de la ciudad, de la provincia y de la región (ahora llamada Comunidad Autónoma), en lo artístico, en lo deportivo y en lo político: no os doy nombres porque no pretendo apabullar, pero daría para llenar uno o dos páginas de esta pantalla que os sirve de cuartilla de lectura.
Se me ha ido el hilo de lo que escribía, ha pasado la tarde, me he tomado el café con leche con el croissant, y, finalmente, no vino, no pude verla y así van no sé cuántos días, ya más de tres años…
© Ángel , 5/6/2010

sábado, 5 de junio de 2010

Aguaaaaaaaaaa!!!!!


Un tipo viene arrastrándose por el desierto, casi muerto pidiendo con sus últimas fuerzas:
-Aguaaa... aguaa... agua... agua...
De pronto aparece una tienda de Prada en medio del desierto, el tipo se arrastra como puede y le dice al tipo que está en la tienda:
-Aguuaaa... deme aaguaa, me mueeerro... aaaguaaa...
El tipo de la tienda le dice:
-Compañero, agua no tengo, pero yo vendo corbatas... mire, mire... tengo de todos colores, de disney, del demonio de tasmania, hasta con la cara de Rajoy y Zapatero abrazados...
El tipo le dice:
-¡Queee mierda contigooo, necesito aaaguaaa!...
El vendedor le insiste:
-Ya le dije que no tengo agua, pero mire las corbatas, baratísimas, acepto tarjeta y cheques de viaje.
El tipo casi muerto le repite:
-¡Aaaguaaaa!
El vendedor le dice:
-Bueno mire, como a 8 kilómetros hay un restaurante, allí a lo mejor tienen agua... pero, compadre, cómpreme una corbata... mire, mire.
El tipo no quiso escucharlo más y se arrastró durante todo un día... Hasta que por fin divisa un restaurante en medio del desierto. Llega ya con sus últimas fuerzas y le dice al portero:
-Agguaaa... me muero... aaaaguaaaa.
Y el portero le dice:
-Amigo, le daría el agua, pero es que no se puede entrar sin corbata.

viernes, 4 de junio de 2010

Giros de la memoria


La cocina de mamá era una enorme y preciosa cocina económica o bilbaína, aunque ahora, que tienen sabor a antiguo, rústico y a materiales “nobles”, sean caras. Tenía dos amplios hornos, herrajes dorados, como dorada era, la preciosa y gruesa barra que separaba cuerpos, de traidoras planchas ardientes, una pequeña puerta para cargar leña y la inferior en la que caía el combustible como volátil ceniza gris, luego de haber cumplido sobradamente su función. Los dorados lucían ese brillo con sabor a añejo, a cosa bien hecha, como la comida que se cocinaba en ella, como las manos que la bregaban con afán, destilando cariño e, incluso, pasión.
El espacio no era excesivamente grande para lo que se usaba en aquellos tiempos, pero sí lo suficiente para que, mientras se sucedían los largos, fríos y húmedos inviernos, en aquella enorme casa sin calefacción, fuera el lugar idóneo para cualquier comida. Junto al calor del hogar, arracimados en torno a las dos refregadas mesas, que había que unir para las comidas de tanta gente que tuvimos el placer de habitar tan sencillo, pero fértil y rico lugar, dando nuestra espalda o frente, a la vacía parra que cubría el patio. Había también un precioso y amplio vertedero (castellanizado de vertedeiro o vertedoiro, lugar donde se vierte algo, fregadero) de mármol blanco. A su lado, una airosa mesa, también de mármol, con patas de hierro, que se utilizaba para apoyar, escurrir y lo que hiciere falta. Además, un enorme aparador, cobijaba toda clase de útiles, apoyado por el del comedor cercano que guardaba otros, sencillos, pero más importantes.
Aquella cocina era algo especial, pues las personas que la poblaban y hacían funcionar, también lo eran. Mamá, no se podría concebir sin el acto de cocinar y de reunir gente alrededor de una mesa para saciar apetitos y dar gusto y placer al paladar. Creo que amaba obsequiar a los demás y, ante el fogón ella era de las mejores. Había sabido trasmitir a las otras mujeres que la rodeaban, todas sus sabias maneras. Y aquel universo, con sus aromas, era una constante tentación para todos.
En aquel recinto siempre había algo que hacer y, a pesar del trajín (o precisamente por él), recuerdo que, durante alguna época, los hombres del pueblo iban por allí a tomar “una taza”. Así, el ambiente a determinadas horas, se traducía por el del bar de enfrente o un anexo del casino, que también estaba situado enfrente. Se pasaban a tomar un vino, pero sobre todo lo hacían para charlar, cambiar impresiones en buena compañía e, incluso, a escuchar en la radio “el parte”, que no era otra cosa que las noticias, aunque ahora yo deduzca que les llamaban así por los “partes de guerra” que habían “sufrido” no hacía demasiados años y que se les habían quedado prendidos, junto al dolor. Y, todo ello, aderezado con el delicioso olor que nacía del hogar y que hacía atractivos los manjares, por muy humildes que fueran.
De paso, si podían o les dejaban, picaban algo. Así veía yo, por allí, a algunos de los entrañables personajes que poblaron mis infancias. Casi siempre de profesiones liberales, desocupados o rentistas, que también había. Los demás, como la mayoría en el pueblo, tenían sus ocupaciones pero, a pesar de ello, cuando el horario se lo permitía, se acercaban a enterarse de las nuevas o discutir sobre ellas.
Mamá, con el apoyo de Madrina, Amparo, una etérea Eva (que entraba y salia) y una paciencia infinita, aguantaban todo aquello como si fuera lo más normal del mundo. Seguían a lo suyo, como si nada, con una total tranquilidad, sonriendo casi siempre y, exponiéndose además, a las pullas, cosquillas o lo que fuere. Todo dependía del ambiente que se respirara y del humor de los protagonistas, de la gravedad de situación nacional o internacional o de los goles de sus equipos. Los demás habitantes de la casa nos pasábamos continuamente, para husmear e intentar alguna rapiña.
Alguno de aquellos aromas forman parte de mi cultura olfativa y no los podré olvidar nunca pues en aquella cocina, sabían mimarnos y se esmeraban porque cada uno de nosotros, tuviera su bocado, incluidos los visitantes.
Mamá era una artista y yo no tengo duda de que, de haber nacido más tarde, hoy estaría entre los nuevos viejos cocineros.
Guardo especial memoria de unos sabores que no he vuelto a disfrutar desde entonces: empanadas de lomo (raxo) y de congrio, los grelos sin terminar de cocer, que ella me acercaba a media mañana, mientras yo estudiaba, con unas gotitas de aceite de oliva, las verduras cultivadas por el Portugués en aquella fértil tierra. Nada sabe igual ahora.
La cocina con sus sabores y sus gentes, además de las que llegaban, con el total y absoluto dominio de la humanidad de mamá, crepitaba con la leña, vivía y nos hacía un poco más felices. Aquella pequeña pero gran mujer, con su práctica y delicada inteligencia, la abarcaba entera y la dirigía tan sutilmente, que daba la impresión de que nada se imponía a nadie.
Mamá, con su dominio e imaginación al servicio de todos nosotros, todavía tenía tiempo para mirarte profundamente y preguntar: “nena, ¿qué te pasa?”, cuando realmente algo sucedía.
Nota.
Rehecho sobre la base de otro antiguo.
Imagen: Elia Fuentes, Seixo, Xalundes.
Publicado por fonsilleda
http://fondevila.blogspot.com/

jueves, 3 de junio de 2010

Carocas 2010

Comenzaron las Fiestas del Corpus 2010 en Granada.
Pongo primero,foto de la Custodia, preciosa
y mas abajo,la Tarasca, vestida de flamenca.
Sin embargo no quería dejar de mostrar
una tradición típica de esa fiesta.
Son las "carocas".
Las carocas son unas quintillas que reflejan con humor,
ironía y malafollá (1) las reivindicaciones o problemas que,
a lo largo del año, han preocupado a los granadinos.
Leyéndolas os daríais cuenta como,
ese tópico de que los andaluces somos graciosos, es falso:
los granadinos no tenemos ni puta gracia.
Se establece un concurso
(este año se presentaron más de doscientas)
y el Ayuntamiento selecciona 20 que,
con una viñeta ad hoc hecha por algún dibujante,
se exponen en la plaza de Bib-rambla mientras duran las fiestas.
(1) Para el que no sepa lo que es la malafollá, puede informarse un poco aquí.












miércoles, 2 de junio de 2010

¿Bajaste la panza, boludo?


Tenía fe en bajar la pancita...
Hace unos días, en mi cumpleaños, mi mujer me regalo un cupón válido por una semana de entrenamiento personal en un buen gimnasio local.
Independientemente de que yo esté en excelente forma, pensé que era una buena idea para intentar detener ese proceso de "barriguita" que a todos nos ataca.
Llame al gym e hice mi reserva con una personal trainner llamada Nadia, quien se auto-describió como una Instructora de Aeróbic de 26 años, modelo de trajes de baño y ropa deportiva.
Y al gym me recomendó que llevara un diario para ir documentando mi progreso y aquí se los envío:
Lunes: Empece mi día a las 6:00 A.M. Bastante difícil levantarse de la cama a esa hora pero todo cambió cuando llegue al gimnasio y vi que Nadia estaba esperándome. Parecía un diosa griega: rubia, ojos celestes y una gran sonrisa, con unos labios carnosos y espectaculares. Nadia me hizo un tour y me mostró los aparatos y me tomó el pulso después de 5 minutos en la bicicleta fija. Se alarmó de que mi pulso estuviera tan acelerado pero yo lo atribuí a ella, vestida con su malla de lycra metida en su cola, que estaba muy cerca de mi... Disfruté bastante viéndola dar su clase de Aeróbic, después de terminar mi inspirador día de ejercicio. Nadia me estaba motivando cuando hacia yo mis sentadillas, a pesar de que ya me dolía la barriga de tanto meterla para adentro, cada vez que Nadia pasaba junto a mi...
Martes: Me tome dos jarras de café, pero finalmente logre salir de la puerta de mi casa. Nadia hizo que me recostara boca arriba, me puso a levantar una pesada barra de metal y después se atrevió a ponerle ¡¡¡pesas!!!. Mis piernas estaban un poco debilitadas por la cinta pero logre completar !UN KILOMETRO COMPLETOOO! La aprobadora sonrisa de Nadia y el guiño cómplice que me realizó hizo que todo valiera la pena...¡me sentía fantástico!... era una nueva vida para mi.
Miércoles: La única forma como conseguí lavarme los dientes, fue poniendo el cepillo sobre el lavatorio y moviendo la cabeza a ambos lados encima de él. Creo que tengo una hernia en los pectorales. Manejar no fue tan fácil: solo al frenar y dar vueltas al volante me dolía hasta el pelo, estacioné encima de una motito... Nadia se estaba impacientando conmigo por considerar que mis gritos molestaban a los demás socios del club. Su voz resulta un poco aguda a esas horas de la mañana y cuando grita se vuelve nasal y es muy molesta. Me duelen las pelotas cuando me subo a la cinta, así que Nadia me subió a la escaladora. ¿Para que mierda alguien inventó una máquina para hacer algo que se ha vuelto obsoleto con los ascensores? Nadia me dijo que me ayudaría a ponerme en forma y a disfrutar la vida...; otra de sus tantas pendejadas.... y promesas.
Jueves: Nadia me estaba esperando con sus jodidos dientes de vampiro y con su sonrisita estilo Jack Nicholson en Batman. No pude evitar llegar media hora tarde: fue el tiempo que llevo ponerme los zapatos. La reventada de Nadia me puso a trabajar con las argollas pero, cuando se distrajo, salí corriendo a esconderme en el baño. Mandó a otro entrenador a buscarme y como castigo, me puso a trabajar en la máquina de remar y....me hundí.
Viernes: Odio a la hija de puta de Nadia más que a cualquier otro ser humano que haya odiado en la historia del mundo. Estúpida, famélica, anémica, pendeja y facherita sin cerebro. Si hubiese una parte de mi cuerpo que pudiese mover sin un dolor desesperante, la rompería toda, su puta madre que la parió. Nadia quiso que trabajara en mis triceps...¡YO NO TENGO TRICEPS!!!...y si no quiere que joda el piso o lo rompa, que no me pase las putas barras o cualquier otra cosa que pese mas que un sandwich... La bicicleta fija me hizo desmayar y desperté en la cama de una nutricionista, una flaca pelotuda que me dio una cátedra de alimentación sana, ¡claro! la muy pendeja no tiene la más puta idea de lo que es cagarse realmente de hambre. ¿Por qué no me pudo tocar alguien mas tranquilo, como un maestro de costura o un estilista?
Sábado: La pelotuda de Nadia me dejó un mensaje en mi contestador con su vocecita de retortillera preguntándome porque no fui hoy. Solo con escucharla me dió ganas de cagar a patadas al contestador, pero no tenía la fuerza suficiente ni para levantarlo, incluso ni para levantar el control remoto de la tele, así que me banqué 11hs. seguidas viendo el maldito National Geographic... puro pajarito cogiendo y brincando de rama en rama.
Domingo: Pedí al chofer de la camioneta de la iglesia que me viniera a recoger para ir a misa y agradecerle a Dios que esta semana haya terminado. También recé porque el año que viene, la reventada de mi mujer, me regale algo un poco mas divertido, como una endodoncia, un cateterismo, o un análisis de próstata...
COLABORACION DE EDUARDO P

martes, 1 de junio de 2010

El amor líquido

Soledad - Delvaux

Todos hemos visto, oído, y aún escuchado, a pasajeros del tren que, a nuestro lado, hablan sin parar por sus teléfonos. Uno diría que están contando los minutos que los separan de sus seres queridos y que no ven la hora de poder mantener esas conversaciones cara a cara. Pero quizá no haya pensado que muchas de esas charlas de móvil, que usted captó por azar, no eran el prolegómeno de una conversación más sustancial a producirse al llegar, sino un sustituto de ella. Que esas charlas no preparaban el terreno para algo real, sino que eran lo real en sí... Que muchos de esos jóvenes anhelantes de informar a sus invisibles interlocutores acerca de su paradero, no bien lleguen a sus hogares correrán a sus cuartos a cerrar la puerta con llave detrás de sí.(...)
La idea misma de relación sigue cargada de vagas amenazas y premoniciones sombrías: transmite simultáneamente los placeres de la unión y los horrores del encierro. Quizás por eso, más que transmitir su experiencia y expectativas en términos de "relacionarse" y "relaciones", la gente habla cada vez más de conexiones, de "conectarse" y "estar conectado".(...)
Tal como señaló Ralph Waldo Emerson, cuando uno patina sobre hielo fino, la salvación es la velocidad. Cuando la calidad no nos da sostén, tendemos a buscar remedio en la cantidad. Si el "compromiso no tiene sentido" y las relaciones ya no son confiables y difícilmente duran, nos inclinamos a cambiar; en vez de hablar de parejas, preferimos hablar de "redes".
El amor líquido, Zygmund Bauman.
Publicado por Dédalus