domingo, 27 de junio de 2010

He piropeado a un agente del CNP

Piropos en la fuente


Uno no puede quitarse de encima en unos años el peso de una mala educación y menos, las exigencias genéticas. Normalmente, me controlo. He dado muchos años clases a chicas y chicos adolescentes, hermosísimos y elásticos, y estoy seguro de que ninguno de ellos tiene pruebas de que haya mirado su cuerpo con interés. Digo que no tiene pruebas, es decir, que aprendí a mirarlos sin que se dieran cuenta. O al menos eso creía yo. A las mujeres de más edad, también he aprendido a mirarlas sin que lo aprecien, demasiado. Sólo tengo problemas en la cola de los cajeros, porque no sé dónde mirar, si miras al frente, malo, se puede pensar que te estás quedando con el pin, y esto es grave penalmente, y si, prudentemente, bajas la vista, se puede pensar que te dejas llevar por los “bajos instintos”, y aquí se te puede aplicar la legislación de género. Pero no me gusta que una mujer me coja mirándola y, menos piropearla. Ahora me cuesta menos trabajo, la entropía desactiva, no el deseo, sino sus sobreactuaciones. El caso es que el piropo, o cualquier otra manifestación del deseo, te hacen aparecer como dependiente o encadenado. Yo sé que lo soy, que hay un resorte en los hombres (de los de las mujeres no sé nada), que se activa automáticamente cuando aparece una mujer, y que te convierte en un ser desnortado o, por el contrario, en un ser cuyo imán siempre se orienta hacia el mismo Norte. Las mujeres, incluso en el patriarcado, han aprendido a vivir con este poder y a usarlo cuando han podido. Repasando mi currículo, nadie podría pensar que iba a terminar piropeando a una policía nacional. La chica me estaba ayudando en una comisaría a renovar el certificado digital de mi DNIe, le di las gracias cuando terminó y le dije que tenía una queja que presentar. Me rogó muy amablemente que se la planteara. Le dije que en la foto en blanco y negro del DNIe salíamos cadavéricos. Ella defendió con pasión la fotografía en blanco y negro o en tonos sepia. Y ahí fue donde eché a perder una trayectoria impecable de respeto a la mujer y a mi mismo: “Usted”, le contesté espontáneamente, “con lo joven y lo guapa que es, se puede permitir todos los efectos del photoshop que quiera, pero los que vamos teniendo una edad, no”. No me puso las esposas. Creo recordar que me sonrió con agrado.

Publicado por Pablo Alcázar
imagen: Galanteo en la fuente de Eugene Von Blaas

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