domingo, 26 de marzo de 2017

Pulsaciones


Rozando la esquizofrenia, con la obligación de vivir dos vidas, la propia y la de un desconocido. Pablo Derqui (Barcelona, 1976) tiene ante sí la enorme responsabilidad de sostener un personaje que son dos. Y de hacerlo como actor principal de una serie. El responsable de ello es Emilio Aragón, productor, guionista y director de Pulsaciones, cuyo rodaje se hizo en Madrid.


La ficción, un thriller sobre un neurocirujano que tras sufrir un infarto le es trasplantado el corazón de otra persona y, con él, sus recuerdos, cuenta también en su reparto con Leonor Watling, Ingrid Rubio, Juan Diego Botto, Meritxell Calvo y Antonio Gil.


“Es una persona que carga dos personajes y el drama de llevarlo. De pronto uno toma las riendas, luego el otro. Es todo a la vez, no son dos vidas paralelas”, comenta en el set de rodaje el actor de series como Isabel o Nit i día. “Es una cosa de estas de las mentes enfermas de los guionistas”, bromea, “que dices, ¿cómo podría llegar a ser una vida así?”.


El personaje de Derqui, Álex, comienza a tener recuerdos de su donante, un periodista de investigación, interpretado por Botto, que murió en un accidente en extrañas circunstancias. La idea de la serie parte de la base de la llamada memoria del corazón, una teoría que dice que los órganos generan sus propios recuerdos, e incluso sentimientos, y los transmite al cerebro.




El pabellón 8 de la facultad de Medicina de la Universidad Complutense ha acogido el rodaje de Pulsaciones. Por los pasillos de lo que fue el Centro Nacional de Especialidades Quirúrgicas, un lugar muy apropiado para esta serie, se mueven técnicos e intérpretes que van de un plató a otro. Al final del pasillo a la izquierda, una comisaría de policía, un poco antes a la derecha, el piso de una de las protagonistas. Si se observa cada puerta que se pasa, incluso se ven objetos de utilería de Águila Roja (con la que comparte productora, Globomedia).


Es día de rodaje y de atención a la prensa. Aunque Emilio Aragón no está, sus actores le tienen muy presente. Le recuerdan por su programa Ni en vivo ni en directo (1983/84) y sus trabajos como cineasta. "Es hiperconciliador, muy trabajador, tanto es músico como dirige o monta. Tiene una sensibilidad determinada y está muy preocupado porque el ambiente sea muy distendido", dice Derqui. Su compañera de reparto, Leonor Watling, coincide: "Que esté Emilio da seguridad, tenía ganas de conocerle, porque admiro lo que hace y cómo lo hace, su inquietud. Trabajando es muy Bruce Lee, y su frase “sé agua, que en la tetera es tetera, en la taza es taza”, lo que pase lo convierte en algo que está bien que pase, y eso como actor es maravilloso", recalca.
 

Watling, que no participaba en una serie de televisión desde Raquel busca su sitio (2000), interpreta a la esposa de Álex, también neurocirujana, un personaje de pensamiento racional que se niega a aceptar que la memoria del corazón exista y por lo tanto no puede entender el comportamiento de su marido. Entre películas con Almodóvar, De la Iglesia o Gay y las giras con su grupo de música, Marlango, ¿echaba de menos Watling la televisión? "El formato es muy secundario, es como el género. A un actor al final que sea una comedia, un drama, un thriller, una película para televisión o una serie viene después. Lo primero que te engancha es el guion y el personaje", comenta la actriz, que recalca que con Pulsaciones "la sensación es estar haciendo un largometraje en 10 entregas".


La serie tiene una trama que se cierra tras 10 capítulos. Suficientes para que Derqui le tome el pulso a un personaje trastornado con el que se sale un poco de otros seres antipáticos que ha interpretado con anterioridad. "Es un personaje más blanco, aunque comienza siendo un poco antipático. Es un viaje que le hace de alguna manera vivir otra vida, tener otro corazón y sentir las cosas de otra manera. Acabas empatizando con él y esa es mi intención".


EMILIO ARAGÓN, EL ARTISTA DE LOS "MUCHOS PALOS"
Emilio Aragón (La Habana, 1959) ha tocado "muchos palos", como dice su compañero de trabajo en Pulsaciones Pablo Derqui. Payaso, músico, presentador, actor, guionista, director, productor... En su vuelta a la ficción televisiva tras dos películas de cine ejerce de los tres últimos y en un género poco habitual para él, el thriller psicológico. En televisión ha estado al frente  de productos como Ni en vivo ni en directo, Médico de familia, VIP Noche o Javier ya no vive aquí
.

En Pulsaciones han acompañado a Aragón como guionistas Carmen O. Carbonero (Águila Roja, Periodistas) y Francisco Roncal (Los hombres de Paco). Y ha contado también con otros directores, como David Victori (premiado por Ridley Scott por su corto La culpa)  y David Ulloa (Gran reserva).
El Pais

jueves, 23 de marzo de 2017

Hand of God



¿Qué sucede si un portal como Netflix se convierte en una productora de calidad de series brillantes y en una creadora de productos sensacionales? Pues que Amazon, otro de los grandes gigantes corporativos que dominan la Tierra, decide remangarse y desarrollar también series de una calidad exquisita. Conclusión, los maníacos de las series, salimos ganando.


Más le valdría a los canales de cable tradicional del tipo HBO, AMC o FX ponerse las pilas porque las plataformas están haciendo las cosas muy bien. Por su parte Netflix a la que siempre agradeceré que rescatara la serie The Killing (en breve rescatará Las chicas Gilmore) nos ha dejado atónitos con algunas de las mejores series de los últimos años: House of Cards, Orange is the new black, Marco Polo o Daredevil.
Por su parte, Amazon, el gigante de compra-venta online, contraataca con nuevas series de calidad, recientemente The Boss, y este otoño con la imprescindible Hand of God. Hoy os doy 5 razones para ver Han of God.

Hand of God es una serie que cuenta con el primer aliciente de ver al bueno de Ron Perlman (el mítico Clay Morrow de Sons of Anarchy, Hellboy) completamente desmelenado y demostrando todo el talento que tiene con cada escena. Un derroche interpretativo, impensable hace años cuando las series de televisión aún no le habían ganado la partida al cine.

¿De qué trata Hand of God?

Nos cuenta la historia del juez Harris Pernell, una especie de cacique que tiene a media ciudad bajo su influjo, al tiempo que ésta le devuelve una risa burlona llenando de dinero fácil los corruptos e infinitos bolsillos de juez. Un personaje complejo, de esos que están tan de moda: violento, grosero, mal padre y peor marido, con un montón de vicios inconfesables hasta ahora. Los chicos malos y el padre de familia antihéroe están de moda, y Perlman se adapta a un personaje que le viene como anillo al dedo, una extensión del Clay Morrow con el que disfrutamos tanto.


Un buen día, el Juez Pernell siente la llamada de Dios, de forma completamente explícita, parece que el mismísimo Dios le habla y quiere convertirlo en el brazo ejecutor y violento, de la voluntad divina, al tiempo que el juez podrá luchar contra los fantasmas que guarda en su armario y que cada poco salen a bailar con él en una danza macabra.


Su camino divino le llevará a buscar a los responsables que arruinaron la vida de su hijo, en coma desde el episodio primero. Lo que constituye el verdadero leitmotiv de la serie, y que propone los cliffhangers que nos mantienen atrapados sin poder levantarnos del sofá.


La historia la completa un componente religioso, ya que una secta de dudosas prácticas morales, capta al juez como uno de sus nuevos siervos. A la vez que éste se busca un lacayo que se ensucie las manos, un ex-convicto llamado KD. Pernell logra así dar riendas sueltas a sus fechorías más descabelladas, amparado por un Dios que le permite dormir más tranquilo por las noches.


5 razones para ver Hand of God

1. Ver completamente desatado al actor Ron Perlman, en un papel hecho completamente a su media. No en vano, es uno de los productores de la serie.
2. El equipo detrás de la cortina es para quitarse el sombrero, Ben Watkins fue el encargado de desarrollar la serie, que está dirigida y supervisada por Marc Foster, el niño prodigio que cuenta sus películas por éxitos: Monster’s Ball, Descubriendo Nunca Jamás, Quantum of Solace o Guerra Mundial Z.
3. Un reparto de lujo, que arropa de manera formidable el trabajo sobresaliente de Perlman. A destacar, su esposa interpretada por Dana Delany (Mujeres Desesperadas), Andre Royo (yo sigo viéndolo como el homeless de la serie The Wire).
4. Una puesta en escena fantástica, cuidada en cada detalle, con una fotografía y un montaje elegantes. Que confieren una narración impecable, creando una puesta en escena que te atrapa desde el primer segundo del piloto. Además efectos especiales muy cuidados, al servicio de las alucinaciones constantes del juez Pernell.
5. Una banda sonora, que crea el clima necesario para este drama con tintes de novela negra en el que además se reflexiona sobre la religión, la política, la corrupción y la ética moral de una ciudad en la que parece que siempre llueve sobre mojado.
Cris Terrer

miércoles, 22 de marzo de 2017

El coro.



No creo que haga falta ser ningún iluminado para, únicamente leyendo el título de esta película, acordarse de Los chicos del coro, de Christophe Barratier.


Bastante lejos de ser un calco de la citada película, El coro es una propuesta influenciada, principalmente, por las cintas de superación cuando se trata de destacar en un entorno desconocido. Eso no quiere decir que no guarde ciertas similitudes con la obra francesa, pues encontramos sus mejores momentos cuando más cerca se encuentra de la misma: en los momentos musicales.
Step (Garrett Wareing), un conflictivo niño de once años, acaba de perder a su madre en un accidente de tráfico.


El joven tiene un don extraordinario para la música, por lo que, gracias a la ayuda económica de un padre biológico que nunca ha querido saber nada de él, ingresa en una prestigiosa escuela cuyo coro infantil viaja por todo el mundo. Además de las diferentes confrontaciones con sus compañeros, primero por ser el nuevo y más tarde por pura rivalidad, tendrá que enfrentarse al exigente maestro de la escuela (Dustin Hoffman), que no parece especialmente alegre por su presencia.


Como ya he dicho, El coro es una película efectiva cuando los únicos protagonistas son el pequeño Step y la música. En esos momentos, poco importa que nos estén contando una historia mil veces vista, pues François Girard imprime la garra y emotividad suficiente para que lo acontecido nos interese.


Desgraciadamente, acaban teniendo excesiva relevancia algunas subtramas y personajes (el del padre biológico es vergonzante) que, lejos de aportar algo positivo a la narración, dan la sensación de existir única y exclusivamente para dotar al relato de una innecesaria tensión y motivar giros argumentales cada cierto tiempo. Una decisión un tanto dudosa, la de convertir en un thriller -al menos momentáneamente- películas cuyo desarrollo no lo requiere.


Con una dirección bastante funcional, el director canadiense parece empeñado en darle importancia a una música que no para de sonar en los 106 minutos que dura la película. Cuando no son los chicos del coro los que cantan, escuchamos música diegética e incluso el sonido de instrumentos cuya aparición sólo se explica si es para su propia utilización. Esta necesidad de enlazar melodías y sonidos de cualquier tipo no me molesta, pues su concatenación está lograda y supone una verdadera muestra de intenciones.


Pero es indudable que, entre numerosas y diversas distracciones repartidas a lo largo del metraje, la historia principal tiene el dinamismo y la fuerza suficientes para sustentar una película bastante irregular. Además, nos encontramos un elenco actoral bastante destacado, tanto por las interpretaciones de los jóvenes como por las de viejas glorias como Dustin Hoffman y, sobre todo, Kathy Bates. Ésta última no sólo aporta el temple y la veteranía, sino que además se convierte en el alivio cómico de la cinta.


El coro, tan trillada como dolorosamente comercial, tiene las suficientes virtudes como para sobresalir entre los productos denominados de usar y tirar. Sin embargo, el buen sabor de boca que me dejó tras el visionado se ha ido tornando en indiferencia.
LUIS MIGUEL DOMINGUEZ


miércoles, 15 de marzo de 2017

The Path


Lenta, sí, pero sabe hacia dónde dirigirse y lo hace con pie firme. Lo mejor sin duda, el espectacular reparto, a poco que el guion siga acompañando, estamos ante una serie de lo mejorcito estrenado en 2016.


Aaron Paul, nuestro Jesse Pinkman de "Breaking Bad" interpreta a Eddie, un hombre que a raíz del suicido de su hermano, acabó entrando en una secta, ahora está casado con otro miembro de la misma, Sarah, Michelle Monaghan "True detective I" ambos tienen dos hijos, un adolescente que tiene problemas en el colegio y una niña.


El líder de la sucursal de la secta donde viven, en Nueva York, es Calvin Roberts, Hugh Laurie "Hannibal" y para mí hasta el momento el mejor de los tres actores.


La serie narra la vida y funcionamiento de una secta ficticia, de esas que hablan del fin del mundo por culpa del cambio climático y que apuestan por seguir un camino, una escalera (título de la serie) hacia la paz interior.


Vamos a ver como Eddie empieza a dudar de la fe, y contacta con una mujer que lleva años huyendo de ellos después de que asesinaran a su marido cuando quiso dejar la secta, y como su mujer cree que las dudas de Eddie se deben a que tiene una aventura amorosa. Por último, Calvin oculta que el líder de la secta, los meyeristas, oculta a todos que su fundador, el doctor Meyer está en coma, y que es él quien maneja la secta a su antojo.


Soñando con aumentar el número de adeptos y ganar peso en la sociedad, lo que lleva a chocar con las autoridades.


Como todas las sectas el meyerismo se aprovecha de la gente que ha sufrido traumas, incluso intervienen cuando se producen catástrofes naturales, como tornados, con el fin de reclutar a la gente que lo ha perdido todo. También funciona como centro de desintoxicación para hijos drogadictos.


Lo peor como digo, la lentitud, que puede hacer que el espectador tarde en engancharse, y para mí, a título personal, la especie de triángulo amoroso entre los tres protagonistas, tema demasiado manido últimamente.
Aun así yo la recomiendo.
Rufus T Firefly

lunes, 13 de marzo de 2017

Desde aquí veo sucia la plaza


¿Vale todo en el discurso de la tradición? Esto es lo que se cuestiona en Desde aquí veo sucia la plaza, una función gamberra y reivindicativa que utiliza la ironía disfrazada para contarnos la defensa de una tradición de bárbaros que fue prohibida, como tantas otras que todavía no lo han sido. La critican, sí, pero a su manera. Sintiéndose ellos, los del pueblo, los que aman la cabra y la tiran desde el campanario. Chiqui Carabante dirige este espectáculo que muestra a tres actores en su apogeo creativo.


No quería ponerme a escribir esta crítica sin antes comprobar qué tiene de cierta esta historia. Villanueva de la Faca no existe pero sí existe Manganeses de la Polvorosa, en Zamora, donde en 2002 se prohibió esta tradición de tirar una cabra desde el campanario del pueblo. “La Volá” se llama en Villanueva de la Faca y por mucha manta que haya para intentar cazar al vuelo a la cabra, lo cierto es que me sigue pareciendo una atrocidad. Club Caníbal esboza un pueblo de tradiciones profundas con un humor negro exquisito, un punto absurdo y una originalidad aplastante.


Es cierto que Desde aquí veo sucia la plaza no tiene un ritmo frenético, algo que se echa en falta a veces, hay demasiada recreación en algunos momentos graciosos que pierden fuelle en ese exceso pero también es cierto que la obra es original como pocas y que tiene un trabajo creativo excelente. La historia, de por sí, es interesante. El Parlamento Europeo prohíbe “La Volá” en Villanueva de la Faca. El pueblo se revoluciona y su alcalde no está dispuesto a permitir que le prohíban cumplir con una tradición milenaria. A partir de este momento se preparará junto a su primo, el “actor” que volvió al pueblo, para convencer con carisma a Europa de que la tradición no se puede prohibir. Mientras tanto, pastores, viejas y policías acompañarán a estos dos primos en la lucha por la defensa de “La Volá”.

Si “La Volá” se celebra se llenará el pueblo de tricornios azules. Sí, tricornios azules, la ONU ha decidido fusionar a la policía y a la guardia civil. Esta es una de las ocurrencias que el equipo de Club Caníbal ha decidido introducir en el texto de Desde aquí veo sucia la plaza. Escenas muy acertadas, como la relación de amor entre el pastor y la cabra Clarita, las escenas de las viejas, con unos Vito Sanz y Juan Vinuesa acertadísimos. Los dos están geniales en toda la función y en la multitud de personajes que llevan a cabo, no les cojea ninguno. Font García esboza un alcalde ridículo y está notable en el monólogo final. Un monólogo que guarda toda la intencionalidad de la obra. La música y efectos sonoros de Pablo Peña también contribuyen a crear una atmósfera rústica y locuaz.


Desde aquí veo sucia la plaza, una plaza llena de sangre por una cabra que no supo caer sobre la manta. Una fiesta atroz -en el video de Manganeses de la Polvorosa casi ahorcan a la cabra antes de tirarla- pero no menos atroz que otras fiestas en otros pueblos o que los mismos toros, arraigados en nuestra sociedad pero con muchos detractores. O se prohíben todos estos festejos que maltratan a los animales o no se prohíben ninguno. Voto porque se prohíban todos.
Mikael

 

viernes, 10 de marzo de 2017

Yo, Daniel Blake



En una época en la que cualquier agresión social por parte de los poderes públicos pasa por delante de nuestros ojos, sin más que provocarnos espanto y a lo sumo indignación, Ken Loach y Paul Laverty nos "escupen" a la cara la maldad del sistema impuesto y fundamentalmente también la de los "cómplices necesarios" que la hacen posible, porque si no colaboráramos como lo hacemos, nada podría ser igual de canalla.


De esta película hay quien dice que es igual a las anteriores de este director. Gracias a dios, es verdad, porque está uno harto de que los grandes éxitos nos hablen de acción, violencia con efectos especiales, soluciones de superhombres frente a problemas de índole cósmico.
Loach lleva toda la vida denunciando las agresiones de los poderosos capitalistas, de los políticos que los necesitan para proseguir sus carreras, de unas clases medias ciegas y egoístas a las que nada les importa la suerte de los más desfavorecidos, y cuando enfrenta esas agresiones siempre ha encontrado los verdaderos caminos de salvación en la solidaridad entre esos desfavorecidos.


Siempre molestaron sus películas a los poderes fácticos, pero ahora las enfrentan descalificándolas como didácticas, buenistas, ilusorias. Tienen que hacerlo así en una época que ya sufre la muerte de las ideologías, de las fes, de las utopías que han fraguado a través de los últimos lustros.
Porque las ideas, las utopías son más peligrosas para los explotadores, los acaparadores, en suma "los malos", que las armas más sofisticadas. Si las personas asumiéramos que tenemos en nuestra ética, en nuestro comportamiento las verdaderas fuerzas revolucionarias para cambiar un sistema social basado cínicamente en la libertad de mercado que lleva indefectiblemente a la miseria, a la pobreza, a la marginalidad, a la falta de oportunidades, a la muerte prematura...de millones de seres humanos; Si lo asumiéramos todo sería muy distinto.


Cierto que el protagonista está construido para llevar de la mano al espectador a través del laberinto levantado por las administraciones para enfangar la consecución de los subsidios, de las ayudas que en todas partes se tienden a disminuir, a hacer desparecer, a que los individuos que entran dentro del círculo de ayudas, subsidios se sienta una piltrafa sin capacidad de rebelión, imposibilitado para ello. Y lo logra.


La protagonista femenina, vive, educa, es ayudada y ayuda, una persona portadora de todas las esperanzas que necesitamos para seguir caminando en un mundo aparentemente sin salidas; eso es lo que quieren, que vivamos solamente preocupados en consumir, pasarlo bien, llegar hasta donde podamos en la escalera social, sin que nos tenga que importar nada hasta dónde puedan llegar los otros.


La tesis es clara, meridiana. En el mundo actual hay mucha gente que sobra pero a la que no se puede matar, no se atreven a tanto, por lo tanto, mientras se van muriendo y quejando, el estado se encuentra con un problema, qué hacer con ellos, cómo pararles los pies, de qué manera entretenerlos y confundirlos, parecer que nos preocupamos por ellos y los atendemos.
Ahí es cuando aparece el fenómeno burocrático, todo el monstruoso entramado de las conocidas como sociedades del bienestar, dícese del tinglado espantoso formado por asistencia social, oficinas de empleo, cursos, subsidios, paro, pleitos, apelaciones y demás papeleo limosnero (se trata de soltar lo mínimo posible y que esa cantidad paupérrima sea conseguida al precio de variadas vejaciones y penalidades. La humillación y la farsa como ingredientes fundamentales del espectáculo de la caridad estatal; te tratan como a ganado y te obligan a hacer un papel que nadie se cree, ni tú ni ellos. Mil formas de persuasión, trabas y obstáculos constantes, de apariencia inofensiva y de crueldad inusitada.


El mensaje es claro, te vamos a dar poco y ese poco lo vas a tener que pagar con sangre, a fuerza de vergüenza), eufemismos de algo que no suena tan bien, es decir, barricadas, ejércitos que separan los dos lados, el de los que defienden sus privilegios frente a los que no cuentan, y en medio esos soldados en tierra de nadie, en la frontera, que por cuatro buenos duros (y mucha suerte que tienen) protegen el fuerte de los posibles invasores, por lo menos los marean, aturden y desesperan. Mano de obra que hace el trabajo sucio del poder. Ahí está una de las paradojas: todo ese chiringuito en realidad no ayuda a la pobre gente en lo esencial (son hipócritas parches en heridas sin remedio), no les da o busca trabajo (remedos en el mejor de los casos), justo al contrario, sirve para emplearse ellos mismos, aquellos que dan la cara ante los pobres.


¿Y de dónde salen esas muchedumbres de quejosos ciudadanos que se agolpan en esas oficinas esperando un turno que se eterniza? ¿Por qué?
Pues son la materia sobrante (antes se montaban guerras que solucionaban el problema de manera limpia y eficaz, la carne de cañón era eliminada y después, mientras se reconstruía, había trabajo para todo el mundo), formada por aquellos que no dan la talla, ya sea por incompetencia, enfermedad, mucha edad, inexperiencia, debilidad o muchas cosas más que vienen de mismo origen, nacieron en el lado equivocado y en el tiempo pernicioso, aquel que considera que el trabajo no es un derecho o un deber, ni siquiera una necesidad de reciprocidad en la que participamos todos aportando nuestro granito de arena, ni mucho menos algo a lo que obliga el sentido común si se quiere una sociedad justa y sana, no, se ha convertido, así nos lo venden cada minuto de cada día, en un bien precioso y muy escaso, oro puro, maná caído del cielo, milagro, aventura, lotería y maravilla, por eso se pasan los ratos hablando de la famosa "creación de empleo", porque consideran que hay que inventarlo, crearlo de la nada, sacarlo de algún sitio misterioso, arrancárselo a la tierra o al mismo Dios, ya que no existe ni se conoce su paradero. Todo ello acarrea consecuencias denigrantes, por ejemplo, la consideración del trabajo como un favor, pura compasión, que te hacen los gerifaltes para que no te mueras, por pena, y que por ello debes agradecer o suplicar, además de aceptar por cochambroso que sea o muy poco que te paguen; y por otro lado deriva en la sensación, de ahí la necesidad, la inevitabilidad, el interés por mantener siempre una hermosa cantidad de parados (es mentira que quieran erradicarlo), de competencia general, el todos contra todos en la búsqueda del trabajo perdido, la potenciación del sálvese quien pueda, la selva laboral, a ver quién acepta algo peor (y ahí aparecen los emigrantes como factor de cierre, atraídos por las empresas que buscan beneficios a cualquier precio y en colaboración con los políticos son expoliados ya que saben que ellos están en peores condiciones, se van a quejar menos y se puede abusar más, con lo que se demuestra fehacientemente que no interesa acabar con la falta de trabajo, si así fuera se daría a los primeros, no a los últimos, sino que solo les importa el mayor beneficio con el menor coste, caiga quien caiga).


Ya tenemos el cuadro completo. Privilegiados, barricadas o murallas (servicios sociales) y pobre gente + inmigrantes (doblemente desvalidos).
Este es el contexto en el que se sitúa esta película. Impecable y admirable ejercicio de lucidez respecto a un asunto cotidiano, vergonzoso y tan decisivo.

No te la pierdas.
Terminarás con ganas de que todo cambie, de cambiar tú.
NERI