martes, 29 de marzo de 2011

Augusto Monterroso

Paint: Karol Bak
- Cuentos -
Experiencias y gustos sobre la cosa


Mi formación fue autodidacta.
Dominé la escritura breve tachando.
No se trata de suprimir palabras.
Hay que dejar las indispensables para que la cosa,
además de tener sentido, suene bien.
( entrevista a Augusto Monterroso de la revista guatemalteca Crónica )

El eclipse
Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.
Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.
Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.
Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.
-Si me matáis -les dijo- puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.
Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.
Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.

Fecundidad
Hoy me siento bien, un Balzac; estoy terminando esta línea.

El dinosaurio
Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

La Oveja negra
En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra. Fue fusilada. Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque. Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.
AUGUSTO MONTERROSO (1921-2003)


Antología personal. Fondo de Cultura Económica
México, 1975
Cuentos, fábulas y lo demás es silencio.
Alfaguara, México, 1996.
Publicado por sombrasenllamas

domingo, 27 de marzo de 2011

Tomahawks y golosinas


Tengo que hablar de un niño, pero me dan asco los que utilizan a los niños a su conveniencia. El político que besa a un colegial, la mamá narcisista que llora mientras su niña de 3 años se contorsiona en un plató de tv. El que acaba de dar una patada a un perro en la calle y en la escalera del bloque pone una cara tierno-mimosa cuando pasa la vecina, guapísima, con el hijo en brazos, para hacerse grato y ponerse a la cola, por si… Esta misma madre que, para sus adentros, llama baboso al vecino, pero que mirando a su criatura experimenta algo parecido a esto: “tengo que ser la pera, si he sido capaz de fabricar un niño tan así, yo, la fábrica, como mujer, como madre, estoy en la zona más alta de la gama en esto de producir milagros. Y además, es un niño, o sea, que soy capaz de producir, algo tan distinto y tan raro, tan poco parecido a mí, como un varoncillo". La mujer, después de esto, se siente mejor y sobrelleva el decaimiento en sus obligaciones del padre.
Por eso no quiero usar a este niño que ayer, a las 9: 48, le pedía, en Trípoli, al dependiente de la tienda de 24 horas un litro de leche y que estuvo unos minutos negociando con él las chucherías que podía llevarse con el dinero que le sobraba de la compra. Como no se decidía, salió con la intención de consultar con su madre y de pedirle unos céntimos para poder comprar la chuche que le gustaba. Una bomba lo reventó en la puerta. No tuvo tiempo de enterarse si esta guerra era más justa que la de Irak. Ni de darles la razón a unos señores que a miles de kilómetros trataban de justificar, cada uno, la guerra que inició. Seguramente, si lo hubieran dejado crecer y entender, le hubiera costado trabajo decidir sobre la bondad de las guerras, las inicie quien las inicie, que no dejan a los niños preguntar a sus madres qué caramelo deben comprar. Me dan asco los que usan a los niños a su conveniencia. Pero para los chicos sigue siendo menos peligrosa la mirada de orgullo de su madre, o la mirada análitica de un bloguero, que la explosión de un Tomahawk, aunque lo hayan lanzado los buenos de la peli.

martes, 22 de marzo de 2011

"Siempre que sueño las playas, las sueño solas, mi vida."

Foto de Carvohe
Nunca parecía asustado, ese era el único don que se atrevía a exhibir, el resto se los guardaba para sí, a sabiendas, celoso, de lo que vale la información. Era un hombre consciente, a pesar de lo ausente de su mirada, sabía más de lo que aparentaba y callaba más de lo que decía.

En el barrio le conocían por esa supuesta valentía de corcho-pan, por aquel orgullo arrabalero que le hacía partirse la camisa y sacar pecho ante la más mínima afrenta; los que le conocían de verdad, tal vez, a sabiendas de las cartas que llevaba escondidas en la manga se atrevían a tachar tanta barrabasada de farol. Yo sigo sin tenerlo claro. A veces prefiero pensar que pintaban bastos y él tenía as y tres.

Dicen que la única diferencia entre un cobarde y un valiente es que uno sabe a lo que se enfrenta y el otro tan sólo cree saberlo; eso dijo Bukowski, supongo que para justificarse, era un viejo acojonado. No como este muchacho.

Bebía, como el viejo cabrón de Hank, también para olvidar, para olvidar que esto duele, que las cargas pesan, que mañana tocará volver a empezar, el bebía, bebía hasta poder permitirse el lujo de llorar, de aflojar la máscara o de apretarla con saña.

A cualquier otro le hubieran pedido cuentas, un “echa el freno”, “esto te va a acabar jodiendo”; pero que le echabas en cara a él, que aparentemente nada tenía en este mundo; una vida difícil sin muchas expectativas, eso tenía el pobre cabrón, “las oportunidades se las tengo contadas, no me venga usted a sisar ninguna”, le susurraba la vida y el asentía con todo el cinismo del que disponía. Apuraba el cubata, mataba el cigarro y echaba a andar, cruzaba los dedos, y se conjuraba, esperaba que la vida se hubiera equivocado al contar.

Si Da Vinci hubiera captado esa sonrisa suya, resignada, desdibujada, como reflejada en un espejo de carnaval, el arte tendría un digno arquetipo de perfección humana, un hombre dolido, que no cree en aquel cuento chino del rendirse. Pero no, Leonardo tuvo que retratar a aquella furcia andrógina... de errores está la historia llena.

De errores subsanables y de errores que acaban mal; muy mal.

La última vez que le vi era de noche, de un salto salió de las tripas de aquel bar, me vio y decidió acercarseme, él andaba torcido, y que coño, yo también. Cruzamos un abrazo y cuatro palabras, me pidió fuego y no pude más que encogerme de hombros, se colocó el pitillo en la oreja, que daba igual que encontraría algún mechero que robar.

Hablamos de los planes de la noche, nuestros caminos se separan, dijo ladeando la cabeza, y yo asentí; esta noche habrá bulla, gruñó mirando al tendido y yo me lo quede mirando, le pregunte si la había o él la iba a ir a buscar.

Que mañana te cuento. Que cuides, no te arriesgues; le pedí.

Cuando la mano es buena no hay riesgo; me soltó mientras me tendía esa zarpa, grande, callosa, dura, cómo él. Le despedí y se fue calle abajo.

Andaba con paso flamenco, sin miedo en la mirada, tarareaba con la cabeza y con los dedos se aliñaba el cigarro que yo no le pude encender.

Yela W
http://seisbalasensiberia.blogspot.com/2011/02/siempre-que-sueno-las-playas-las-sueno.html
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domingo, 20 de marzo de 2011

Un chiste


No tengo por costumbre escribir chistes, pues yo solo escribo ideas surgidas de mi inventiva. Mis relatos de humor no se parecen nada a un chiste, como se puede fácilmente comprobar si tiene usted a bien dedicarles un poco de su tiempo.

Este chiste me lo contó un amigo:

En unas maniobras del ejército la tropa se encontró que debido a las lluvias de los últimos días el torrente que debían cruzar aparentaba bastante lleno de agua. A la vista de esta situación el cabo Mitao ordenó con un grito a los soldados de infantería que formaran en columna de tres. Como eran cuatro se dirigió enfurecido al que había quedado indeciso y agarrándolo por la solapa le dio dos tortas en la cabeza.

—¿Es que no entiendes lo que te he dicho? Serás subnormal. Escuchame bien. Por este riachuelo tienen que pasar veinte tanques. Comprueba, sin ningún genero de duda, que la profundidad es adecuada para que puedan pasar.

Una columna de humo se acercaba recorriendo las áridas llanuras cuando regresó el soldado. El cabo Mitao se lo quedó mirando extrañado, pues pensando que le había hecho una judiada le sorprendió verlo impecablemente limpio.

—Señor, la profundidad es mínima, no puede haber inconveniente para que puedan pasar los tanques.

—Buen trabajo, regresa a tu puesto.

Llegaba entonces con marcial pose sobre el tanque el capitán Mongolmeri, de la coalición extranjera, y fue informado de que ya habían sido hechas las necesarias comprobaciones del terreno.

El convoy se puso en marcha tras el gesto del capitán y en tropel se adentraron los tanques en el riachuelo como una manada de bueyes sedientos, quedando en breves momento completamente sumergidos. Se afanaba en escapar el capitán Mongolmeri seguido por la tropa chapoteando entre el lodo y los juncos.

El cabo Mitao, patidifuso ante semejante catástrofe, fue en busca del soldado que le había informado, que en aquellos momentos estaba acuclillado pinchando una mierda con un palo. Alertados por unos gritos y amenazas de muerte al girar la cabeza pudo ver al cabo Mitao corriendo hacia él haciendo aspavientos. Saltaba el cabo Mitao por encima de los matorrales igual que un búfalo desbocado. Al llegar junto a él le preguntó furioso:

—¿No me habías dicho que los tanques podían pasar? ¡Se han hundido todos!

—Estoy desolado —contestó el soldado— y la verdad es que no lo entiendo. Antes he visto como cruzaba un pato y el agua no le llegaba ni a la mitad.

Fin

Otro día es contaré la verdadera historia del cabo Mitao, y quiero decir verdadera de verdad. Es una historia muy graciosa que le ocurrió a mi hermano haciendo la mili.

Saludo y gracias a todos.

viernes, 18 de marzo de 2011

La Siesta


Dejé el periódico sobre la mesilla, me moría de sueño. El sol de primera hora de la tarde me cegaba, así que me moví hasta la única sombra del jardín. Apuré el café y aplasté el cigarrillo en el cenicero. Una buena siesta sería mi salvación.
Me metí en casa para tumbarme en la cama de matrimonio y cerré la puerta. Se oía algún pájaro, la luz era una bendición que, lejos de calentar en exceso, me amodorraba sobre las almohadas. Cerré los ojos.

Me he despertado muy mal. Estoy temblando. Me siento como si me hubieran cubierto con un manto de hielo. Es de noche, noche profunda. ¡Mierda! Pero, ¿cuántas horas he dormido? Es esta asquerosa vida, siempre con prisas. Y luego llega el sábado y estás reventado. He dormido una eternidad. Le doy al interruptor. Encima, no funciona. Esto me pasa por vivir apartado en una casita de una urbanización. En la ciudad, casi nunca se va la corriente. Tengo frío. Abro la puerta, el comedor parece un gran congelador. ¡Estoy harto! Me bajo a la ciudad. Dejo las maletas, lo dejo todo, y ya pasaré el próximo fin de semana a recogerlo. Quiero estar en mi cama, en mi piso, caliente, comerme una pizza y ver la tele, ¡cualquier cosa! Este despertar… No, no debería haber dormido tanto, me ha dejado mal cuerpo, como una sensación asquerosa. Salgo al jardín, cierro la puerta. Bajo, casi a tientas, hasta la calle. ¡Aggg! Mi cabreo ahora es monumental. El coche no está. Me lo han robado, ¡hijos de puta! ¿Y ahora qué? La impotencia me domina y me enreda, doy una patada a un pedrusco. ¿Y ahora qué? ¿Cómo vuelvo a mi piso? ¿Cómo bajo? Todo mi plan al traste.
Alzo la cabeza, esta noche la oscuridad es total. Una monstruosidad de nubes domina el cielo y apenas se ve nada. En la urbanización también se ha ido la luz, no veo ni una maldita ventana iluminada. ¡Baaahhh! El manto cerrado de la noche parece resquebrajarse, sobresale, entre los nubarrones, una pata de la luna y tras ella, medio cuerpo. ¡Dios! ¡Los árboles! ¡La montaña de enfrente! Ha desaparecido, es como si alguien la hubiera partido. Veo, pero no quiero ver. Las casas de mis vecinos... Están derrumbadas. En un momento de lucidez, me vuelvo y miro mi chalet. Sólo queda la planta baja, toda la segunda planta ha quedado despedazada, algo la ha arrancado de cuajo, algo la ha triturado. Madre…
Pruebo de respirar hondo, de tranquilizarme. Caigo en la cuenta de que no hay ningún coche en mi calle, que el asfalto ha quedado pulverizado, cubierto de pequeños cráteres. Sufro un intenso vértigo, todo se desploma. Me siento en el suelo, en medio de una enorme urbanización vacía. Me cubro la cara con las palmas de las manos. ¿Qué ha pasado? ¿Cuánto tiempo he dormido?
Intento recapacitar. Mis padres murieron, estudié Medicina, tuve un amigo llamado José a quien le gustaba montar enormes mecanos y a veces íbamos a cenar. Dos niños y una niña, bueno, antes me casé y luego me divorcié. Trabajo, trabajo todo el día. Nada. Nada concuerda. Levanto la cabeza porque se oye un enorme zumbido en el aire, entre las cascotes negros del cielo aparece una enorme luz azul que desparrama energía, oscila, se detiene un instante y sale disparada a una velocidad sónica, hasta apagarse en el infinito. Miró a derecha e izquierda. Ahora me doy cuenta. Todo cuanto me rodea está helado y tengo un hambre atroz.

Pienso en mis hijos, en la que fue mi esposa. ¿Qué habrá sido de ellos? Allí, al fondo del valle, por donde se veían las luces anaranjadas de la autopista, todo es oscuridad. Esto, esto que ha pasado... Bajo al pueblo, a ver. Puede que allí esté todo bien, que estén todos. Un instinto nuevo me impulsa a correr, a correr cuesta abajo sobre el asfalto duro y roto y frío. Noto mis piernas como dos inmensos muelles de acero, como si no formaran parte de mí. Descubro que soy muy veloz. Debe ser el hambre. Al llegar a la recta, me doy cuenta de que el pueblo es una masa fantasmagórica, lo único que sigue igual son los plataneros de tronco ancho que flanquean la entrada. Sigo corriendo, el cansancio es algo que no existe. ¡Joder! ¡Tengo el corazón de un caballo!
Las primeras casas han sufrido los efectos de este cataclismo o lo que sea. No se ve a nadie, no se oye nada, no hay luz. Avanzo por la calle mayor. El estanco es un montón de escombros, al igual que la casa de los Gutiérrez, al igual que el videoclub, del que sólo queda el rótulo naranja, desprendido de la fachada. Nada, no queda nada. Debería llorar, pero el calor abrasador que siento en mis entrañas, el dolor en mis brazos y manos, me lo impide. Debo encontrar algo de comer. Troto hasta la plaza mayor. El campanario se ha partido y ha caído sobre el ayuntamiento. De las paredes encaladas de la iglesia queda un muro, detrás del altar. Poco importa, aquí al lado está la carnicería. Me dirijo hacia allí. La tienda ha sufrido menos desperfectos, siguen sus cuatro paredes en pie y parte de la techumbre. ¡Carne! Justo cuando me planto frente al escaparate, creo ver una figura reflejada en los vidrios rotos. Es una visión fugaz. Ahora esto, cuando tengo la comida cerca. Me he sentido amenazado, esos ojos brillantes en el cristal… Con prudencia, entro. Está todo patas arriba, un caos de latas y cajas de galletas, de botellas petrificadas, estanterías polvorientas y barras de pan heladas tiradas por el suelo. Mi olfato se inquieta, percibo algo que me provoca tembleques. Muevo, sin darme cuenta, la cabeza de lado a lado. Este olor. Es maravilloso.
Me lanzo al suelo y repto hasta esconderme detrás del mostrador vacío. Sobre la plaza del pueblo flota algo, una luz violeta muy intensa ilumina cada una de las fachadas derruidas. ¿Por qué me escondo? Eso que flota podría ser ayuda. Se oye un zumbido extraño, como un bombeo de aire o de algún tipo de líquido. Es esa máquina voladora. ¡No! No me van a cazar, mejor sigo invisible, aquí, cerca de este hedor que surge de alguna parte. La luz se va, desaparece en un instante. Quiero ponerme de pie, pero me siento cómodo a cuatro patas, también. Reviento con los dientes una lata de judías, fabada no sé qué. No puedo, siento una náusea repentina. Frenético, destrozo bolsas de macarrones, lanzo contra la pared packs de yogures podridos, hasta que debajo de un montón de bolsas y cartones encuentro un gran pedazo de cordero. Abro mis fauces y desgarro la carne medio congelada. Era eso, ese olor. Me siento mucho mejor, hasta olvido qué era lo que me preocupaba, por qué sufría.
Se abre la puerta de la tienda. Aparece una figura extraña, una mujer de ojos fluorescentes, de piel lívida. Entra desnuda, dando un golpe a la puerta, medio erigida sobre sus patas cubiertas de un vello tieso y blanco. Me levanto, agarro un gran cuchillo de carnicero, pesado y de hoja ancha. Quiero preguntarle algo, de dónde sale, pero de mi garganta surge un alarido atroz que me asusta. Me mira, y mira los restos del cordero. Se arrima, me husmea. Pienso en tajarla con mi gran cuchillo pero mi sorpresa, quizás, me lo impide.
Se acerca a mi cuello y me da un lametazo. Su lengua es áspera y caliente. Tras esto, agarra los restos de carne y se tumba a mis pies a comer. Mandan las entrañas, hay algo nuevo. Me estiro a su lado, rasco su espalda curvada, transparente. Noto la dureza de su cuerpo tibio bajo mi peso y le doy un lamido, como muestra de buena voluntad. Ella me mira y ronronea, satisfecha. Marco los colmillos sobre su cuello, mientras come. Siento un gran placer al mordisquearla. En el exterior, ha vuelto el silencio, y pienso que todo el pueblo y el valle es nuestro, para correr y cazar a placer.

sábado, 12 de marzo de 2011

Haikú

Cenamos en el balcón aunque ya empezaba a refrescar. Me resistía a que se acabase el buen tiempo. Ignoraba los escalofríos que me recorrían la espalda.
–Quizá sería mejor recoger la mesa. ¿No tienes frío?
No respondí; le miré con curiosidad, como si fuese alguien a quien no conocía demasiado. Me llené la copa con el vino blanco que quedaba en la botella y pensé que a pesar de llevar tanto tiempo juntos había mucho que no le había contado. No eran secretos, ni nada inconfesable. Eran cosas mías que no había necesitado compartir. ¿Tendría él guardadas otras? ¿Sería posible descubrir algo nuevo y escondido, una vida que hubiera yo ignorado durante años?
–Ponte la chaqueta, no quiero entrar todavía. Siéntate un rato –le pedí.
–Voy a leer a dentro, ahí fuera no hay buena luz.
Hubo un tiempo en el que, por la noche, me ponía su bata larga y me gustaba envolverme en ella. Él metía las manos entre las mangas anchas y decía que mi piel era lo más suave que existía en la tierra. No eres como el resto de los humanos, ni siquiera de los mamíferos; éste es un tacto a medio camino entre la boa y el cisne. Eres una especie nueva, voy a tener que darle nombre, murmuraba. Respiraba junto a mi oreja y ese aliento cálido me impulsaba a abrazarle. Nunca supe qué responder cuando me hablaba de ese modo. Él era un poeta y yo una recepcionista de hotel.
En esos días nos quedábamos en la terraza fumando un cigarrillo compartido. Ahora hacía tiempo que no fumábamos, pero yo seguía deseándolo. No se lo decía, pensaba que era mejor no hablar de eso, no tentarle. A lo mejor él ya había olvidado el humo. Como lo de mi piel.
Escuché las risas de un grupo que salía del bar de la plaza. Nosotros nunca salíamos con otra gente. Él decía que estaba cansado del ruido, que pasaba tantas horas entre gritos que el silencio era lo que más necesitaba. No hubo nunca cenas con amigos, ni siquiera hubo amigos. Me había contado historias de cuando iba a la universidad. A él le parecían muy divertidas, pero yo no comprendía casi nada. Dónde están ahora esos compañeros, le pregunté un día. Y me respondió que todos se habían vuelto unos imbéciles y que no tenía nada en común con ellos.
Me apoyé en la barandilla y sonó el teléfono en el bolsillo de mis pantalones. El gerente me pedía cambiar el turno, mi compañero estaba enfermo ¿Podía ir el domingo? Le dije que sí, que no se preocupara.
No me importaba trabajar los días de fiesta. Él dormía casi toda la mañana y luego leía un par de periódicos hasta la hora de comer. Por las tardes corregía los ejercicios de sus alumnos mientras yo planchaba o miraba una película de la televisión. Nada de particular.
Una polilla golpeaba la luz de la terraza. Pensé en si nada iba a cambiar, si todos los domingos serían así el resto mi vida. Me hubiera bebido otra copa, pero ya no quedaba vino en la botella. Ahora los del bar estaban justo debajo de nuestro balcón. Imaginaba cómo sería estar ahí, quedar para la próxima cena, colgarme del brazo de alguien, despedirme de los demás y andar hasta nuestra casa despacio.
La polilla cayó sobre la mesa. Intentó volar de nuevo y al cabo de un rato se quedó inmóvil. Cuando ya parecía muerta se arrastró torpemente hasta el borde del cenicero. Levanté la botella y las copas y sacudí el mantel entre los barrotes. Luego entré al comedor. Él estaba dormido con el libro entre las manos y la cabeza ladeada. Pensé que se había hecho muy mayor, las mejillas le caían y, aunque seguía peinándose con una coleta, tenía poco pelo. Me parecía muy atractivo, quizá más que antes, y me hubiera gustado que despertara con las ganas de hablar de hacía siete años, cuando me explicaba las poesías que yo nunca conseguí entender. Tan bonitas. Ojalá me tomara la cara entre las manos como entonces y me dijera otra vez que yo era un haikú. Eres un haikú, el único perfecto que he tenido entre los dedos. Sutil, natural, exacto, precioso. Qué es un haikú, le pregunté, y él se fue a buscar un libro pequeño y cuadrado de tapas negras y muy brillantes y empezó a leer frases cortas. Al final, en las páginas en blanco, escribió mi nombre en japonés. Luego fuimos a tumbarnos en aquella cama extraña, el futón al que ya me he acostumbrado, y me pidió que adivinase qué animales dibujaba su dedo en mi espalda. Una serpiente, dije. Pero qué serpiente, hay muchas, dime cuál. Una boa. Y ahora, siguió, éste es muy difícil, concéntrate. Ya lo sé, un cisne, un cisne blanco.
El grupo del bar se despedía. Me levanté y fui a buscar el despertador. Mañana iría a trabajar pronto. Busqué en las estanterías el libro de tapas negras y brillantes y lo encontré. A la izquierda, los dibujos a plumilla, los símbolos delicados y negros que no podía descifrar. A la derecha, las palabras que yo podía leer, la traducción que él había tardado todo un invierno en terminar mientras le miraba sin poderme creer que aquel hombre me quisiera.

Acabado el monzón,
por los pliegues del monte
sube reptando la niebla

Todo va fluyendo,
los sueños de las libélulas,
en las burbujas del agua.

En el hotel, los domingos no hay demasiado movimiento, tendría tiempo. Leería despacio, reseguiría con la punta de los dedos cada línea, movería los labios repitiendo las palabras sin que nadie me oyera; cerraría los ojos, aprendería.
En algún lugar debía estar escondido el secreto. Cómo podría mezclarme entre los versos, ser yo un dibujo en tinta negra. Boa y cisne otra vez. No una polilla golpeando la luz en un balcón, al final del verano.
Maria Guilera

sábado, 5 de marzo de 2011

Un cuento Chino

El 16 de marzo próximo inauguro en la Biblioteca de Andalucía, en Granada, una exposición en la que relato con imágenes y con palabras la experiencia de la adopción de mi hija. La muestra se titula “Un cuento chino”, y se compone de 13 cuadros acompañados por un relato compuesto también por 13 fragmentos, en los que he querido contar el viaje de ida y vuelta hacia la paternidad. Un viaje revelador a mi propio pasado y al renovado presente de mi familia. En sucesivas entradas iré descubriendo las imágenes y los textos hasta completar el relato total. Por supuesto decir que, como siempre, primero fue la pintura quien contó la historia, y después, de forma casi simultanea, fueron apareciendo en este blog unos textos que describían la misma historia que los cuadros, y que se abrazaron a ellos para contar a dos voces el mismo cuento. Por vez primera en muchos años las obras expuestas representan justo lo que necesitaba pintar, lo que quería revelarme a mi mismo, y lo que quería contarle al mundo.


110-1

En el valle del Lijiang, la noche más corta del 4702, año del Mono de la Madera, nació una niña a la que llamaron Coral. Según el calendario chino los años regidos por el Mono de la Madera –madera sobre hierro– son turbulentos y provechosos, como la naturaleza misma del animal que los gobierna y la disonante relación entre el elemento madera y el elemento metal que la destruye. Cuentan en Oriente que los nacidos bajo éste signo son intuitivos, inteligentes, extrovertidos y memoriosos; que saben perdonar, pero no olvidan.

ORIENTE

Lejos de aquel valle, en la penumbra de una casa sin día, vivía un equilibrista al que una sombra negra había borrado la risa. Cierta mañana, cuando el Sol encendía el palacio de la colina roja, una mujer se presentó ante él y le dijo: “Oriente”. Después señaló un lugar en el aire y fijó con puntualidad exacta la hora de una cita.

103-1

El equilibrista corrió sin pausa hacia la salida del Sol, atravesó siete aros de fuego por continentes de hielo y tundra, y llegó por fin al valle ardiente de los tigres y el bambú.

108-1

En los bosques de Nanning cruzó su mirada con la de un macaco. Dicen que en el fondo de esos ojos se encuentra nuestro espejo más antiguo, pero lo que aquel hombre vio fue un desprecio feroz y el deseo agazapado de reescribir el comienzo del Génesis.

111-1

Mientras tanto, cerca de los bosques, en la quietud de cera de un parque dormido, sometido el perro, la memoriosa Coral olvida y espera.

112-1

A la hora señalada del día de la cita, sobre la esfera azul de los astros cardinales, dejando muchedumbres milenarias en el verde esmeralda del río, surgió luminosa la Estrella de Oriente.

104-1

–No tengas miedo, dijo el equilibrista. Te he esperado desde el origen del tiempo para nacer en tu pupila y decir tu nombre. Nada temas –le murmuró convincente al oído–, subiremos a la Muralla y cruzaremos fugaces el firmamento hasta que muera el día.

102-1

Terminado el viaje, la tomó en sus brazos y le fue diciendo: –Ven, ésta es tu casa. En verano jugarás en el amarillo que hay junto a la puerta, y desde las ventanas verás cómo los pájaros de la mañana despliegan sus alas para alcanzar las ramas más altas. Al principio de uno en uno, des-pués en bandadas frenéticas se reconocen y agrupan disputándose un lugar desde el que empezar el día. Todas las mañanas igual: pardillos contra estorninos, mirlos contra vencejos, palomas contra palomas y urracas contra todos. A veces el aire se estremece con la sombra del halcón y crece el silencio bajo la envergadura poderosa del águila. Al caer la tarde vuelven con estruendo a las ramas más altas, y se reconocen y agrupan disputándose un lugar donde pasar la noche. Los estorninos caen sobre los álamos, las grajillas se esconden en las rocas, las urracas acechan los nidos y la calma crece con la oscuridad. Todo vuelve a su sitio, todo queda ordenado en el valle del Genil.

109-1

Transcurrido algún tiempo, cierto día sintió la mano de Coral cobijarse en la suya, y se vio de niño caminar junto a su padre, y una palabra triste se le enredó en la garganta.
–En las mañanas de otoño iremos despacio hasta el colegio y te enseñaré, antes de que aprendas la aritmética del verbo, cómo los días se acortan en noviembre y cómo en marzo brotan las primeras hojas. Que debajo del asfalto que pisamos hay un mosaico con delfines antiguos y una fuente con un grifo de bronce; y acequias que regaron los huertos; y casonas con escudos y patios donde descansaron los amos del mundo; y que muy cerca de allí, entre los juncos de una tarde amarilla, un hombre joven se conmovió extrañado al pensar su propio nombre.

105-1

Con el esmero del labrador que abona la tierra, el equilibrista dejaba caer sus palabras.
–Caminaremos junto al río crecido por las lluvias del invierno que arrastran barro y piedras desbordando acequias, anegando huertas y cortando caminos. Te diré que este valle fue una montaña por donde la lluvia y la nieve limaron las rocas y sedimentaron el lodo hasta hacerse una cuna por la que llegar al mar. Aprenderás que los brazos de los pájaros se cubrieron de plumas para poder volar, y que los dedos de nuestra mano adaptaron su forma a la función de coger las cosas con destreza. Quisiera explicarte, hija mía, que las leyes primordiales de la materia construyeron el mundo que vemos, pero prefiero que mis palabras calen como la lluvia fina sobre la tierra fértil, y sientas en tu corazón la belleza irrepetible de este atardecer.


106-1


–Mírame, escucha y no olvides –le previno una sola vez como el que extiende un bálsamo o dicta un testamento–. Viajarás abrazada a tu historia entre lienzos de oro y mares de seda. Serás Oriente en Occidente.

101-1

Después del invierno, el Sol del equinoccio repartió por igual sus rayos sobre el mundo, devolviendo a los pájaros el color de sus plumas, el brillo a los ojos del perro altanero que guardaba el ingenio, el verde a la semilla seca, y al agua la vida nueva. Desde el fondo blanco de las curvas del río, llegó por fin la primavera.

107-1

Un día le dijo: ponte seria, y ella pintó de oro el ánimo en penumbra del viejo equilibrista.

Juan Vida

jueves, 3 de marzo de 2011

En las profundidades


Apaga la luz,
que no quiero ver mis pensamientos.
Publicado por flower