martes, 28 de septiembre de 2010

EL CULO DE LA ARQUITECTA

Fotografía de Isabel Muñoz



UNA DESCRIPCION EXCEPCIONAL

No suelo concordar con el prójimo varón sobre cuál es el mejor culo. Noto un gusto general por el culito escuálido de las modelos flacas. A mí me gustan grandes, hospitalarios, macizos. Me gusta el culo balcón, que sobresale y se autosustenta como un milagro de ingeniería. El culo bien latino, rappero, reggaetón, de doble pompa viva y prodigiosa.
Me salen versos cuando hablo de culos. Quizá porque en los culos hay algo más antiguo y atávico que en las tetas, que en realidad son una intelectualización. Las tetas son renacentistas, pero el culo es primitivo, neaderthaliano. Con su poder de atracción inequívoca, su convergencia invitadora, es un hit prehistórico. Despierta nuestro costado más bestial: el del acoplamiento en cuatro patas. Las tetas son un invento más reciente, son prosaicas. El culo, en cambio, es lírico, musical, candencioso, indiscernible del meneo de caderas, del ritmo, la batida de la bossa que retrata a la garota que se aleja en Ipanema.
Porque el culo siempre se aleja, siempre se va yendo, invitando a que lo sigan. Se mueve en dirección contraria de las tetas, que siempre vienen y por eso suelen ser alarmantes, amenazadoras, casi bélicas (me acuerdo de las tetas de Afrodita, la novia de Mazinger Z, que se disparaban como dos misiles). Las tetas confrontan, el culo huye, es elegía de sí mismo, se va yendo como la vida misma y deja tristes a los hombres pensando qué cosa más linda, más llena de gracia aquella morena que viene y que pasa con dulce balance camino del mar.
Las argentinas tienen orto, las colombianas jopo, las brasileras bunda, las mexicanas bote, las peruanas tarro, las cubanas nevera o fambeco, las chilenas tienen poto. O mejor dicho, las chilenas no tienen poto, según mis amigos transandinos que se quejan de esa falta y quedan asombrados cuando viajan por Latinoamérica. Yo mismo casi me encadeno a la muralla del Baluarte de San Francisco, en el último Festival de Cartagena de Indias, para no tener que volver y poder seguir admirando el desfile incesante de cartageneras o barranquilleras cuyos culos altaneros merecían no este breve artículo sino un tratado enciclopédico o un poemario como el Canto General.
De las cosas que hacen las mujeres por su culo, la que más ternura me da es cuando lo acercan a la estufa para calentarlo. No lo pueden evitar. Pasan frente a una chimenea o un radiador y acercan el culo, lo empollan un rato. El culo es la parte más fría de una mujer. Siempre sorprende al tacto esa temperatura, el frescor del cachete en el primer encuentro con la mano.
Durante el abrazo, se puede llegar a los cachetes de dos maneras. Una es desde arriba, si la mujer tiene puesto un pantalón, pero es dificultoso y lo ajustado de la tela impide la maniobra y la palmada vital. La otra forma es desde abajo y eso es lo mejor, cuando se alcanza el culo levantando de a poco el vestido, por los muslos, y de pronto se llega a esas órbitas gemelas, esa abundancia a manos llenas. En ese instante se siente que las manos no fueron hechas para ninguna otra cosa más que palpar esa felicidad, para sentir con todos los músculos del cuerpo la blanda gravitación, el peso exacto de la redondez terrestre.
Se suele pensar que, en el sexo, la posición de perrito somete a la mujer. Pero hay que decir que abordar por detrás a una mujer de ancas poderosas puede ser todo lo contrario: es como acoplarse a una locomotora,
como engancharse en la fuerza de la vida, hay que seguirla, no es fácil, uno queda subordinado a su energía, hay que trabajar, darle mucha bomba, carbón para la máquina. Es uno el que queda sometido a su gran expectativa, absorto, subyugado, vaciándose para siempre en la doble esfera viva de esa mantis religiosa.
Una vez vi un hombre de unos 45 años dando vueltas al parque, corriendo tras su personal trainer. Lo curioso es que era una personaltrainer, y las calzas azules de esta profesora de gimnasia evidenciaban que tenía un doctorado en glúteos. Como el burro tras la zanahoria, el hombre corría tras ella sin pensar en nada más que ese seguimiento personal. No me sorprendería que a la media hora hubiera un grupo de corredores trotando detrás, en caravana. La música de los culos es la del flautista de Hamelin. Los hombres, con su legión de ratones, van tras ella, hipnotizados.
Las mujeres saben aprovechar sus recursos. Yo trabajé en una empresa en el mismo piso que una arquitecta narigona (esas narigonas sexys) y con un 'tremendo fambeco'. Ella sabía que era su mejor ángulo y lo hacía valer, con unos pantalones ajustados que dejaban todo temblando. Era una de esas oficinas cuadradas, llenas de líneas rectas: el almanaque cuadriculado, la tabla rectangular del escritorio, la ventana, los estantes, las carpetas de archivos. Un lugar irrespirable de no ser por el culo de la arquitecta que a veces pasaba camino a tesorería o a la fotocopiadora. Su culo era lo único redondo en todo este edificio de oficinas. Lo único vivo yo creo. Nunca intenté nada (se decía que tenía un novio), pero en una época yo pensaba escribir una novela con los acoplamientos heroicos que imaginé con ella. Una novela que iba a titular, con un guiño a Greenaway, 'El culo de una arquitecta'.
No escribí ni dos líneas de esa novela, pero sí algunos poemas que ella nunca leyó. Me acuerdo que la veía antes de verla, la intuía en un ritmo particular que tenía el sonido de sus pasos, un peso, un roce de la cara interna de sus muslos de falsa mulata. Cuando aparecía en el rabillo de mi ojo, ya sabía plenamente que se trataba de ella. Y pasaba y todo se detenía un instante, el memo, el mail, la voz en el teléfono, todo se curvaba de pronto, no había más rectas, todo se ovalaba, se abombaba, y el corazón del oficinista medio quedaba bailando. No exagero.
Además era plena crisis del 2002. Todo se derrumbaba, caían los ministros, los presidentes, caía la economía, la moneda, la bolsa, caía el gran telón pintado del primer mundo, caía la moral, el ingreso per cápita, todo caía, salvo el culo de la arquitecta que parecía subir y subir, cada vez más vivaracho, más mordible, más esférico, más encabritado en su oscilación por los corredores, pasando en un meneo vanidoso que parecía ir diciendo no, mirame pero no, seguime pero no, dedicame poemas pero no. Ojalá ella llegue a leer esto algún día y se entere del bien que me hizo durante esos dos años con solo ser parte de mi día laborable pasando con tanta gracia frente al mono de mi hormona. Y ojalá se entere también que, cuando me echaron, lo único que lamenté fue dejar de verla desfilar por los pasillos, respingando el durazno gigante de su culo soñado.
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El autor,Pedro Mairal, hijo de uno de los abogados argentinos de mayor prestigio - Héctor Mairal, había escrito en la revista Brando, en 2006, un texto notable acerca de las Tetas. Tras lo cual la revista Soho, de Bogotá, Colombia, le pidió que escriba sobre el culo.
* Pedro Mairal nació en Buenos Aires en 1970.
Cursó la carrera de Letras en la Universidad del Salvador, donde fue profesor adjunto de la cátedra de Literatura Inglesa.
En 1996 publicó el libro de poesía 'Tigre como los pájaros' (Mención Premio Fortabat).
En 1998 obtuvo el Premio Clarín de Novela por 'Una noche con Sabrina Love', que fue llevada al cine y traducida a varios idiomas.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Noche de luz, noche de sombra. Relato autobiográfico



Aquella noche de reyes mi hermano y yo no dormíamos. Nuestros corazones latían deprisa y nuestros ojos parecían más de liebres que de niños, abiertos de par en par, salpicados de interrogantes. No hablábamos, porque si los Reyes nos oían no querrían entrar en un hogar en el que vivían tan desobedientes criaturas. Llovía, hacía frío, ¿cómo entonces podía ser que tan misteriosos y generosos personajes anduviesen por ahí montados en camellos, cargados de regalos?, pensaba yo mientras intentaba conciliar un sueño imposible. La lluvia parecía llamar a la ventana y el ligero resplandor de luna llena que el tapaluz dejaba entrar, me permitía ver la ilusión en los ojos de mi hermano. En la habitación contigua se encendió una leve luz y los perlados cristales de la puerta de nuestro cuarto se adornaron de reflejos amarillentos. Dos sombras pasaron sigilosamente. Eran los Reyes Magos. No podía ser nadie más, porque nuestros padres habían dicho que todos nos teníamos que ir a dormir y que nadie podía hablar ni moverse de la cama hasta el amanecer, hasta que los cantos de los pájaros nos despertasen... Se apagó la luz de la habitación contigua y todo quedó a oscuras.
-¿Los has visto? –susurró mi hermano.
-Sí. Eran dos. ¿Qué nos habrán traído?
-Han ido al lavadero. Yo he escuchado el ruido que hace la puerta al abrirse. Allí nos han dejado los regalos.
-¿En el lavadero? ¿Nos levantamos y vamos a verlos? –le propuse.
-No. Cállate. Tenemos que esperar a que amanezca.
Los minutos pasaban como parsimoniosos escarabajos negros; las horas eran tortugas gigantescas. En la calle sonaban húmedas brisas, rápidos pasos en busca del descanso. Un gallo cantó a lo lejos. Una, dos, tres veces. Debí dormir algún tiempo porque recuerdo que soñé con una bandada de búhos que, posados en el tejado, con sus despampanantes ojos iluminaban la oscuridad de la noche y convertían prematuramente en sol la luna. Los pájaros -por fin- llamaron a nuestros tímpanos, y nuestros párpados se abrieron felices; los tenues suspiros del alba iluminaban las rendijas del tapaluz. Corrimos hacia el lavadero con las pupilas relampagueando chiribitas. Allí, en el poyete, un libro de cuentos de Christian Andersen reposaba sobre una flamante máquina de escribir marca“Hispano-Olivetti”. Eran nuestros regalos.

Pasaron años, muchos años desde aquella noche. Un rayo de muerte había invadido las células de mi hermano. Él yacía en su cama. La quimio no había podido parar aquella invasión de negras miradas opacas. Yo le tenía cogida la mano. Él me preguntó:
-¿Tú crees que me moriré?
En ese momento pasó por mi memoria aquella lejana noche de reyes.
-No –le contesté, aunque “sí” debió ser la respuesta.
Poco después una ambulancia nos llevó al hospital "Puerta del Mar", a la habitación 860, mis ojos empapados en la lluvia de aquella lejana luna de reyes. Allí, en aquella fría habitación, esperamos durante tres noches la llegada de unos Reyes Magos que vinieran a regalarle a mi hermano unos años más de vida; pero no vinieron.
AROBOS

martes, 21 de septiembre de 2010

Días y noches te he buscado


Pintura al óleo de An He

"Días y noches te he buscado
Sin encontrar el sitio en donde cantas.
Te he buscado por el tiempo arriba y por el río abajo.
Te has perdido entre las lágrimas.

Noches y noches te he buscado
Sin encontrar el sitio en donde lloras
Porque yo sé que estás llorando.
Me basta con mirarme en un espejo
Para saber que estás llorando y me has llorado.

Sólo tú salvas el llanto
Y de mendigo oscuro
Lo haces rey coronado por tu mano."

(Vicente Huidobro)
Publicado por Felipe

viernes, 17 de septiembre de 2010

Transparencias


Toda la vida corriendo, para llegar tarde otra vez

miércoles, 15 de septiembre de 2010

El espejo o la duda

Espejo Mirallmar , un ya clásico diseño de Eduard Samsó

Siempre me he preguntado que le puedes decir a alguien que tiene ojos de perro abandonado. Esos ojos mustios que se ocultan tras un velo que alguien bordo con lagrimas dicen tanto y de forma tan breve que exigen casi a gritos una respuesta. Es cierto, la angustia, la tristeza, el desamparo y la desesperanza siempre suscitan más interrogantes que la felicidad, la dicha o la buenaventura. Además de soportar el sobrecogedor sentimiento de la pena, esos ojos tienen que llevar a cuestas un abrumador cargamento de preguntas. Sí, es un hecho. Siempre he querido saber que se puede responder a alguien que te hace callar sin decir nada; que consume tu aliento solo levantando la mirada. Siempre me he preguntado que le puedes decir a alguien que tiene ojos de perro abandonado. Pero es más grave aún cuando esa mirada que te calla, que te sorprende, que de triste te suscita cierta reverencia, cierta piedad y que por sórdida, e incluso por sombría, deja un vaho de podredumbre en el ambiente llega hasta ti asomada lánguidamente en el reflejo de un espejo.

domingo, 12 de septiembre de 2010

Disfrutar el camino


Así fue como Key Lu, el hijo de Chang Fey comenzó su viaje hacia el templo de los Monjes Shaolin. Key Lu no solo era un joven fuerte y gallardo sino que estaba dotado de una inteligencia superior y criado con esmero por su padre, contaba con una buena dosis de cultura y experiencia lo que le proporcionaba una positiva autoestima y confianza en sus propias fuerzas.

A decir verdad no entendía las razones de su padre para enviarlo, bien podría retirarse y dejarle a cargo del negocio, pero obediente y respetuoso de las tradiciones aceptó el mandato paterno y emprendió su viaje.

Al tercer día de peregrinaje se encontró con un aciano que caminaba lentamente delante de él. Cuando se pusieron a la par el anciano le preguntó afablemente .

- ¿Tu también te diriges al Sur, vas lejos ?- Si anciano, me dirijo al templo Shaolin, voy allí a aprender. El anciano evaluó su figura mirándolo detenida y respetuosamente . - ¡ Ah ! - dijo - Que sabia decisión has tomado. ¿ Y sabes ? yo también voy al mismo lugar, también a aprender, es notable como a pesar de las diferentes edades nuestros caminos se encuentran en este punto. ¿ No quisieras ser mi compañero de viaje?.

- Lo siento, me agradaría acompañarte, pero yo marcho más a prisa que tu. Me demorarías bastante . - Lejos de mi intención perturbarte, pero dime ¿ por que marchas de prisa?. - Bueno - lo ilógico de la pregunta sorprendió a Key Lu - Es mi forma de andar he andado siempre así. - Es una razón - El anciano meneo la cabeza - Pero se me ocurre que así te pierdes algunas cosas del camino. Dicen que viajar enseña, más una cosa es viajar y otra es tratar de llegar.
Key Lu acusó el impacto de la observación. A decir verdad desde que salió, nada extraordinario le había ocurrido que pudiera computar como un nuevo conocimiento. No había estado viajando, solo tratando de llegar, no obstante repuso. - Es cierto lo que dices, pero pienso que cuanto antes llegue al monasterio, antes comenzaré a recibir enseñanzas. Tu caminas lentamente ¿lo haces para aprender del camino o porque tu cuerpo no te permite ir mas rápido?.

El anciano volvió a menear la cabeza y sonrió afirmativamente - ¡Cuanta razón hay en tus palabras! ¿Ves? el camino nos permite a ambos aprender y gozar de esta conversación. ¡Quién sabe cuanto tardaríamos en el Monasterio en llegar a acceder a la sabiduría que nos ofrece este momento!
- Yo camino lentamente es verdad, y en cierto modo es justo que nuestros cuerpos sabios como son nos ofrezcan modalidades diferentes. A mi edad creo que las enseñanzas que me esperan son las de gozar de las pequeñas cosas, y así mi respuesta es ambas: Mi cuerpo no me permite caminar más rápido, y además me dice: "a lo largo del camino toma tu tiempo para oler las flores". Así entonces ¿quien de los dos comienza antes a recibir enseñanzas? ¿Tu tratando del llegar más rápido al Monasterio o yo que llegaré después pero habiendo gozado de todas las compañías que me brinda el sendero ?

Key Lu convino en cambiar de criterio, no sabía bien pero el anciano le caía simpático y probablemente su compañía le haría más llevadero el largo viaje - Tienes razón - dijo recordando los últimos días - El que corre no aprende - Y el que aprende deja de correr - Completó el anciano.

Del libro La Ceremonia del Te y La calidad de vida
Autor Carlos Farré
PUBLICADO POR BELKIS

jueves, 9 de septiembre de 2010

La caja de Pandora

La historia sobre la caja de Pandora es muy popular pero me gustaría ampliarla para mis lectores. Dice la leyenda que Prometeo robo de Helios el Fuego Divino de los Dioses y con ayuda de su hermano lo utilizo para dar vida al primer hombre llamado Helen o Helenos (El Primero), creado de arcilla, viento y agua. Así los humanos serian la raza más completa de la creación, modelados con la belleza de los Dioses, parados erguidos para contemplar las estrellas, con el Fuego Divino como alma para tener creatividad, sabiduría e inteligencia.

Zeus estaba furioso, ahora una raza inferior tenían la posibilidad de alcanzar las mismas habilidades que los Dioses, por lo que decidió castigar a Prometeo y a Epimeteo, su hermano, el primero fue condenado a estar encadenado a una roca por toda la eternidad mientras que un águila devoraba su hígado cada día, el cual se regeneraba cada noche. Epimeteo fue convertido en un mono y despojado de todo rastro de inteligencia y sabiduría para siempre.

Pero para el hombre decidió darle un castigo diferente, decidió dar balance a la creación de los hermanos Titanes y ordeno formar una hembra para la especie, pero esta debía superar el primer trabajo. Hefestos, Dios artesano y de la forja, creo su cuerpo perfecto utilizando arcilla y oro, Afrodita, Diosa de la belleza y sexo, le dio el encanto, la seducción y atractivo, Atenea, Diosa de la guerra y sabiduría, le dio el conocimiento e inteligencia innata que superaría a los hombres, Hermes, Dios mensajero y de la alquimia, le dio la astucia y el rápido aprendizaje.

Así nació la primera mujer, creada por los Dioses y que superaba con creces al hombre creado por los inferiores Titanes, fue llamada Pandora (La que lo tiene todo) y entregada al primer hombre por los Dioses, pero estos les dieron un regalo de bodas: una caja que tenían prohibido abrir.

Cierto día Pandora estaba sola en su casa, entonces escucho voces dentro de la caja, voces lastimeras que le suplicaban que les dejase salir, Pandora preguntó quienes eran aquellos individuos, pero no recibió una respuesta concreta. Motivada por la pena y curiosidad decidió abrir la caja, grande fue su sorpresa al hallar dentro criaturas horribles y deformes que escaparon a toda prisa dispersándose por el mundo, estas criaturas son todos los males que la humanidad está condenada a sufrir hasta nuestros días. Para cuando Pandora intento cerrar la caja ya era muy tarde y apenas lo consiguió, pero una nueva voz le imploraba salir, pero aconsejada por su esposo abrió nuevamente la caja, lo último que quedaba dentro de la misma era la Esperanza quien prometió aliviar todos los males de las personas y ayudar a llevar los tiempos difíciles. Por ello al final solo queda la esperanza

Pero al parecer muchos creen que la Esperanza es en realidad el peor de todos los males, pues se burla de nosotros haciéndonos creer que vendrán momentos mejores, nos hace luchar para conseguir objetivos imposibles, se ríe mientras intentamos superarnos inútilmente.
De todas formas no soy un (maldito) emo así que solo agregué esta última parte porque me gusta hacer polémica.


P.D.
Puse a los emos justamente porque esa versión final me la conto un emo, no se si lo hizo por su tendencia natural a la depresión o por si existe realmente, solo quise darle a los emos su crédito en esta historia pero la verdad no me agradan mucho las personas que buscan una excusa cada vez más rara para auto mutilarse

miércoles, 8 de septiembre de 2010

No tengo ningún proyecto de vida para usted

El polvo del camino
La verdad es que no tengo ningún programa de vida para Aznar. Y me gustaría que él tampoco lo tuviera para mí porque ni siquiera yo lo tengo. Estoy convencido, con el poeta Quasimodo, que esto dura nada y menos y que, cuando menos lo esperamos, nos atraviesa un rayo de sol, somos felices momentáneamente, pero la noche llega de pronto y nos borra para siempre. Me gusta pensar que soy respetuoso con los proyectos de vida que los demás tienen para sí mismos. Por esto de la precariedad y fugacidad del vivir. Creo que he aprendido a no sentirme agredido porque cientos de miles de personas utilicen la excusa de la Virgen del Rocío, para vivir en el campo unos días, fumarse unos porros, echar algún polvo y beberse algunos litros de alcohol. El que a mi no me guste hacerlo, sobre todo porque soy alérgico al polvo (del camino) y al polen del olivo, no me da derecho a sentirme superior ni inferior a los que eligen esta distracción. No disfruto en Semana Santa, no voy a Lourdes, la beatificación de Fray Leopoldo me deja beatíficamente tranquilo, y las manifestaciones de Aznar, en principio, no tiene porque afectarme. No quiero que nadie disfrute, como yo lo hago,releyendo el Quijote, viendo, o durmiendo, "Amar en tiempos revueltos" o comiéndose un plato de patatas fritas con pimientos. Sólo me pongo nervioso si los que hacen todo eso que he enumerado más arriba comienzan a considerar sus respetables entretenimientos como “lo que hay que hacer”, como “lo natural”, lo “nuestro”. Me asusto cuando adivino que tienen un proyecto de vida para mí. Y me temo que Aznar sigue teniendo una hoja de ruta para todos nosotros y, si me guío por lo que acaba de declarar en Israel sobre Obama y el poder omnímodo, ese plan no me conviene.
PUBLICADO POR PABLO ALCÁZAR

martes, 7 de septiembre de 2010

La ley de la selva


Su aspecto era esquelético, casi escuálido pero sin llegar a parecer famélico. El pelo escaso, con sangre africana, raptada en su hábitat y abandonada en tierra extraña. El corazón parecía que se iba escapar de su caja. Pero sabía que tenía que hacerlo fuese cual fuese el resultado. No poseía el miedo a los fracasos tan común entre los humanos. Estaba de algún modo programada y como cada noche que salía de caza, cumpliría escrupulosamente con su cometido. En otras ocasiones iba en manada pero la mayoría era lo más parecido a una fiera esteparia.
Salió con sigilo del callejón desde donde oteaba a las posibles presas y que era su seguro escondite. Era consciente de que todos los sentidos podían ser insuficientes en aquellas situaciones. Su olfato le guió hasta una pieza de bastante envergadura. Aquella hembra desarraigada necesitaba a la vez de la fuerza de la leona y de la agilidad de la gacela. Volvió a olisquear el relente de la noche que estaba impregnado de los efluvios de los otros animales mezclados con la sudoración de los árboles. Nadie le había enseñado nada de supervivencia. Lo llevaba dentro. El verde reluciente de su mirada brillaba en la oscuridad para no perder de visa la caza.
De repente se abalanzó sobre su presa que no tuvo tiempo de reaccionar. La tumbó boca abajo en suelo húmedo, le sacó la billetera y arrancó a correr un corto tramo de la Rambla hasta perderse por las estrechas callejuelas adyacentes ante la mirada atónita del despistado y obeso turista que vestía pantalón corto, gorra de béisbol y sandalias con calcetines. A pocos metros en el quiosco más próximo todo seguía con normalidad. Era la ley de la selva.


© Manel Aljama (septiembre 2010)

domingo, 5 de septiembre de 2010

La cama


No he respondido a la llamada. Al cabo de un rato, he escuchado la voz de Carmen en el contestador.
”Han dejado una cama en la esquina de Urgel con Mallorca. De los sesenta, buenísima. Llámame, me quedo ahí esperando para que nadie se la lleve”.

Tengo que hacer algo. Está llenando el loft.
”Con lo imprescindible, justo lo que necesitamos para vivir”, dice ella.
Ese no era el acuerdo. Habíamos hablado de un lugar para trabajar, de un espacio en el que cada uno se movería con libertad. Compartir, solo los gastos
Es verdad que pensé también en algo más, pero no se lo dije. Soy tímido, muy poco lanzado. Y ella me gustaba. Es tan decidida, tan directa, tan distinta a mí.
Aquel día le dije, exactamente le dije,
”¿Bajas a desayunar? Tengo que hablarte de algo”.
Y diez minutos más tarde, en el bar, le conté que me habían ofrecido un local industrial en Poble Nou y que me gustaría alquilarlo para tener allí el taller, pero que era demasiado caro.
En seguida me preguntó cuánto dinero pedían por él y los metros que tenía.
Quedamos en ir a verlo a la salida del trabajo. En su coche. Yo hace tiempo que voy y vengo en bicicleta.
”Estoy nerviosa”, me dijo al arrancar. Y puso su mano en mi pierna.
Luego empezó a hablar sin descanso. Me preguntó cómo lo había conseguido, qué clase de contactos tenía yo, pero no me dio tiempo a responder. Me explicó que estaba harta de trabajar en la empresa, que le cortaban las alas, que no podía esperar más y quería instalarse por su cuenta.
Volvió al tema del local y pareció muy admirada con mi suerte.
”Si están buscadísimos, ¿cómo lo has hecho?”, se preguntaba.

Cuando llegamos todavía entraba la luz. Los ventanales eran muy grandes, se veía la calle sin árboles y alguna fábrica abandonada.
”Casi doscientos metros cuadrados en dos plantas”, le dije.
”Fantástico, fantástico”, exclamó. “Tú arriba y yo abajo. ¿Te parece bien?”
Se descalzó y caminó sobre el suelo de cemento con los brazos abiertos, como en las películas.
”Es que ya lo estoy viendo”, decía andando de un lado a otro. “Aquí una mesa enorme, grande de verdad. Me gusta extender las telas, nada de muestrarios”.
Miró hacia arriba y se entusiasmó con las lámparas.
”Perfectas, esas no las tocamos, son de diseño antiguo, de nave industrial, qué pasada”.
Entonces me abrazó, después de lo de las lámparas. Me apretó muy fuerte la cintura. Es tan pequeñita.
Yo me quedé quieto, no sabía qué clase de abrazo era.
Después subió las escaleras, pero su perfume se quedó abajo.
”Aquí han dejado unas cajas de madera”, gritó. “Sobre todo que no se las lleven”.
Al salir tomamos unos vinos y hablamos de dinero. Ella no parecía darle importancia, me dijo que si podía, si no me iba mal, dejara yo el importe del depósito. Que se había quedado sin efectivo después de las vacaciones; sin cash, dijo, pero que estaba a punto de cobrar un trabajo independiente.
”Te lo daré en seguida, no te apures”.
”No pasa nada”, le dije. Era verdad.
Me gustó el acuerdo. Cada uno lo suyo. Me pareció que todo sería fácil.

Aquella noche, mientras cenábamos, hablé con mi padre. No dejaba de llevarse la cuchara a la boca, pero movía la cabeza y me miraba con los ojos un poco cerrados, con atención.
”No quieras ir demasiado aprisa”, me dijo.
Luego nos sentamos en el sofá los dos y miramos un concurso de palabras difíciles en la televisión. Parecía que mi padre siempre las conociera.
”Eso mismo, sí señor”, decía. Siempre repetía la respuesta del concursante.

Dos semanas más tarde nos instalamos en el local. Yo llevé poca cosa. La mesa de caballete, el ordenador, unos libros y una lámina de Rothko. Compré unas estanterías metálicas, pero todavía no las he montado.
La ayudé con sus muebles. Unos sillones muy grandes, una mesa antigua de madera maciza. ”Recuperada”, dijo. Y un espejo de casi dos metros, con un marco de acero, que encontró en un contenedor.
”La gente no sabe lo que tira”, me gritó desde la calle. “Baja, ayúdame”.
Fue una suerte que ella hubiera elegido la planta inferior.

No me acuerdo cómo fue la primera vez. Carmen estaba a mi espalda y me abrazó, pero no sé qué había ocurrido antes, por qué lo hizo. Sé que yo estaba muy cansado y tenía miedo de quedar mal. Que cuando se quitó la pinza del pelo y se le cayó al suelo, todavía era de día. Después no la encontrábamos, había oscurecido y tuvimos que iluminar con una linterna por debajo de las cajas. Ahí estaba.
También sé que teníamos sed y ella sentenció,
”Esto no puede ser, aquí falta una nevera y unas botellas de cava”.
Empezaron a llegar electrodomésticos. No solo la nevera, también un lavavajillas, un microondas. Compramos platos de porcelana y copas de cristal para la inauguración. Dijo que ni hablar del plástico, que daba mala imagen y que la fiesta se hacía para todo lo contrario.

Yo no hubiera querido despedirme de la empresa hasta tener algunos encargos, siempre fui prudente. “Miedoso”, precisó ella.
Pero no pude compartir mi horario de trabajo con las salidas, las compras, las visitas a nuevos posibles clientes. Había que dejarse ver. Había que arriesgarse.

Me lancé a la aventura por primera vez. Dibujé mis primeros proyectos y empecé a ser libre. Me sorprendía añorando el tiempo en el que soñaba con lo que ahora tenía.

Ella me acompaña cada día a mi casa en el coche. Yo ya nunca cojo la bicicleta. Mi padre la ha guardado en el trastero.
Por las noches me cuesta dormir. No estoy seguro de lo que hago, mi idea era otra, pero no sé cuál. Me imagino solo, estudiando, dibujando, mirando libros de arquitectos clásicos, paseando por el barrio y descubriendo restos de chimeneas del siglo pasado.
Me desvelo y entonces la imagino a ella, tan feliz, en la planta inferior, medio tumbada en el sillón moviendo las piernas como una tijera. Me llama con la mano sin dejar de hablar por teléfono. Yo la obedezco siempre, dejo lo que estoy haciendo y corro escaleras abajo.
Ella sostiene el auricular entre la mejilla y el hombro y se baja la cremallera de la falda.
Luego me obliga a esperar hasta que se despide, y eso puede llevarle mucho tiempo.
Trabajamos poco.

No quiero dejar mi casa. Mi padre y yo nos llevamos bien. Él se ocupa de todo. No es indiscreto, solo me pregunta qué tal me va y si voy a cenar en casa. Nos hacemos compañía, siento que me necesita. Sé que no va a ser así siempre, que un día me iré a mi propia casa y tendré mi família, vendremos a verle los domingos con un pastel de postre y nos quedaremos un buen rato mirando los concursos de la televisión.
Para eso falta tiempo, creo.
Todo ocurre sin que me de cuenta, no tengo tiempo de pensar, no puedo decidir nada.
Ahora Carmen ha encontrado una cama. Me ha dejado el mensaje en el contestador. Creo que la cama es un mueble definitivo.

Pero tengo la sensación de que ella tampoco me quiere.
María Guilera

viernes, 3 de septiembre de 2010

Siembra


Sembraré nenúfares
antes de dormir.
Cada noche
en tu sueño
habitaré la voz
y el silencio,
en la tierra fértil
de tu pecho.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Instantáneas


Apesadumbrado, aquel doctor acudió al psiquiatra.
Algo terrible y curioso le ocurría y le tenía desasosegado.
Forense, necesitaba sacar fotografías de los cadáveres, y estas siempre salían movidas.
Llegó a pensar que tantos años diseccionando músculos y vísceras le habían convertido en objeto de burla de los espíritus ya descarnados y que se reían de él moviendo los cuerpos en el momento de la instantánea.
El psiquiatra le escuchó atentamente, y tras hacerle un examen médico, resolvió:
-Tiene usted Parkinson.

PUBLICADO POR VÍCTOR SÁEZ