lunes, 28 de noviembre de 2016

La pata del mono


I

La noche era fría y húmeda, pero en la pequeña sala de Laburnum Villa los postigos estaban cerrados y el fuego ardía vivamente. Padre e hijo jugaban al ajedrez. El primero tenía ideas personales sobre el juego y ponía al rey en tan desesperados e inútiles peligros que provocaba el comentario de la vieja señora que tejía plácidamente junto a la chimenea.
-Oigan el viento -dijo el señor White; había cometido un error fatal y trataba de que su hijo no lo advirtiera.
-Lo oigo -dijo éste moviendo implacablemente la reina-. Jaque.
-No creo que venga esta noche -dijo el padre con la mano sobre el tablero.
-Mate -contestó el hijo.
-Esto es lo malo de vivir tan lejos -vociferó el señor White con imprevista y repentina violencia-. De todos los suburbios, este es el peor. El camino es un pantano. No se qué piensa la gente. Como hay sólo dos casas alquiladas, no les importa.
-No te aflijas, querido -dijo suavemente su mujer-, ganarás la próxima vez.
El señor White alzó la vista y sorprendió una mirada de complicidad entre madre e hijo. Las palabras murieron en sus labios y disimuló un gesto de fastidio.


-Ahí viene -dijo Herbert White al oír el golpe del portón y unos pasos que se acercaban. Su padre se levantó con apresurada hospitalidad y abrió la puerta; le oyeron condolerse con el recién venido.
Luego, entraron. El forastero era un hombre fornido, con los ojos salientes y la cara rojiza.
-El sargento mayor Morris -dijo el señor White, presentándolo. El sargento les dio la mano, aceptó la silla que le ofrecieron y observó con satisfacción que el dueño de casa traía whisky y unos vasos y ponía una pequeña pava de cobre sobre el fuego.
Al tercer vaso, le brillaron los ojos y empezó a hablar. La familia miraba con interés a ese forastero que hablaba de guerras, de epidemias y de pueblos extraños.
-Hace veintiún años -dijo el señor White sonriendo a su mujer y a su hijo-. Cuando se fue era apenas un muchacho. Mírenlo ahora.
-No parece haberle sentado tan mal -dijo la señora White amablemente.
-Me gustaría ir a la India -dijo el señor White-. Sólo para dar un vistazo.
-Mejor quedarse aquí -replicó el sargento moviendo la cabeza. Dejó el vaso y, suspirando levemente, volvió a sacudir la cabeza.
-Me gustaría ver los viejos templos y faquires y malabaristas -dijo el señor White-. ¿Qué fue, Morris, lo que usted empezó a contarme los otros días, de una pata de mono o algo por el estilo?
-Nada -contestó el soldado apresuradamente-. Nada que valga la pena oír.
-¿Una pata de mono? -preguntó la señora White.
-Bueno, es lo que se llama magia, tal vez -dijo con desgana el militar.
Sus tres interlocutores lo miraron con avidez. Distraídamente, el forastero llevó la copa vacía a los labios: volvió a dejarla. El dueño de casa la llenó.
-A primera vista, es una patita momificada que no tiene nada de particular -dijo el sargento mostrando algo que sacó del bolsillo.
La señora retrocedió, con una mueca. El hijo tomó la pata de mono y la examinó atentamente.
-¿Y qué tiene de extraordinario? -preguntó el señor White quitándosela a su hijo, para mirarla.
-Un viejo faquir le dio poderes mágicos -dijo el sargento mayor-. Un hombre muy santo… Quería demostrar que el destino gobierna la vida de los hombres y que nadie puede oponérsele impunemente. Le dio este poder: Tres hombres pueden pedirle tres deseos.
Habló tan seriamente que los otros sintieron que sus risas desentonaban.
-Y usted, ¿por qué no pide las tres cosas? -preguntó Herbert White.
El sargento lo miró con tolerancia.
-Las he pedido -dijo, y su rostro curtido palideció.
-¿Realmente se cumplieron los tres deseos? -preguntó la señora White.
-Se cumplieron -dijo el sargento.
-¿Y nadie más pidió? -insistió la señora.
-Sí, un hombre. No sé cuáles fueron las dos primeras cosas que pidió; la tercera fue la muerte. Por eso entré en posesión de la pata de mono.
Habló con tanta gravedad que produjo silencio.
-Morris, si obtuvo sus tres deseos, ya no le sirve el talismán -dijo, finalmente, el señor White-. ¿Para qué lo guarda?
El sargento sacudió la cabeza:
-Probablemente he tenido, alguna vez, la idea de venderlo; pero creo que no lo haré. Ya ha causado bastantes desgracias. Además, la gente no quiere comprarlo. Algunos sospechan que es un cuento de hadas; otros quieren probarlo primero y pagarme después.
-Y si a usted le concedieran tres deseos más -dijo el señor White-, ¿los pediría?
-No sé -contestó el otro-. No sé.
Tomó la pata de mono, la agitó entre el pulgar y el índice y la tiró al fuego. White la recogió.
-Mejor que se queme -dijo con solemnidad el sargento.
-Si usted no la quiere, Morris, démela.
-No quiero -respondió terminantemente-. La tiré al fuego; si la guarda, no me eche la culpa de lo que pueda suceder. Sea razonable, tírela.
El otro sacudió la cabeza y examinó su nueva adquisición. Preguntó:
-¿Cómo se hace?
-Hay que tenerla en la mano derecha y pedir los deseos en voz alta. Pero le prevengo que debe temer las consecuencias.
-Parece de Las mil y una noches -dijo la señora White. Se levantó a preparar la mesa-. ¿No le parece que podrían pedir para mí otro par de manos?
El señor White sacó del bolsillo el talismán; los tres se rieron al ver la expresión de alarma del sargento.
-Si está resuelto a pedir algo -dijo agarrando el brazo de White- pida algo razonable.
El señor White guardó en el bolsillo la pata de mono. Invitó a Morris a sentarse a la mesa. Durante la comida el talismán fue, en cierto modo, olvidado. Atraídos, escucharon nuevos relatos de la vida del sargento en la India.
-Si en el cuento de la pata de mono hay tanta verdad como en los otros -dijo Herbert cuando el forastero cerró la puerta y se alejó con prisa, para alcanzar el último tren-, no conseguiremos gran cosa.
-¿Le diste algo? -preguntó la señora mirando atentamente a su marido.
-Una bagatela -contestó el señor White, ruborizándose levemente-. No quería aceptarlo, pero lo obligué. Insistió en que tirara el talismán.
-Sin duda -dijo Herbert, con fingido horror-, seremos felices, ricos y famosos. Para empezar tienes que pedir un imperio, así no estarás dominado por tu mujer.
El señor White sacó del bolsillo el talismán y lo examinó con perplejidad.
-No se me ocurre nada para pedirle -dijo con lentitud-. Me parece que tengo todo lo que deseo.
-Si pagaras la hipoteca de la casa serías feliz, ¿no es cierto? -dijo Herbert poniéndole la mano sobre el hombro-. Bastará con que pidas doscientas libras.
El padre sonrió avergonzado de su propia credulidad y levantó el talismán; Herbert puso una cara solemne, hizo un guiño a su madre y tocó en el piano unos acordes graves.
-Quiero doscientas libras -pronunció el señor White.
Un gran estrépito del piano contestó a sus palabras. El señor White dio un grito. Su mujer y su hijo corrieron hacia él.
-Se movió -dijo, mirando con desagrado el objeto, y lo dejó caer-. Se retorció en mi mano como una víbora.
-Pero yo no veo el dinero -observó el hijo, recogiendo el talismán y poniéndolo sobre la mesa-. Apostaría que nunca lo veré.
-Habrá sido tu imaginación, querido -dijo la mujer, mirándolo ansiosamente.
Sacudió la cabeza.
-No importa. No ha sido nada. Pero me dio un susto.
Se sentaron junto al fuego y los dos hombres acabaron de fumar sus pipas. El viento era más fuerte que nunca. El señor White se sobresaltó cuando golpeó una puerta en los pisos altos. Un silencio inusitado y deprimente los envolvió hasta que se levantaron para ir a acostarse.
-Se me ocurre que encontrarás el dinero en una gran bolsa, en medio de la cama -dijo Herbert al darles las buenas noches-. Una aparición horrible, agazapada encima del ropero, te acechará cuando estés guardando tus bienes ilegítimos.
Ya solo, el señor White se sentó en la oscuridad y miró las brasas, y vio caras en ellas. La última era tan simiesca, tan horrible, que la miró con asombro; se rió, molesto, y buscó en la mesa su vaso de agua para echárselo encima y apagar la brasa; sin querer, tocó la pata de mono; se estremeció, limpió la mano en el abrigo y subió a su cuarto.



II

A la mañana siguiente, mientras tomaba el desayuno en la claridad del sol invernal, se rió de sus temores. En el cuarto había un ambiente de prosaica salud que faltaba la noche anterior; y esa pata de mono; arrugada y sucia, tirada sobre el aparador, no parecía terrible.
-Todos los viejos militares son iguales -dijo la señora White-. ¡Qué idea, la nuestra, escuchar esas tonterías! ¿Cómo puede creerse en talismanes en esta época? Y si consiguieras las doscientas libras, ¿qué mal podrían hacerte?
-Pueden caer de arriba y lastimarte la cabeza -dijo Herbert.
-Según Morris, las cosas ocurrían con tanta naturalidad que parecían coincidencias -dijo el padre.
-Bueno, no vayas a encontrarte con el dinero antes de mi vuelta -dijo Herbert, levantándose de la mesa-. No sea que te conviertas en un avaro y tengamos que repudiarte.
La madre se rió, lo acompañó hasta afuera y lo vio alejarse por el camino; de vuelta a la mesa del comedor, se burló de la credulidad del marido.
Sin embargo, cuando el cartero llamó a la puerta corrió a abrirla, y cuando vio que sólo traía la cuenta del sastre se refirió con cierto malhumor a los militares de costumbres intemperantes.
-Me parece que Herbert tendrá tema para sus bromas -dijo al sentarse.
-Sin duda -dijo el señor White-. Pero, a pesar de todo, la pata se movió en mi mano. Puedo jurarlo.
-Habrá sido en tu imaginación -dijo la señora suavemente.
-Afirmo que se movió. Yo no estaba sugestionado. Era… ¿Qué sucede?
Su mujer no le contestó. Observaba los misteriosos movimientos de un hombre que rondaba la casa y no se decidía a entrar. Notó que el hombre estaba bien vestido y que tenía una galera nueva y reluciente; pensó en las doscientas libras. El hombre se detuvo tres veces en el portón; por fin se decidió a llamar.
Apresuradamente, la señora White se quitó el delantal y lo escondió debajo del almohadón de la silla.
Hizo pasar al desconocido. Éste parecía incómodo. La miraba furtivamente, mientras ella le pedía disculpas por el desorden que había en el cuarto y por el guardapolvo del marido. La señora esperó cortésmente que les dijera el motivo de la visita; el desconocido estuvo un rato en silencio.
-Vengo de parte de Maw & Meggins -dijo por fin.
La señora White tuvo un sobresalto.
-¿Qué pasa? ¿Qué pasa? ¿Le ha sucedido algo a Herbert?
Su marido se interpuso.
-Espera, querida. No te adelantes a los acontecimientos. Supongo que usted no trae malas noticias, señor.
Y lo miró patéticamente.
-Lo siento… -empezó el otro.
-¿Está herido? -preguntó, enloquecida, la madre.
El hombre asintió.
-Mal herido -dijo pausadamente-. Pero no sufre.
-Gracias a Dios -dijo la señora White, juntando las manos-. Gracias a Dios.
Bruscamente comprendió el sentido siniestro que había en la seguridad que le daban y vio la confirmación de sus temores en la cara significativa del hombre. Retuvo la respiración, miró a su marido que parecía tardar en comprender, y le tomó la mano temblorosamente. Hubo un largo silencio.
-Lo agarraron las máquinas -dijo en voz baja el visitante.
-Lo agarraron las máquinas -repitió el señor White, aturdido.
Se sentó, mirando fijamente por la ventana; tomó la mano de su mujer, la apretó en la suya, como en sus tiempos de enamorados.
-Era el único que nos quedaba -le dijo al visitante-. Es duro.
El otro se levantó y se acercó a la ventana.
-La compañía me ha encargado que le exprese sus condolencias por esta gran pérdida -dijo sin darse la vuelta-. Le ruego que comprenda que soy tan sólo un empleado y que obedezco las órdenes que me dieron.
No hubo respuesta. La cara de la señora White estaba lívida.
-Se me ha comisionado para declararles que Maw & Meggins niegan toda responsabilidad en el accidente -prosiguió el otro-. Pero en consideración a los servicios prestados por su hijo, le remiten una suma determinada.
El señor White soltó la mano de su mujer y, levantándose, miró con terror al visitante. Sus labios secos pronunciaron la palabra: ¿cuánto?
-Doscientas libras -fue la respuesta.
Sin oír el grito de su mujer, el señor White sonrió levemente, extendió los brazos, como un ciego, y se desplomó, desmayado.



III

En el cementerio nuevo, a unas dos millas de distancia, marido y mujer dieron sepultura a su muerto y volvieron a la casa transidos de sombra y de silencio.
Todo pasó tan pronto que al principio casi no lo entendieron y quedaron esperando alguna otra cosa que les aliviara el dolor. Pero los días pasaron y la expectativa se transformó en resignación, esa desesperada resignación de los viejos, que algunos llaman apatía. Pocas veces hablaban, porque no tenían nada que decirse; sus días eran interminables hasta el cansancio.


Una semana después, el señor White, despertándose bruscamente en la noche, estiró la mano y se encontró solo.
El cuarto estaba a oscuras; oyó cerca de la ventana, un llanto contenido. Se incorporó en la cama para escuchar.
-Vuelve a acostarte -dijo tiernamente-. Vas a coger frío.
-Mi hijo tiene más frío -dijo la señora White y volvió a llorar.
Los sollozos se desvanecieron en los oídos del señor White. La cama estaba tibia, y sus ojos pesados de sueño. Un despavorido grito de su mujer lo despertó.
-La pata de mono -gritaba desatinadamente-, la pata de mono.
El señor White se incorporó alarmado.
-¿Dónde? ¿Dónde está? ¿Qué sucede?
Ella se acercó:
-La quiero. ¿No la has destruido?
-Está en la sala, sobre la repisa -contestó asombrado-. ¿Por qué la quieres?
Llorando y riendo se inclinó para besarlo, y le dijo histéricamente:
-Sólo ahora he pensado… ¿Por qué no he pensado antes? ¿Por qué tú no pensaste?
-¿Pensaste en qué? -preguntó.
-En los otros dos deseos -respondió en seguida-. Sólo hemos pedido uno.
-¿No fue bastante?
-No -gritó ella triunfalmente-. Le pediremos otro más. Búscala pronto y pide que nuestro hijo vuelva a la vida.
El hombre se sentó en la cama, temblando.
-Dios mío, estás loca.
-Búscala pronto y pide -le balbuceó-; ¡mi hijo, mi hijo!
El hombre encendió la vela.
-Vuelve a acostarte. No sabes lo que estás diciendo.
-Nuestro primer deseo se cumplió. ¿Por qué no hemos de pedir el segundo?
-Fue una coincidencia.
-Búscala y desea -gritó con exaltación la mujer.
El marido se volvió y la miró:
-Hace diez días que está muerto y además, no quiero decirte otra cosa, lo reconocí por el traje. Si ya entonces era demasiado horrible para que lo vieras…
-¡Tráemelo! -gritó la mujer arrastrándolo hacia la puerta-. ¿Crees que temo al niño que he criado?
El señor White bajó en la oscuridad, entró en la sala y se acercó a la repisa.
El talismán estaba en su lugar. Tuvo miedo de que el deseo todavía no formulado trajera a su hijo hecho pedazos, antes de que él pudiera escaparse del cuarto.
Perdió la orientación. No encontraba la puerta. Tanteó alrededor de la mesa y a lo largo de la pared y de pronto se encontró en el zaguán, con el maligno objeto en la mano.
Cuando entró en el dormitorio, hasta la cara de su mujer le pareció cambiada. Estaba ansiosa y blanca y tenía algo sobrenatural. Le tuvo miedo.
-¡Pídelo! -gritó con violencia.
-Es absurdo y perverso -balbuceó.
-Pídelo -repitió la mujer.
El hombre levantó la mano:
-Deseo que mi hijo viva de nuevo.
El talismán cayó al suelo. El señor White siguió mirándolo con terror. Luego, temblando, se dejó caer en una silla mientras la mujer se acercó a la ventana y levantó la cortina. El hombre no se movió de allí, hasta que el frío del alba lo traspasó. A veces miraba a su mujer que estaba en la ventana. La vela se había consumido; hasta casi apagarse. Proyectaba en las paredes y el techo sombras vacilantes.
Con un inexplicable alivio ante el fracaso del talismán, el hombre volvió a la cama; un minuto después, la mujer, apática y silenciosa, se acostó a su lado.
No hablaron; escuchaban el latido del reloj. Crujió un escalón. La oscuridad era opresiva; el señor White juntó coraje, encendió un fósforo y bajó a buscar una vela.
Al pie de la escalera el fósforo se apagó. El señor White se detuvo para encender otro; simultáneamente resonó un golpe furtivo, casi imperceptible, en la puerta de entrada.
Los fósforos cayeron. Permaneció inmóvil, sin respirar, hasta que se repitió el golpe. Huyó a su cuarto y cerró la puerta. Se oyó un tercer golpe.
-¿Qué es eso? -gritó la mujer.
-Un ratón -dijo el hombre-. Un ratón. Se me cruzó en la escalera.
La mujer se incorporó. Un fuerte golpe retumbó en toda la casa.
-¡Es Herbert! ¡Es Herbert! -La señora White corrió hacia la puerta, pero su marido la alcanzó.
-¿Qué vas a hacer? -le dijo ahogadamente.
-¡Es mi hijo; es Herbert! -gritó la mujer, luchando para que la soltara-. Me había olvidado de que el cementerio está a dos millas. Suéltame; tengo que abrir la puerta.
-Por amor de Dios, no lo dejes entrar -dijo el hombre, temblando.
-¿Tienes miedo de tu propio hijo? -gritó-. Suéltame. Ya voy, Herbert; ya voy.
Hubo dos golpes más. La mujer se libró y huyó del cuarto. El hombre la siguió y la llamó, mientras bajaba la escalera. Oyó el ruido de la tranca de abajo; oyó el cerrojo; y luego, la voz de la mujer, anhelante:
-La tranca -dijo-. No puedo alcanzarla.
Pero el marido, arrodillado, tanteaba el piso, en busca de la pata de mono.
-Si pudiera encontrarla antes de que eso entrara…
Los golpes volvieron a resonar en toda la casa. El señor White oyó que su mujer acercaba una silla; oyó el ruido de la tranca al abrirse; en el mismo instante encontró la pata de mono y, frenéticamente, balbuceó el tercer y último deseo.
Los golpes cesaron de pronto; aunque los ecos resonaban aún en la casa. Oyó retirar la silla y abrir la puerta. Un viento helado entró por la escalera, y un largo y desconsolado alarido de su mujer le dio valor para correr hacia ella y luego hasta el portón.
El camino estaba desierto y tranquilo.

FIN

W.W. Jacobs

viernes, 25 de noviembre de 2016

9 razones para ver Buena Conducta


1 - Por la pareja más inesperada
Buena conducta (Good Behavior), la serie estrella del otoño de TNT se estrena en todo el mundo el martes 15 de noviembre, en 
España con doble episodio. Significa el debut en televisión del hispanoargentino Juan Diego Botto y el radical cambio de rumbo en su carrera de la inglesa Michelle Dockery, Lady Mary Crawley de Downton Abbey, que se ha sacudido los gráciles vestidos y el té de su anterior serie para cambiarlos por provocativos escotes y whisky 
de garrafón.


2 - Por el “test de química”
La pareja de actores rodó el conocido como “test de química” para saber si funcionan juntos en pantalla en Londres, ante 25 directivos de TNT. “Desde ese momento supe que nos íbamos a entender –asegura Juan Diego Botto–. Michelle tiene un talento fuera de lo normal y me gusta mucho trabajar con ella”.


3 - ¿Por el exceso de química?
La química entre ambos es la clave de la serie y, a juzgar por los testigos de la grabación, la cosa promete. Tanto, que en medios británicos como el Daily Mail hablan de lo cercana que es la relación entre ambos actores. No pasa de un cotilleo, ya que Juan Diego Botto mantiene una relación estable desde hace tiempo, pero los tabloides sobre todo ponen el foco en la mejoría del estado de ánimo de Michelle, que perdió a su prometido hace un año, víctima de un cáncer.


4 - Por la potente trama
Letty Lobesh (Dockery) está desesperada. En apariencia, es solo una chica sin suerte, una expresidiaria con trabajos temporales que acaba de salir de la cárcel por, precisamente, buena conducta y con su único hijo al cuidado de una madre que la odia. Pero a veces tiene suerte y algún amigo consigue que pueda asaltar habitaciones de hoteles de lujo para hacerse con joyas y dinero  que transforma en seguida en drogas, alcohol e infinita tristeza. Durante uno de esos robos, oye cómo un asesino a sueldo, el argentino Javier Pereira (Juan Diego Botto), es contratado por un hombre para que entre en su casa y asesine a su mujer.
En un súbito ataque de bondad, Letty se arriesga a conocer al atractivo sicario, acostarse con él y averiguar la dirección de la víctima para salvarla de una muerte segura. Pero lo que empieza como un fugaz encuentro entre dos criminales muy diferentes se transforma en una alianza que puede beneficiar a ambos.


5 - Por el desafío de Michelle
“Al principio no te crees que el trabajo que ha ocupado tu vida durante seis años haya finalizado. Había sido un viaje increíble y no tenía ni idea sobre lo que iba a hacer”, revela Michelle Dockery, que no dudó en aceptar un trabajo totalmente diferente, en Carolina del Norte, EE.UU., y encarnando a un personaje en las antípodas de Lady Mary.
Para la actriz, el papel era oscuro y duro, pero no deprimente gracias al humor y a la química sensual que se establece entre la ladrona y el sicario. “No obstante espero que no comparen mis dos últimas interpretaciones, no tienen nada que ver salvo en que han sido muy divertidas de realizar y todo un desafío para cualquier actor”, asegura con precaución.


6 - Por la fascinación por Lady Mary
Pero Blake Crouch, el guionista y autor de la saga de libros protagonizada por la ladrona Letty, no está de acuerdo. “Soy muy fan de Downton Abbey y creo que Lady Mary y la protagonista de Buena conducta serían muy buenas amigas”.
Su amigo y productor Chad Hodge, con quien ya había trabajado el año pasado en Wayward Pines, coincide: “Creo incluso que Lady Mary sería muy parecida a Letty si viviese en el siglo XXI, ella es  también una loba solitaria que lucha por sobrevivir en un mundo hostil en el que no se siente integrada”.


7 - Por el don de lenguas de Botto
No es ni mucho menos el primer español que se desenvuelve con soltura en una producción americana, pero eso no quita mérito al perfecto dominio del inglés de Juan Diego Botto: “Puede sonar un poco prepotente… ¡Pero es que se me da muy bien! Soy casi bilingüe. Incluso me esforcé para que se notase que mi personaje no era estadounidense”.


8 - Por el futuro de la serie
Después de seis semanas de grabación muy intensa, los diez primeros capítulos ya están preparados y todo indica que se realizará una segunda temporada. Tendremos sensual romance entre delincuentes para rato.

9 - Por el aperitivo estimulante
Viendo el trailer de Buena conducta, los encantos de la serie resultan muy evidentes…



 Óscar Cabrera

viernes, 18 de noviembre de 2016

Designated survivor


Serie sencilla y modesta, a la que quizá se le eche en falta más medios, pero que está compensado por el enorme carisma de Kiefer Sutherland, un ritmo vertiginoso al que se desarrollan los acontecimientos y muy buen trabajo de los secundarios, especialmente de
Maggie Q "Nikita" aquí como la agente del FBI Whells.








Sutherland en esta ocasión interpreta a un personaje contrapunto al Bauer de "24" Kirkman es el modesto secretario de vivienda en el gobierno de los EEUU, al que las circunstancias, el asesinato del resto de miembros del gabinete, convierten en presidente por accidente.


Si, la trama no es original, demasiadas películas y series han hecho de esa premisa su argumento, sea en clave de comedia, de drama o de acción.


En esta ocasión no esperes a un Bauer repartiendo hostias e impartiendo la justicia americana. En "Designated survivor" es un hombre frágil al que las circunstancias superan, pero que, apoyado por su familia, (me sobra el hijo adolescente que toma drogas, demasiado tópico) intenta hacerse respetar en el papel de presidente en unos momentos trágicos. No falta la figura de los militares que no le respetan y se saltan sus órdenes.


Ritmo elevado al que trascurre la serie, y por supuesto, enseguida la idea de los atentados islamistas deja paso a la hipótesis de una conspiración interna que buscaba dejar como único superviviente del gabinete a un hombre al que muchos consideran débil y manipulable, pero que con la ayuda de la agente Whells, está dispuesto a desenmascarar a los traidores.

sábado, 12 de noviembre de 2016

1,2,3



CHOCOLATAS DE MANDARINA 

Ingredientes: 
* 1 lata de mandarinas en almíbar
* 1 envase de fondue de chocolate Nestlé para microondas
* 1 bote de mermelada de naranja.

Preparación: Primero tenemos que calentar el envase de la fondue al baño María en el microondas hasta que el chocolate quede debidamente líquido. Escurrimos las mandarinas, las introducimos con cuidado en la fondue para que se bañen de chocolate, las sacamos y depositamos sobre un film transparente. Las metemos en la nevera para volver a solidificar el chocolate y poder manipularlas después. En un plato extendemos una capa fina de mermelada naranja y cuando los gajos de mandarina estén fríos, los despegamos cuidadosamente del plástico y los vamos poniendo por encima. Adornamos con una hojita de menta. Et voila!




MOUSE DE MARACUYÁ 

Ingredientes: 
* 1 tarro de leche condensada
* 1 yoghurt blanco
* 200 ml de crema
* 300 gr de maracuyá

Preparación: Empezamos mezclando la leche condensada con la crema, el yoghurt blanco y 250gr de la pulpa de maracuyá hasta que quede uniforme. Ponemos la mezcla en vasos individuales, puedes utilizar una bolsa o una manga pastelera para ayudarte.
Un final dulce hasta para quien ´´sólo quiere probar´´.





TRUFAS DE CHOCOLATE Y MENTA

Ingredientes: 
* 225 gramos de chocolate agridulce
* 225 gramos de chocolate semidulce
* 400 gramos de leche condensada
* 3 o 4 gotas de extracto de menta
* 225 gramos de chocolate con leche
* Azúcar glasé
* Colorante verde

Preparación: Calienta los chocolates oscuros y la leche condensada al baño maría a fuego medio-bajo hasta que quede mezclado y homogéneo. Añadimos el estracto de menta al gusto y revolvemos. La mezcla quedará con una textura esponjosa. Retiramos del fuego, la cubrimos y la refrigeramos hasta que quede completamente fría (unas 2 horas aproximadamente). Una vez enfriada, calentaremos el chocolate con leche de la misma manera que hicimos con el oscuro. Enrollamos la masa fría en bolitas con la ayuda de una cucharilla de café y la introducimos en el chocolate con leche caliente con un tenedor para que el chocolate excedente se caiga. Damos color al azúcar glasé con un poquito de colorante verde y lo espolvoreamos encima de las trufas.



Un postre de contrastes, con uno de estos postres y Ballantine?s con Ginger Ale, tus amigos y una buena dosis de risas, la noche perfecta está asegurada.

martes, 8 de noviembre de 2016

Capitán Koblic


Un brillante piloto de aviones quiere borrar un insoportable trauma del pasado, pulverizando su propia identidad, desapareciendo sin dejar huellas. De común acuerdo, se despide de su mujer de toda la vida y entierra su anterior carrera destacada. La película se inicia en esa bisagra existencial


Insomne, atormentado por imágenes de cuerpos que caen al mar semiinconscientes, se va alejando del medio urbano hasta llegar a un pueblo perdido del interior, para cuyos habitantes –que conservan algunas características gauchescas (equivalentes al cowboy del Lejano Oeste) es un total extraño,menos para un amigo de su padre que también parece haber elegido el sitio para alejarse de los conflictos del país y lo ha invitado a colaborar en tareas rurales de fumigación. para lo que los conocimientos de Kóblic son apropiados.
Sin embargo, su destino le deparará encontrarse nuevamente con las calamidades de las que huye, bajo otras formas, tiempos y rostros.
Paradójicamente también se le abrirá la posibilidad de reencontrarse con el amor ausente en su vida anterior y con la posibilidad de restaurar una injusticia profunda.


El tema no puede ser más prometedor y las resoluciones no son para nada previsibles ni fáciles. Mucho del suspenso que acompaña todo el desarrollo de la historia reside precisamente en eso. Si le añadimos las excelentes actuaciones, no solamente las de Darín y Martínez que están magníficos, sino también la interesante interpretación de Inma Cuesta, además de otros interesantes protagonistas menores pero inolvidables.



El humor no está tan presente como en “Cuento Chino “y “La suerte está echada”, sus dos filmes anteriores, aunque Borenstein reserva algo de grotesco para un par de apariciones que le permiten matizar el dramatismo romántico de la trama, en algunas escenas como la de la prostituta en el burdel del pueblo o en el furioso discurso de un ridículo pero temible abusador que alterna la vida delictiva con los negocios.
Con mucho de western y de policial negro, la historia atrapa desde su inicio y no suelta hasta el final.


Es importante entender que la trama se construye a partir de una situación histórica y desgraciada que realmente ocurrió en la Argentina a fines de los años setenta. Ese hilo argumental no es de ninguna manera el centro de la narración pero sí, el que permite entender el profundo dilema ético que atraviesa al protagonista.
Ese pueblo de ficción llamado Santa Elena, corresponde a la zona rural de la provincia de Buenos Aires, San Andrés de Giles y San Antonio de Areco, aparecen en los créditos de las locaciones, precisamente los pagos magistralmente descritos en esa gran novela argentina que es Don Segundo Sombra.


Se logra crear un emotivo clima referencial, pero sin apelar a los típicos elementos testimoniales de la época. La oscura escena que recrea un “vuelo de la muerte” es impactante. Los silenciosos cuerpos que caen al mar arrojados al abrir la puerta del avión fuera de foco, nebulosa, reaparecen en la pesadilla del protagonista y se muestran por primera vez en el cine argentino.


La diferencia de este film con un policial negro es que la violencia ocurre en espacios abiertos, no hay mujeres fatales sino sometidas y la mayor parte de las escenas son diurnas. Por los espacios amplios y la luz, por su héroe solitario que llega a un pueblo con violencias ocultas, Kóblic tiene mucho de western. El forastero llega para cambiar las cosas, aunque su objetivo inicial no era ése. La entrada al bar del pueblo, recortado como un perfecto extraño, el duelo, la búsqueda de reivindicación y la protección de los desamparados lo acercan al género aunque con un notable toque argentino, visible sobre todo en el contraste del apellido de origen polaco y su contracara. Velarde,


El apellido del corrupto comisario de pueblo interpretado por Martínez, crea su propia dupla antagónica entre el típico hijo de inmigrantes y un descendiente del malévolo Viejo Vizcacha, el pícaro acomodaticio y astuto arquetipo propuesto por el argentino creador del Martin Fierro.


Ambos integran esa contradictoria condición de ser argentino.
rouse cairos 

domingo, 6 de noviembre de 2016

‘Les Revenants’

Conocer la danesa ‘Forbrydelsen’ gracias a ‘The Killing‘ o la australiana ‘Wilfred’ gracias a la adaptación estadounidense es algo muy común. Los fanáticos de las series hemos dado por sentado que la conquista cinematográfica del país que se hace llamar América tiene que ser igual en el mundo de las series. Presunción que ha conseguido que nos perdamos títulos como ‘Les Revenants’, la nueva serie francesa de Canal + no apta para cardíacos.
‘Les Revenants’ cuenta la historia de un pueblo francés en el que empiezan a aparecer personas fallecidas. Vuelven sin haber envejecido y sin ser conscientes de que un día murieron. Vuelven a sus casas como si nada hubiera pasado, sin recordar que han estado muertos durante años. Los aparecidos regresan decididos a recuperar el que un día fue su hogar. Una innovadora forma de ver zombis narrada de una forma completamente adictiva. Una serie que todo amante de los zombis y de los trhillers no se debería perder. Aquí tenéis cinco razones por las que ver ‘Les Revenants':


PUZZLE NARRATIVO
Cada episodio de ‘Les Revenants’ se centra en la historia de uno de los aparecidos. Una fórmula que se aleja del procedimental de capítulos autoconclusivos manteniendo todas las historias en continua evolución toda la temporada. Un complejo puzzle narrativo en el que cada capítulo encaja a la perfección con el anterior mostrando una página más de la historia de cada uno de los aparecidos. Los guionistas crean un complejo entramado de historias que se mueven por sí solas y en el que todas tienen la misma importancia. Aviso que es muy difícil sentarse a ver sólo un capítulo, cuando acabe seguro quieres ver uno más, y luego otro, y otro…


REINVENTANDO ZOMBIS
Para ver ‘Les Revenants’ hay que olvidarse de la típica imagen de un zombi. Estamos acostumbrados a ver zombis mugrientos cubiertos de sangre y vísceras. Los hemos visto torpes en ‘The Walking Dead’ e incluso avispados en ‘Dead Seat’, pero los muertos vivientes franceses parecen ser muy distintos. Los zombis en ‘Les Revenants’ son completamente normales, gente que conserva todas sus facultades físicas y psicológicas pese a haber estado muerta durante años. Personas que no por no estar desfiguradas inquietan menos, al contrario, el espectador se enfrenta a zombis tan inteligetes o más incluso que él mismo.
Aunque nos los presenten así no quiere decir que siempre vayan a conservar su aspecto físico de cuando estaban vivos.


TERROR EN LAS MONTAÑAS
Al más puro estilo ‘Twin Peaks’, la acción de ‘Les Revenants’ ocurre en un pueblo frío y húmedo en las montañas francesas rodeado por un amenazante bosque. Una ambientación impecable a la que se le suman una cuidada fotografía y banda sonora creando un halo de misterio sobre el gélido pueblo. Un pueblo, un bosque infranqueable y un pantano que se vacía poco a poco esconden las claves de las misteriosas apariciones. Al escenario se le suma un reparto que defiende sin despeinarse los contenidos guiones de ‘Les Revenants’.



PRECEDENTES DE ÉXITO
‘Les Revenants’ es la adaptación televisiva de Canal+ de la película de mismo nombre estrenada en 2004 y que en inglés se tituló ‘They came back’ y en español ‘La resurección de los muertos‘. Aunque la versión cinematográfica no tuvo mucha repercusión, la serie ya ha conquistado a la crítica de medio mundo y en Estados Unidos han decidido adaptarla. Será Paul Abbot (‘Shameless‘, ‘State of Play’) el encargado de adaptarla aunque todavía no se conoce la cadena en la que recaerá. ‘


Stephen King, el novelista estadounidense capaz de escribir las fantasías más reales e inquietantes, se incorporó a Twitter hace apenas una semana. Sus dos primeros tuits fueron para anunciar su presencia en las redes sociales ("Mi primer tuit. Ya no soy virgen. Sed amables" "Por fin en Twitter y no se me ocurre nada que decir. ¡Vaya escritor!"); pero el tercero lo dedicó a hablar de una serie francesa: Les revenants (Los retornados o, tal vez más correcto, Los que vuelven, The returned en su versión inglesa), que ha revolucionado la televisión mundial.
"Viendo The returned. Terrorífica y sexy. Es divertido ver una serie extranjera que no ha sido americanizada. Ese niño, Víctor, me está dando pesadillas", escribió el autor de El resplandor y Carrie.



Estrenada en Francia, la fama de la serie fue creciendo rápidamente y ha podido verse en Estados Unidos y Reino Unido, con excelentes críticas. A finales de noviembre, recibió el premio a la mejor serie en los Emmy Internacionales. A medio camino entre el surrealismo de David Lynch, los dramas provinciales de Claude Chabrol y el terror cotidiano de Stephen King, la serie, de ocho episodios, arranca con una idea relativamente sencilla: los muertos vuelven. No como zombies hambrientos, ni como fantasmas transparentes que crean molestos poltergeits, vuelven como si no hubiese pasado nada, vuelven sin saber que han estado muertos y se comportan totalmente como vivos.


Los muertos vuelven, además, a una indeterminada localidad francesa que se encuentra todavía traumatizada por el accidente de un autobús escolar en el que murieron decenas de niños. El Víctor del que habla Stephen King es efectivamente el personaje más terrorífico de la serie aunque no iba en aquel autobús. Los muertos vuelven desde muchas épocas aunque todos desde el mismo lugar. Los paisajes alpinos de la Alta Saboya, sobre todo de las localidades de Annecy y Seynod --donde está rodada la serie aunque en ningún momento se dice-- no hacen más que aportar todavía más inquietud al relato, que tiene muchas conexiones con la mejor literatura francesa fantástica, sobre todo con los cuentos de Guy de Maupassant. No deja de ser curioso que la novela más famosa de Carrère, El adversario, que relata la historia real de un individuo que asesinó a su familia para tratar de ocultar la inmensa mentira en la que se había convertido su vida, transcurra en escenarios muy parecidos. El puñado de actores protagonistas, rostros habituales del cine francés que hemos visto en decenas de películas, le dan solidez y credibilidad a la ficción. La estupenda banda sonora de Mogwai no ayuda precisamente a rebajar la tensión del ambiente.


Como escribió recientemente el crítico de televisión Mike Hale en The New York Times, Les revenants tiene mucho más que ver con Twin Peaks que con The walking dead. Tampoco se parece a Los otros o a El sexto sentido. Es una historia de fantasmas, sin duda, pero se trata de fantasmas diferentes: son espíritus vivos, que no vuelven porque hayan dejado algo sin terminar en la tierra. Vuelven porque vuelven. Y eso es lo que hace tan espectacular el arranque, porque plantea una cuestión imposible: ¿qué ocurre si vuelve el hijo muerto hace cuatro años? ¿Qué ocurre si regresa como si tal cosa la esposa que murió hace cuarenta años o el novio que falleció hace diez?


La serie ha desatado un debate en Francia, que se pregunta por qué Les revenants es la excepción y no la regla. "Todavía estamos en la edad de piedra", declaraba recientemente Le Monde un productor. La conclusión del artículo en el diario parisino, firmado por Laurent Carpentier, era: "Debemos adoptar los métodos de los americanos, no su psicología, porque las series son un relato de nosotros mismos". Más o menos, lo mismo que destacaba Stephen King: Les revenants tiene la potencia de las mejores series de la HBO pero es totalmente francesa (se podría decir algo parecido en España de Crematorio, aunque no alcanzó la relevancia internacional). Desde luego, muestra un camino y demuestra que desde Europa se puede competir.

sábado, 5 de noviembre de 2016

Forbrydelsen Vs The Killing


‘Les Revenants’ será la nueva niña bonita de las series europeas, la que hay que mencionar ahora que tiene remake en Estados Unidos y que hasta algunos críticos norteamericanos la citan como lo mejor de este año que acaba. Pero no hay que perder de vista que todo este furor por la ficción europea no-británica comenzó con el asesinato de Nanna Birk Larsen. Alguien la maltrató, la encerró en un maletero y hundió el coche en un lago cerca de Copenhagen, y en el Reino Unido se obsesionaron de tal forma que ‘Forbrydelsen’ se convirtió en un fenómeno y permitió que algunas series del continente se expandieran más allá de las fronteras de sus países.


De este caso ya se habló en esta página pero ‘Forbrydelsen’ no fue flor de una temporada. Así que, como algunos lectores habéis pedido que analicemos más ficciones de calidad que no sean americanas o españolas, he pensado que era un buen momento para reivindicar a la detective Sarah Lund y su determinación a la hora de resolver crímenes en detrimento de su vida personal. Sobre todo en su segunda temporada, que hasta podría decirse que fue mejor que la primera y que también puede servir de punto de entrada para aquellos que sí han visto ‘The Killing’.


No es lo mismo
Uno de los mayores inconvenientes que pudieron tener los espectadores a la hora de ver ‘Forbrydelsen’ es que, si habían visto la versión ambientada en Seattle, podía resultar muy pesada. No es muy estimulante seguir una investigación que tiene el mismo punto de partida y, si bien más adelante se distanciarían, los diez primeros episodios de una hora de duración eran casi calcados. ¡Hasta los decorados eran iguales! Pero el segundo caso de la serie danesa no tiene nada que ver con el último de Linden, así que uno puede acercarse sin miedo a repetirse.


Otra ventaja es que, como la investigación no tiene nada que ver con la anterior y hay pocos personajes que repitan, cualquier espectador puede aprovechar para subirse al carro con su segunda temporada. Sé que es poco popular la idea de empezar una serie por algún punto que no sea el piloto pero es mejor esto que directamente ignorarla por pereza. Eso sí, sería un mentiroso si no explicara que la revelación de la identidad del asesino de Nanna Birk Larsen es un gran clímax televisivo, de los mejores que haya visto. De esos que provocan un grito ahogado mientras te tapas la boca con una mano.

Esto es la guerra




Sarah Lund vive apartada de su antigua vida después de que la investigación de la joven Nanna le pasase factura, tanto emocional como profesionalmente. Pero cuando una abogada llamada Anne Dragsholm aparece muerta en su propio hogar tras ser atada y torturada, su antiguo jefe acude para pedirle consejo. Ella rápidamente olerá que algo no encaja y seguirá el rastro hasta el ejército de Dinamarca. Al fin y al cabo, uno de los últimos casos de Dragsholm tenía que ver con una brigada que fue a Afganistán y cuyo paso por la guerra se procuró que no saliera a la luz. Pero pronto descubrirá que no hay nada más difícil que intentar meter las narices en el hermético mundo militar.

Otro triángulo, nuevos conflictos

Uno de los elementos novedosos de ‘Forbrydelsen’ fue su triple vertiente narrativa. En su primera temporada contaba la historia de la investigación, el proceso de duelo de la familia Larsen y la campaña de un político local que podía verse salpicado por el caso. Y, si bien no hay proceso de duelo en el segundo caso, sí se sigue el mismo esquema. Esta vez se trata de la investigación de Sarah Lund, la situación de una mujer de militar cuyo marido podría ser un testigo imprescindible y que está internado en un psiquiátrico contra su voluntad, y finalmente las pesquisas del nuevo ministro de defensa del gobierno danés, que duda de la implicación de sus antecesores y colaboradores.

¿Qué consigue el creador Søren Sveistrup con este esquema? Pues que sea intrigante por la determinación de Lund de destapar la verdad, que resulte íntima con las repercusiones que afectan a terceras personas y les da un contexto político rico. No es que quiera destruir las instituciones pero sí hace hincapié en ciertas de sus carencias, como la opacidad informativa y su obsesión por controlar el flujo de información y cómo se percibe.

Lund no aprende



No debe existir una sola buena serie de asesinatos que no tenga en su protagonista uno de sus pilares fundamentales y Sarah Lund no es la excepción. Ella es implacable, obcecada y egoísta de una forma que antes se atribuía únicamente a los hombres. Pero no es una cuestión de género, es una cuestión de que una mujer no podía permitirse el lujo de tener una familia y una relación y pasar olímpicamente de ellas en beneficio de su trabajo. No es el caso de Sarah que huele una pista, corre hacia ella y no le importa en absoluto quien sea el sujeto que tiene delante ni quien haya dejado atrás. No resulta nada extraño, entonces, que esté más sola que la una en su punto de partido. Ya no existe el debate de si puede ser una buena madre y una buena esposa a la vez que buena en su trabajo. Falló y está en otra página de su vida.

Lo bueno, si breve...

Y todo esto lo podemos ver en diez episodios. Tienen una hora de duración, así que tampoco se ve en un abrir y cerrar de ojos, pero es una suerte que le hicieran un encargo menor a Søren Sveistrup. La primera temporada fue sólida porque tenía elementos muy fuertes y una conclusión que estuvo a la altura, pero también tuvo demasiados episodios de relleno y resultaba desesperante perder el tiempo en sospechosos que se notaba a la legua que serían una distracción. Pero aquí tienen diez episodios, Sarah Lund va en una misma dirección y así queda algo más preciso y entretenido.


Vamos, que es invierno y toca experimentar el frío escandinavo, sobre todo si tenemos una guía tan entregada. Muy recomendable, incluso para aquellos que visteis 'The Killing' y os gustó (porque es otro caso, otra química) y aquellos que la aborrecisteis (porque es otra serie). Y un aliciente más: su tercera temporada ya será la perfección. Pero esto ya tocará analizarlo otro día.
PERE SOLÀ GIMFERRER