martes, 8 de noviembre de 2016

Capitán Koblic


Un brillante piloto de aviones quiere borrar un insoportable trauma del pasado, pulverizando su propia identidad, desapareciendo sin dejar huellas. De común acuerdo, se despide de su mujer de toda la vida y entierra su anterior carrera destacada. La película se inicia en esa bisagra existencial


Insomne, atormentado por imágenes de cuerpos que caen al mar semiinconscientes, se va alejando del medio urbano hasta llegar a un pueblo perdido del interior, para cuyos habitantes –que conservan algunas características gauchescas (equivalentes al cowboy del Lejano Oeste) es un total extraño,menos para un amigo de su padre que también parece haber elegido el sitio para alejarse de los conflictos del país y lo ha invitado a colaborar en tareas rurales de fumigación. para lo que los conocimientos de Kóblic son apropiados.
Sin embargo, su destino le deparará encontrarse nuevamente con las calamidades de las que huye, bajo otras formas, tiempos y rostros.
Paradójicamente también se le abrirá la posibilidad de reencontrarse con el amor ausente en su vida anterior y con la posibilidad de restaurar una injusticia profunda.


El tema no puede ser más prometedor y las resoluciones no son para nada previsibles ni fáciles. Mucho del suspenso que acompaña todo el desarrollo de la historia reside precisamente en eso. Si le añadimos las excelentes actuaciones, no solamente las de Darín y Martínez que están magníficos, sino también la interesante interpretación de Inma Cuesta, además de otros interesantes protagonistas menores pero inolvidables.



El humor no está tan presente como en “Cuento Chino “y “La suerte está echada”, sus dos filmes anteriores, aunque Borenstein reserva algo de grotesco para un par de apariciones que le permiten matizar el dramatismo romántico de la trama, en algunas escenas como la de la prostituta en el burdel del pueblo o en el furioso discurso de un ridículo pero temible abusador que alterna la vida delictiva con los negocios.
Con mucho de western y de policial negro, la historia atrapa desde su inicio y no suelta hasta el final.


Es importante entender que la trama se construye a partir de una situación histórica y desgraciada que realmente ocurrió en la Argentina a fines de los años setenta. Ese hilo argumental no es de ninguna manera el centro de la narración pero sí, el que permite entender el profundo dilema ético que atraviesa al protagonista.
Ese pueblo de ficción llamado Santa Elena, corresponde a la zona rural de la provincia de Buenos Aires, San Andrés de Giles y San Antonio de Areco, aparecen en los créditos de las locaciones, precisamente los pagos magistralmente descritos en esa gran novela argentina que es Don Segundo Sombra.


Se logra crear un emotivo clima referencial, pero sin apelar a los típicos elementos testimoniales de la época. La oscura escena que recrea un “vuelo de la muerte” es impactante. Los silenciosos cuerpos que caen al mar arrojados al abrir la puerta del avión fuera de foco, nebulosa, reaparecen en la pesadilla del protagonista y se muestran por primera vez en el cine argentino.


La diferencia de este film con un policial negro es que la violencia ocurre en espacios abiertos, no hay mujeres fatales sino sometidas y la mayor parte de las escenas son diurnas. Por los espacios amplios y la luz, por su héroe solitario que llega a un pueblo con violencias ocultas, Kóblic tiene mucho de western. El forastero llega para cambiar las cosas, aunque su objetivo inicial no era ése. La entrada al bar del pueblo, recortado como un perfecto extraño, el duelo, la búsqueda de reivindicación y la protección de los desamparados lo acercan al género aunque con un notable toque argentino, visible sobre todo en el contraste del apellido de origen polaco y su contracara. Velarde,


El apellido del corrupto comisario de pueblo interpretado por Martínez, crea su propia dupla antagónica entre el típico hijo de inmigrantes y un descendiente del malévolo Viejo Vizcacha, el pícaro acomodaticio y astuto arquetipo propuesto por el argentino creador del Martin Fierro.


Ambos integran esa contradictoria condición de ser argentino.
rouse cairos 

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