sábado, 29 de abril de 2017

Mar de plástico


Dos temporadas para una serie española de apreciable éxito comercial, sobre todo en la primera entrega en la que llegó a alcanzar una cuota de pantalla de 21,3%, con un pico de 23,9%. De hecho, intuyo que sus buenos resultados empujaron a sacar una segunda temporada bastante improvisada. En cambio esta segunda descendió a un 17,5% aunque su última entrega alcanzó el 20,6%. En total han sido 26 capítulos repartidos en 13 y 13, sobre una serie de muertes en la ficticia localidad de Campoamargo, en la provincia de Almería. Así de entrada te engancha porque te permite jugar a los detectives, es decir, que intentemos averiguar quién es el asesino, cosa con la que te tiene muy entretenido.


Lo cierto es que ya por el paso del tiempo, ya por mi mala memoria no recuerdo apenas la trama del primer año y apenas la que acabo de terminar ahora. Pero sí, que "Mar de plástico" resulta altamente inverosímil con su investigación mal desarrollada, despistes varios, situaciones incomprensibles y sobre todo, una resolución que si en la primera era evidente aunque poco probable en esta segunda cae de lleno en lo absurdo hasta hacerla virtualmente imposible 
Si nos pusiéramos a analizar las 26 entregas saldría una ristra de incongruencias o errores como de aquí a México.


"Mar de Plástico" flaquea como thriller pero como drama romántico es aún peor. Me parece que todo el mundo llega a odiar a Marta (Belén López), vaya personaje más antipático, aunque por este camino no se queda atrás Pilar (Andrea del Río), bautizada como "caballo" en mi entorno. En cambio los buenos te caen bien aunque Héctor (Rodolfo Sancho) da rabia por su enamoramiento de Marta. Yo apostaba por un acercamiento con Lola (Nya de la Rubia) aunque en realidad lo que hubiera sido explosivo es con la jueza, la atractiva Marta Nieto. Y hablando de guapas, ojo a Cristina (Andrea Trepat), pero vaya personaje. Por último, muy bien Patrick Criado (Fernando) pero qué malo Jesús Castro (Lucas).


(Spoiler) Que Sergio (Federico Aguado) sea el asesino, es que no puede ser, no tiene capacidad, ni habilidades, ni la información para cometer los crímenes. También resulta ridículo que se dejen para el final a Juan Rueda (Pedro Casablanc), cuando es a éste el que realmente quieren matar. Por no hablar que Fernando incluso finge cuando recibe unas cartas que ha escrito él mismo y que no sabemos cómo ha podido sacarlas desde fuera de la cárcel.


Hacía años no dedicaba tiempo a una serie actual española, su calidad deja mucho que desear, se he lo dado a esta por la única razón que acontece en Almería, rodada en exteriores conocidos por mí, lo confieso, mis prejuicios eran notorios, me fastidia decir se han cumplido mis aciagos augurios. Producto thriller cortado por un molde muy ajado en la televisión patria, importa poco la calidad, la veracidad, de lo que se cuente, la composición de personajes sólidos, se busca impactar con truculentas historias, que intentan sorprender, solo que en base a llenar las tramas de agujeros, cual queso gruyere, con todo lo más indignante para mí, por la parte me toca es el reflejo se hace de esta mi tierra, un insulto a la inteligencia, no sé si por falta de documentarse o porque lo porfían todo a los tópicos y clichés.

No suman unos intérpretes en su mayoría de una mediocridad que llamarlos actores da grima.


Se alargan demasiado, dos temporadas de  13 episodios de setenta minutos, ha sido estirar un relato que no daba más de sí, tanta vuelta y revuelta ha resultado cansino. Sigue el clásico patrón creado por Agatha Christie de un crimen y alguien investigando posibles culpables, van saliendo sospechosos, siendo descartados por obvios uno tras otro, jugando al despiste una y otra vez con el espectador, patrón seguido últimamente por series como “The killing” o “Broadchurch”, y una ambientación y puesta en escena que beben indefectiblemente de “True Detective” y “La Isla Mínima”, esto no tendría por qué ser malo si se desarrolla con inteligencia. No es el caso, todo para discurrir a trompicones, con personajes más planos que una mesa, con situaciones bastante torponas, escenas de acción sonrojantes por lo precariedad que esbozan, y con un retrato geosocial nauseabundo. Esto mezclado con subtramas chirriantes, pareciendo solo están para dar minutos al metraje, como la almibarada relación entre un supuesto racista Lucas y la mujer negra Fara, pastiche a lo “Romeo y Julieta” chusco, desarrollado entre situaciones que van de lo insípido a lo ridículo, con un grupo de “actores” que lo mejor que se puede decir de ellos es que están penosos. O la que es el centro de la segunda temporada, la del marido de Marta muerto en Afganistán, aparatosa historia con elementos muy estridentes en lo que a credibilidad se refiere.


No ha habido el menor destello en la construcción de personajes, muy acartonados, incoherentes, pasados de vueltas, cayendo en estereotipos simplistas, con lo que te da igual lo que les pase a los protagonistas, si viven mueren o son medio-pensionistas, cuando llega la resolución final la sigues por curiosidad, pero en ningún caso por arraigo emocional, de hecho mi juego era ver todas las lagunas que dejaba la serie episodio por episodio, un océano, y por supuesto el final debía ser el Everest de los errores, no defraudó, aunque siempre podría ser peor.


Como he dicho la gran mayoría de las actuaciones resultan bochornosas, no todas, salvo a tres. Pedro Casablanc, dignifica con su carisma la profesión que la enrome mayoría de los que le rodean ensucian, aporta raza, viscerabilidad, pasión, emociones, lástima que su papel esté regularmente escrito. Nya de la Rubia resulta un soplo de aire fresco, deja apostura, garbo, sensaciones, actriz a seguir. Lisi Linder, deja luz de ser una superviviente, siendo gaditana hace muy bien de rusa con su acento, da emocionalidad y aristas a su Agneska.



El resto son un puñado de cuerpos a exhibir, un Rodolfo Sancho tan frío como inexpresivo, que decir de Jesús Castro, alumno aventajado en la Academia Chuck Norris de la actuación, de Luis Fernández, más soso que la sal, de una Belén López a la que solo le supera (en malo) su fatal escrito rol, Will Shepard como el negro siempre estreñido, Yaima Ramos tan guapa como horrorosa actriz, o Fede Aguado haciendo de deficiente mental, lo más deficiente es su caricaturesca recreación, Andrea del Río tan nefasta actriz como el patético rol que tiene, que chunga, o el guaperas Patrick Criado con una actuación pasada de vueltas, premio debería tener el que escogió a Máximo Pastor como chaval hijo de Marta, premio y despido, menuda actuación tétrica.


También la ataco por el retrato que hace de la zona, despropósito de principio a fin, no me vale aquello de que es una historia de ficción, entonces no haberle puesto el titulo referente al territorio. Los acentos de Almería nada tienen de los andaluces sevillanos, gaditanos o malagueños, esto poco les ha importado 0, “semos” andaluces, hablamos “sevillano”; El título es “Mar de plástico”, se supone hablará algo de los agricultores de aquí, de las duras condiciones en las que nos movemos, habiendo gentes de todo tipo en la industria del invernadero, hacendados con varias hectáreas, con decenas de trabajadores, y otros con sus pocos miles de metros en explotación familiar, pues de esto nada, el único agricultor que aparece es un ricachón, corrupto, putero, asesino, traficante de prostitutas, menuda imagen se da, bien se pueden pensar desde fuera que todos los agricultores de aquí son como este, que no aparezca si quiera otro agricultor, solo uno, nauseabundo;



 Lo del racismo latente en el pueblo, con banda de jóvenes nazis es muy didáctico (ironía), menudo fresco torticero del lugar, vomitivo;
A Ainhoa la asesinan a medianoche, Kaled da de coartada estaba en el invernadero trabajando a esas horas, idiotez e insulto a la inteligencia, nadie trabaja por la noche en invernaderos


Spoiler:
...Hay un momento indignante, cuando Lucas le dice a Fara que vaya al médico por una herida en su hombro, esta le dice que no va porque no tiene los papeles, menuda estupidez, cualquiera que este por aquí sabe que ir al médico para un “sin papeles” no solo no es problema si no que además le servirá esta visita como prueba de arraigo en caso de poder pedir legalizarse; Como que en el pueblo del bar no se sirvan tapas, que les hubiera costado hacer un pequeño homenaje a algo tan nuestro como nuestras excelentes tapas gratis con la cerveza, horrendo.


Es apreciable su puesta en escena, sobre todo en lo referente al extraordinario trabajo de la fotografía de José Luis Pechorromán, con elegante uso de tomas aéreas (drones), captando el océano de plásticos del lugar, así como las tonalidades soleadas e hiperluminosas de Almería, un hermoso patinado de cromatismo en el que resaltan los blancos, amarillos y ócres.


Spoiler:
Relatar todos los agujeros e incoherencias en la trama daría para un libro de varios volúmenes, a bote pronto y sin pensar demasiado, la serie no lo merece; Nada coherente que una chica de 18 espere en medio de la oscuridad de la medianoche, entre invernaderos a su noviete negro; Sale agua roja del riego (que riego en Almería va por alto?) y en vez de mirar en la balsa o en los depósitos de abono, llaman a la guardia civil, muy críble(Ironía)Resulta que Ainhoa era novia oficial de Lucas, nada coherente que alguien tan tolerante (tenía un amante negro) estuviera con un racista confeso (tiene una gamada en su pecho tatuada); Resulta que Lucas se enamora a primera vista de una negra, oh, casualidad! Es la hermana del amante de su novia muerta, que chico es el mundo, esto no le causa conflicto alguno al racista Lucas; Lo de la educación que Marta le da a su hijo es de traca, rompe un escaparate para robar un calzado y para ella eso es una chiquillada sin importancia, como que vaya a punta de pistola el chiquillo a la comisaria, apunte en medio de otros guardias civiles a Héctor y este lo deje ir sin más;


Lo de Héctor es de superhéroe, le dan golpes en la cabeza, lo atropellan con un camión, le disparan, y este continua su vida como si nada, todo muy creíble (ironía); Igual me equivoco, pero los guardia civiles, a no ser que vayan de incógnito, van de uniforme, cosa que aquí Héctor, Salva y Lola no hacen; Resulta que Juan Rueda es responsable directo de la muerte de 17 mujeres y se va de rositas como si nada, muy verosímil (otra ironía); En prácticamente ninguno de los interrogatorios hay abogados por parte del acusado, donde están los derechos del interrogado?; Cuando Fara está detenida para ser repatriada, a Lucas no se le ocurre otra cosa que ir a la comisaria a para a punta de pistola sacarla, que pensaba entrar en plan terminator disparando a diestro y siniestro, y llevarse a su amada, y por supuesto luego no les pasaría nada, menuda tontería, menos mal que en el último momento llega Salva y lo impide;


Lo de Salva no es de amigo, es de Santo, se come el “marrón” hacerse pasar por el que atropelló a uno en bici para salvar a Lucas, jajaja!; y más y más, solo apuntar la de que la abuela de Boris-Fernando en Rumanía tuviera una foto del nieto con siete u ocho años cuando hacia supuestamente lustros no lo veía; O ya cuando nos enteramos del pastel, resulta que Fernando, o sea Boris asesinó a Ainhoa por venganza, vale es vengativo, pero hacía falta ser un “carnicero”? no tiene sentido esta psicopatía, bueno, pero son tantas las cosas sin sentido...

En conjunto queda una serie que si le das un tsunami de licencias se hace algo entretenida, yo si no es por rodarse en Almería habría sido una serie más española que para mí no hubiera existido. No sé sí aguantaré una tercera temporada.



 TOM REGAN 






miércoles, 26 de abril de 2017

Frantz


En "Frantz" el prolífico Francois Ozon retoma "Remordimiento", film del genial Ernst Lubitsch, basado a su vez en una obra de teatro de Maurice Rostand estrenada en 1932. Asimismo, es ineludible su reminiscencia a los melodramas del soberbio Fassbinder.


Gran parte de la película transcurre en una pequeña ciudad alemana, poco tiempo después de la Primera Guerra Mundial. Anna visita todos los días la tumba de su prometido Frantz, caído en la guerra en Francia. Gran sorpresa se llevará cuando en una de esas visitas encuentre a Adrien, un misterioso joven francés que también deja flores en la tumba de Frantz.


 Por un lado, es una película en blanco y negro de época que cuenta una historia de amor mallograda repartida entre la Francia y Alemania de posguerra que se erige en un drama antibélico Por el otro, es una historia atemporal de insondable belleza.
En tanto, Ozon hace foco en los silencios, las ausencias, el dolor y la tristeza sin llanto, las relaciones distantes pero profundas, el amor, el olvido y el recuerdo. Y es logrado en gran medida por un genial trabajo de Pierre Niney como el francés que vuelve a Alemania tras la guerra y la sensible Paula Beer como la alemana que llora la muerte del prometido muerto en Francia.
Así, Ozon da cuenta del placer que le provoca la variedad. No importa qué se cuente sino cómo. Y, nuevamente da cuenta de su maestría para hacerlo.


'Frantz' es una gozada para los cinéfilos de toda la vida. El excelente director francés François Ozon, se viste de clasicismo puro y con una exquisita fotografía en blanco y negro de Pascal Marti, nos ofece un relato fascinante que hará las delicias de los que amamos el cine clásico, el cine narrativo, el cine con el que crecimos y que ahora algunos se empeñan en reinventar con efectismos inútiles que ocultan sus incapacidades creativas. Ozon factura una película que parece de otro tiempo, con un cuidado supremo por el encuadre y un ritmo delicado, para narrarnos una historia sobre el pasado y la muerte, sobre la memoria y la ausencia, sobre la pasión y la mentira.


'Frantz' es un melodrama que utiliza los recuerdos como eje de reconstrucción de una familia rota y la mentira como pegamento, pero que también teje una alegoría sobre la reconstrucción de un país herido por la guerra. Aunque muchos podrán encontrar cantidad de referentes en el melodrama clásico, para mi, una constante que se me aparecía durante toda la proyección era la figura de Alfred Hitchcock. No hay suspense en el film de Ozon, pero sí una tensión subterránea que crea inquietud. También el título de 'Frantz' convierte en protagonista a la ausencia latente que mueve a los personajes como sucedía en 'Rebeca' (Alfred Hitchcock, 1940) y existe una extraña fascinación por la identidad impuesta como relataba 'Vértigo (De entre los muertos)' (Alfred Hitchcock, 1958), sin olvidar esa banda sonora de Philippe Rombi que, por momentos, parece reencarnarse en Bernard Herrmann, el compositor preferido del maestro del suspense.


Más allá de estas consideraciones personales, 'Frantz' es un excelente film, protagonizado de forma brillante por Pierre Ninney y Paula Beer (que se llevó premio en el Festival de Venecia), dos nuevas caras a tener muy en cuenta en los próximos años, cine de corte clásico (que no anticuado) que te reconcilia con el cine actual, donde un director como Ozon, demuestra que es capaz de desprenderse de todo artificio superfluo y contar su pasional historia con el corazón en una mano y la cámara de cine en la otra, como se hacen las grandes películas. 'Frantz' pudo verse en la Sección Perlas del Festival de Cine de San Sebastián 2016 y no se me ocurre una definición mejor para describir esta joya de película.


Con una exquisita sucesión de fotogramas en blanco y negro, -utilizando solo alguna pincelada de color para, curiosamente, acentuar el drama-, mi coetáneo François Ozon (nació un año después de mi), nos ofrece una curiosa historia de culpa y redención, no solo a nivel íntimo, personificado en Adrien, atormentado por la muerte de Frantz, en la prometida de este, Anna, y en sus padres, descorazonados con la desaparición de su primogénito, pero también a nivel colectivo, en las heridas que la conflagración dejó a las naciones francesa y alemana, y que solo dos décadas después volverían a sangrar en una suerte de funesta revancha.


François Ozon es un especialista en adentrarse en las tinieblas del alma humana, como bien mostró en films como Gouttes d'eau sur pierres brûlantes (Gotas de agua sobre piedras calientes), Swimming Pool (La piscina), o Le Temps qui reste (El tiempo que resta), por citar a las que más celebré, y en esta su última obra no deja de diseccionar en esa oscuridad, para mostrarnos sentimientos contradictorios, atormentados, como los derivados de la trágica muerte de Frantz, cuyas circunstancias serán reveladas hacia el final del film, aunque para entonces aquello ya perdiera importancia para nosotros, más pendientes del desenlace del imposible romance de Adrien y Anna.


Anna es realmente la derrotada en esta guerra de trincheras, después de pelear con tanto valor por lo que quiere, primero en esa guerra por mantener viva la memoria, sin mostrar ni un ápice de rencor, consagrada a su pena y a los recuerdos de su prometido, después en el combate entre alimentar ese amor antagónico que le crece a medida que va conociendo a Adrien, deliciosamente narrado tanto en el ritmo como en las formas –el paseo por el campo, el baño en el río, las conversaciones intimas-, o desterrarlo una vez que conoce la terrible verdad que descubre, antes de su partida, el joven francés. Excepcionales las interpretaciones de los actores protagonistas, Pierre Niney, que ya tiene una extensa carrera en el cine francés (al que vimos en un pequeño papel en Les neiges du Kilimandjaro (Las nieves del Kilimanjaro), y Paula Beer, con una filmografía más modesta (debutó en 2010, en The Poll Diaries) sobretodo en los países de habla alemana, pero a la que la crítica augura una prometedora carrera.


Sentimientos reprimidos que buscan una salida, como los de Anna cuando se atreve a cruzar esa frontera, no solo geográfica, sino también emocional, una forma de intentar resolver el conflicto interior, una metáfora de otro conflicto, el que enfrentó a dos naciones en una guerra cruel, con réplicas que, ocuparon buena parte del siglo pasado, y que se resolvieron con una suerte de asunción de culpas, más que de redención.


En definitiva, esta es una película con muchos temas transversales, que ofrece varias lecturas, y que merece la pena recomendar a aquellos que no temen hurgar en las heridas del pasado, en las íntimas y también en las colectivas.

AngeloNero

lunes, 24 de abril de 2017

No molestar




Fue un cúmulo de casualidades. Un simple documental, Minimalism, que no estaba en mis planes del fin de semana, logró que me replanteara muchos aspectos de mi vida, y entre ellos, el relativo a la tecnología.
El principio que propone este documental, que a su vez da cuenta de un movimiento que está registrando cada vez más apoyos, se refiere a la esclavitud a la que de alguna manera nos somete la sociedad consumista. ¿Realmente necesitamos todo lo que deseamos adquirir debido a la incesante publicidad? Llevado al terreno de la tecnología... ¿Necesitamos estar permanentemente conectados?
Un rápido análisis en los hábitos personales me hizo ver lo pendiente (y dependiente) que estaba del móvil: las constantes notificaciones hacen que irremediablemente estemos pendientes del móvil, y lo que es peor, nos distraigamos de lo que estemos haciendo en ese momento. Y la distracción es muy costosa. Un estudio llevado a cabo por Ernst & Young en Australia reveló que la cuarta parte de los trabajadores perdía unas siete horas a la semana a causa de las distracciones.



Y es que resulta muy difícil esquivar la tentación de mirar la pantalla ante un pitido o vibración del móvil. ¿Y si no tuviéramos móviles? Desprenderse del móvil sería algo extremo pero inviable hoy en día, sin embargo, podemos hacer algo intermedio: silenciar el dispositivo y desactivar por completo las notificaciones. Una, por cierto, medida al alcance de todos ya que tanto Android como el iPhone cuentan con la posibilidad de activar una de las funciones más poderosas del terminal: el modo no molestar. Este modo desactiva por completo las notificaciones del dispositivo que entran en el mismo de forma silenciosa sin llegar a interrumpirnos.



La grandeza de esta función reside en que no oculta las notificaciones, sino que las desactiva. De esta manera, de un rápido vistazo podremos consultar toda la actividad del móvil transcurrido el momento de desconexión. Y me decidí a probar la experiencia: una mañana de lunes, salí a la calle con el modo no molestar del móvil activado y un silencio forzado que al comienzo resultaba (con franqueza) un tanto desazonador. En ese momento, contemplé cómo el cerebro actuaba de una doble manera: por un lado padeciendo una extraña sensación de soledad, pero por otro, dibujando escenarios apocalípticos.


La segunda reacción es sin duda la que más puede hacer que flaqueemos en nuestra aventura: ¿habrá algún asunto urgente en el trabajo? ¿Algún familiar habrá sufrido un accidente? La mente es muy buena inventando escenarios en los que si no estamos disponibles al teléfono, el mundo es capaz de detenerse, pero la realidad es que nada de eso sucede. Resistí el impulso de consultar la pantalla durante dos horas de delicioso silencio, pero al final la angustia me obligó a echar un ojo: un par de llamadas perdidas, algún WhatsApp y varios correos y menciones en redes sociales.
Fue en este momento cuando entendí claramente la grandeza de la maniobra: ya no era dependiente de las notificaciones, sino que estas estaban a mi servicio. Por un lado, las llamadas habían terminado dulcemente en el buzón de voz; una de ellas con un recordatorio de una cita y una segunda con una consulta, pero ninguna de ellas realmente urgente.


Comprobé que la cita estaba correctamente registrada y contesté mediante un correo electrónico a la consulta. En ese punto descubrí el gran ahorro de tiempo alcanzando por no atender esas dos llamadas, y que mi decisión no había tenido ningún impacto en el remitente. Al contrario. El resto de las notificaciones fueron atendidas siguiendo la máxima de la prioridad: atender primero las urgentes y actuar sobre ellas si era necesario, programar el resto y eliminar las que no aportaban nada.


Al "domar" el móvil logramos sin quererlo una asignación correcta de las prioridades y los recursos
De alguna manera, al domar el móvil logramos sin quererlo una asignación correcta de las prioridades y los recursos: el móvil nos dicta que lo llega en ese momento es lo más urgente, y no distingue entre un me gusta en Facebook o un correo con un aumento de sueldo. Todo pasa por el mismo patrón y todo nos requiere el mismo tiempo de atención y acción. El modo No molestar es como pescar con red: al recogerla comprobamos lo que se ha capturado y nos quedamos con lo importante desechando el resto. En este caso, la gran diferencia reside en que somos nosotros quienes determinamos cuándo recoger la red y no cada pez con sus saltos.


Han pasado ya varias semanas desde el comienzo del experimento y, aunque no he logrado una desconexión completa —por imperativos del trabajo—, sí que he conseguido aprovecharme de la tecnología para amaestrar de alguna manera las notificaciones y gestionar eficientemente los recursos:

- Reactivar el buzón de voz: volver a grabar una locución en la que invito a enviar un correo electrónico o WhatsApp con el contenido o bien dejar un mensaje (aunque lo ideal será lo primero).
- Utilizar un gestor de tareas para poder reenviar el contenido que no es urgente pero sí requiere atención en un futuro. Herramientas como Todoist permiten trasladar prácticamente cualquier tipo de notificación a su repositorio convirtiéndola en tarea con su fecha de vencimiento y su carpeta.


La aventura sigue su curso pero por el momento ya he logrado eludir el constante bombardeo de las notificaciones y convertir el modo no molestar en algo habitual y no una excepción en el móvil. La realidad es que en definitiva, he logrado más tiempo para el desarrollo de tareas y sobre todo, no perderlo en distracciones que a la postre no me reportan nada.
Nunca el silencio había sido tan escaso... y productivo.


JOSÉ MENDIOLA ZURIARRAIN

domingo, 23 de abril de 2017

The Arrangement



The Arrangement  narra la historia de una aspirante a actriz que, tras pasar una prueba para una película con uno de los actores de moda y dejarse llevar por la pasión en la isla privada de él, recibe el ofrecimiento para interpretar el que será el gran papel de su vida: convertirse en la esposa del actor que acaba de conocer. El suculento acuerdo incluye un total de diez millones de dólares por un noviazgo, un matrimonio y hasta por tener hijos.


En sus cláusulas, la actriz se compromete a ser la «esposa perfecta»: no tomar drogas, no engañarle y no hablar con la prensa sin su consentimiento.
Pero la joven actriz no solo tiene que lidiar con un matrimonio pactado antes de que la relación se haya iniciado, sino que la asociación a la que él pertenece convierte este matrimonio en una relación a tres bandas que le dará más de un dolor de cabeza. ¿Le suena a alguno «historia de amor» de Hollywood?


¿La historia de Tom Cruise y Katie Holmes?

Con solo ver el episodio piloto comprendemos los motivos que han provocado el enfado de Katie Holmes. La actriz se ha sentido molesta con la producción de E!, que en España emite HBO, por las similitudes del argumento con su matrimonio con Tom Cruise. En el horizonte quedan los rumores sobre sus supuestos acuerdos matrimoniales con el actor. Y es más que sabido por todos la estrecha relación que mantiene Cruise con la Cienciología, como el protagonista de «The Arrangement» con The Institute of the Higher Mind. ¿Qué otras similitudes encontraremos a medida que avance la serie?

A priori, la producción cuenta con los ingredientes necesarios para convertirse en todo un culebrón. Sobre la mesa se presentan dos protagonistas jóvenes, con ambición y un peligroso juego a tres bandas que ofrece un sinfín de posibilidades. ¿Quién manipula a quién? ¿Quiere ella alcanzar su éxito individual a costa de unos años de matrimonio? ¿Cómo será esa relación que sobre el papel parece idílica? ¿Puede él mantener a su lado a una «mujer florero» solo con la condición de entregarle diez millones dólares al final de su relación?


 ¿Qué información oculta ella sobre su pasado?


De momento, en su piloto ya nos ha picado la curiosidad y, si bien «The Arrangement» no se convertirá en la serie del año, su trama puede convertirse en adictiva, convirtiéndonos en fieles seguidores de una historia a la que Katie Holmes ya le ha dado un motivo de interés para los que quieren descubrir cómo fue en la intimidad uno de los matrimonios más populares de Hollywood.
T.S

viernes, 21 de abril de 2017

Fargo #3


Noah Hawley parece haber descubierto la fórmula de 'Fargo' y conocerla mejor que los mismísimos hermanos Coen. La tercera temporada de la serie, que llega tras un hiato en el que su creador ha levantado 'Legión', pone sobre la mesa una historia completamente nueva pero que mantiene la misma esencia que sus predecesoras.


Y no es solo el frío de Minnesota lo que da carácter a las historias de 'Fargo'. Nuevamente tenemos un compendio de personajes que se mueven entre lo entrañable y lo gañán, guerras fraticidas, crímenes absurdos y equivocaciones que desencadenan un efecto mariposa difícil de parar y que sacan el lado más cruel de un lugar que parece lo más naif de nuestro planeta.


En esta ocasión, partimos de la rivalidad de los hermanos Emmit y Ray Stussy, dos caras de la moneda del sueño americano en la América más profunda, ambos interpretados por un Ewan McGregor que hace un fantástico trabajo de doble personalidad -gracias a una caracterización magnífica- pero también de acentos difíciles. Junto al más perdedor de los hermanos está una electrizante Mary Elizabeth Winstead, mientras que a Carrie Coon le toca ser esta vez la agente de policía de caracter inescrutable que debe resolver el caso.


Pocas líneas argumentales más abre el primer episodio de la tercera temporada que destaca precisamente por esto; en contraposición a una segunda temporada coral donde asistimos a una gran guerra abierta, aquí todo parece más reducido y contenido. El otro cambio respecto a la temporada predecesora lo aporta el cambio de época, ahora es 2010, que ofrece una mirada hacia la sociedad de la recóndita Minnesota en tiempos del smartphone.


No hay grandes sobresaltos este primer episodio de la temporada pero sí está ahí todo lo que debe estar: los personajes, el humor negro, las buenas interpretaciones, la atmósfera, los diálogos inteligentes, el crimen y el patetismo. Es lo mismo pero es muy diferente. Y es todo lo necesario para volver a confiar en que 'Fargo' nos ofrecerá un gran relato.



Por tercera (cuarta, más bien) vez.
La tercera temporada de 'Fargo' se ha estrenado este 20 de abril en Movistar Series Xtra.
Álvaro Onieva