jueves, 30 de octubre de 2014

Me han vivido


Si analizo, o lo intento, con alguna perspectiva cuanto recuerdo de mi biografía, predomina la sensación de que poco he hecho por propia iniciativa, más bien siento que las circunstancias se han impuesto casi siempre. Me han vivido, no he vivido.
Quizá no pueda ser de otro modo, y como dijo alguien (no sé quién), la vida es aquello que sucede, mientras nosotros nos dedicamos a planearla. No puedo ni sé generalizar, sólo sé hablar de mí mismo, y acaso sin la precisión adecuada, más bien con las contradicciones de mi ánimo casi fluvial, un espíritu que se va asomando a las jornadas con la curiosidad de quien espera siempre algo nuevo y sorprendente.
Por eso, por si acaso, es mejor no rebelarse contra los acontecimientos que se van sucediendo, pequeños contratiempos o grandes obstáculos, e intentar abrazarlos (aunque nunca fue agradable abrazar ortigas), e, incluso, procurar desvelar el misterio que se encierra en ellos.
Antes creía que nada sucede porque sí. Quizá, pensaba entonces, se trate de razones invisibles, inasibles para nuestro torpe o incompleto entendimiento; pero ahora tengo la impresión, cada día más acentuada, de que la lógica que gobierna cada hecho, nada tiene que ver con alguna enseñanza que uno pueda aplicar a su propia vida
Amando Carabias

domingo, 26 de octubre de 2014

Franquear en caso de encontrar destino


Noto cierto cambio en la estanquera de mi barrio.
Su aspereza ha mutado en cordialidad.
He debido pasar a la categoría de cliente.
Ya no compro sellos, ahora fumo.
Mientras escribo cartas que nunca franqueo, quizá todo era humo.
Roberto Martín Granado

martes, 21 de octubre de 2014

Querido Luis García Montero:


Hace pocos sorbos de café que he liquidado tu última novela. Muy poco rato ha pasado desde que “alguien dice tu nombre” ha quedado silente antes mis ojos. He disfrutado como un “León” urbanita entre las estepas emocionales de tus páginas. Acaricio este teclado, pero sin poder impedirlo, me descubro dejando de escribir, de beber, dejando incluso de bucear el escote de esa camarera amable, y vuelvo a perfilar con la punta de los dedos ese título que esconde un nombre que alguien dirá alguna vez. Tengo la certeza de que esta historia restará enquistada en mi memoria para siempre. Se ha convertido en un referente, otro, en una novela cicerone que marcará el camino a aquellos que quieran conjugar presentes y postularse a escritores, o algo así.

He arribado al punto y final mientras viajaba la taza a mis labios en este domingo de un mes frágil, lleno de agua y ventoso. Un demonio vestido de calendario para los que deberían hacer de agosto, su agosto. Ya ves.

Cuando te leía, en la cafetería Lapsus, en el centro de la Girona inmortal y empedrada, era atendido por Ivette, una avezada barista que hace de su oficio un arte. Así que he unido los cafés de León y Amparo, en el Suizo granadino, a los míos, o viceversa. Me he dado cuenta de que mientras ellos compartían y departían en ese santuario de Granada, yo los vivía desde este bar que antiguamente se llamaba “café Albéniz”. Aquí, el cartero Matías, personaje de una de las novelas de Josep María Gironella, tomaba su desayuno antes de iniciar el reparto.

La gente, mi gente más próxima me dice que soy un yonqui de la literatura. Yo le digo siempre a mi gente, mi gente más próxima, que soy un yonqui de la literatura. Que para pocas cosas sirvo más que para leer. Esto lo dicen algunos y lo asevero yo. Un puñado de amigos y allegados se aventuran a aconsejarme que me deje de cháchara y me ponga verbos a la obra, que escriba más y que lea menos, o que simultanee ambas aficiones. Pero ellos no comprenden que después de leer tu narrativa, de sobrevolar con el corazón tus poemas, a uno se le quitan las ganas de suministrar literatura. A uno, este uno que soy yo, sólo le queda ser testigo de la grandeza literaria, de la luz del verso, de la musicalidad de la metáfora, del sonido de los personajes que nacen, crecen se multiplican y se inmortalizan al amparo de tu retórica y que convierten tu obra en la Altamira de la literatura universal.

Repaso algunas frases que he anotado, releo las palabras a modo de dedicatoria que escribiste para mí cuando presentaste tu obra en Barcelona. Yo no pude asistir, pero una amiga se encargó de pedirte unas palabras para un paisano. Cierro el libro, de manera definitiva.

Ahora observaré a la gente ataviada de verano desfilar al otro lado de este ventanal. Leeré algún periódico cargado de noticias asesinas, de marcadores adversos, de políticas en manos de políticos indecentes, de corruptos que penan su condena en cárceles de oro, de los corazones vacíos del rico perpetuo y de la pobreza instalada en la parrilla televisiva estival. Quizá aguce el oído, a ver si hay suerte y se cuela Sabina por el hilo musical para apuntalar esta misiva y ponerle banda sonora a este día pasado por letras.


Publicado por Mario 

miércoles, 15 de octubre de 2014

Doppelgänger



20 de Septiembre

A la distancia, extraño ciertas cosas anteriores; recuerdos de un pasado, sin duda, más feliz. Está claro para mí que uno debe saberse responsable de las decisiones que toma; la que yo tomé fue la que juzgué correcta en aquel momento y sé que me traerá éxitos profesionales; pero la soledad y el aislamiento propician una existencia muy dura. Acaso el paisaje alivia el dolor, pero solamente seis meses al año; acaso este diario evita la locura, pero empieza a resultar exiguo; dudo que alguna base ártica, solitaria al igual que esta, sea un destino recomendable.

Pronto vendrán los meses diurnos, pero hasta que ese momento llegue paso la mayor parte del tiempo observando las fotos de Brünhilde: las fotos de ella posando y las nuestras abrazando a Ula. Creo que fue demasiado apresurado, creo que un año de vida es muy poco tiempo para entender que un padre, a veces, debe abandonarnos porque nos ama; porque está edificando un futuro digno para nosotros. Veo sus fotos y sólo Dios sabe cuánto las extraño; sería inútil tratar de expresarlo en este sórdido diario.

Mañana del 23 de Septiembre

Hoy ocurrió algo muy desconcertante. Cuando regresaba de la matinal caminata de reconocimiento, escuché la algarada de las gotas contra el suelo, característica de la ablución; al acercarme lentamente, a través del vapor, pude ver la silueta de un hombre. Parece inverosímil, lo sé: alguien tomaba un baño en mi albergue. Tomé rápidamente este diario y algunas ropas para protegerme del frío extremo, y salí a ubicarme, sin que me viera, próximo a la casa con la intención de espiarle.

Mi descubrimiento no podría haber sido más azorante; sé que lo que estoy a punto de decir me ganará el apodo de alguien que ha perdido completamente la razón: cuando asomé para observar a mi nuevo vecino, noté que se trata de alguien exactamente igual a mí. Froté mis ojos un par de veces, me aseguré de que mis sentidos no me estuvieran engañando: mi visitador es idéntico a mí en apariencia, es mi Doppelgänger.

Tarde del 23 de Septiembre

Veo cómo toma mi ropa, la somete a dobleces y la guarda en una maleta; trajo consigo una caja donde deposita todas las pertenencias que dejé sobre mi escritorio. Parece estar buscando algo entre los cajones; ¿acaso buscará este diario? ¡Imposible! Jamás podría conocer este diario; me pertenece desde hace dos años, desde el momento en que llegué aquí.

Mi visitador continúa empacando todas mis pertenencias; el frío empieza a volverse intolerable, la idea de entrar y confrontarlo cada vez se me antoja más fatal.

Noche del 23 de Septiembre

Cuando atravesé la puerta, la inextricable sensación de verse uno reflejado en un espejo de carne y hueso, nos conmocionó a ambos.
-¿Quién eres tú? - le pregunté en cuanto pude recuperar el aliento.
-Al parecer, soy tú – respondió, no sin un dejo de cinismo, al momento que continuó su labor de acopio.
-¿Cómo es que te pareces a mí? - Insistí, para confirmar mi percepción anterior de que su voz era idéntica a la mía.
-Yo diría, más bien, que tú te pareces a mí – respondió con una terrible sonrisa en los labios-El orden correcto de los factores dependerá de saber quién llegó primero a este mundo.
-Yo nací en el año 2020 – argüí.
Me sonrió.
-Eso es lo que tú crees -le escuché decir. Reconozco haber estado demasiado confundido como para pensar correctamente.

Mi doble continuó recogiendo mis cosas; en el momento en que tomó las fotos de Brünhilde y Ula, me abalancé sobre él para impedírselo y se las arrebaté con fuerza.
-No permitiré que hurtes estas fotos -le dije.
-Es imposible que yo hurte algo que me pertenece – aclaró-. Además, ¿las conoces?
-¡Claro que las conozco! -Repliqué.- Son mi esposa y mi hija.

Él, mirando al suelo y sonriendo, susurró: -cada día los hacen más reales.
-¿A dónde te llevas todas mis cosas? –pregunté.
-A tu casa -respondió mi doble.
-Pero aún me restan dos semanas aquí -dije.
-Sí, a ti te restan dos semanas aquí, no a mí; yo regreso hoy a casa -.

En ese momento comprendí todo lo que sucedía: mi doble no era más que una imitación de mí, un clon creado para reemplazarme. Sucedía que en ese momento, él se disponía a marcharse hacia mi casa, a tomar mi lugar en la familia; pretendería ser el marido de mi mujer y el padre de mi hija.

-¿Es que acaso no comprendes? ¡Has sido creado a mi imagen y semejanza! Te han engañado; te han hecho creer que mi vida era la tuya – le dije, más con cariño que con reproche.

Mi doble sacó de su mochila un colecticio de hojas y, claramente afligido, me dijo:
-Sinceramente, lamento que tengas que enterarte de esta manera. Las cosas nunca debieron suceder así; es la primera y última vez que cometemos un error de tal índole. Lo siento mucho.

Dejó las hojas sobre mi escritorio y, cargando las maletas y la caja, se abrió paso entre la tormenta de nieve que se suscitaba afuera.

24 de Septiembre

Las hojas abandonadas por mi doble (ahora sé que es incorrecto llamarle así), me han enfrentado con la terrible verdad. Quien lea esto jamás podrá imaginarse lo que se siente descubrir que los propios recuerdos, aquellos que uno posee desde siempre, y que le brindan un pasado y una historia, pertenecen, en realidad, a otro. Me abruman tremendas lágrimas de desazón: lágrimas por Brünhilde, por Ula; lágrimas que caerán por mi rostro sin destinatario, sabiendo que lloro por personas que ignoran mi existencia; sabiendo que extraño a dos personas que nunca conocí.

Lo vivido, de alguna manera, apuntala la idea de quien uno es. Tal vez, como dicen, es un grave error vivir en el pasado, pero hoy he advertido que es imposible vivir sin él. Desconozco, realmente, quién soy. Me es inútil recurrir a nociones convencionales: mi nombre no es el mío; las fotografías que sostengo entre mis dedos y los recuerdos que revivo con nostalgia, le pertenecen a alguien más.

Pienso en el suicido; pero ignoro cómo poner fin a algo que, ciertamente, jamás tuvo un inicio. ¿Cómo ingeniar una muerte propia en una vida ajena? ¿Cómo podría morir una persona que nació, simplemente, como un clon de alguien más?

Juan Manuel Martínez Iglesias

jueves, 9 de octubre de 2014

La Consulta



- ¿Cómo fue que llegué hasta este punto? No entiendo qué es lo que hago aquí. Pensé, acaso, que esto me ayudaría a comprender la realidad, pero hay situaciones en las que la comprensión no es suficiente. ¡Me avergüenza pensar hasta dónde he llegado! Dormir, despertar, actuar, discutir, trabajar, simular, gastar el poco dinero que tengo, fingir, amar, buscar la felicidad y morir… ¿De eso se trata esta miserable vida?

¿Cómo fue que llegué a esto? Este silencio me parece ridículo, casi insultante. Creo que debería retirarme. Será mejor largarme de aquí antes de tener que abofetear a este imbécil, no tengo porqué soportarlo. ¿Qué es lo que tanto observa en mi cara? ¿Por qué no dice nada? ¡Este juego es una idiotez! La misma mierda que vivo en mi casa, en el trabajo, con mi familia… ¡Este silencio es mi vida! ¿En qué estará pensando? Puedo sentir cómo me juzga, sentir todo el peso de la moral en su mirada. Esto no me ayuda… ¡Maldito santurrón! ¡Habla, habla!

- Y bueno, dígame… ¿En qué se quedó pensando?

- ¿Yo…? En nada doctor.

Henry Hank Chinaski, Autobiografía 1979

domingo, 5 de octubre de 2014

El cangrejo


 (Foto: Martine Franck) 

Hace ya algunos años que descubrí las ventajas que tiene hacer las vacaciones en el mes de septiembre. Es una época en la cual se sigue gozando del clima estival sin el agobio de las temperaturas extremas. Bien es cierto que existe el riesgo de que la cercanía del otoño nos estropee algún día con lluvia pero aun así, compensa. Se evita coincidir con la invasión masiva de turistas que cada verano se produce en ciudades, pueblos, playas, incluso hasta en el más recóndito lugar.
Normalmente preferíamos viajar solos y no padecer las tensiones o roces de los viajes en grupo. Nos gustaba disfrutar plenamente de intimidad pero, sobre todo, tener la libertad de elegir qué hacer en cada momento sin el consenso de nadie.
A Juan le gustaba la montaña y a mí la playa o cualquier sitio donde el mar estuviera cerca. No nos costaba ponernos de acuerdo, lo íbamos alternando. Esta vez me tocó a mí decidir.
El último año había sido nefasto para los dos en muchos aspectos y las vacaciones tampoco habían sido una excepción.
Tocaba montaña y nos habíamos instalado en el margen de un río que bañaba un paradisíaco valle. Durante nuestra estancia disfrutamos de las múltiples maravillas que nos ofrecía la naturaleza, como la pesca y el senderismo. Tuvimos un tiempo excepcional.  Hasta la última noche, en la que, mientras dormíamos, una intensa e inesperada tormenta estuvo a punto de llevarse la caravana y con ella nuestras vidas.
Por todo ello, cuando le presenté a Juan mi proyecto para este año, le pareció genial. Ambos queríamos borrar el penoso recuerdo de lo vivido el anterior. 
A pesar de todo, la experiencia nos había hecho reflexionar sobre nuestra relación y también replantearnos el futuro: queríamos tener un hijo.

Elegí un aislado y precioso chalet de dos plantas instalado a pie de playa, rodeado de palmeras y con unas vistas espectaculares. Su diseño interior era magnífico, el mobiliario nuevo y la decoración exquisita. 
Desde el primer día sentimos aquella casa ajena como nuestro hogar.
El tiempo nos pasaba volando, inciábamos el día con un opíparo desayuno en la terraza acariciados por el sol y la brisa marina, nos bañábamos desnudos en el mar. Era raro ver a nadie pasear por aquella zona.
Tendidos en la arena nos sentíamos únicos, la playa nos pertenecía. La vida era nuestra. 
Llenábamos las tardes de conversación, lectura y amor. Cada atardecer nos encontraba abrazados, felices por estar uno con el otro y con la mirada hacia el mismo horizonte.
Pero... la vida siempre sorprende.
Una noche espléndida de la última semana, en la que lucía una enorme luna llena, decidimos cenar en la playa. Mientras Juan se bañaba fui al chalet a buscar unas velas y a preparar una ensalada y unos canapés. Mientras sacaba la botella de cava de la nevera, oí el desgarrador grito de Juan. Corrí a su lado. Se revolcaba por la arena con las manos en los genitales. Le abracé, el dolor le impedía contestar a mis preguntas. Cuando miré alrededor buscando una respuesta, sólo vi un extraño cangrejo correr hacia la orilla.
La ambulancia no tardó en llegar más que cinco minutos y otros cinco hasta el hospital. Juan había perdido el conocimiento, se lo llevaron directamente al quirófano. Tras dos horas desesperantes en una sala, se acercó un médico para darme el fatal diagnóstico.
-Tengo que comunicarle que su marido ha sido víctima de las picaduras de un cangrejo invasor y foráneo que últimamente prolifera por esta zona costera. Sus ataques van dirigidos a los genitales masculinos, en concreto a los testículos. El peligro radica en que a través de unos filamentos de sus pinzas inocula una substancia muy dolorosa que produce esterilidad permanente e irreversible.

Sus palabras cayeron sobre mí como un mazazo. Le rogué al doctor que me dejase que fuera yo quien transmitiera a Juan las malas noticias. Permanecí unos minutos más en la sala. Necesitaba recuperarme y asumir la nueva situación, pero sobre todo tenía que encontrar la fuerza y el mejor modo de comunicárselo.
Me acerqué a la ventana.
Se había desencadenado una gran tormenta y una intensa lluvia golpeaba los cristales. 
En ese momento supe que el verano había terminado.

Lola Encinas

viernes, 3 de octubre de 2014

la piel a tiras


Hoy quise contarte amiga...
que estoy mudando de piel,
que seca y a jirones se deshace,
que no es la primera vez.

Hoy quise contarte...
que las ausencias me alivian,
que no hay fantasmas...
y no, no es la primera vez.

Que es necesario perderse mil veces
para encontrarse otras mil.
Que vuelvo a verme y a abrazarme.

Que aunque la piel se caiga a tiras
la carne viva se curte ya no se ulcera.

Que la dignidad es un tesoro.

Que me cansé de liturgias y memeces,
de máscaras y porfías,
de corralones y mentiras.
De desesperados y Mesías.
De fanáticos y bobos.

De ingratos que arrancan la piel para ver el hueso desnudo.

Que ya me desnudé muchas veces.
(Y volveré a hacerlo...
...cuando me plazca.)

Y que sólo callaré cuando el silencio sume
más que cualquier palabra en vano,
paz frente a los sordos,
frente a paredes huecas que repiten ecos.

No te cuento todo amiga, te sé cansada.

Aún quedan muchos capítulos y muchos mares que surcar.

Océano mar