domingo, 5 de octubre de 2014

El cangrejo


 (Foto: Martine Franck) 

Hace ya algunos años que descubrí las ventajas que tiene hacer las vacaciones en el mes de septiembre. Es una época en la cual se sigue gozando del clima estival sin el agobio de las temperaturas extremas. Bien es cierto que existe el riesgo de que la cercanía del otoño nos estropee algún día con lluvia pero aun así, compensa. Se evita coincidir con la invasión masiva de turistas que cada verano se produce en ciudades, pueblos, playas, incluso hasta en el más recóndito lugar.
Normalmente preferíamos viajar solos y no padecer las tensiones o roces de los viajes en grupo. Nos gustaba disfrutar plenamente de intimidad pero, sobre todo, tener la libertad de elegir qué hacer en cada momento sin el consenso de nadie.
A Juan le gustaba la montaña y a mí la playa o cualquier sitio donde el mar estuviera cerca. No nos costaba ponernos de acuerdo, lo íbamos alternando. Esta vez me tocó a mí decidir.
El último año había sido nefasto para los dos en muchos aspectos y las vacaciones tampoco habían sido una excepción.
Tocaba montaña y nos habíamos instalado en el margen de un río que bañaba un paradisíaco valle. Durante nuestra estancia disfrutamos de las múltiples maravillas que nos ofrecía la naturaleza, como la pesca y el senderismo. Tuvimos un tiempo excepcional.  Hasta la última noche, en la que, mientras dormíamos, una intensa e inesperada tormenta estuvo a punto de llevarse la caravana y con ella nuestras vidas.
Por todo ello, cuando le presenté a Juan mi proyecto para este año, le pareció genial. Ambos queríamos borrar el penoso recuerdo de lo vivido el anterior. 
A pesar de todo, la experiencia nos había hecho reflexionar sobre nuestra relación y también replantearnos el futuro: queríamos tener un hijo.

Elegí un aislado y precioso chalet de dos plantas instalado a pie de playa, rodeado de palmeras y con unas vistas espectaculares. Su diseño interior era magnífico, el mobiliario nuevo y la decoración exquisita. 
Desde el primer día sentimos aquella casa ajena como nuestro hogar.
El tiempo nos pasaba volando, inciábamos el día con un opíparo desayuno en la terraza acariciados por el sol y la brisa marina, nos bañábamos desnudos en el mar. Era raro ver a nadie pasear por aquella zona.
Tendidos en la arena nos sentíamos únicos, la playa nos pertenecía. La vida era nuestra. 
Llenábamos las tardes de conversación, lectura y amor. Cada atardecer nos encontraba abrazados, felices por estar uno con el otro y con la mirada hacia el mismo horizonte.
Pero... la vida siempre sorprende.
Una noche espléndida de la última semana, en la que lucía una enorme luna llena, decidimos cenar en la playa. Mientras Juan se bañaba fui al chalet a buscar unas velas y a preparar una ensalada y unos canapés. Mientras sacaba la botella de cava de la nevera, oí el desgarrador grito de Juan. Corrí a su lado. Se revolcaba por la arena con las manos en los genitales. Le abracé, el dolor le impedía contestar a mis preguntas. Cuando miré alrededor buscando una respuesta, sólo vi un extraño cangrejo correr hacia la orilla.
La ambulancia no tardó en llegar más que cinco minutos y otros cinco hasta el hospital. Juan había perdido el conocimiento, se lo llevaron directamente al quirófano. Tras dos horas desesperantes en una sala, se acercó un médico para darme el fatal diagnóstico.
-Tengo que comunicarle que su marido ha sido víctima de las picaduras de un cangrejo invasor y foráneo que últimamente prolifera por esta zona costera. Sus ataques van dirigidos a los genitales masculinos, en concreto a los testículos. El peligro radica en que a través de unos filamentos de sus pinzas inocula una substancia muy dolorosa que produce esterilidad permanente e irreversible.

Sus palabras cayeron sobre mí como un mazazo. Le rogué al doctor que me dejase que fuera yo quien transmitiera a Juan las malas noticias. Permanecí unos minutos más en la sala. Necesitaba recuperarme y asumir la nueva situación, pero sobre todo tenía que encontrar la fuerza y el mejor modo de comunicárselo.
Me acerqué a la ventana.
Se había desencadenado una gran tormenta y una intensa lluvia golpeaba los cristales. 
En ese momento supe que el verano había terminado.

Lola Encinas

1 comentario:

  1. Mi querido Ángel, como siempre agradecida por asomarme a tu ventana. Si no fuera por ti... Besos mil desde el nordeste.

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