jueves, 30 de junio de 2016

Cinco razones para ver 'Orphan Black'



Creada por Graeme Manson y John Fawcett, aquellos diez primeros capítulos seguían a Sarah Manning, una joven con una vida bastante complicada, que una noche ve cómo otra mujer se tira al tren. Lo peculiar es que esa mujer era físicamente idéntica a ella, así que Sarah decide suplantar su identidad para intentar dar un vuelco a su vida. Por supuesto, lo único que consigue así es involucrarse en una extraña trama que la supera por completo, y que la lleva a preguntarse quién es ella realmente.


¿Qué tiene 'Orphan Black' para haber ido covenciendo poco a poco a los críticos, algunos de los cuales terminaron incluyéndola en sus listas de lo mejor de 2013/4/5/6? ¿Por qué ha reunido a su alrededor a un grupo muy fiel de fans muy activo en las redes sociales, sobre todo en Tumblr? De cara a ese estreno de la quinta temporada, os voy  a ofrecer algunas de las razones que, a mi juicio, convierten a la serie en una de las más entretenidas e interesantes que se emiten actualmente en Estados Unidos.


1. Tatiana Maslany


Realmente, la principal razón para echar un vistazo a 'Orphan Black' es el trabajo de su protagonista, la joven actriz canadiense Tatiana Maslany, que era una completa desconocida hasta el momento. Maslany da vida a todos los clones de Sarah que vamos conociendo en la serie, y lo hace otorgándole a cada uno una identidad propia y definida. El modo de sentarse de Sarah es diferente del de Alison, y los gestos de Cosima cuando explica algo también son únicos de ella. Cada una de esas mujeres está tan bien definida, que lo más habitual es que nos olvidemos por completo que todas están interpretadas por la misma actriz, y no sólo por los distintos estilismos que lleva cada una.


El nivel del trabajo de Maslany queda demostrado cada vez que vemos una escena en la que varios clones interactúan entre sí (las conversaciones entre Alison, Sarah y Cosima son impagables). En esas escenas se aprecian claramente las diferentes cualidades que las convierten en personas distintas e independientes, y viéndolas queda claro también porque la actriz (que aparece en más del 90% de las escenas) se llevó el año pasado el premio a mejor actriz dramática en los Critics' Choice y estuvo igualmente nominada al Globo de Oro. Su omisión en los últimos Emmy fue de las cosas más comentadas del verano televisivo en Estados Unidos.

2. Ritmo sin descanso

'Orphan Black' es la principal representante de lo que algunos críticos norteamericanos han denominado "televisión de serie B"; series menos ambiciosas temáticamente que los títulos más prestigiosos del cable, pero que tienen la capacidad de desarrollar una trama que engancha con un gran ritmo, y de tener unos personajes bien dibujados impulsando buena parte de esa trama. En 'Orphan Black', Sarah se ve en el centro de varios misterios que se van desenredando (o complicando más) a lo largo de los episodios, y la trama avanza sin descanso. Por supuesto, hay giros que buscan sorprendernos, pero que no vienen de la nada. Casi siempre están motivados por las acciones de los personajes de estamos siguiendo y, sobre todo, de Sarah.

3. Secundarios interesantes



Aunque entramos en el mundo de estos clones desde el punto de vista de Sarah, hay otros personajes a su alrededor que contribuyen a ampliarlo y a enriquecerlo. El secundario más destacado bien puede ser Felix, el hermano adoptivo de Sarah y la persona a la que ella siempre recurre cuando está en problemas.
Felix (interpretado con mucha gracia por Jordan Gavaris) ha terminado siendo una mina de frases ingeniosas y ha ido más allá del arquetipo del chico de la calle homosexual. Su relación no sólo con Sarah, sino también con Alison y Cosima deja algunos de los momentos más divertidos de la temporada. Junto a él, destacan también los conflictos emocionales que vemos en Delphine y Paul y el misterio alrededor de la señora S.








El aspecto de la serie que está menos logrado es el lado policial, en el que el detective Art Bell no acaba de salir de los clichés. El final de la primera temporada ofrece algo de optimismo de que esa subtrama va a mejorar un poco, a verse más integrada con la historia principal y a ser más interesante, en definitiva, pero es verdad que es el aspecto más flojo de los diez primeros episodios.





4. Temática original

Aunque 'Orphan Black' no lo explota a fondo, tener a un grupo de clones como protagonistas presenta esa clásica discusión filosófica sobre si en el comportamiento de un ser humano es más importante su naturaleza o la influencia que en él ejerce la sociedad. La dicotomía entre lo innato y lo aprendido está al fondo, aportando subtexto a muchas de las escenas en las que se discute el origen de Sarah, Cosima, Alison y las demás, pero nunca se convierte en una lección de filosofía, aunque es inevitable que tengamos las explicaciones repletas de jerga científica. Estio también hace que los villanos no sean exactamente como estamos acostumbrados a verlos en estas series, aunque sí mantienen cierto aspecto de gente que se cree por encima del Bien y del Mal.



También se tocan, por encima en los capítulos inaugurales, algunas de las consideraciones éticas que surgen alrededor de la clonación y, en concreto, de la posible clonación humana, y da la sensación de que éste va a ser uno de los aspectos que gane algo más de importancia en la segunda temporada. No obstante, aunque estas cuestiones formen parte integral del ADN de la serie, nunca superan el drama personal que Manson y Fawcett están más interesados en contar. Eso sí, sí da para que los villanos tengan algunas "peculiaridades" originales y divertidas.

5. Historia de personajes


De todos modos, detrás de la trama trepidante, de los misterios y las sorpresas, 'Orphan Black' engancha porque nunca pierde de vista que lo importante son sus personajes y, sobre todo, sus clones. La serie se preocupa por mostrarnos cómo son realmente, qué cosas les preocupan, les apasionan, les motivan. Como decimos, casi todos los giros de la trama vienen a partir de ellos, y resulta difícil al final no preocuparse por la paranoia de Alison, o no querer que la relación entre Delphine y Cosima funcione, o no apoyar a Sarah en su búsqueda mejor. Al final, lo que mueve 'Orphan Black' es el esfuerzo de sus protagonistas por saber quiénes son y, en concreto, la voluntad de Sarah de llevar una vida mejor para su hija pequeña.

La Giovinezza


En una reciente entrevista a Paolo Sorrentino publicada en El Mundo, se le describía como un hombre “lacónico en sus respuestas, torpe en sus explicaciones y brillante en sus aforismos”. No sé si se me puede ocurrir (o si puede haber) una forma más precisa para describir a un hombre que hace de la frase lapidaria la materia prima de su nueva película, pero que no es capaz de sostener con la misma decisión el sentido de la misma dentro de un todo. Si La gran belleza (La grande bellezza, 2013) fuera la fiesta, esta nueva obra de Sorrentino sería perfectamente equiparable a la resaca posterior o a recoger la casa cuando todos ya se han ido.


En esta cinta, seguimos a Fred (Michael Caine), un director de orquesta retirado, que se hospeda en un hotel de lujo, donde vive, por decirlo de algún modo, con una ligereza que le permite ser espectador silencioso de la vida de los otros huéspedes, así como explorar la suya propia a través de sus recuerdos, para llegar a buenos términos con lo que significa para él cada aspecto de su vida, desde la relación con su hija (Rachel Weisz) hasta su relación con lo creativo y lo musical; llegar a buenos términos, en otras palabras, con todo lo que alguna vez amó. Entre los huéspedes del hotel, además, se encuentra su mejor amigo Mick (Harvey Keitel), un cineasta también retirado, que lucha por escribir su último guión, “su testamento” como él lo llama. De los dos, y de manera muy sutil, se rodea para hablar, y para aprender, una joven estrella de cine (Paul Dano) condenado a la fama por culpa de unos insustanciales blockbusters que él mismo desprecia, pero sin los cuales no podría haberse dedicado con genuina pasión a proyectos de mayor relevancia artística. En ocasiones, mientras los tres hablan del arte, de la creación, de lo que es ser joven y de lo que es ser viejo, aparece en escena un argentino obeso y zurdo que, oiga, por algo será, digo yo, que en la película se le presente casi como una figura divina y de adoración, por algo será, digo yo, que en la película se le presente como Dios.





Lo que orquesta Sorrentino en La juventud (Youth, 2015) es un relato tan personal y creado con una voz tan íntima que parece que el mismo director se escuchara a sí mismo con extremo detalle, disfrutando en cada momento de su propio soliloquio, terminando por convertirse en alguien extremadamente auto consciente, conocedor de más incluso de sus propios códigos. Tanto así que la lectura de este relato podría pasar por la de un cineasta que no teme a auto parodiarse o, en cambio, la de un autor que finalmente se consolida.


No hay nada malo con que el guión de Sorrentino se distinga y presuma de grandes aforismos, que se decante, sin ningún tipo de reparo, por la oración como sentencia; el problema surge cuando a tanto precepto inconexo lo rodea una muy poco sutil máscara de pretensiones que no llevan a nada nuevo, o, mejor dicho, a nada que no haya sido ya lo suficientemente resaltado. La espléndida técnica del cineasta italiano no puede distraernos de esto otro, que poco a poco va construyendo una apariencia de artificialidad, superior a los aspectos que hacen de cualquier cinta una película extraordinaria.


Sea leída como un drama o como una comedia dramática sobre lo que significa envejecer, la respuesta a esta duda taxonómica es totalmente irrelevante en cuanto uno termina por darse cuenta de que La juventud solo puede ser explicada como una película parida por el deseo, pero, especialmente, por la sinceridad. La sinceridad con la que Sorrentino se deja llevar, con total libertad, para hacerse presente en cada uno de los instantes en los que Michael Caine nos habla de las cosas que solía componer cuando solía amar, en los que Harvey Keitel nos plantea lo que quiere dejar en el mundo para cuando él ya no esté, o en los que Paul Dano nos  conmueve disfrazado de Hitler.


Ojalá la grandeza de algunos momentos, la excelencia de algunos diálogos, la sensibilidad y la maestría que se desprenden de La juventud en episodios precisos hubiesen dado a luz a una película más compleja, más uniforme y redonda, o que, al menos, hubiera estado mejor concatenada. Porque cuando todas las conversaciones son así de solemnes y dotadas de una forma sublime, no hay nada que destaque, y la película corre el riesgo de repetirse a sí misma, de querer imitarse a sí misma. La juventud, no me malinterpreten, es una película bellísima, sí, pero el problema es que Sorrentino ha sido el culpable de esta cinta, y este el mismo Sorrentino responsable de enseñarnos que existe una belleza aún más grande.
Chalie Simon

miércoles, 29 de junio de 2016

La grande bellezza


Viajar es útil, ejercita la imaginación
Todo lo demás es desilusión y fatiga
Nuestro viaje es enteramente imaginario
Ahí reside su fuerza
Va de la vida y la muerte
Personas, animales, ciudades y cosas es todo inventado
Es una novela, nada más que una historia ficticia
Lo dice Littre, él no se equivoca nunca
Y además, cualquier puede hacer otro tanto
Basta cerrar los ojos
Está en la otra parte de la vida
Louis-Ferdinand Celine
"Viaje al fin de la vida"

Es necesario comenzar a bucear en 'La gran belleza' a partir de la primera frase que abre la película.
Porque al fin y al cabo, en ella se encuentra contenido todo lo que vamos a ver a continuación. Un viaje hacia las profundidades de un hombre que ha perdido el sentido de su vida, que ya no es capaz de imaginar, de crear, de sentir, y que se ha refugiado en la nada, en el vacío. Un vacío ('il vuoto') que se explicitará muchas veces a lo largo de una película que está recorrida por las constantes preguntas, por el cuestionamiento interior, por la lucha de encontrar un sentido que permita seguir adelante.


La cámara se posará en muchos momentos en el talante pensativo de Jep Gambardella (un inspirador Toni Servillo), porque en realidad, la película transcurre en su interior, en esa historia ficticia que está intentando contar. Jep lucha contra esa desilusión y fatiga de la que habla Celine, pero es incapaz de reaccionar. De alguna manera, ha terminado por conocerse a sí mismo, y cuáles son sus debilidades humanas. Ha vivido, ha gozado de una situación privilegiada, pero nunca olvidará aquél destello de belleza inspirador que se quedó clavado en su mente y del que jamás ha podido escapar. Ahora no sabe si es demasiado tarde. Instalado en su gran piso con vistas elitistas, dando fiestas nocturnas que se confunden las unas con las otras en una maraña de interminable desconcierto y de descontrolada y falsa felicidad. Y sin embargo, esa punzada ahí, en su corazón, esa flecha que todavía no se ha quitado del todo y que se ha convertido en su condena. Jep lo tiene todo, pero al mismo tiempo nada. Como él mismo dice, él y sus amigos son despojos, son seres a los que se les debería tener compasión, porque de una u otra manera, están heridos. Pero también son supervivientes, dinosaurios en peligro de extinción que son los únicos aptos para seguir poblando una ciudad que solo ellos saben habitar: Roma.


Todos los personajes más jóvenes, van falleciendo a su alrededor, como si se tratara de un réquiem interminable en el que solo las cosas perpetuas terminan quedando. Jep y sus amigos son como los monumentos de Roma: Siempre están ahí, su naturaleza es perpetua. No se mueven, están estancados, embalsamados. También están profundamente perdidos, desorientados en sus propios marasmos personales, en sus propias contradicciones. Pero no se mueven. ¿Para qué? Son como esos trenecitos que hacen en las fiestas de Jep que no van a ninguna parte. Todo inmóvil.

El desencanto. "Roma me ha decepcionado", dice uno de los personajes, el interpretado por un soberbio Carlo Verdone en una de las escenas más maravillosas de la película, en la que mediante un truco ilusionista desaparece una jirafa y al mismo tiempo también él se va diluyendo más allá de los límites de la pantalla. El desencanto lo inunda todo, como la crisis creativa de Jep por la que reiteradamente le preguntan: "¿Por qué no ha vuelto a escribir otro libro?". ¿Por qué?


Analizar 'La gran belleza' desde su forma, sería condenarla a un punto de vista demasiado superficial. A Sorrentino le gusta el exceso, las florituras estilísticas, su cámara se desliza de una manera espectacular por corredores, se sitúa arriba en panorámicas enloquecidas, abajo a nivel de subsuelo de los personajes, va danzando como si fuera una sinfonía. A algunos les parece un estilo recargado y exagerado, totalmente gratuito. Para quien esto suscribe, es música celestial. Pero no hay que dejarse llevar por las apariencias, por la superficialidad que es precisamente lo que condena la película. 'La gran belleza' es mucho más, casi se podría vivir dentro de ella dad la cantidad de cosas que apunta. Es una forma de sentir, de entender el mundo, por eso cada uno encuentra en ella su propia película. Sorrentino la carga de significados, multiplica su dimensión hacia millones de esquinas inesperadas que se van complementando de una manera muy armoniosa.


Lo sacro frente a los profano, el hastío frente al hedonismo, lo vulgar frente a lo sofisticado, la pureza frente a la perversión. Porque en todas esas contradicciones está el hombre. También una ciudad, Roma. La Roma de las monjas, de lo religioso, pero también de la decadencia, de la desidia moral, de la corrupción política, la Roma de los turistas, la Roma monumental, la que se admira, y la que se detesta. Roma es como Jep, y Jep se ha convertido en la esencia de Roma, pura cáscara en la que hay que rebuscar para encontrar autenticidad.


De nuevo la cita de Celine, ese viaje imaginario que al fin y al cabo es nuestro recorrido por una película que guarda dentro de sí paisajes casi como soñados. El paseo nocturno por los palacios, los flamencos posados en la terraza, las monjas correteando por los jardines, el mar que Jep ve en el techo de su habitación… hay muchos elementos que casi parecen abstracciones, como si nos encontráramos en la mente del protagonista, lo cual es muy interesante y perturbador. Como esa obsesión por la muerte, ya desde la inscripción de la primera imagen de la película: "Roma o morte". Y dentro de ese panorama mortuorio, lleno de símbolos, ese animal herido que diría Philip Roth, ese dandy apático y nihilista que se pregunta constantemente: "¿Quién eres tú?". Y una niña desconocida le responde: "Tú no eres nada". Y ese es el viaje al final de la vida. Porque esta es una película que va de la muerte, no nos olvidemos. Y del fin. Y de la necesidad de, en medio de todo ese cansancio, seguir de alguna manera hacia delante como cada uno crea conveniente. Imaginando, soñando, sufriendo o riendo. Cerrar los ojos y pensar en ese momento de gran belleza que de alguna manera a todos nos acompaña. Y aceptar que ya no volverá, pero que siempre estará ahí para acompañarnos como fuente inspiradora.


A favor: El tándem Sorrentino / Servillo, que sacan oro puro. Que es una de esas pocas películas que quedarán como un clásico contemporáneo.
En contra: Que muchos se queden con el envoltorio y no con lo que realmente importa de la película.

sábado, 18 de junio de 2016

EL AÑO PASADO EN MARIENBAD (1961, Alain Resnais)


Para centrarnos, partamos de la idea de que todo el cine es fantástico desde el momento en que materializa en imágenes una ficción; pero no todo el cine es Cine Fantástico. No solo las historias de hombrecillos de Marte, de vampiros, de monstruos antediluvianos, de batallas espaciales, de fantasmas o de casas encantadas –por citar algunas temáticas recurrentes– conforman la nómina de elementos que son generalmente aceptados como propios de esa parcela genérica. La adscripción al género también viene dada por el tratamiento formal de cualquier materia o historia, que si es narrada cinematográficamente de un modo que se aleja del naturalismo, de lo convencional, acercándose a lo irreal, a lo sugerente, a lo anómalo, a lo ambiguo o a lo imposible, puede verse abocada a asimilarse como propia de esos terrenos nebulosos y relativamente indefinidos de lo fantástico. Por mucho que el significante esté representando por algo aparentemente de lo más trivial, su significado, a partir de una especial plasmación en imágenes, puede adquirir esa connotación. En ese punto se encuentra “El año pasado en Marienbad”.


Difícil es ya de entrada intentar describir el significado de “El año pasado en Marienbad”, pues no parece existir ninguna intención por parte de su director –Alain Resnais– de evidenciarlo. Al contrario, más bien se esfuerza mucho en dispersar, en disfrazar, en encriptar, e incluso –en última instancia– en anular cualquier posible sentido al alcance de lo racional. Posiblemente ni siquiera existe ningún significado, quizás lo único que pretende es un juego con las emociones; aunque, para ser eso, destaca precisamente por una evidente asepsia en su tono. ¿Quiénes son todos esos impasibles personajes que aparecen en la cinta de Resnais?, ¿son muertos, vivos, fantasmas, sueños o pesadillas? La respuesta: cualquiera de ellas o todas a la vez; o incluso ninguna de las citadas. De tal calibre es la incógnita que se nos presenta; algo que hará las delicias de esos cinéfilos, críticos o simplemente aficionados al cine a quien les pesa tanto la intelectualidad mal entendida que no son capaces de discernir entre la pose y lo genuino, entre el bodrio y el entretenimiento. Aunque “El año pasado en Marienbad” inicia con soltura tan funesto camino de confusión, tampoco pienso que deba atribuírsele el llegar hasta esos límites, pero ay ay... Tal vez va siendo hora de defenestrar ciertos mitos o falsos iconos; tal vez.


No en vano, cuando una vez terminado su montaje se presentó a los distribuidores, estos no la quisieron estrenar. Comenzó así su periplo en pases privados para diversas personalidades de la cultura francesa, gustando a unos más que a otros. Sólo cuando la película ganó el León de Oro en el Festival de Venecia de 1961 vio la puerta abierta a una distribución comercial.


1.- Defender una sinopsis de la película supone a todas luces una actividad de alto riesgo. Pero vamos a intentarlo, al menos desde un punto de vista impresionista y convencional, literal. La acción se sitúa en lo que parece ser un hotel de lujo o establecimiento similar, cuyos huéspedes son mostrados de una forma anómala. Tres personajes (dos hombres y una mujer) acaparan los diálogos y ocupan los escenarios. La delirante repetición de la voz en off y de ciertas situaciones nos deja intuir que existe cierto problema de infidelidad, seguramente no carnal, más bien aparenta emocional. La insistencia de uno de esos hombres en reclamar a la mujer que le acompañe y que deje al tercero en discordia, su marido, es la escueta línea argumental que podemos encontrar. No hay más. El resto son fuegos de artificio, sorprendentes los primeros quince minutos, pero que a partir de ahí pierden fuelle y consiguen agotar. Todo ese nimio contenido argumental se intuye más como una excusa –que pudiera haber sido intercambiable por cualquier otra– con la que Resnais pone en marcha un experimento fílmico no exento de pretenciosidad. Acogiéndose a esta línea, algunos han tildado a “El año pasado en Marienbad”, directamente, de tomadura de pelo. Los años sesenta fueron tiempos de cambio y experimentación en muchos aspectos de la sociedad occidental (la guerra de Vietnam, la Nouvelle Vague, la revolución cubana, el movimiento por los derechos civiles de los negros en Estados Unidos, mayo del 68,...), y el cine fue uno más de ellos, siendo esta cinta un producto de aquel contexto.


2.-  El experimento que supone “El año pasado en Marienbad” es eminentemente narrativo. Comienza con unos parsimoniosos y bellos travellings (muy recurrentes en su autor) que muestran la suntuosa decoración del lugar, sus lámparas, sus pasillos, sus habitantes,... Todo en un principio aparenta fascinante. Más tarde, el descubrimiento de la vacuidad que entraña la película, a fuerza de insistir sobre un mismo concepto creativo –válido para un cortometraje, quizás soportable para un mediometraje–, se torna insufrible y excesivo durante 94 minutos, pues nada hace avanzar lo limitadísimo de su ¿argumento?. ¿Que el objetivo de Resnais no era contar una  historia, sino transmitir unas sensaciones? Pues digamos entonces que la sensación que transmite, una vez pasado el impacto inicial, es algo muy cercano al tedio.


Cierto es que Resnais, en un primer momento, consigue atraparnos con la belleza de sus imágenes, con la linealidad y limpieza de sus encuadres, con sus composiciones geométricas, con sus movimientos de cámara, con la pictórica planificación de algunos exteriores y con el misterio que aflora de la forma en que muestra a los personajes. Pero todo acaba siendo un espejismo. La sugerencia se convierte aquí en un fin y no en un medio, perdiendo de ese modo su función; lo que delata un afán exhibicionista y una pretenciosidad desbocada. Al final todo se resume en un truco de ilusionista con ánimo de epatar. La relación de la película con el espectador abandona ese objetivo tan tradicional que es el de contarle una historia, para –en cambio– jugar con él al escondite. También abandona –lo cual es muchísimo peor– la todavía más tradicional y esencial meta del cine y de cualquier arte popular: entretener. Aquí, pasada como he dicho la sorpresa inicial, sólo se consigue el hartazgo. Esa desunión respecto al lícito, necesario y, ¿por qué no?, suficiente objetivo de entretener bien pudiera ser una declaración de intenciones de Resnais, quien parece enfrentarse al cine desde un punto de vista tan radical como eminentemente intelectual, alejado de las verdaderas emociones y encapsulado en el mundo de los conceptos –el resto de la filmografía de Resnais que conozco no contradice en nada esta opinión–. Hace así una película para las minorías entre las minorías, nada defendible –e incluso reprochable– desde ese sentido de lo popular que, aun revolucionándolo, siempre asumieron y practicaron algunos de sus compañeros de generación y nacionalidad (Truffaut, Godard, Rohmer,...). Se amarra así a un discurso muy alejado de lo convencional; lo cual es sin duda estimulante y de agradecer, pero con el handicap de no tener en cuenta (o, habiéndolo tenido, mostrando desprecio por ello) que el cine es un arte íntimamente unido al tiempo, al paso de los minutos. No se trata de un arte estático como la pintura o la escultura –ajeno por tanto a la muy particular dimensión que le aporta el elemento “tiempo”–, por lo que las carencias relacionadas con el ritmo penalizan sobremanera cualquier abuso. Una de las principales preocupaciones del francés, además del cuestionamiento de la relación de pareja, parece rondar en torno precisamente a ese intento de romper el tiempo fílmico tradicional hacia una forma de asimilación del modo en que percibe el tiempo la memoria. Algo sin duda muy peligroso cuando se trata del Séptimo Arte, pues choca frontalmente con la esencia misma de uno de sus principales soportes narrativos.  

3.- Tanto los fantasmagóricos huéspedes como el propio lugar y los movimientos de cámara que Resnais utiliza para mostrárnoslos recuerdan al Kubrick de “El resplandor” (The Shining, 1980) y a su hotel Overlöok. Allí existía una ambigüedad que aportaba atmósfera a la historia; pero en este caso no existe tal historia, tan solo hay exhibicionismo y/o un más que discutible intento de experimentación narrativa.

Si tal cosa tenía cierto protagonismo dentro de la intención del director francés, la sensación de claustrofobia, de encierro, que desprende en alguna medida la situación que parecen vivir los personajes  de “El año pasado en Marienbad” –encerrados en el tiempo además de en Marienbad– tiene un nexo de  unión con su contemporánea “El ángel exterminador”  (1962), de Luis Buñuel, quien curiosamente había declarado que “a veces he lamentado haber rodado en México “El ángel exterminador”. Lo imaginaba más bien en París o en Londres, con actores europeos y un cierto lujo en el vestuario y los accesorios”[1]. Buñuel atinaba con su intento de metáfora desasosegante; Resnais opta en cambio por una inclasificable abstracción, cuyo posible/supuesto significado es de difícil visibilidad.

Los juegos que Michael Haneke se permitía en “Funny Games” (Funny Games, 2007), rompiendo los convencionalismos narrativos asumidos frente al espectador (la ruptura de la cuarta pared para que el personaje se comunique directamente con el público), o que Mario Bava utilizaba como anécdota en “Operazione Paura” (1966) (la persecución de un personaje traspasando a la carrera puerta tras puerta, hasta alcanzarse a sí mismo en una prodigiosa idea visual que constituía toda una fractura espacio-temporal dentro de ámbito fílmico) constituyen ejemplos similares en cuanto al desconcierto que generan algunos momentos de “El año pasado en Marienbad”.

En los casos anteriores prima lo anecdótico, pero en la película de Resnais lo anecdótico se convierte en generalidad. Con todo –y como ya había hecho en la interesante y algo más convencional, pero a la postre igualmente reiterativa, “Hiroshima mon amour” (1959) y en el espectacular bodrio que es “Te amo, te amo” (Je t´aime, je t´aime, 1968)–, Resnais trata de dislocar el sentido del tiempo gracias al montaje, creando una especie de bucle donde la idea literal del argumento (cualquiera que sea la que su autor haya pretendido) es repetida una y otra vez, simplemente con cambios en el vestuario de los personajes, en el punto de vista de la cámara o en el lugar físico donde se desarrolla la acción. Como coartada para su función experimental está bien, como modelo de renovación de la formas de narrar es un intento estimable, pero aburre tanta insistencia sobre lo mismo, sin suficiente anchura y empaque en su discurso, no terminando de llegar a ningún lado.


No parece éste (el de Resnais) un camino fértil si se quiere ir más allá de la anécdota. Un traje elegante no es nada si no tiene un cuerpo que vestir; no es más que algo que contemplar en un escaparate. Pero para gustos los colores, que se dice, y el prestigio de “El año pasado en Marienbad”, justo o injusto, ahí está.

Juan Andrés Pedrero Santos

viernes, 17 de junio de 2016

River


Si hay algo destacable de la esencia misma de las producciones británicas es su inagotable capacidad de innovación. Una ficción que se atreve a casi cualquier cosa, que cuanto más riesgo asume más se luce y que consigue romper moldes con una naturalidad cautivadora.


Un gran ejemplo de esta destreza es ‘River’, el último thriller de la BBC que con muy poco logra reinventar el género más transitado de la producción inglesa. Una serie de investigación en la que el caso en cuestión es mera excusa para meternos en la desvencijada mente de su protagonista. Estamos ante un thriller con un cautivador fondo psicológico que técnicamente regala unas libertades narrativas que encandilan a cualquiera.


‘River’ sigue al oficial de policía John River en la investigación del asesinato de una compañera de trabajo. Una trágica muerte que le llevará a buscar desesperadamente la verdad sobre esa mujer con la que compartía mesa cada día pero que guardaba secretos que ni él conocía. Un caso muy bien construido que hace su apuesta más arriesgada narrándolo desde el punto de vista de un oficial que se implica en los casos hasta tal punto de acabar hablando con sus recreaciones mentales de las víctimas, o “manifiestos” como él los llama. ¿Quién no ha hablado alguna vez solo?


Mientras River habla con sus proyecciones mentales la gente lo mira con miedo, desconfianza y pena. Pero no hay que dejarse engañar, River no está loco, no estamos ante un esquizofrénico incapaz de crear empatía. Es justamente todo lo contrario, se implica tanto que su mente revive a las víctimas para llegar poco a poco al final del caso. Un juego psicológico en el que entra también en escena su álter ego. Una narración psicológica que les permite crear momentos con magia (la escena final de la serie es maravillosa).


Un thriller que arriesga y en el que el caso está desde el primer momento a las órdenes de la mente de su protagonista. Impecable construcción de personajes, fotografía británica y una banda sonora que, pese a estar casi ausente, te dejará canturreando días después. Un caso tras el que se esconde también un mordaz reflejo de la inmigración en el Reino Unido. Una clase social machacada por estereotipos en su búsqueda por una vida mejor.
Guión, técnica y, como no podía ser de otra forma, reparto. ‘River’ pone con éxito todo su peso sobre dos grandes de la interpretación: Stellan Skarsgård​ y Nicola Walker.


Él borda esas facetas contenidas y delirantes de su protagonista. Ella juega magistralmente con los matices propios de su personaje.


‘River’ ha sido creada y escrita por Abi Morgan, ganadora de un Emmy por el guión de ‘The Hours’. Pese a su éxito la cadena aún no ha dicho si habrá segunda temporada. Stellan Skarsgård​ ha dicho que “No veo cómo puede seguir la serie, pero si Abi Morgan tiene otra brillante idea para continuar la serie no dudaría en aceptar”. La temporada está compuesta por seis capítulos de una hora de duración.
                                                                                                                                        Alfredo L.Zamora

sábado, 11 de junio de 2016

Un mundo en el que aún se escriben cartas.


Me pasa a menudo: amigos y conocidos me dicen que me ponga el whatsapp y cosas así. También me ocurre a menudo, cuando digo que estoy escribiendo una carta, o que voy a Correos a mandarla, que la gente se sorprende. Como si fuese algo de otro mundo. Como si yo fuese un bicho raro por no tener smartphone y seguir escribiendo a mano, mandando cartas.

No sé, a lo mejor es que soy una antigua, pero para mí no tiene punto de comparación un mensaje de whatsapp -o muchos- con una carta, aunque sea breve, una tarjeta o una postal. Desde luego, me hace sentir mucho más especial recibir una carta de lo que me lo haría sentir un whatsapp, estoy segura. Detrás de una carta hay muchas cosas: una persona piensa en ti, y se ha tomado la molestia de reservar un tanto de su tiempo para sentarse a escribirte, contarte cosas y preguntarte por tu vida. Dentro de este proceso encontramos infinidad de grados, desde la naturalidad desenfadada de una nota escrita en una hoja de libreta con un bolígrafo Bic hasta la carta escrita con pluma, con tintas de distintos colores, con citas célebres, ... Pero todas, todas tienen valor y todas comparten la misma esencia. Detrás de un whatsapp o un privado de Facebook puede también haber un recuerdo, un sentimiento o nostalgia, pero puede pasar que el autor, simplemente, estuviese aburrido y se tropezase con tu contacto en su smartphone. No sé si me explico. A veces me pregunto si esa gente que me mira raro cuando digo que escribo cartas, cuando insinúo que no es lo mismo una carta que un mensaje en una pantallita, ha recibido alguna carta manuscrita en su vida, si ha sentido algo parecido a lo que yo siento cuando las recibo. Y a veces hasta me pongo triste.

Yo no soy una gran escritora de cartas. Mis cartas no son nada de otro mundo, y probablemente están más cerca de la nota escrita rápido y con un boli bic que de una carta cuidada, si no fuese porque tengo una tendencia enfermiza a alargarme. Sin embargo cuando escribo una carta me dedico a pensar cada palabra y cada expresión, a recordar anécdotas o historias, a aconsejar sinceramente si se me pide consejo y, a veces, a desnudar mi alma y mis temores.

Sí, parece que por carta cuesta menos decir las cosas, ¿verdad? Al menos a mí me pasa. Yo he sido muy de cartas de amor y desamor. Madre mía, las ñoñadas que tiene que haber pululando por ahí de mi puño y letra. Y las que escribí y no llegué a enviar. Recuerdo con ternura aquella carta en la que puse muchos, muchos meses de amor en la sombra, muchos, muchos, de la incertidumbre de haber estado pendiente de un "perro del hortelano". Recuerdo con orgullo que reuní en valor suficiente para ponerla en el abrigo de su destinatario, en un bolsillo. No os riáis, que eso para mí era mucho. Y recuerdo como, semanas después, él me contestó que mis palabras eran preciosas. Eso sí, en un sms...

La cuestión es que, mientras escribo una carta, pongo en ella mucho de mí para que la persona que la recibe se sienta especial al leerla. Y no creáis, también hay un poco de miedo escénico, sobre todo cuando envío la primera carta a un destinatario particular. ¿Entenderá mi letra? ¿Se aburrirá? ¿Creerá que soy muy pesada? ¿Se dará cuenta de que para mí esto es muy, muy importante? Porque hay cosas que se hacen porque hay que hacerlas, y pueden hacerse con desgana. Para mí escribir cartas no es una de esas cosas.  Ni recibirlas y leerlas. Ya sabéis que tengo mi ritual: encontrar un momento de paz y silencio, ponerme cómoda, abrir la carta despacio, recorrer cada una de las palabras con calma y dejarme llevar por ellas. Y a veces, releer.

A lo mejor pensáis que soy demasiado intensa con esto. Seguramente. Estoy releyendo párrafo a párrafo y me da un poco de vergüenza, pero es que no puedo cambiar nada, porque es la verdad. Lo que pasa es que no soy la única. Me consta que no lo soy.

Adoro todas y cada unas de las cartas que me manda la gente que me aprecia. Todas y cada una. Cuando estoy triste leo las tarjetas que he recibido, o miro los dibujos que me han enviado. Y leo, una y mil veces, las cartas, que guardo como un tesoro. Pero este post, que llevo rumiando desde hace varios días, ha sido escrito hoy porque precisamente hoy he recibido una carta. Bueno, era más bien un paquetito, pero traía su carta correspondiente. Y se ha notado que su autora, si no tiene una concepción tan intensa de lo que supone escribir y recibir cartas como la mía, se acerca. Lo he notado en los colores, en el celo, en mi nombre escrito con un bolígrafo de purpurina y seguido de un corazón, en el trozo de papel de regalo con el que subrayaba el "Querida Bettie" (cómo adoro esas dos palabras). Y lo he notado en el esfuerzo que había tras la carta: he podido percibir las ganas de alguien de darme las gracias por cosas que yo creía que no recordaba y que no habían significado tanto para ella y la pelea por encontrar las palabras adecuadas para hacerlo. Y he sentido oleadas de cariño cuando me explicaba el por qué del detalle que ha hecho especialmente para mí. Se me ha escapado una lágrima de emoción que se ha juntado con una carcajada cuando he leído, en la posdata, que me daba permiso para abrir el regalo.

Y bueno, el regalo ya es... una de las cosas más bonitas que he tenido entre mis manos. Todo en él me recuerda a mí y, sin embargo, en cada detalle la veo a ella, y percibo la paciencia, la sonrisa mientras colocaba cada detallito en su sitio y el nerviosismo mientras lo envolvía, pensando si habría acertado, si me gustaría tanto como ella esperaba.  No me resisto a mostrarlo:


No se aprecia bien en la foto.  Es una maletita hecha de cartón -como una caja de cerillas-, llena de libritos, con mi inicial, con perlitas, algunas hojas de papel manuscrito, ¡y todo en un tamaño minúsculo! No perdáis tampoco el detalle de las fotos vintage de la maleta. ¡Ains! ¿Cómo habrá metido todo eso ahí mi amiga por correspondencia?

Pero el detalle, aunque maravilloso -no puedo dejar de mirarlo-, no es lo más importante. Es lo que hay detrás, algo que ya había sentido mientras sostenía el folio de papel verde entre mis manos temblorosas, en parte por la emoción y en parte por los nervios (que he tenido una mañana movidita), y que me había tranquilizado, porque era como recibir una caricia: el cariño de una persona que, a pesar de todo, me ha dado la importancia suficiente como para dedicarme parte de su tiempo.

Tiempo, sí. Vale más que el dinero últimamente. En estos días en los que todo se hace y se dice con prisas, que te dediquen tiempo es algo que conmueve.  Pero no todo está perdido: doy gracias por vivir en un mundo en el que aún se escriben cartas...


Hoy estoy... sensible
Y estoy escuchando...Tierra de nadie - Barón Rojo
Bettie Jander

martes, 7 de junio de 2016

Happy Vallley


A la hora de hacer ficción los británicos son expertos en hacer dramas tan intensos que remueven por dentro al espectador.  Hoy voy a hablar de uno de ellos, ‘Happy Valley’, la última serie de BBC que con su primera temporada ya ha conquistado tanto a crítica como a audiencia. La serie sigue los pasos de Catherine Cawood, un sargento de policía que intentando resolver un secuestro se verá cara a cara con el hombre que destruyó su familia tiempo atrás. Aquí tenéis cinco razones por los que deberíais verla.


EL GANCHO
El rapto de la hija de un hombre de negocios del pueblo será el punto de partida de un caso policial que dinamitará su rutina, amenazará su vida y acabará convirtiéndose en una obsesión personal. Catherine, que perdió trágicamente a su hija años atrás, está divorciada y vive con su hermana y su nieto. Un entorno familiar aparentemente estable que no tardará en resquebrajarse. Un entramado de incógnitas que atrapa desde el primer capítulo.



AMBIENTE CARGADO
Una trama con gancho narrada en un ambiente en el que la tensión se siente en cada plano y los sentimientos se respiran en cada gesto. ‘Happy Valley’ es otra muestra grandiosa de la maestría de los británicos haciendo ficciones tan humanas y realistas que el espectador acaba completamente absorto identificándose con la historia como pocas ficciones son capaces de hacer.


SARAH LANCASHIRE
Pese a lo milimétrico de la narración y la diversidad de personajes, la gran mayoría del peso de la ficción recae sobre el personaje de Catherine. Sarah Lancashire (que acaba de ganar un un BAFTA por su actuación en ‘Last Tango in Halifax’) es la encargada de dar vida a un personaje que sufre situaciones anímicas extremas y que supone un reto interpretativo tremendo. Un reto que supera sobradamente con unas interpretaciones sobrecogedoras que logran que desde el primer capítulo la empatía del espectador con su personaje sea fortísima. Una interpretación merecedora de otro


DRAMA MILIMÉTRICO
El piloto de ‘Happy Valley’ parte con varias tramas independientes que irán poco a poco encajando milimétricamente una con la otra. Los motivos de la desestructuración de la familia de Catherine, el desencadenante del secuestro  y la investigación policial confluyen en un punto en el que la narración es tan fuerte que no hay forma de que decaiga.


SECUNDARIOS
El personaje de Catherine no tendría todos los matices que tiene si no nos los enseñara a través de un riquísimo abanico de personajes secundarios que interactúan con ella. Una construcción de personajes cargados de tintes psicológicos en los que ninguno se pisa y todos son capaces de aportar algo de valor a la historia.
Alfredo L.Zamora