miércoles, 29 de junio de 2016

La grande bellezza


Viajar es útil, ejercita la imaginación
Todo lo demás es desilusión y fatiga
Nuestro viaje es enteramente imaginario
Ahí reside su fuerza
Va de la vida y la muerte
Personas, animales, ciudades y cosas es todo inventado
Es una novela, nada más que una historia ficticia
Lo dice Littre, él no se equivoca nunca
Y además, cualquier puede hacer otro tanto
Basta cerrar los ojos
Está en la otra parte de la vida
Louis-Ferdinand Celine
"Viaje al fin de la vida"

Es necesario comenzar a bucear en 'La gran belleza' a partir de la primera frase que abre la película.
Porque al fin y al cabo, en ella se encuentra contenido todo lo que vamos a ver a continuación. Un viaje hacia las profundidades de un hombre que ha perdido el sentido de su vida, que ya no es capaz de imaginar, de crear, de sentir, y que se ha refugiado en la nada, en el vacío. Un vacío ('il vuoto') que se explicitará muchas veces a lo largo de una película que está recorrida por las constantes preguntas, por el cuestionamiento interior, por la lucha de encontrar un sentido que permita seguir adelante.


La cámara se posará en muchos momentos en el talante pensativo de Jep Gambardella (un inspirador Toni Servillo), porque en realidad, la película transcurre en su interior, en esa historia ficticia que está intentando contar. Jep lucha contra esa desilusión y fatiga de la que habla Celine, pero es incapaz de reaccionar. De alguna manera, ha terminado por conocerse a sí mismo, y cuáles son sus debilidades humanas. Ha vivido, ha gozado de una situación privilegiada, pero nunca olvidará aquél destello de belleza inspirador que se quedó clavado en su mente y del que jamás ha podido escapar. Ahora no sabe si es demasiado tarde. Instalado en su gran piso con vistas elitistas, dando fiestas nocturnas que se confunden las unas con las otras en una maraña de interminable desconcierto y de descontrolada y falsa felicidad. Y sin embargo, esa punzada ahí, en su corazón, esa flecha que todavía no se ha quitado del todo y que se ha convertido en su condena. Jep lo tiene todo, pero al mismo tiempo nada. Como él mismo dice, él y sus amigos son despojos, son seres a los que se les debería tener compasión, porque de una u otra manera, están heridos. Pero también son supervivientes, dinosaurios en peligro de extinción que son los únicos aptos para seguir poblando una ciudad que solo ellos saben habitar: Roma.


Todos los personajes más jóvenes, van falleciendo a su alrededor, como si se tratara de un réquiem interminable en el que solo las cosas perpetuas terminan quedando. Jep y sus amigos son como los monumentos de Roma: Siempre están ahí, su naturaleza es perpetua. No se mueven, están estancados, embalsamados. También están profundamente perdidos, desorientados en sus propios marasmos personales, en sus propias contradicciones. Pero no se mueven. ¿Para qué? Son como esos trenecitos que hacen en las fiestas de Jep que no van a ninguna parte. Todo inmóvil.

El desencanto. "Roma me ha decepcionado", dice uno de los personajes, el interpretado por un soberbio Carlo Verdone en una de las escenas más maravillosas de la película, en la que mediante un truco ilusionista desaparece una jirafa y al mismo tiempo también él se va diluyendo más allá de los límites de la pantalla. El desencanto lo inunda todo, como la crisis creativa de Jep por la que reiteradamente le preguntan: "¿Por qué no ha vuelto a escribir otro libro?". ¿Por qué?


Analizar 'La gran belleza' desde su forma, sería condenarla a un punto de vista demasiado superficial. A Sorrentino le gusta el exceso, las florituras estilísticas, su cámara se desliza de una manera espectacular por corredores, se sitúa arriba en panorámicas enloquecidas, abajo a nivel de subsuelo de los personajes, va danzando como si fuera una sinfonía. A algunos les parece un estilo recargado y exagerado, totalmente gratuito. Para quien esto suscribe, es música celestial. Pero no hay que dejarse llevar por las apariencias, por la superficialidad que es precisamente lo que condena la película. 'La gran belleza' es mucho más, casi se podría vivir dentro de ella dad la cantidad de cosas que apunta. Es una forma de sentir, de entender el mundo, por eso cada uno encuentra en ella su propia película. Sorrentino la carga de significados, multiplica su dimensión hacia millones de esquinas inesperadas que se van complementando de una manera muy armoniosa.


Lo sacro frente a los profano, el hastío frente al hedonismo, lo vulgar frente a lo sofisticado, la pureza frente a la perversión. Porque en todas esas contradicciones está el hombre. También una ciudad, Roma. La Roma de las monjas, de lo religioso, pero también de la decadencia, de la desidia moral, de la corrupción política, la Roma de los turistas, la Roma monumental, la que se admira, y la que se detesta. Roma es como Jep, y Jep se ha convertido en la esencia de Roma, pura cáscara en la que hay que rebuscar para encontrar autenticidad.


De nuevo la cita de Celine, ese viaje imaginario que al fin y al cabo es nuestro recorrido por una película que guarda dentro de sí paisajes casi como soñados. El paseo nocturno por los palacios, los flamencos posados en la terraza, las monjas correteando por los jardines, el mar que Jep ve en el techo de su habitación… hay muchos elementos que casi parecen abstracciones, como si nos encontráramos en la mente del protagonista, lo cual es muy interesante y perturbador. Como esa obsesión por la muerte, ya desde la inscripción de la primera imagen de la película: "Roma o morte". Y dentro de ese panorama mortuorio, lleno de símbolos, ese animal herido que diría Philip Roth, ese dandy apático y nihilista que se pregunta constantemente: "¿Quién eres tú?". Y una niña desconocida le responde: "Tú no eres nada". Y ese es el viaje al final de la vida. Porque esta es una película que va de la muerte, no nos olvidemos. Y del fin. Y de la necesidad de, en medio de todo ese cansancio, seguir de alguna manera hacia delante como cada uno crea conveniente. Imaginando, soñando, sufriendo o riendo. Cerrar los ojos y pensar en ese momento de gran belleza que de alguna manera a todos nos acompaña. Y aceptar que ya no volverá, pero que siempre estará ahí para acompañarnos como fuente inspiradora.


A favor: El tándem Sorrentino / Servillo, que sacan oro puro. Que es una de esas pocas películas que quedarán como un clásico contemporáneo.
En contra: Que muchos se queden con el envoltorio y no con lo que realmente importa de la película.

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