sábado, 30 de julio de 2016

El velero


Es lo mejor que me podía ocurrir, la ilusión de mi vida, comprar un velero.
Esta mañana se ha hecho realidad y me dispongo a cruzar esta semana una vez llegado a Denia, hasta Ibiza y Formentera.
Tuvimos que esperar unas horas a que amainase el fuerte viento de N y así no encontrar tanta mar de proa que haría incómodo y lento el viaje. Partimos cerca de las 18:00, esperando encontrar abrigo a lo largo de la costa de Granada y Almería durante las primeras horas de la travesía. Iremos cuatro.
Al oscurecer no teníamos casi viento, motor a 2600 RPM y encendemos las luces de navegación. Yo me acuesto pronto, tengo sueño así que haré una guardia más tarde. Me despierto sobre las 03:00, está entrando algo de viento y rolando a E. Por la radio escuchamos barcos que, unas millas más adelante anuncian rachas de 20 kts. Rizamos la mayor en previsión, siempre es más cómodo hacerlo antes de que entre la castaña, y más de noche. Paco va al palo con el arnés y yo ayudo desde la bañera. En 5 minutos queda listo, y 5 minutos más tarde nos encontramos el viento anunciado.
Me paso varias horas al timón, identificando constelaciones, algunas de memoria y otras en una aplicación del iPhone de Alberto que con sólo apuntar al cielo te dice cuál es cuál. Acojonante eh!
Por estribor se ve la contaminación lumínica de Almerimar, un poco mas adelante Roquetas , reflejada en la capa de inversión, que se aleja dejando sólo la luz intermitente del faro de Garrucha, 4 destellos, 20 segundos y vuelta a empezar.


Una luna enorme, que aparece poco antes del amanecer nos deja sin estrellas. Hace frío y la humedad va calando poco a poco. Me cubro bien y espero al mejor momento de la travesía: el amanecer en el mar. Cuando llega estoy tan tieso que ya no estoy tan seguro de que sea el mejor momento de la travesía, pero agradezco que salga el sol para ir desentumeciendo todo el cuerpo.
El sol trae más viento, del través. Seguimos con un rizo y con solo la vela mayor conseguimos medias de 7 nudos. Ahorramos combustible que queda poco. Los delfines vuelven a visitarnos  y el día transcurre tranquilo hasta el atardecer. Ya frente a Denia izamos “la metralleta asesina”, el asimétrico para ventolinas que nos ayuda a mantener un poco la media… aunque por un rato y a un rumbo que ya no nos conviene. Acabaremos encendiendo el motor y enfilando directamente a la bocana del Port de Denia.


Con cierta parsimonia anudé un cabo a la argolla del ancla y con el otro extremo del cabo me rodeé la cintura con fuerza. Había hecho esos nudos miles de veces y esta vez tampoco me equivocaría. Cogí el ancla entre mis brazos y la apreté contra mí. Estaba fría. Estaba muy fría. Un escalofrío me recorrió la espalda. El frío me heló el alma. Barco chico alma clara… Y fría , muy fría. Saqué los pies por fuera de la borda y me senté. Cerré los ojos. Por un momento los tibios rayos del sol me devolvieron algo de calor. Me dejé caer resbalando lentamente hasta que me hundí bruscamente en el agua. Frío. Aún más frío todavía . Apreté con más fuerza aún el ancla y miré una última vez hacia arriba atisbando algo de claridad. Después todo se hizo oscuro… y frío. Un dolor intenso en mi pecho que me quemaba me volvía loco de dolor. Luego el frío infinito.
Al abrir los ojos no vi el barco, ni la superficie de agua marina, ni una sola ola. Vi la estantería, la ventana entreabierta, el pequeño escritorio, mi Ipad cargándose…
(c) Angel 2016

viernes, 8 de julio de 2016

Dream


                                                                           (Foto: Ferdinando Scianna)

Aquella mañana, al levantarse, notó que iba a ser un día diferente, una invisible brisa la sacudió de arriba abajo. Eran las siete menos diez, se acercó a la ventana y comprobó que estaba diluviando.
Se dirigió al cuarto de baño y como siempre, se miró distraídamente en el espejo. La impactó la desconocida imagen que éste le devolvió. Se palpó el rostro con incredulidad. Por un segundo creyó estar en un sueño. Pero no era así, cuando uno está soñando, las órdenes que envía y recibe el cerebro no se ejecutan al instante, tienen vida propia y no son atendidas hasta que finaliza su acción al despertar. En cambio ahora sabía que estaba despierta ya que podía decidir y ser dueña de sus actos, desnudarse, abrir un grifo, o desplazarse por cualquier estancia de la casa.
No cabía la menor duda de que esa persona desconocida era ella. Aunque el color del pelo y su cuerpo hubieran cambiado. Era más alta y esbelta y había rejuvenecido veinte años.
Inexplicablemente asumió con naturalidad la nueva situación. Por fin, parecía que su vida estaba a punto de iniciar un nuevo ciclo. Se le estaba dando una nueva oportunidad  para forjar el futuro que tantas veces había deseado.
Se alegró de su manía de no desprenderse de la ropa en desuso, rebuscó entre las bolsas, cajas y maletas que guardaba en el armario. Al final, encontró el vestido negro, el que había estrenado en su veinte aniversario. Aquel día mientras cenaban, Mario le regaló la sortija de compromiso, le propuso matrimonio y le prometió amor eterno.
Eva entonces no sabía que amor eterno es un concepto filosófico imposible de medir y muy difícil de cumplir. Entre ellos, la eternidad prometida duró siete años, al cabo de los cuales él renovó su promesa amorosa con Celia, una escultural cubana de dieciocho años que había conocido en una de sus múltiples “cenas de trabajo”. En fin, eso pertenecía al pasado.
Acabó de arreglarse y se miró de nuevo al espejo, necesitaba volver a comprobar que la imagen reflejada seguía siendo la misma que la de la mañana. Y sí lo era, el  viejo vestido le quedaba como un guante y potenciaba su espléndida nueva figura.
Se puso el perfume que aún no había estrenado. Recordó que fueron varias cosas las que influyeron en su compra, el original y bello diseño del frasco, el nombre y el eslogan con el que lo  promocionaban,  “DREAM… el  mágico aroma para mujeres que aman el riesgo”.
Se puso unas gotas en la muñeca y aspiró el aroma, realmente no se parecía a ninguna esencia conocida, era envolvente, delicioso, con un toque dulce y a la vez seco, una amalgama de fragancias difícil de disgregar. Olía a todo lo bueno que merece ser olido, además su nombre era toda una premonición aunque entonces ella no lo supiera.
Cogió el paraguas y se puso el impermeable rojo, volvió a mirarse, esta vez en el espejo del recibidor y salió de casa.
La puerta al cerrarse sonó como el pistoletazo de salida de una carrera... (-CONTINÚA-)
LOLA ENCINAS

miércoles, 6 de julio de 2016

Billions


La primera escena de la serie Billions no es apta para todas las edades. Paul Giamatti está atado de pies y manos en el suelo y con una mordaza en la boca. Solamente lleva ropa interior y una camisa azul desabrochada. Se escuchan pasos y aparecen unas botas de látex. “¿Necesitas que te castiguen, verdad?”, dice una voz femenina que aguanta un cigarro con la mano derecha. “Quizá te dejaré marcas”, avisa antes de apagarle el cigarrillo en el pecho. Y, a continuación, orina sobre la herida para curarle la herida.


Habían anunciado que Billions sería un drama sobre un multimillonario, habían publicitado un duelo de altura formado por Paul Giamatti y Damian Lewis (ganador de un Emmy por Homeland) y era uno de los proyectos de la temporada. Y, así de sopetón, se marcan una escena de introducción con dominación y vejación incluida para dejar claro que sí, esto es una serie de Showtime.


La llamativa escena de 'Billions'.
Esto es como cuando Carrie Mathison se lavó la entrepierna con un pañuelo en una de las primeras escenas de Homeland. ¿Era necesario? Probablemente no. Pero este canal conocido entre los seriéfilos por haber lanzado Dexter, Californication, Weeds, Nurse Jackie y compañía prefiere las presentaciones fuertes. Al fin y al cabo es de pago como HBO y esto significa que se puede permitir las licencias que quiera. Por si acaso esto no quedase claro, se percibe un desnudo frontal borroso de Lewis tirándose a la piscina (la cámara le enfoca desde debajo del agua). Y, otra vez por si acaso, sueltan unos cuantos “fucking” muy bien señalados, prácticamente con primerísimos primeros planos de los labios diciendo la palabra censurada en la televisión en abierto.


Esto no quiere decir que Billions sea mala, ni mucho menos. Rápidamente despierta la curiosidad con el personaje de Bobby Axelrod (Lewis), un multimillonario que fue el único superviviente de un fondo de inversión durante el 11 de septiembre, un supuesto ciudadano ejemplar que el fiscal del distrito Chuck Rhoades (Giamatti) sospecha que apesta a corrupción. Es una serie perfecta para los tiempos que corren: mientras las diferencias económicas se ensanchan y unos pocos dominan la economía mundial, nosotros nos conformamos con imaginarnos que les dan caza (mientras se compran casitas en la playa de ochenta millones).


Además, las tendencias masoquistas del protagonista le dan cierta complejidad al personaje de Giamatti, que se dedica a mostrar fortaleza en su vida pública y luego desea que le humillen tras cerrar la puerta. Es otra capa más del juego de poder entre Rhoades y Axe, y sus mujeres interpretadas por Maggie Siff (Sons of anarchy) y Malin Akerman (Watchmen). Pero esta necesidad de crear un impacto es el defecto recurrente de Showtime: no da tanto la impresión de aprovechar el medio para explicar las historias como quiere sino de buscar el punto retorcido y la escena polémica para llamar la atención y justificar estar en la televisión de pago.



Maggie Siff necesita más escenas.
Salvo contadas excepciones (Penny dreadful, que juega en otra liga) suele prevalecer la forma que el contenido cuando ya tienen un argumento suficientemente atractivo y esto tiene sus consecuencias en un Giamatti totalmente sobreactuado, excesivo como su escena de presentación (que podría haber aparecido en mitad del episodio y hubiera encajado mucho mejor). No es buena señal que como espectador rece para que Lewis y Siff y Lewis y Akerman tengan más escenas juntos en detrimento de Giamatti (la escena del matrimonio Axelrod educando a sus hijos no tiene desperdicio), pero por lo menos significa que hay potencial.

Y, de paso, los guionistas Brian Koppelman, David Levien y Andrew Ross Sorkin podrían aprovechar para darle algo más de dirección. Sí, resulta francamente entretenida de ver pero se echa en falta más agallas en su puesta en escena. Podría ser prácticamente un thriller económico y generar más tensión en todos y cada uno de los encuentros, pero parece quedarse en la superficie de aquello que tiene que ser una serie de Showtime (que es parecerse a una serie de HBO).
PERE SOLÀ GIMFERRER,