viernes, 8 de julio de 2016

Dream


                                                                           (Foto: Ferdinando Scianna)

Aquella mañana, al levantarse, notó que iba a ser un día diferente, una invisible brisa la sacudió de arriba abajo. Eran las siete menos diez, se acercó a la ventana y comprobó que estaba diluviando.
Se dirigió al cuarto de baño y como siempre, se miró distraídamente en el espejo. La impactó la desconocida imagen que éste le devolvió. Se palpó el rostro con incredulidad. Por un segundo creyó estar en un sueño. Pero no era así, cuando uno está soñando, las órdenes que envía y recibe el cerebro no se ejecutan al instante, tienen vida propia y no son atendidas hasta que finaliza su acción al despertar. En cambio ahora sabía que estaba despierta ya que podía decidir y ser dueña de sus actos, desnudarse, abrir un grifo, o desplazarse por cualquier estancia de la casa.
No cabía la menor duda de que esa persona desconocida era ella. Aunque el color del pelo y su cuerpo hubieran cambiado. Era más alta y esbelta y había rejuvenecido veinte años.
Inexplicablemente asumió con naturalidad la nueva situación. Por fin, parecía que su vida estaba a punto de iniciar un nuevo ciclo. Se le estaba dando una nueva oportunidad  para forjar el futuro que tantas veces había deseado.
Se alegró de su manía de no desprenderse de la ropa en desuso, rebuscó entre las bolsas, cajas y maletas que guardaba en el armario. Al final, encontró el vestido negro, el que había estrenado en su veinte aniversario. Aquel día mientras cenaban, Mario le regaló la sortija de compromiso, le propuso matrimonio y le prometió amor eterno.
Eva entonces no sabía que amor eterno es un concepto filosófico imposible de medir y muy difícil de cumplir. Entre ellos, la eternidad prometida duró siete años, al cabo de los cuales él renovó su promesa amorosa con Celia, una escultural cubana de dieciocho años que había conocido en una de sus múltiples “cenas de trabajo”. En fin, eso pertenecía al pasado.
Acabó de arreglarse y se miró de nuevo al espejo, necesitaba volver a comprobar que la imagen reflejada seguía siendo la misma que la de la mañana. Y sí lo era, el  viejo vestido le quedaba como un guante y potenciaba su espléndida nueva figura.
Se puso el perfume que aún no había estrenado. Recordó que fueron varias cosas las que influyeron en su compra, el original y bello diseño del frasco, el nombre y el eslogan con el que lo  promocionaban,  “DREAM… el  mágico aroma para mujeres que aman el riesgo”.
Se puso unas gotas en la muñeca y aspiró el aroma, realmente no se parecía a ninguna esencia conocida, era envolvente, delicioso, con un toque dulce y a la vez seco, una amalgama de fragancias difícil de disgregar. Olía a todo lo bueno que merece ser olido, además su nombre era toda una premonición aunque entonces ella no lo supiera.
Cogió el paraguas y se puso el impermeable rojo, volvió a mirarse, esta vez en el espejo del recibidor y salió de casa.
La puerta al cerrarse sonó como el pistoletazo de salida de una carrera... (-CONTINÚA-)
LOLA ENCINAS

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