lunes, 31 de octubre de 2016

Historias para no dormir


La Chancillería de Granada guarda en una habitación, como si fuera una pieza de museo, el garrote vil que hasta hace pocos años se utilizaba para ajusticiar a los condenados.


 En Granada ha habido varios verdugos. Sin embargo, dos han pasado a la historia: Lorenzo Huertas, ejecutor a finales del siglo XIX, más conocido como el ‘Maestro Lorenzo’ o el ‘cortacabezas’, y Bernardo Sánchez Bascuñana, el último, fallecido en 1972.


La historia cuenta que los dos verdugos vestían de la misma manera cuando había que trabajar: con una capa negra y sombrero de ala ancha, y es así vestido como dicen que ha aparecido la extraña figura en la Real Chancillería. La aparición data de 1988, cuando una limpiadora del edificio presenció la aparición de una figura, sin rostro, pero ataviada con una capa negra y sombrero de ala ancha. Segundos después, la figura desapareció al final del pasillo, el pasillo donde se guarda, todavía, el garrote vil.


La figura iba vestida con capa larga y sombrero de alas anchas. Con gran asombro pudo constatar que el rostro del extraño personaje estaba completamente lívido y, si en él presentaba algún tipo de facciones, éstas eran apenas reconocibles. Lo más extraño, no obstante, fue que la limpiadora apreció que entre el borde inferior de la capa y el suelo existía una amplia franja de aire, una distancia de unos centímetros en la que no se dejaba apreciar calzado alguno. Era como si la figura flotara en el aire. Se sintió alarmada por la aparición al tiempo que un intenso escalofrío de miedo le recorría todo el cuerpo. Pero, de nuevo, la curiosidad pudo más que el pánico. Bajó a renglón seguido las escaleras hacia el piso inferior y, cuando todavía estaba en los últimos escalones, pudo ver con más nitidez al misterioso aparecido. En sus facciones indefinidas no podían adivinarse los ojos, aunque si una inquietante frialdad en el semblante. Encarna se atrevió entonces, casi sin proponérselo, a dirigir sus pasos al lugar donde se encontraba la extraña figura. En ese instante el aparecido se alejó de su lado de una forma inusual, sorprendente, que terminó por convencerla de que estaba ante un ser de otro mundo. Sin volverse, retrocediendo de cara a la limpiadora, el fantasma comenzó a perderse al fondo del pasillo, en un oscuro vestíbulo que desembocaba en una habitación cerrada a cal y canto. Antes de que el pánico espoleara a Encarna escaleras arriba de nuevo, la limpiadora se atrevió a pronunciar una pregunta al extraño personaje ¿Quieres algo de mí?.



Su pregunta no halló respuesta alguna. Una vez en el palomar, con el corazón latiendo a todo ritmo, con los nervios a flor de piel, comentó con su compañera lo que le había sucedido. La inquietud no hizo sino aumentar cuando las dos limpiadoras cayeron en la cuenta de que el lugar en el que se había perdido la extraña figura al final del pasillo, una vez traspasado el vestíbulo, desembocaba en la habitación destinada a guardar los enseres personales y los instrumentos del verdugo. Las voces de alarma de las dos limpiadoras llegaron a oídos de los guardias civiles que permanecían en esos momentos en el puesto de vigilancia, situado en el piso bajo. Cuando las limpiadoras se atrevieron a bajar las escaleras y Encarna relató que creía haber sido testigo de una aparición, uno de los guardias civiles preguntó: “¿No vestiría ese fantasma capa y sombrero de ala ancha?”. El semblante guardia civil cambió de color cuando recibió una respuesta afirmativa. Según Encarna, este miembro la Benemérita pidió de inmediato en los días siguientes, por propia voluntad, el traslado a otro destino, ¿Sería él también testigo de las andanzas del fantasma del Verdugo de Audiencia, el popularmente llamado “Maestro Lorenzo”. Como consecuencia del suceso, aquel día se quedó sin limpiar el pasillo en el que se produjo la aparición. Encarna asegura también que, como pudo terminó lo más rápidamente su trabajo antes de dar por concluida la jornada. No en vano la limpiadora asegura que, en el tiempo que aún permaneció ese día en la Audiencia, pudo constatar que el ascensor comenzó a funcionar sin que nadie lo manipulara mientras ella se movía de una planta a otra del edificio.



La Audiencia granadina fue una de las únicas cinco sedes con verdugo a fin del siglo XIX. Por ese tiempo ejercía el cargo de ejecutor Lorenzo Gonzalez Álvarez también conocido como “El Maestro Lorenzo”, el cual, capa negra en mano, y sombrero de ala ancha, llevaba siempre como reliquia el garrote de María Pineda con la fecha de 1777, mientras recorría los bares para echarse al gaznate una copichuela de anís.



El maestro Lorenzo que decía ser de Baiona(Galicia), fue descrito por el periodista que lo entrevistó como un hombre pequeño y cargado de espaldas, con horribles protuberancias en la cabeza, mirada penetrante y maliciosa que presumía de ser muy bueno en su oficio y de tener sentimientos humanitarios.


 Posteriormente, Granada contó con el último de los  verdugos españoles, llamado Bernardo Sánchez Bascuñana. De sus doce actuaciones, una se llevó a cabo en Granada, en 1955, en la persona de Antonio Hernández, condenado por asesinar a tres familiares, por cuestiones de Herencia. Muchos granadinos recuerdan la tétrica figura de Bernardo atravesando Plaza Nueva, vestido con capa oscura y gafas de sol entrando en la Audiencia de Granada, maletín en mano. Falleció en Granada,  el último “Ejecutor de Justicia” de España. Nació en Carrión de los Céspedes (Sevilla) en 1905 y de joven quería estudiar, pero su padre no se lo permitió. El día de inicio de la Guerra Civil estaba en Granada por asuntos de negocios, se alistó en la Guardia Civil, y a partir de ahí participó en el conflicto del lado del bando nacional. En 1949, pasó a trabajar como verdugo para el Ministerio de Justicia. Tenía fuertes convicciones religiosas, lo que le llevó a participar en la fundación de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús de la Sentencia y de la Virgen de las Maravillas. Incluso, al enviudar por segunda vez, quiso ingresar en la orden franciscana.



Participó en el rodaje de “Queridísimos verdugos” un documental sobre los tres “Ejecutores de Sentencias” que ejercían en España, que se grabó de forma clandestina y que no vería la luz, hasta 1977, ya que hasta el 1975 estaba la pena de muerte en España. Vivió en el Sacromonte, y murió en 1972, y con él una época atroz de la historia de España. Vidas marcadas, cuyo oficio, no podría desempeñar cualquiera.

Historia de una pasión



La meticulosidad. La sencillez que oculta los laberintos de una mente inquisitiva.
Y ese pesimismo disimulado por su renuncia a lo sentimental.


Está claro: si Emily Dickinson no hubiera existido, Terence Davies habría tenido que inventarla para tener un alma gemela.


Tal vez esa sea la razón por la que el director de El largo día acaba, uno de los maestros de la autobiografía en imágenes, ha escogido una figura así, tan enclaustrada y tan poco dinámica, para su primer biopic y su tercer viaje a EE UU tras La biblia de neón y La casa de la alegría.


Si la reina de los poetas estadounidenses nunca se desprendía del diccionario, de sus libros de botánica y de la métrica de los himnos protestantes, moldes que le ayudaban a encauzar su imaginación, Davies siempre sigue las huellas de esas ‘películas de mujeres’ (de Ophüls, de Wyler, de Lean) que, visionadas en compañía de su madre y sus hermanas, le permitieron salir vivo de la adolescencia.


Y, en este caso, también las del Bergman de Gritos y susurros (¡esas hermanas ante la muerte!) y del Scorsese de La edad de la inocencia.
En parte gracias a ello, Historia de una pasión no sólo resulta una biografía modélica, por su renuncia a explicaciones facilonas sobre la conducta, o la sexualidad, de su antiheroína.


También funciona como una buena reflexión sobre el sadomasoquismo consustancial al melodrama, un genero que, al igual que la obra de Dickinson, gira en torno a nuestro sufrimiento, y a las formas que elegimos para ocultarlo.
Sumemos a todo ello unas formas tan suntuosas como siempre (sí: hay travellings cenitales, y filigranas con la iluminación), así como que Cynthia Nixon no sólo impone cuando interpreta a la protagonista, sino también cuando recita sus obras en off o frente a la cámara, lo cual resulta casi más importante.



Entonces, estará claro: si Terence Davies no existiera, Emily Dickinson habría tenido que inventarlo.

Yago García

viernes, 28 de octubre de 2016

Engrenages




 Durante la celebración de Madrid Imagen, este año centrado y dedicado a las series de ficción, se nos presentó “Engrenages”, serie francesa que centra su argumento en mostrar como se vive la ley y la justicia en el corazón del Palacio de Justicia de París. En su trama vemos a un joven sustituto del fiscal, humano e implicado y que actúa como personaje principal, a un juez de instrucción firme e incorruptible, a una abogada tan guapa como ambiciosa y una joven policía reconocida por su profesionalidad, quienes episodio a episodio nos descubren las dos caras de la justicia y el poder.


Aunque la serie comenzó a emitirse en Canal+ Francia en el año 2005, hay que subrayar que nunca se ha emitido en nuestro país, por lo que su “estreno” y participación en el festival estaba enmarcada en la invitación del país galo a esta edición. Es por ello que también se presentaron otras series como “Mafiosa” de Hugues Pagan en donde se describe el modus operandi de las mafias mediterráneas y “No limit” de Franck Philippon serie que se centra en un agente de la Dirección General de Seguridad Exterior francés que tiene una enfermedad incurable, ofreciéndole los servicios secretos un tratamiento experimental a cambio de realizar misiones especiales.


Centrándonos de nuevo en “Engrenages” y tras su visionado, tuvimos la ocasión de participar en un coloquio con su creadora, Alexandra Clert, quien para su guion no dudo en usar casos judiciales inspirados en la realidad y en los que además ella participó debido a su pasada trayectoria como abogada penalista. En palabras de su creadora “La idea era mostrar un hecho criminal desde el punto de vista de todos los protagonistas y como cada uno tenía una visión distinta sobre él”.


La serie se convirtió en una de las primeras series de ficción de producción propia de Canal+ Francia. La idea principal era hacer episodios autoconclusivos pero Alexandra Clert tenía otra visión y quiso crear una gran historia con personajes potentes y doble cara.


La serie que ahora cuenta con 5 temporadas, no tuvo unos inicios fáciles ya que su episodio piloto ya apuntaba maneras y quería desmarcarse de lo que por aquella época se mostraba en otras series del mismo estilo en canales como TF1 o France 2.


Con el rechazo incial de Fabrice de la Patelliere (responsable de series de ficción de Canal+ Francia) que desechó este primer capítulo y con el productor al borde del “suicidio”, Fabrice de la Patelliere le dijo a Alexandra Clert “deberías estar contenta porque gracias a que hemos desechado este episodio piloto sabemos lo que no queremos, pero también lo que queremos, por lo que vamos a encargarte 8 episodios”.

Ese atrevimiento de “Engrenages” se plasma en su piloto en el cual no sabemos quien será el personaje conductor de la historia hasta el final de su primer episodio, un piloto con poco artificio y que nos muestra una París sucia, con historias reales que ayuda a hacer más creíbles tanto a los personajes como a su guión.

Y quien sabrá las razones pero a pesar de ser un buen producto y cuidado no ha traspasado a nuestras fronteras así que, de momento, tendremos que esperar para poder juzgarla desde el sofá de nuestra casa.

El cuerpo brutalmente asesinado de una joven rumana aparece en un vertedero parisino. Nos lo muestra un turbador movimiento de cámara en el inicio de Engrenages.


El nuevo fiscal Pierre Clément lidera la investigación, ayudado por el equipo de la capitán de policía Laure Berthaudy los métodos –a veces poco ortodoxos– del juez Roban.


Lo que parece un crimen más, nos transporta en un sombrío trayecto por el mundo de la justicia –tantas veces torcida–, la corrupción policial, las drogas y la prostitución.Tras su re-emisión por parte de la BBC, había leído durante las últimas semanas varias reseñas apasionadas de Engrenages (en Reino Unido la han rebautizado como Spiral).



Las comparaciones con The Wire aparecían por todos lados y, claro, no pude resistirlo. Leí, entonces, que Engrenages era una de las producciones televisivas más ambiciosas de Francia y, sobre todo, más aplaudidas por la crítica. No tengo noticia de que se haya estrenado en España… pero debería.


Aunque tenga mis reservas con el último capítulo, estoy convencido de que Engrenages es una serie de primera división. Cine negro del bueno. De ritmo lento, no fácil de ver. Dura. Violenta. Con varias escenas –en especial, las autopsias– que dejan en el espectador un profundo desasosiego.



Además, Engrenages está salpicada de personajes complejos, con diferentes visiones de la justicia. Junto al gran caso que atraviesa los ocho capítulos de la estupenda primera temporada, la serie nos muestra muchos otros crímenes que van aderezando la trama y ampliando el arco dramático de los personajes, exhibiendo sus métodos profesionales y sus demonios personales.


En un París áspero, con una textura realista, una fotografía grisácea –como de interminable día de lluvia– y una cámara nerviosa, la serie nos destapa los engranajes (de ahí el título) que hacen funcionar el día a día de la policía y la justicia galas. Pero no sólo. Engrenages también hace referencia a quienes manejan realmente los hilos de la maquinaria, a las altas esferas políticas y económicas que echan el aceite pare que todo funcione… siempre en su beneficio.

martes, 25 de octubre de 2016

Le bureau des Légendes






Eric Rochant aime bien les histoires d’amour. Il aime aussi les histoires d’espionnage, le jeu des ombres et celui des apparences. Mais ce qu’il aime surtout, c’est ouvrir ces petites boîtes à secrets qui renferment l’existence de chacun de nous. Il y a une forme de continuité entre Möbius (2013), le film mettant en scène Jean Dujardin et Cécile de France, et Le Bureau des Légendes, nouvelle création originale de Canal+ dont la diffusion débute lundi pour dix épisodes de 52 minutes. Dans un récent entretien, Mathieu Kassovitz, qui tient le rôle principal, estimait que cette première saison était « à la hauteur des productions américaines« . Après avoir vu les sept premiers chapitres, on a envie de le croire.


Le Bureau des Légendes se tient dans les coulisses du renseignement français. Il est cet endroit où l’on invente des vies, on fabrique des existences, on construit des passés, on forge des personnalités et on met au point des manipulations. Il est la partie invisible de la partie cachée des services secrets. Sans lui rien ne pourrait se faire et évoquer son existence, c’est un peu comme examiner un cas de schizophrénie collective.
La fascination d’Eric Rochant pour cet univers est évidente dès le premier épisode. On est immergé dans ce département de la DGSE presque sans transition. On s’installe dans les combles des bâtiments du boulevard Mortier avec une facilité étonnante. Ici, pas de surenchère de technologies, d’écrans plasma, de flux vidéo retransmis par satellite. Pas d’armée d’opérateurs pianotant frénétiquement sur des ordinateurs. Pas d’agents surdoués capables de pirater n’importe quel serveur à partir d’un laptop installé dans un garage clandestin.


Il y a une sorte de banalité de l’endroit qui pourrait paraître déconcertante, quand on a été nourri aux séries américaines, et qui se révèle rassurante et crédible. Il règne une atmosphère presque paisible malgré une crise en cours. On semble faire les choses « à l’ancienne », en comptant sur les hommes plus que sur les machines. La mise en place rappelle que la collecte d’information est d’abord une question humaine.


On pénètre dans cet univers à la faveur du retour de Guillaume Debailly (Mathieu Kassovitz), alias « Malotru » (le surnom est l’exact contraire du personnage) après six années de mission secrète en Syrie et en Jordanie. A Paris, il redevient Paul Lefebvre, un petit prof de littérature qui enseignait à Damas. Il est vaguement tenté par l’écriture d’un roman. C’est sa légende.
Ce que ne prévoyait pas son histoire est qu’il retrouve en France son ancienne maîtresse Nadia qu’il avait quittée avant de partir du Proche-Orient. Il n’a jamais caché cette relation lors de ses discussions régulières par visioconférence avec Marie-Jeanne, sa référente au sein du bureau. Il a toujours été transparent sur le sujet, mais a peut-être minoré l’importance de cette relation. A moins qu’il n’est surestimé sa capacité à séparer son activité et ses sentiments.
La vie de « Malotru » est à la fois pleine et vide. Il est un personnage essentiel du service, une légende chez les légendes, mais il est un homme seul. Pas vraiment proche de sa fille et pas vraiment proche de son ex-femme. La seule personne qui le connaît sans le connaître tout en le connaissant est Nadia.
Des personnages féminins forts

Pour mettre en perspective cette situation, est introduit un personnage secondaire essentiel, celui de Marina Loiseau (Sara Giraudeau)


qui tente d’intégrer le bureau avec en point de mire une mission en Iran. Son parcours du combattant est supervisé par Marie-Jeanne, celle qui a suivi « Malotru » pendant des années. A travers les épreuves que traverse la jeune femme, on imagine quelles furent en d’autres temps celles de l’agent, les qualités qu’il a dû déployer.


Les deux personnages se répondent à des années de distance: la jeune femme fait preuve d’une détermination, d’une capacité d’adaptation et d’une force de caractère qui contrastent avec les failles et les doutes qui apparaissent peu à peu chez Paul Lefebvre. Ses talents d’improvisation lui permettent de se tirer de situations délicates et viennent illustrer son dévouement et sa loyauté.
Les personnages féminins sont l’une des grandes réussites de cette première saison. Ils sont modelés avec précision mais aussi avec une grande variété alors qu’ils évoluent tous dans un même milieu. Ils apparaissent souvent plus forts que leurs homologues masculins, évacuant d’un coup l’a priori d’un univers machiste.
Jean-Pierre Darroussin est d’ailleurs excellent en patron du bureau capable de douter et ayant besoin de conseils.


L’un des bonnes idées est de nous faire découvrir le bureau au travers du regard du docteur Balmes (Léa Drucker),



psychiatre spécialisée dans l’analyse des comportements, qui va ausculter le service et ses différents membres. C’est à une évaluation quasiment clinique de chaque protagoniste que l’on assiste, renforçant encore le caractère humain de l’histoire. Tout repose sur les personnalités des uns et des autres, sur leur capacité à se comprendre et à se faire confiance, sur leur capacité à gérer leurs sentiments (à contrôler leur humanité) pour les mettre de côté afin d’obtenir des informations.
La série obéit bien sûr à la nécessité d’être en prise directe avec l’actualité. On parle des relations avec les services algériens, mais aussi de la Syrie de Bachar al Assad et de l’opposition syrienne en exil, mais aussi de la Russie qui a toujours son mot à dire dans ce pays. L’Iran et son programme nucléaire se tiennent en toile de fond pour confirmer le sentiment que la situation au Proche-Orient est un tout complexe qui ne peut pas être dissocié comme le fait habituellement le traitement de l’actualité.


La série était en tournage lorsque se sont produits les attentats de janvier à Paris. Comme le dit Mathieu Kassovitz, le sentiment était de voir la réalité rattraper la fiction. La question de cette collecte du renseignement pour éviter de telles tragédies se posait brusquement avec une acuité accrue.


La grande réussite du Bureau des Légendes est, au-delà de la maîtrise du sujet, de l’interprétation offerte par les acteurs (Kassovitz est parfait dans un registre sombre, mêlant force de caractère et faiblesse des sentiments), de la construction rigoureuse des arches narratives et de la gestion des rebondissements, la grande réussite est d’avoir proposé une série d’espionnage avec un ton différent et crédible: sans ostentation, sans excès de démonstration, sans pathos et sans morale.
Le Monde

sábado, 22 de octubre de 2016

La chica del tren




Tate Taylor se ha atrevido con la inevitable adaptación al cine de La chica del tren, la novela escrita por la británica Paula Hawkins que ha sido el mayor éxito editorial de los últimos tiempos en todo el mundo.

Se trata del cuarto largometraje que este director estadounidense ha realizado hasta la fecha, por lo que aún tiene mucho que demostrar al público y a la industria cinematográfica como cineasta, si eso le es posible. Comenzó malamente con la insulsa comedia Pretty Ugly People (2008), pero luego pudo redimirse con la que continúa siendo su mejor película hasta la fecha, la conmovedora, a veces dura o divertida pero siempre gratificante The Help (2011), basada además en la novela de su íntima amiga Kathryn Stockett. Después quiso entregarnos un biopic inusual del cantante James Brown con Get on Up (2014), pero le salió algo desangelado y superficial. Y ahora nos trae La chica del tren, una intriga que le ha servido para remontar sin colocarse, desde luego, en la digna cota que alcanzó con The Help.

Taylor ha declarado recientemente, en una entrevista a raíz de su nuevo estreno, que considera a los personajes femeninos “más ricos e interesantes”. Sin embargo, aunque no lo hubiese expresado con esas palabras, ya no cabía duda de que opina de esta manera: no es pronto para certificar su atracción por los dramas, las vicisitudes y complejidades de las distintas mujeres cuya historia ha trasladado a la gran pantalla.



Desde la Lucy (Missi Pyle) de Pretty Ugly People y sus compañeras, pasando por el gran reparto femenino de The Help y, ahora, el trío de mujeres que articula la trama de La chica del tren, lo ha dejado clarísimo. Get on Up no cuenta en este aspecto, no obstante, porque los demás personajes queda eclipsado por la arrolladora personalidad del engreído Brown (Chadwick Boseman), y resulta de lo más lógico que sea así.



Su nuevo filme cuenta la historia de Rachel Watson (Emily Blunt), una mujer hundida que se ve envuelta en un misterio criminal relacionado con algunas de las personas a las que observa desde el tren que toma cada día hacia Manhattan. La californiana Erin Cressida Wilson, autora a su vez de los guiones de las poco destacadas Secretary y Fur (Steven Shainberg, 2002, 2006), Chloe (Atom Egoyan, 2009) y Men, Women and Children (Jason Reitman, 2014), se ha encargado del de esta fidelísima adaptación, sin inventivas ni esplendidez alguna.


La fidelidad, que suele entorpecer las adaptaciones al cine por obtusa, es lo que favorece a la película al respetar la buena estructura de la novela
A pesar de ello, el hecho de seguir la propia estructura de la novela le basta para componer un relato complejo que salta una y otra vez en blashbacks no lineales, de modo que se van colocando las huidizas piezas de un enigmático puzle, y así, de forma paulatina, se revelan verdades que cambian la perspectiva del espectador acerca de algunos de los personajes principales, tres mujeres y tres hombres que ocultan sus respectivos secretos, unos más terribles que otros. Este cambio, como era de esperar, afecta sobre todo a Rachel, así que podríamos decir que nuestra perspectiva es la suya de no ser porque hay revelaciones particulares que ella no alcanza, pero sí las de mayor importancia.

El acierto de mantener esta estructura, los propios detalles jugosos de la historia y el buen pulso que le imprime Taylor a la narración de los acontecimientos, casi siempre sereno y con una tensión soterrada que provoca la inquietud oportuna para una película de esta índole, es probablemente su mayor virtud. Es decir, la fidelidad, que suele entorpecer el buen curso de las adaptaciones al cine por obtusa, es en este caso lo que favorece a la de La chica del tren; y si fuera de otra manera, el filme habría acabado resultando paradójica e indiscutiblemente peor.


Taylor, por otra parte, ya contaba con experiencia en este tipo de estructuras porque Get on Up tiene una similar pero, en apariencia, mucho más caótica, que es precisamente lo que la hace un biopic inusual. Pero, aunque sabe generar inquietud, esta no es de una gran intensidad porque le falta genio o práctica para el thriller de papá Hitchcock, y uno no puede apartar la sensación de que, si alguien como David Fincher en una de sus buenas rachas hubiese puesto las manos sobre este proyecto, que le pega lo suyo por sus antecedentes y cuya agudeza para la planificación visual e ingenio para el montaje son superiores, la adaptación de La chica del tren podría habérsenos antojado incluso fascinante.


El genial Danny Elfman, que no pudo atender a su amigo Tim Burton en Miss Peregrine’s Home for Peculiar Children (2016) por su labor de composición musical en este filme, le ha procurado a Taylor una banda sonora aceptable pero tremendamente fácil de olvidar nada más salir de la sala, a años luz de maravillas como la que compuso para Edward Scissorhands (Burton, 1990) o The Nightmare Before Christmas (Henry Selick, 1993).

Blunt cumple con creces con el papel de la inestable y desnortada Rachel, que de pronto encuentra una peligrosa motivación en su vida de viajes absurdos de ida y vuelta en tren. Y el resto del reparto se defiende tan bien como ella, sin deslumbrar al respetable. Rebecca Ferguson como la intranquila Anna Boyd y Haley Bennett como la irresistible y rota Megan Hipwell completan el trío femenino en el que se profundiza; más en Rachel y Megan que en Anna, desde luego. Junto a ellas, Luke Evans como el controlador Scott y Édgar Ramírez como el desconcertado terapeuta Kamal Abdic, y Justin Theroux, conocido por la alucinante serie The Leftovers (Damon Lindelof y Tom Perrotta, de 2014 a la actualidad), encarna al expeditivo Tom Watson.



Allison Janney es la detective Riley, ya había trabajado con Taylor en Pretty Ugly People y en The Help —en tres de sus cuatro películas, pues— y su imponente presencia siempre es bienvenida. Lisa Kudrow, cuyo personaje más célebre es la gran Phoebe Buffay de Friends (David Crane y Marta Kauffman, 1994-2004), interpreta brevemente a la imprescindible Martha; Laura Prepon, a la que podemos ver en Orange Is the New Black (Jenji Kohan, de 2013 a la actualidad) como Alex Vause, a la anodina Cathy; y Darren Goldstein, Oscar Hodges en The Affair (Hagai Levi y Sarah Treem, de 2014 a la actualidad), da vida a un sujeto sin nombre que, con franqueza, sirve de muy poco.

Conclusión

Aquellos espectadores que hayan leído la novela quizá se sientan decepcionados porque esperaran que una adaptación de los sucesos de La chica del tren provocaría un mayor desasosiego, pero la obra de Hawkins es más dramática que desasosegante y, claro, una adaptación tan fiel como la presente coincide en esta característica. No en vano, no parece que a Tate Taylor se le den mal los dramas, y por su estimable faena, la del reparto y la misma savia de la historia, merece la pena sentarse a ver esta película.

domingo, 16 de octubre de 2016

Elle



Ningún crítico medianamente serio debería confesar algo así, pero desde que supe que Paul Verhoeven es el único director que de hecho asistió a la gala para recoger su premio Razzie al Peor Director (Showgirls), creo que algo cambió sustancialmente en mi forma de leer sus películas. Ese gesto llevaba implícita la socarronería y el fair play de un cineasta capaz de no tomarse en serio a sí mismo, de sumergir en sus propuestas la sonrisa del que sabe que está por encima de aquello que sus películas generan (y la polémica siempre le ha rodeado, desde Delicias turcas hasta Elle), de acaso un provocador con alma de filósofo y de un abanderado feminista con mirada profundamente masculina. Verhoeven representa el posmodernismo como ningún otro autor lo ha representado: la visión lúdica del relato que se subvierte a sí mismo, de modo que la lectura distanciada (intelectual) de sus películas siempre está más cerca de lo que realmente quiere decirnos que la reacción visceral y emocional a ellas.


Una película que se ofrece como síntesis y cima de los talentos de Paul Verhoeven y de Isabelle Huppert (pues Elle no sería lo mismo sin el uno ni la otra) merece de entrada todos los aplausos. No se los llevó en el Festival de Cannes ni probablemente se los lleve en las salas comerciales, pero esta primera producción francesa del holandés errante merece un capítulo aparte en las grandes conquistas del cine contemporáneo. El sex-thriller en manos de un tipo que conoce los elementos del género al dedillo, con un humor corrosivo que provoca la risa a dentelladas y una clase de incomodidad en la imagen capaz de subvertir cualquier corrección política, impugna todo convencionalismo asociado al género. Elle es un viaje sumamente placentero y perturbador (ambos conceptos no se contradicen en manos de Verhoeven) a los confines de una fantasía sexual que subvierte toda apariencia y todo prejuicio.


Dos vertientes confluyen en este relato inspirado en la novela Oh… de Philipe Dijan, que Verhoeven trató de llevar a suelo norteamericano pero, según dijo, no encontró a “ninguna actriz dispuesta a participar en una película tan amoral”. Por un lado, el sex-thriller en torno a la violación entendida como perturbada fantasía sexual y reafirmación del poder femenino. A fin de cuentas, en Vivir a tope (Spetters, 1979) Verhoeven nos mostró a un joven que descubría su homosexualidad cuando un grupo de gamberros le violaba. Por el otro, el sofisticado melodrama familiar en el que el microcosmos de burguesía retratado se hunde en el cinismo y la malicia más apabullantes. Elle practica una suerte de amoralidad que siempre puede ir más lejos y tocar más fondo en sus intenciones.


Pronto comprendemos que Michèle no se detendrá en su búsqueda del asaltante porque se ve tentada por la espiral de perversión, complicidad y lunatismo sexual.
¿Es una burguesa aburrida?


¿Obedece a una psciopatía masoquista?


¿Está llevando su plan de venganza hasta el extremo?
Puede que Verhoeven simplemente esté retratando el deseo de una mujer que quiere vivir su sexualidad al margen de prejuicios.
Todos los prejuicios de los que carece esta irrebatible obra maestra.

Carlos Reviriego