domingo, 16 de octubre de 2016

Elle



Ningún crítico medianamente serio debería confesar algo así, pero desde que supe que Paul Verhoeven es el único director que de hecho asistió a la gala para recoger su premio Razzie al Peor Director (Showgirls), creo que algo cambió sustancialmente en mi forma de leer sus películas. Ese gesto llevaba implícita la socarronería y el fair play de un cineasta capaz de no tomarse en serio a sí mismo, de sumergir en sus propuestas la sonrisa del que sabe que está por encima de aquello que sus películas generan (y la polémica siempre le ha rodeado, desde Delicias turcas hasta Elle), de acaso un provocador con alma de filósofo y de un abanderado feminista con mirada profundamente masculina. Verhoeven representa el posmodernismo como ningún otro autor lo ha representado: la visión lúdica del relato que se subvierte a sí mismo, de modo que la lectura distanciada (intelectual) de sus películas siempre está más cerca de lo que realmente quiere decirnos que la reacción visceral y emocional a ellas.


Una película que se ofrece como síntesis y cima de los talentos de Paul Verhoeven y de Isabelle Huppert (pues Elle no sería lo mismo sin el uno ni la otra) merece de entrada todos los aplausos. No se los llevó en el Festival de Cannes ni probablemente se los lleve en las salas comerciales, pero esta primera producción francesa del holandés errante merece un capítulo aparte en las grandes conquistas del cine contemporáneo. El sex-thriller en manos de un tipo que conoce los elementos del género al dedillo, con un humor corrosivo que provoca la risa a dentelladas y una clase de incomodidad en la imagen capaz de subvertir cualquier corrección política, impugna todo convencionalismo asociado al género. Elle es un viaje sumamente placentero y perturbador (ambos conceptos no se contradicen en manos de Verhoeven) a los confines de una fantasía sexual que subvierte toda apariencia y todo prejuicio.


Dos vertientes confluyen en este relato inspirado en la novela Oh… de Philipe Dijan, que Verhoeven trató de llevar a suelo norteamericano pero, según dijo, no encontró a “ninguna actriz dispuesta a participar en una película tan amoral”. Por un lado, el sex-thriller en torno a la violación entendida como perturbada fantasía sexual y reafirmación del poder femenino. A fin de cuentas, en Vivir a tope (Spetters, 1979) Verhoeven nos mostró a un joven que descubría su homosexualidad cuando un grupo de gamberros le violaba. Por el otro, el sofisticado melodrama familiar en el que el microcosmos de burguesía retratado se hunde en el cinismo y la malicia más apabullantes. Elle practica una suerte de amoralidad que siempre puede ir más lejos y tocar más fondo en sus intenciones.


Pronto comprendemos que Michèle no se detendrá en su búsqueda del asaltante porque se ve tentada por la espiral de perversión, complicidad y lunatismo sexual.
¿Es una burguesa aburrida?


¿Obedece a una psciopatía masoquista?


¿Está llevando su plan de venganza hasta el extremo?
Puede que Verhoeven simplemente esté retratando el deseo de una mujer que quiere vivir su sexualidad al margen de prejuicios.
Todos los prejuicios de los que carece esta irrebatible obra maestra.

Carlos Reviriego

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