lunes, 31 de octubre de 2016

Historia de una pasión



La meticulosidad. La sencillez que oculta los laberintos de una mente inquisitiva.
Y ese pesimismo disimulado por su renuncia a lo sentimental.


Está claro: si Emily Dickinson no hubiera existido, Terence Davies habría tenido que inventarla para tener un alma gemela.


Tal vez esa sea la razón por la que el director de El largo día acaba, uno de los maestros de la autobiografía en imágenes, ha escogido una figura así, tan enclaustrada y tan poco dinámica, para su primer biopic y su tercer viaje a EE UU tras La biblia de neón y La casa de la alegría.


Si la reina de los poetas estadounidenses nunca se desprendía del diccionario, de sus libros de botánica y de la métrica de los himnos protestantes, moldes que le ayudaban a encauzar su imaginación, Davies siempre sigue las huellas de esas ‘películas de mujeres’ (de Ophüls, de Wyler, de Lean) que, visionadas en compañía de su madre y sus hermanas, le permitieron salir vivo de la adolescencia.


Y, en este caso, también las del Bergman de Gritos y susurros (¡esas hermanas ante la muerte!) y del Scorsese de La edad de la inocencia.
En parte gracias a ello, Historia de una pasión no sólo resulta una biografía modélica, por su renuncia a explicaciones facilonas sobre la conducta, o la sexualidad, de su antiheroína.


También funciona como una buena reflexión sobre el sadomasoquismo consustancial al melodrama, un genero que, al igual que la obra de Dickinson, gira en torno a nuestro sufrimiento, y a las formas que elegimos para ocultarlo.
Sumemos a todo ello unas formas tan suntuosas como siempre (sí: hay travellings cenitales, y filigranas con la iluminación), así como que Cynthia Nixon no sólo impone cuando interpreta a la protagonista, sino también cuando recita sus obras en off o frente a la cámara, lo cual resulta casi más importante.



Entonces, estará claro: si Terence Davies no existiera, Emily Dickinson habría tenido que inventarlo.

Yago García

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