miércoles, 12 de julio de 2017

The Handmaid's Tale: la serie importante del año



En 1990, 'El cuento de la criada' ('The Handmaid's Tale') fue llevada al cine. Desgraciadamente el encargo de hacerlo lo recibió el hortera de Volker Schlöndorff así que una oportunidad perdida para que la imprescindible novela de Margaret Atwood, publicada cinco años antes, recibiese la amplificación merecida. La buena, buenísima noticia es que la recién estrenada adaptación televisiva de la obra maestra de Atwood sí cumple, y con creces. 'The Handsmaid's Tale' será sin duda una de las series del año. Y probablemente la más importante.



Muy leída y muy venerada, 'El cuento de la criada' es todo un clásico de culto que ha sido convertido incluso en una ópera. No se me ocurre peor traslación pues, como casi todas las novelas buenas, ésta merece tiempo de desarrollo. Y eso hoy por hoy sólo lo puede ofrecer una serie. Si en el libro no sobra nada, por qué vamos a podarlo salvajemente para lograr meter una historia perfecta en, como mucho, tres aturulladas horas. Eso es lo que duran los tres primeros episodios de la serie, que aquí pueden ya verse en HBO. Con ellos 'The Handmaid's Tale' no hace más que empezar. Y empezar a alucinarnos. Nos va a estallar la cabeza con esta serie. Debería estallarnos.


Margaret Atwood, antes de montar ese delirio que es la trilogía de Oryx y Crake (que también será pronto serie de TV) propuso un universo distópico con bastante menos alegoría y lirismo. En la ficticia república de Gilead, dictadura teocrática situada en (lo que era, lo que es) Estados Unidos, las mujeres han sido reducidas a mercancía, ganado y adorno. Y cosas peores.


Las criadas del título son las encargadas de mantener viva la raza, tras una crisis de fertilidad global. Soluciones extremas en un panorama extremo y sin embargo escalofriantemente parecido a lo que ocurre (está ocurriendo) en algunos lugares ahora mismo. Margaret Atwood, una señora maravillosa que escribe lo que le da la realísima gana, no se corta a la hora de anclar su país inventado a la realidad. A la realidad de 1985 y la de ahora. 'The Handmaid's Tale' es apocalíptica y terrorífica.


Deberíamos catalogarla como ciencia ficción, pero no seré yo quien niegue que eso que nos advierte Atwood podría pasar. El fundamentalismo religioso que propone es 100% occidental, por cierto. La primera en la frente.


En pleno auge del post-feminismo (esa cosa) y de los debates sobre la maternidad subrogada y la libertad religiosa, 'El cuento de la criada' encuentra el caldo de cultivo perfecto para que su republicación en castellano (en una edición muy cuidada de la editorial Salamandra) y su adaptación televisiva sean grandes éxitos. Porque encima la serie es de una calidad excepcional. Creada por Bruce Miller y dirigida con tremendo estilo por Reed Morano, podría ser la serie del año.



Y dejo para el final hablar de su protagonista, Elisabeth Moss, cuya interpretación de la complejísima Defred (Offred en el original) es una delicia. Y una pesadilla. Tranquilos, que pronto volveré a escribir sobre esta serie. Ahora toca verla y asimilarla, sufrirla y disfrutarla.


Nota: el cacao de mezclar en este texto los títulos en inglés y en castellano de la obra viene dado porque HBO España ha mantenido el título original inglés en la serie, pero la novela traducida al castellano sí lo castellaniza.
Alberto Rey

martes, 4 de julio de 2017

El Jardín de Bronce


Fabián Danubio es un hombre que no está pasando un buen momento. Lleva una vida gris, su matrimonio está pasando por muchos problemas, su trabajo como arquitecto no lo llena, sin embargo, todo esto cambia en un segundo cuando Moira, su hija de cuatro años, desaparece sin dejar rastro alguno. La pequeña y su niñera debían ir a un cumpleaños, pero jamás llegaron. Sin casi respuestas ni explicaciones por parte de la policía, así comienza la investigación por su cuenta del personaje principal en El jardín de bronce, la nueva producción original de HBO Latinoamérica que apuesta por Buenos Aires, la capital argentina, como el escenario principal de este thriller policíaco.


Joaquín Furriel se encontraba filmando en España El faro de las orcas cuando recibió la llamada para interpretar a Fabián Danubio. Lo que más le gustó del guion, escrito por Marcos Osorio Vidal y Gustavo Malajovich –basado en el libro homónimo del que es autor el segundo-, fue la cantidad de sorpresas con las que se encontró.



Según el actor bonaerense, todo es tan misterioso, extraño y desequilibrante respecto a la desaparición de Moira, que su búsqueda le da la posibilidad al protagonista de encontrar una pasión, de encontrarse más vivo de lo que estaba antes. “Leía los guiones y no dejaba de sorprenderme. Pensaba que ya la historia llegaba a una especie de cul de sac [callejón sin salida en francés], donde se terminaba todo ahí y volvía a aparecer una posibilidad y otra posibilidad”, dice Furriel.


La miniserie, que contará con ocho episodios, se estrenó en HBO el pasado 25 de junio y cada semana estrenará un nuevo capítulo, que también se podrá ver por streaming en HBO Go (también disponible en HBO España). Según cuenta Furriel, la historia nació por un terror permanente en la mente de cualquier padre, y que a Malajovich le vino a la cabeza: ¿qué pasaría si su hija desapareciera en el subterráneo? “Esos grandes temores que tenemos los padres, que a veces son cotidianos, que también son temores que uno lee y le parecen lejanos y, de repente, no tanto. De repente son temores que para mucha gente lamentablemente se confirman. Es una historia con alcance universal”, afirma el actor.



Si bien la producción nos sitúa de inicio en 2006, toca temáticas como los secuestros, desapariciones y la trata de personas. Situaciones que son el material de titulares en la prensa todos los días en Latinoamérica. Y todos estos casos son un posible escenario que maneja la policía en la serie. Diego Andrasnik, uno de los productores, dice que la serie no es un tratado sobre el poder y la ciudadanía y el diálogo sordo que hay entre ambos, pero sí trabaja claramente como un policial negro. “El género policial siempre habla de algo más. Esta relación entre el orden establecido y la desesperación de un individuo ante toda esa inmensidad de silencios, esa imposibilidad de conectar con esa problemática, es parte de la trama, pero esta trama es la de Fabián Danubio”, precisa.


Furriel dice que la experiencia de los directores de la miniserie, Hernán Golfrid y Pablo Fendrik, fue fundamental para guiarlo a medida que se iba metiendo en la piel de su personaje. Siente que “aprendió muchísimo” al encarnar a Fabián Danubio y todo lo que le toca vivir en la ficción. En ese sentido, para el también coprotagonista de Cien años de perdón, la aspiración de El jardín de bronce es mantener al espectador atrapado bajo una tensión permanente, en la que tendrá que ir resolviendo el misterio como un rompecabezas. “Son esos personajes donde tienes no una escena, muchísimas de una gran complejidad interpretativa. Ahí tenéis que crear un mundo, crear una forma de contar lo que está pasando”, afirma el actor argentino.


Andrasnik cuenta que uno de los desafíos de la producción fue hallar locaciones y escenarios, ya que la ciudad de Buenos Aires es “casi como un personaje omnisciente que está presente en cada momento”. Dice que no se quería dar una mirada pintoresca ni preciosista de la urbe, sino una real. “Según se desarrolla la trama, tenemos que encontrarnos con esa verdad y que sea la misma ciudad la que te va llevando hacia lugares recónditos, hacia fuera, hacia la periferia. Esa era la ecuación que intentamos contar. Siempre es difícil encontrar verosimilitud y lo logramos”, finaliza Andrasnik.


  ANDRÉS RODRÍGUEZ (El País)

lunes, 3 de julio de 2017

FIESTA DE CUMPLEAÑOS


Le digo, doc, que esa mañana se despertó más temprano que de costumbre. Resulta normal para cualquiera tener la sensación de estar comenzando una nueva vida el día del propio cumpleaños, pero en su caso era puro regocijo: por fin iba a tener una fiesta normal. Y es que, durante la primera fase de su maldita enfermedad, le fue vedada cualquier actividad fuera de casa: a los diez años le diagnosticaron que se irían modificando progresivamente sus huesos hasta que él y sus seres queridos vieran reflejada en el exterior la devastación interna. Estaba condenado a convertirse en un monstruo repugnante y a permanecer así hasta el día de su muerte, que los médicos no sabían si ocurriría en semanas, meses o años.

Los primeros días fueron terribles para nosotros. Su madre, su hermano mayor, su hermana y yo deliberábamos respecto a su caso y sobre lo que haríamos mientras él, desde su recámara, apenas alcanzaba a escuchar los argumentos. Poco a poco estas conversaciones se convirtieron en juntas familiares que se prolongaban hasta altas horas de la noche. Hablábamos de la creciente disminución de nuestra calidad de vida debido a los gastos médicos y de los derechos de los otros hermanos a ser felices; mi esposa y yo incluso discutíamos sobre quién tenía la carga genética que había traído aquella desgracia. Al final siempre caíamos en el tema de la inconveniencia de permitir que fuera visto en público.

Él comprendía el significado de las decisiones tomadas y, en cierto modo, las disculpaba. No se sorprendió cuando le pidieron que saliera de su cuarto y se encerrara en el baño de visitas para que el herrero y el carpintero pudieran trabajar. Al regresar a su recámara, miró con tristeza que habían instalado un pequeño acceso que sólo podía ser abierto desde afuera, así como barrotes metálicos que protegían la ventana. Sus sospechas se vieron confirmadas cuando me despedí de él con un "Lo siento, hijo". Cerré la puerta y giré la llave. Desde entonces, durante cada santo o cumpleaños, y ocasionalmente por alegrías familiares, le fueron deslizados por la puertecilla discos compactos, un aparato de sonido y una pequeña televisión a color; también le llegaron libros, revistas y videos. Además, cada semana su madre entraba para cambiar las sábanas de la cama, verificar el progreso de la enfermedad y asear el baño. Mi hijo se aficionó a ver la televisión por las noches y a dormirse con la radio encendida a un volumen que era apenas perceptible para los demás habitantes de la casa, pues los ojos y oídos de los demás estaban siempre atentos al más mínimo ruido.

Sumido en este aislamiento fue que se le ocurrió la gran idea: celebrar su cumpleaños fuera de su habitación. Quería que sus antiguos amigos fueran localizados e invitados. Iba a cumplir la mayoría de edad y creía merecer un festejo que, durante años, le había sido negado. Hubo agrias discusiones entre los miembros de la familia, pero él nos pidió un poco de comprensión, pues extrañaba a todos y realmente quería festejar su cumpleaños. "Después de todo, no nací deforme y no tengo la culpa de lo que me sucede", escribió en una nota para terminar de convencernos; en ella también decía que durante años había atisbado por la cerradura de su recámara todas las fiestas de cumpleaños de sus hermanos, y que el momento que le parecía más alegre era cuando, después de apagar las velitas y al son de "¡Mordida, mordida!", el festejado daba un pequeño mordisco al pastel, mientras una mano aparecía repentinamente por detrás de la cabeza del festejado y la hundía casi por completo en los adornos y el pan del postre.

Amigos y familiares fueron convocados y advertidos acerca de la deformidad de mi hijo. Además, les enviamos una copia de su carta, y yo mismo los preparé para la sorpresa que le tenía reservada: todos estuvieron de acuerdo en actuar de la forma más natural posible. El día del cumpleaños, comenzó la fiesta y todo fue como él lo había imaginado. Creo, doc, que nunca fue tan feliz. El momento esperado llegó, todos los invitados participaron en el rito que él tanto había soñado experimentar: "Queremos pastel, pastel, pastel..." y, finalmente, escuchó el tan ansiado "¡Mordida, mordida!". Inclinó su cuerpo lentamente, abrió su pequeño remedo de boca y se acercó al pastel. De pronto, sintió una mano que, suave pero firmemente, empujó su rostro hacia el fondo del pastel. Pero no escuchó estallar las carcajadas de los invitados mientras el pan y la crema invadían su boca. Sólo alcanzó a oír la voz de sus hermanos y la de su madre: "¡Así, papá! ¡Más, más!..."

¿Ya tan pronto, doc? Disculpe. ¡Qué lástima que tengamos sesión con psicólogo sólo una vez al mes. En fin, me despido. Ya sabe: debo volver a mi celda a rumiar mis pensamientos por los próximos treinta años.

Fernando N. Acevedo Osorio

domingo, 2 de julio de 2017

Gypsy


 Como anécdota, la canción de cabecera es una versión de 'Gypsy', de Fleetwood Mac, interpretada por Stevie Nicks.

Si te recomiendan la psicóloga Jean Holloway, mejor aléjate de su consulta tanto como puedas. Tiene el mal hábito de meterse en las vidas de sus pacientes y no precisamente para darles un tratamiento efectivo sino para satisfacer sus propias fantasías. De profesional no tiene nada y, en cambio, sí necesita ayuda. Naomi Watts quería su propio vehículo de lucimiento en televisión, aprovechando que las actrices cada vez tienen mejor suerte, y se dejó atrapar por este papel en Gypsy, la nueva serie que Netflix estrenó este viernes.


No se trata de un caso aislado para la actriz australiana nominada dos veces al Oscar (21 gramos, Lo imposible). Este mes de mayo se estrenaba en la televisión americana con Twin Peaks en la piel de Janey-E Jones, un personaje secundario que no podía rechazar viniendo de manos de David Lynch, el director de culto que le había abierto las puertas de Hollywood con Mulholland Drive. La diferencia es que en Gypsy ella es la estrella absoluta.



Gypsy' es un thriller psicológico centrado en la vida de Jean Holloway, una intrigante terapeuta de métodos cuestionables y actitud inapropiada. Este drama sigue a Holloway en su día a día y cuenta cómo ella empieza a desarrollar íntimas y peligrosas relaciones con gente importante en la vida de sus pacientes.


Holloway tiene toda la comodidad que en una vida puede tener una mujer importante, con un marido y un hijo que conforman una familia perfecta y estable económicamente. Pero su método de trabajo y su forma de ver la piscología le sitúa en la línea de lo que es moral o no. Su objetivo es establecer un entorno seguro y de confianza a sus pacientes sin hacerles daño, pero la situación es difícil si se confunde lo profesional con lo personal.


Esta producción dramática que consta de 10 episodios ha sido creada por Lisa Rubin, quien ejerce como guionista de la serie. Rubin también hará de productora ejecutiva, junto a Liza Chasin, Tim Bevan y Eric Fellner. Además, la serie marca la tercera colaboración entre Netflix y Universal Television después de otros proyectos como 'Unbreakable Kimmy Schmidt' y 'Master of None'. Protagonizada por Naomi Watts (Lo Imposible) le acompañan en el reparto Sophie Cookson (Kingsman: Sevicio Secreto), Karl Glusman (Animales nocturnos), Billy Crudup (Spotlight) o Lucy Boynton (Asesinato en el Orient Express), entre otros.


La historia turbia de Jean Holloway comienza cuando decide emanciparse de su vida tranquila con su marido (un Billy Cudrup que nunca viene mal encontrarse) y una hija rebelde (Maren Heary), y decide presentarse como Diane cuando una camarera tontea con ella en una cafetería. Desde ese momento, utiliza sus consultas para conseguir información de esa camarera, cruzando unas líneas éticas y morales a las que no debería ni acercarse.


Pero si actrices del calibre de Nicole Kidman y Reese Witherspoon tuvieron suerte en sus aventuras televisivas a comienzos de 2017 con Big little lies, este thriller está despertando un entusiasmo mucho más relativo. Incluso Viola Davis había tenido más suerte al aceptar Cómo defender un asesino, que le brindó un Emmy como mejor actriz dramática. De momento las opiniones de los críticos que han podido ver la temporada son muy irregulares.


Pero, bueno, que la reciban con poco entusiasmo ya es un terreno conocido para la directora de la ficción, Sam Taylor Johnson, vapuleada en 2015 por su trabajo en Cincuenta sombras de Grey y que aquí intenta insuflar vida al texto de Lisa Rubin, una desconocida en Hollywood que sólo ha firmado este guion, una guionista novel.


Este thriller psicológico y sexual que explorará el deseo femenino con el que pretende crear un personaje que se mueva en una moralidad dudosa, entre el bien y el mal, como han hecho antes tantos antihéroes televisivos masculinos como Don Draper o Tony Soprano. Eso sí, sin perder de vista el erotismo en una ficción que pretende atrapar a las mujeres (y hombres) que llenaron las salas de cine para ver las cincuenta sombras de Jamie Dornan y Dakota Johnson.

sábado, 1 de julio de 2017

Riviera


Georgina Clios es una apasionada del arte casada desde hace un año con el multimillonario Constantine Clios, con el que vive junto a los tres hijos del anterior matrimonio de él, en una villa en la Riviera francesa. Mientras que ella se encuentra en Nueva York en una subasta, él acude a una fiesta en un lujoso yate, que salta por los aires en una explosión. La muerte de Constantine y la investigación del suceso por la policía francesa revelará las mentiras y secretos de la impresionante fortuna del marido de Georgina.



“Es una mujer muy fuerte. Puede parecer un poco ingenua al principio, pero rápidamente te das cuenta de que la has subestimado”, dice de su personaje Julia Stiles, protagonista de Riviera, que Movistar Series Xtra estrenó en Junio. El cineasta Neil Jordan, ganador de un Oscar en 1993 por el guion de Juego de lágrimas, y el escritor John Banville, premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2014, son el creador y el guionista, respectivamente, de esta producción europea ambientada en la Costa Azul.

Stiles define a su personaje como una antiheroína y la compara con el Michael Corleone de El padrino. “Michael era en realidad buena persona, pero, como su familia estaba en ese mundo, se veía forzado a cometer asesinatos y hacer cosas malas y se va volviendo más inmoral. A ella le ocurre lo mismo: aunque intenta salir, la realidad la devuelve a ese mundo”, defiende en conversación telefónica con EL PAÍS. La actriz neoyorquina asegura entender bien a su personaje: “Yo tampoco vengo de ese mundo de lujo con el que se encuentra, pero al trabajar en Hollywood he terminado acercándome a ello”.

Los hombres antihéroes son muy populares en la televisión ahora, pero no hay muchas mujeres así. Pensaba que no hay muchas oportunidades en las series para que las mujeres se porten mal y quería desafiar esa idea”, prosigue. “Todavía hay un poco de miedo y rechazo a que haya personajes femeninos que cometan errores, porque creen que a la audiencia no les va a gustar. En general, se intenta que los personajes femeninos caigan bien, más que los masculinos.


A sus 36 años, Stiles ha trabajado sobre todo en cine, combinando proyectos más pequeños e independientes con grandes taquillazos, como cuatro de las cinco películas de la franquicia de Bourne. En el caso de Riviera, incluso se animó a realizar aportaciones al guion: “Solo lo hice con la intención de que la serie fuera mejor. Hay mucha buena televisión ahí fuera. Me gustó que los productores estuvieran abiertos a mis sugerencias”.


La serie, cuya primera temporada tiene 10 capítulos con opción de una segunda entrega, combina el thriller y el misterio del origen de la fortuna del fallecido con el drama familiar. El hijo mayor de Constantine se dedica a las altas finanzas, el mediano se ha distanciado de la familia y la más joven es una adolescente con problemas emocionales y tendencia a autolesionarse. Además, Georgina tratará de contar con el apoyo de la exmujer de Constantine.

“Más allá de lo que hay detrás del crimen, la serie ahonda mucho en Georgina y su reacción cuando descubre que la persona a la que amaba ha estado mintiéndola mucho tiempo y se tortura por no haberse dado cuenta. Hay mucho drama familiar y una historia de traición personal. Actúa porque está enfadada y porque tiene dolor dentro, una mezcla confusa de emociones”, remata.

LOCALIZACIONES CON SABOR A CINE CLÁSICO

Riviera ha sido grabada en diferentes localizaciones de la costa del sur de Francia y Mónaco. El equipo de la producción tenía su sede en Niza, donde sus componentes estuvieron viviendo siete meses.


“Las localizaciones y los paisajes son únicos, muy icónicos. Me recordaban a las películas de Cary Grant y Grace Kelly, aquellos tiempos. Era el lugar perfecto para grabar algo con un aspecto muy cinematográfico”, comenta Julia Stiles. “Lo único malo de eso es que mi español ha empeorado. Antes hablaba un poco y ahora lo mezclo con francés. Ahora ya no hablo idiomas”, añade entre risas la actriz.

Mónica