domingo, 23 de julio de 2017

Animales nocturnos


La ficción y sus poderes: Susan ahora/Susan antes


 Aunque todavía habrá quien vierta la falsa etiqueta de esteticista a Tom Ford por su nueva película, ya podemos asimilar su cine como un cine de autor, de estilo, con universo propio, y eso a pesar de que entre Animales Nocturnos y Un hombre soltero, no hay nada en común al margen del tempo y el buen gusto que ambas cintas respiran.


Animales nocturnos, hermoso título, es una película nada obvia, que a través de un preciso retrato de su protagonista, va dejando ver diferentes capas en su historia, diferentes intereses ante los que Ford ejerce una mirada en parte cómplice, en parte distanciada; en una película inteligente, en fondo y forma, pero que conmueve desde los muchos sentimientos de sus protagonistas, reales o imaginarios, deben vivir en el íntimo periplo de esta historia.


Amy Adams es Susan, una galerista que asiste a la última creación de algún artista en su espacio. En ella, varias mujeres fofas, deformes, pero aparentemente felices, contonean sus carnes en un tono lúdico y festivo, al tiempo que ella, impecable y como un maniquí, asiste a la velada. Puede ser esta la imagen más estética y expresionista, y ya funciona en si misma como alegoría y como pregunta imprecisa: ¿dónde está el límite entre el arte y la tontería? ¿Y quién es Susan para ser capaz de juzgarlo? Al fin y al cabo, ¿qué le diferencia a ella de sus grotescas compañeras (como una deliciosamente vulgar Jena Malone) del museo en una escena posterior? El arte es en sí mismo subjetivo, pero Susan está a punto de enfrentarse a una creación ante la que no puede oponer juicio, ni resistencia.


La novela que le hace llegar su primer marido Edward (Jake Gyllenhaal) y primer amor, cuando todo era tan diferente, y al que no conocemos en el presente, sólo a través de su novela dedicada a Susan; se pega a sus noches como las sábanas, y en su lectura es difícil separar el yo recordado del lector objetivo: al fin y al cabo es inevitable ver a Edward como el protagonista de la novela, Tony (Gyllenhaal, como hombre común al limite, en un doloroso trabajo, físico, emocional, sensitivo), y a una mujer y una hija demasiado parecidas a ella (Isla Fisher y Ellie Bamber) como las víctimas de un violento asalto que sólo puede terminar en tragedia.


El poder de la ficción se va apoderando de Susan hasta que comprende que está asistiendo al meticuloso retrato de una venganza, la emprendida contra los white trash que torturaron a la esposa e hija de Tony (entre ellos, un camaleonico Aaron Taylor-Johnson), por parte de Tony y el detective Bobby Andes (un extraordinario Michael Shannon, como es habitual) en los desolados y polvorientos páramos de Texas.

Y esa lectura y la aparición de viejos fantasmas, lleva a Susan al doloroso replanteamiento de su rutina y al recuerdo de quién era cuando amó a Edward. Éramos unos niños no vale como excusa, cuando recuerda sus gratuitos ataques hacia el talento como escritor de su pareja, y cuando recuerda que lo peor que podría pasarle a esa Susan joven sería parecerse a gente tan materialista, previsible y convencional como su madre (Laura Linney, que en una escena perdura en toda la película como hacía la Moore en A single man), y eso es justo lo que le ha pasado: Susan ahora, en ese gélido matrimonio (con la elegancia de Armie Hammer), en ese gélido trabajo y en esas gélidas amistades (la fiesta inicial), refuerza todos los valores que Susan antes repudiaba, sobe todo, el cinismo. Y que dieron suficientes motivos para que Edward, como Tony, busque venganza. Tal vez por eso le ha hecho llegar su manuscrito. O tal vez no.


Como decía, nada es obvio, ni nada está masticado. Hay en animales nocturnos una irónica mirada a Los Angeles y determinada clase social y cultural, pero también hay comprensión hacia ese contexto. Hay amor, o lo que queda de él, con el paso de los años. Hay una interesante reflexión sobre la creación y la recepción artística, y sobre las infinitas posibilidades que surgen (a Susan y a los espectadores) a la hora de interpretarlo. Hay un ejercicio de estilo de cine Noir, que funciona como contrataste a la estética e impecable rutina y cualidad visual de la vida de Susan. Hay, de nuevo, una extraordinaria creación de personaje por parte de Amy Adams (sólo una actriz tan buena como ella puede convertir las acciones de leer, maquillarse, o vestirse en actos artísticos, aquí sin discusión).


Pero sobre todo está la consagración de un hombre, Tom Ford, como extraordinario director y escritor de cine, como contador de historias personales y con personalidad, creador de atmósferas y sensible demiurgo de todos estos animales nocturnos, los reales y los imaginarios.


LUIS MIGUEL DOMINGUEZ

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