domingo, 31 de octubre de 2010

¿Juego de palabras ?

Uno se mira y descubre que detrás de la suya, de la conocida, o de la pretendidamente conocida, hay otras miradas. No son miradas ajenas, no son miradas de otros, no son miradas desconocidas. Son miradas de uno mismo.

Lo que sucede con las miradas es que a uno le crecen por dentro, como raíces, son miradas que se entretejen. Lo que ocurre con estas miradas que nos habitan por dentro, es que permanecen en racimo, forman una amalgama de miradas.

Uno se observa con la cara de su mirada pero, a poco que uno esté atento, alcanza a descubrir que su mirada tiene, al igual que sucede con las monedas y con tantas otras cosas, su cruz correspondiente. Uno se atiene a la primera mirada que alcanza la luz y cree que esta es la definitiva, la única, la última pero, si uno se detiene en ese punto central que es la sinceridad, enseguida se da cuenta de que uno tiene detrás de esa primera mirada, otras muchas más que en ese instante no están a la vista.

Uno se detiene en uno mismo y a poco que se atreva a romper las normas de la autocompasión y esté dispuesto al atrevimiento, uno se da cuenta, uno advierte, uno descubre, que desde hace mucho tiempo sabe que su mirada primera no es la única mirada formal de uno mismo. En el anverso de esa primera mirada de uno, se esconden un millar, al menos, de miradas diferentes, de miradas con otra visión. Unas con visión oblicua, convexa o cóncava, lejana, diminuta, con olor a consuelo, con nubes de perdón, pero desde luego, a años luz de aquella primera mirada de uno.

Uno levanta la vista y se asoma a un otoño que anda preñado de colores y aposentos en los que serenarse y buscar. Y buscando, uno encuentra que nunca se mira a sí mismo con la misma mirada. Uno anota en la memoria que anda vacío de uno mismo y que tal vez la culpa de la falta de sinceridad, la falta de justicia a la hora de juzgarse a uno mismo, no esté en las múltiples miradas con las que se perdona o se castiga, con las que se abruma, se derrumba o sale a flote de una mala mirada. Uno entonces, pone la mirada en ese espacio que ocupa, en ese silencio que habita, en esa sombre que le acompaña desde siempre y declara que en realidad, la culpa la tiene uno mismo por no ser siempre uno mismo, uno solo.

Uno se mira y descubre que detrás de uno, del que conoce o pretende conocer hay otros muchos uno mismo. No son otros uno mismo ajenos. Es el uno de siempre, el que está presente en todas las miradas que lo fortifican por dentro.

Uno cierra los ojos para no continuar viendo sus uno mismo y se duerme en brazos de cualquier sueño que nada tiene que ver con todo esto.

Publicado por Luis

http://sumasdeletras.blogspot.com/

jueves, 28 de octubre de 2010

A trabajar


Fotografía de: Elitista plumas
Regresas, con la cabeza dando vueltas, sin saber si realmente quieres, pero con la seguridad de que necesitas hacer algo para mantenerte despierta y ocupada,para seguir viva.

El hastío es metido de nuevo en un botecito cerrado herméticamente junto con la pereza y las pocas ganas para sacar ,orear y extender el color y la magia de las imágenes y palabras.

Llega el frío, la lluvia y con él, las ganas de estar de nuevo, el letargo se retira... querida pluma, vamos a trabajar

lunes, 25 de octubre de 2010

Haiku de la hora



La hora empieza

Cuando la larga está en las doce

La hora termina

sábado, 23 de octubre de 2010

Impertinentes


Las hazañas de los hombres, sus esfuerzos y preocupaciones, sin tener en cuenta su proporción o intensidad, siempre han exigido encontrar un lugar especial, uno donde liberarse del mundo. Desde antiguo ha sido así, pero hoy es tan meritorio encontrar este lugar singular como los son las empresas que nos obligan a buscarlos. No obstante, por fortuna, existen. Unos escogen algún parque, un árbol especialmente acogedor; otros, el encierro de una habitación. Pero algunos, quizá menos numerosos que los demás pero no por ello menos importantes, acuden a las bibliotecas. ¿Quién no ha sentido paz ante el silencio enmarcado en el paso de las páginas? En las bibliotecas, sin importar su tamaño, vive el silencio. Un silencio distinto que se acompasa con el sonido de bolígrafos de lectores impenitentes que se encierran en mundos de papel. Lectores que llegan, o bien para huir de una realidad terrible, bien para comprenderla o, aún mejor, impulsados por el simple disfrute de compartir algo de su tiempo con autores de otras épocas a veces inimaginablemente lejanas. Real o inventado, el mundo nunca es el mismo cuando se mira desde el banco de una biblioteca.
Pero en ese paraíso lleno de pastas duras y blandas, de héroes y villanos, de cuentos y tratados, de fotos antiguas y discursos eruditos, no todo es perfecto. Es este también territorio de fuerzas hostiles que en ocasiones hacen plantearse al descuidado lector si la tortura y el asesinato son malos en sí o esto depende de la victima. A estas potenciales víctimas he decidido llamarles “los impertinentes” que son, por definición, aquellos que perturban los paraísos personales de otros. Al igual que en los parques están, entre otros, los dueños de las mascotas que no recogen lo que estas hacen y, en la discreción de las habitaciones, suele haber algún molesto y bullicioso familiar de carácter demasiado sociable, los lectores, yo entre ellos, tienen a sus impertinentes particulares que por azar o destino son más difíciles de identificar que otro impertinente cualquiera.
Los impertinentes de biblioteca son seres de naturaleza extraña. Una naturaleza que conspira en contra de su propia supervivencia en forma de decisiones en apariencia inocentes que los transforman en cuanto ponen un pie en cualquier archivo o sala de lectura. Son numerosos. Por lo habitual se presentan en grupos aunque un solo impertinente instruido es suficiente para cubrir la tarea de diez novatos. Hombres o mujeres de cualquier nacionalidad, estrato o edad –siendo frecuentes los pequeños impertinentes– aparecen envueltos en atuendos tan impertinentes como ellos mismos: ¡Aquí una de esas decisiones en apariencia inofensivas! Los impertinentes dirán: “¿A quién pueden molestar mis zapatos con suela de goma?” ellas, las impertinentes, quizás pensarán: “A nadie le molestarán mis tacones, ¿Para qué llevar bailarinas?... ¿A quién le importará?” ¡A nosotros, los que habitamos entre libros! ¡A los lectores, a quienes vamos a las bibliotecas! Todos hemos podido seguir a alguien sin verle gracias al rechinar de la goma contra el brillante suelo; no son raras las veces en que hemos sido sacados a taconazos de nuestra lectura mientras alguna impertinente bajita y antipática, feliz como unas castañuelas, abandona presurosa la sala en medio del más estruendoso trote de caballo. Inconscientes de su naturaleza, al ir de compras eligen desde los bolsos más plastificados –que son los que más ruido hacen– hasta los timbres más bulliciosos para móvil, que siempre olvidan desactivar. Imanes de pequeños y estridentes accidentes, los impertinentes sonríen sin gracia cuando su torpeza, que les hace tropezar con sillas y derrumbar pilas de libros enteras, genera un ruido ensordecedor capaz de enmudecer el fragor de una batalla, sea esta en Mordor o en Inglaterra. No comprenden que el sutil lenguaje de imperio de los libros va de los susurros hasta, en urgencias, las señas de manos. Los impertinentes, como sacados de un zoco medieval, parecen vendedores vulgares que sostienen en sus manos tesoros invaluables.
Entre el golpeteo de los bolígrafos contra las mesas y los suspiros lastimeros que el lector recién exiliado de su libro profiere por su causa, los impertinentes son clasificables: Está el molesto, que durante una breve estancia hace todo tipo de ruidos. El enojoso, que nos interrumpe actuando en nuestra contra de manera directa, ya sea estrellándose contra nosotros, moviendo la mesa o forzando nuestra área de lectura. El cócora, que “amablemente” nos interrumpe preguntándonos cosas. El chinchorrero, peculiar por su incapacidad de mantenerse callado, al estar siempre rodeado de congéneres suele platicar voz en cuello y sin inmutarse ante la mirada agraviada de los lectores. Para terminar, está el irritante, que condensa en si a todos los anteriores, capaz de tirar papelillos a la cara de otros impertinentes e incluso de algunos lectores, mientras riendo se dirige a la salida con sus rechinantes zapatos con suela de caucho.
En este punto cabe preguntarse: ¿Han hecho algo los lectores al respecto? ¿Acaso es más fuerte el sonido de una silla o un móvil que su voz? A esto último es preciso decir que sí, dentro de una biblioteca, de lo contrario serían también impertinentes. Pero, ¿y afuera? ¿No hay manera de crear una coalición anti-impertinente? Algunos lectores cuentan, perdón, no cuentan, susurran, que hubo alguna vez un lector que lo intentó: ¡Alzó su voz pidiendo silencio!... y enseguida fue expulsado por impertinente.
Sin embargo, aquel lector no fue el primero ni el último en intentarlo. En una biblioteca no muy lejana, un ávido lector de tratados militares propuso, ¡A través de una nota, claro!, que todos los lectores se pusieran en pie de guerra, haciendo de la biblioteca un frente compuesto por silentes columnas móviles de lectores que repelieran a los impertinentes. El plan era sabotearlos, extraviar sus espantosos móviles y sus libros de consulta, expulsándolos de forma definitiva en operaciones relámpago que los dejaran leyendo en las aceras. Otro lector, avezado en psicología y psicoanálisis, propuso llevar a cabo un ejercicio conductista con los impertinentes. Perseguirles con la mirada, haciéndolos sentir incómodos ocasionando su posterior retirada, esto de acuerdo con el modelo de estimulo-respuesta de Pavlov.
Entre los lamentos escritos que rodaban por la biblioteca de mano de los lectores habituales de las tragedias de Eurípides y Esquilo, un estudiante de administración de empresas envió un memorando general planteando la creación de una nueva biblioteca dirigida en exclusiva a los impertinentes. Esta posibilidad fue rechazada categóricamente por el colectivo de lectores de Proudhon, Bakunin y Thoreau, todos ellos anarquistas que reivindicaban su derecho a no pertenecer a nada que atentara contra su autonomía. Un publicista esbozó un cartel que exigía la salida inmediata de los impertinentes que gozó con el beneplácito de la mayoría de los lectores de la biblioteca, no obstante, un lector de aspecto huraño renegó diciendo que había llegado el momento de tomar una “acción directa” sobre los impertinentes y que el afiche por si solo no haría la diferencia.
Mientras los lectores de lírica redactaban elegías a la muerte del silencio entre los lectores y un historiador escribía sobre la gloria perdida de la más valiosa de las bibliotecas, la de Alejandría, un niño, un pequeño de ocho años a lo sumo, tomo asiento junto a una lectora. Ella, que frenética escribía sobre la situación de los impertinentes con avisos coloridos que ponían “¡Extra!”, “¡Últimas Noticias!”, “¡Avance Informativo!”, hacía el tráfico cada vez más intenso. El crío notó que nadie hablaba sino que se pasaban notas. Él sacó un folio algo arrugado de su morral y con una caligrafía torpe y poco menos que indescifrable escribió:
“¿Podrías leerme este libro?”
Extendió un verde tomo de cuentos junto a la nota y la pasó a aquella trajinada señora. Ella dejó de escribir, leyó la nota y señalando al niño la pasó a su vecino, este al siguiente y así hasta que todos la leyeron. A medida que iba rotando el papel, el tráfico de folios, memorandos y comunicados con estrategias para deshacerse de los impertinentes fue aligerándose hasta desaparecer. Los lectores recordaron otros tiempos, remotos para algunos y más próximos para los más jóvenes; pensaron en cuando siendo aún niños también quisieron leer, pero el silencio fúnebre de la biblioteca los espantó. Los más viejos reflexionaron sobre como muchos años antes abandonaron las lecturas y se internaron en otros oficios y su tiempo libre los disfrutaron en las terrazas, perdiendo tiempo, tiempo valioso, que ya de mayores echaron de menos al contemplar las estanterías con miles de libros apilados que ya no tendrían oportunidad de leer. Muchos, todos en realidad, recordaron cuando ellos mismos fueron impertinentes y distrajeron las lecturas de muchos. Fue solo un momento, pero todos los lectores se contemplaron a sí mismos en aquel niño.La lectora abandonó sus lápices y abriendo el libro desde el principio, empezó a leer en voz alta. Los lectores supieron que era un cuento. Ella leía sin prisa ante los ojos como platos del niño que a su lado la miraban. No hubo protestas ni suspiros de indignación. No hubo tampoco miradas quejumbrosas o bolígrafos repicando contra las mesas. Ya nunca más se intentó expulsar a los impertinentes porque, como dice algún refrán “El que pregunta, saber quiere”, y no hay suela o tacón, ni móvil o conversación, que sirva de excusa para que alguien no pueda ir a la biblioteca a hallar esa respuesta y, con suerte, encontrar ese lugar especial en donde descansar del mundo leyendo tranquilamente un libro.

viernes, 22 de octubre de 2010

Percepciones


Para pensarte
he vencido el inefable duelo.
Para desearte, amor,
sin los rubores desnudos del impulso,
he aguzado la caricia que viaja
encendida de esperanza,
sobre el viento con olor a selva virgen,
desbordando mi mar hasta tu puerto.

PUBLICADO POR DELFIN EN LIBERTAD

martes, 19 de octubre de 2010

A Virginia


A Virginia Woolf,
in memoriam.

Cuando entras en ella se despabilan los recuerdos.
El aroma cándido que ocupaba los rincones augura soledad.
Un rincón envejecido por tantas reminiscencias.
La mecedora ha perdido consistencia, porque en ella no hay sino fantasmas.
Las ventanas miran hacia el vacío.
El mar lejano se escucha ronco y desierto en medio de la noche.
Duermen las estrellas y llueve sobre las palabras un cántico nocturno de grillos y ecos que rozan los árboles.
Las hojas han perdido el color.
El aliento del mar se sumerge en la estancia.
Somos mar entre tantas olas.
Busco en ti una mirada que, sin darme cuenta,
se encuentra desde tantos años perdida.
No importa.
Calla.
Duerme.
No sientas nada.
Una roca en el cielo cae sobre el agua oscura atada a los recuerdos.
Calla.
Silencio.
La manzana no fue el pecado.
Yace la columna de la muerte atada a la cintura del mundo deshecho, oculto, siniestro.
El mar cuenta y sólo escucho sus historias, dormido entre olas diáfanas y fantasmas que nos perseguirán por siempre.
Ricardo J. Román

lunes, 18 de octubre de 2010

En la encrucijada

Desolación ( Misteria)
Han desaparecido las ganas de escribir, de pensar
y con ellas de la mano agarrada la desidia.
No me quejo cuando me miro al espejo.
Apenas si logro un solo bostezo de aburrimiento de este mundo
que me tiene presa en sus garras,
sin mostrar arrepentimiento...
La soledad no me abruma,
me desazona la gente,
estar entre tumultos,
subir a un autobús,
cruzarme con el vecino de enfrente,
exhibir una sonrisa forzada,
decir buenos días para ser educada.
Quisiera ser una flor solitaria que crezca en la tierra árida,
donde solo la alimente el sol y la meza el viento,
donde la luna la acune
y cuando marchitas sus ajadas hojas caigan...
sean el manto que cubra aquello que fui
y que otros ignoraron,
aunque me tuvieron al lado.
Al filo de la madrugada me encuentro ante una encrucijada
que me plantea un dilema...
Seguir o desaparecer para nunca más volver.

domingo, 17 de octubre de 2010

La respuesta


...y ahora ven

seamos por una vez

la respuesta

a la pregunta

que nunca se hará.

Publicado por Andrés Díaz Castro

viernes, 15 de octubre de 2010

Qué buen día hace para ligar.


Qué buen día hace, verás cómo viene alguien a fastidiarlo, pensé al levantarme.
Tenía todo calculado, ducharme, afeitarme y desayunar, todo de forma muy pausada ya que al ser sábado no tendría que ir al banco.
Ya está bien de estar cinco días a la semana de punta en blanco, con corbata, que ya no sé cual ponerme, y sonrisa profidén para los clientes.
En esta mañana iba a ir de compras, al mercadillo de la Marcha Verde, que me habían dicho que había unas cosas estupendas y a buen precio, todas muy “fashion”, se sospecha que son mercancía robada en boutiques y a la que dan salida en estos mercadillos en donde la policía hace la vista gorda.
Encontré una camisa Hugo Boss con unos pantalones de Roberto Cavalli, que eran un primor, me caían como si fuese yo el modelo…esta noche voy a dar el golpe en la “disco”, que no se yo porqué se me da tan mal el ligar, me voy a poner en los 35 y ná de ná.
A lo que iba, esa noche me fui a la “Bolinder”, que tiene una marcha buena y no hay yogurines, que espantan al personal de mi quinta.

La luz, la justa, muchos de los efectos luminosos los habían estrenado la semana pasada, qué impresionante era el Jb system Orion, te daba la sensación de estar en una nave espacial, el Clickwork Kreis de 70 cm , la luz Spinlihts que despedía te hacía elevar como en éxtasis, sin pastillas, claro.
La incorporación del sistema de altavoces Mackie SRM350 V2 era espectacular, el D.J. no tenía que esforzarse en envolverte, el sonido te envolvía solo y flotabas como en un globo, no me extiendo más por no aburrir, pero es que mi gran deseo frustrado siempre ha sido el montaje de una sala y me fijo en todo, hasta en los enchufes de las lámparas para las mesas.
Así fue como la descubrí, mirando la lámpara de la mesa en la que se ubicó, el corazón me dio un pálpito especial, era mi tipo de mujer, una mujer hermosa, que no es la más joven, ni la mas flaca, ni la que tiene el cutis mas terso o el cabello mas llamativo, es aquella que con tan solo una sonrisa y un buen consejo puede alegrarte la vida( García Márquez), la que siempre he soñado, esta vez no se me puede pasar la ocasión, debo hacerlo, me acerco despacio, dejándome ver, con mis compras de esta mañana luciendo en mi palmito, que ya lo quisiera mas de uno…..estoy a punto, ya estoy a su alcance auditivo, me acerco, me inclino un poco hacia ella y le digo, lo que siempre he deseado decir a una mujer:
-¿Estudias o trabajas?

© Angel 14 de Octubre de 2010

jueves, 14 de octubre de 2010

el ascensor

El ascensor de mi anterior casa era pequeño y estrecho.

Tardaba una eternidad en abrir sus puertas.

En los larguísimos instantes que duraba el estar ahí quieta, de pie, tenías tiempo para pensar en asesinos, ladrones, violadores o vecinos agresivos que podrían estar aguardando tu salida para atacarte.

Pero las puertas finalmente se abrían.

No había nunca nada.

Era decepcionante...

Publicado por Lucrecia Borgia

http://elmundodelucrecia.blogspot.com/


viernes, 8 de octubre de 2010

Cementerio de ideas

Son las diez de la mañana, asomo mi cabeza por la ventana y recibo el sopapo del otoño, que haciendo honor a su fama norteña, ha llegado con su manto de frío y cargado con su paleta, se ha entretenido en pintar el cielo de gris, y a esa nube entristecida, con su boina negra, se le escapan las lágrimas haciendo a todos correr.
Desde mi atalaya, contemplo el ir y venir de gente que emulando a las hormigas, pasan bajo mis ojos como seres en un laberinto.
Y me pregunto ¿cuántos de ellos serán felices? ¿cuántos han tenido pesadillas esta noche? ¿cuántos se miran al espejo y se gustan?
Cierro la ventana y me lavo la cara. Me miro al espejo mientras paso la toalla por el rostro. Me acerco al espejo ¿qué buscas? La verdad, no quisiera encontrarme con una pata de gallo haciendo surco alrededor de mi mirada, que esto no es un gallinero…
Me siento delante del ordenador, últimamente he descubierto que me da energía, curioso… la mayoría piensa que te rapta de la vida. Yo veo en él, el espejo de Alicia. Un nueva forma de existir, de mantener mi memoria en pie de guerra, de sentir que mis neuronas sirven para algo.
Supongo que en mi situación, esto es una batalla ganada. Atrás voy dejando ese cementerio de ideas en el que se transformó mi mente hace ocho años. Hoy, tengo ganas de escribir, de pensar, hasta de discutir… a pesar que hace un frío que recuerda al mármol en mi vida hace calor, y en la calidez que me rodea, acaricio la seda con la que rodeo mi cuello. Ya es otoño y la gente sigue danzando en el laberinto, la nube sigue llorando y yo sigo escribiendo. Tal vez no sea el mejor texto, el más bonito, el más solidario, tal vez… no sé, tal vez este, te guste a ti.
http://arantzag.blogspot.com/

martes, 5 de octubre de 2010

Tres, una y dos

Nos divertíamos mucho. Yo la admiraba por su desparpajo y extroversión, ya que ambas cualidades abrían las puertas que mi timidez y una excesiva racionalidad me cerraban.
Nos complementábamos de tal forma que cuando actuábamos por separado, nos encontrábamos incompletas. Éramos como un packindivisible.
Pero un día, las cosas cambiaron, o tal vez fuimos nosotras, el caso es que no sé cuál fue el detonante; miento, sí que lo sé, fue Álex.
Le conocimos en una fiesta de fin de curso y nos gustó a las dos. Supongo que nosotras a él también. A partir de ese momento, al confesarnos el impacto que nos había causado, nuestra alianza hasta entonces conjunta pasó a ser individual.
Cada una de nosotras se dispuso para la batalla, haciendo gala de sus mejores armas, y por supuesto, sin desvelar la estrategia.

Lo primero y principal era que Álex se decantara hacia una de nosotras. Una vez hubiera tomado posición, se iniciaría la segunda fase: ambas, elegida y no elegida, intentaríamos seducirlo hasta culminar la conquista.
Durante un tiempo, la lucha estuvo bastante igualada, pero ante la indecisión y pasividad del objetivo empecé a dudar y desilusionarme.
Una vez más, mi mente se antepuso al corazón y llegué a la conclusión de que no merecía la pena el esfuerzo y abandoné la contienda.
El caso es que mi retirada desniveló la balanza y acabó dando la victoria a Lidia. Ella, ni por un momento pensó que su éxito pudiera ser consecuencia de mi decisión. Su bien alimentado ego no le permitía la más mínima duda.

Acababa de sentarme cuando entraron en la cafetería. Hacía lo menos seis años que no los veía. Quedamos frente por frente, lo que imposibilitó el disimulo. Lo sustituimos por una expresión de sorpresa.
Nos besamos y los invité a sentarse en mi mesa.
La charla fue un “bosquejo” actualizado de hechos.
No faltaron las típicas y consabidas anécdotas del pasado, que dejaban constancia de nuestra antigua amistad.
Como siempre, Lidia tenía el monopolio de la palabra. No paraba de hablar, se la veía radiante y satisfecha. Álex y yo nos limitábamos a sonreír, y a poco más.
A partir de ese día nos vimos con frecuencia. Compartíamos salidas y amigos comunes. Lidia presumía ante el mundo, y especialmente ante mí, de su amor y su felicidad.

Mi amiga olvidó que las guerras importantes suelen ser largas. Y que a pesar de existir períodos de aparente paz, nunca se debe subestimar al enemigo, sobre todo si ha sido ”derrotado”. La exhibición del botín conseguido fue una provocación que hizo revivir en mí los fantasmas del pasado.
Había llegado el momento de poner en práctica una nueva y muy premeditada estrategia. No iba a ser tan generosa como antaño. Algo en mi interior se rebelaba y pugnada por salir, algo que daría un vuelco definitivo a la batalla final.

Han pasado seis años más desde el casual encuentro en la cafetería. Y todo ha cambiado, incluso yo.

Este mediodía he ido a buscar a Álex. Hemos comido en un restaurante cerca de su trabajo.
Estábamos en el postre cuando Lidia ha entrado en el local. No nos ha visto.
Álex me ha cogido de la mano y me ha besado. Ha pedido el café y la cuenta.
Como hacía una tarde espléndida, hemos ido paseando tranquilamente a buscar a nuestro pequeñín a la guardería.

LOLA ENCINAS

http://lakarcoma.blogspot.com/



sábado, 2 de octubre de 2010

2 de Octubre: Santos Ángeles Custodios


Ángel de la Guarda
Dulce companía
no me dejes solo
ni de noche, ni de día

Muchas gracias a todos los que me habéis enviado un mail con la felicitación.
A los que no, también, se que se os ha pasado, pero sin intención, claro.
Angel(c) 2010

viernes, 1 de octubre de 2010

Aniversario




somos lo que no decimos
la palabra muerta, la frase no dicha
el diálogo ausente

Hace un año abrí mi cuenta en Twitter. Y no deja de resultar paradójico que necesite del blog para anunciarlo. Lo que pasa es que, ya saben, allá en Tuit todo es muy breve y en ocasiones especiales uno necesita tirar la casa por la ventana, aunque sea hablando o escribiendo, como es el caso.

Alguien, no recuerdo quien, dijo que Twitter era la dictadura de la brevedad. Es cierto, aunque también puede ser la república de la estupidez o la bitácora pormenorizada de un alma postmoderna con BlackBerry en mano; o el bendito pizarrón en blanco en el que de vez en vez se escriben los sinsentidos más geniales o la palestra cibernética donde todos somos diputados, intelectuales, expertos, incendiarios...

También, han sido varios los que han dicho que un Tuit es un mensaje dentro de la botella que se arroja al mar, pero se les olvida decir que la botella se multiplica al tiempo que es arrastrada por la marea, y también se les olvida decir queesa botella puede no ser arrojada al mar, sino al aire, y caer en el rostro de cualquiera y descalabrarlo y quizá, uno nunca sabe, hacerlo más feliz.

En realidad es difícil reflexionar sobre el Twitter, tan complejo como querer describir el mar estando en la ola, y en realidad tan poco es muy necesario, al menos no para mí, cuyas necesidades se hallan en llenar de letras todo lo que sea susceptible de hacerlo, y en ese sentido, el Tuiter es un rollo de papel higiénico inacabable en el que puedo dejar testimonio de lo que pienso mientras existo.

Antes escribí que somos lo que no decimos, en ese sentido, somos lo que no tuiteamos, el espacio en blanco que hay entre cada uno de los 140 caracteres, somos el Tuit que siempre quisimos mandar y dejamos pendiente, el comentario que tuvimos ganas de responder y extraviamos en el vértigo del siguiente mensaje.

Lo que más me gusta al final de la noche es que las computadoras no Tuiteen solas; que detrás de ellas existan dedos sobre el teclado y miradas puestas sobre las palabras de otros, y que esos otros sientan que todo tiene más sentido si replicamos la utopía o la desgracia, o si recibimos la banal respuesta a la banal pregunta, el aliento de otros desalentados, la calidez de una sonrisa simbolizada así: :)