lunes, 29 de febrero de 2016

Spotligth


En un párrafo del fabuloso Las aventuras de un guionista en Hollywood, William Goldman rememora de este modo sus angustias en el proceso de escritura de Todos los hombres del presidente: "Estaba de Watergate hasta las narices. Me había vuelto loco con lo de Haldeman cuando había hablado con Mitchell y con cómo encajar en todo ello al juez Sirica y cómo hacer que Erlichman apareciera como el perfecto vecino que decía que era y a la vez pudiera hacer lo que hizo. Estaba consumido". Las películas políticas basadas en hechos reales, y aquella lo era, como también lo es Spotlight, impresionante epopeya periodística de Tom McCarthy sobre la revelación de casos de pederastia en la Iglesia Católica, tienen un gran problema: hasta alcanzar el subtexto, "el pulso que late bajo las palabras", de lo que realmente va la película, lo que lleva a la emoción y a la reflexión, hay que narrar toda una serie de complejísimos pasos repletos de "esos malditos nombres". Hacer comprensible al espectador, y aún más allá, emocionante, un proceso con el que incluso los mismos periodistas que protagonizan el relato se sienten perdidos no es tarea fácil. Goldman, con la foto de Gordon Willis y la puesta en escena de Alan J. Pakula, lo logró. McCarthy, con su propia puesta en escena, también. Spotlight es un triunfo del cine, de la escritura, de los derechos civiles, del periodismo, del trabajo.
Como en algunas de las grandes películas políticas de la historia, poco o nada se sabe de la vida privada de los protagonistas de Spotlight. Aquí no hay adornos; únicamente hechos, y consecuencias, alrededor de la labor del equipo de investigación del periódico The Boston Globe sobre los casos de pederastia sacerdotal en la ciudad y el encubrimiento de las altas esferas. Apenas tres pistas (una mirada del marido, o quizá novio, del rol de Rachel McAdams, con rostro de hartazón; unos imanes en el frigorífico de la casa del de Brian d'Arcy James; una vaga referencia a la ruptura sentimental del de Mark Ruffalo) sirven de modo harto preciso la complicación de sus existencias fuera del trabajo. Pero acudir a ello hubiera sido melodramático. Y aquí estamos ante una película sobre el poder, manejada por McCarthy, autor de Vías cruzadas y The visitor, con el sentido más clásico de la puesta en escena, y también del guion. Y ahí está la pista falsa con la que se juega a ver quién dejó pasar por alto la información adecuada, años atrás, grandiosa en su verificación, porque además apunta a uno de los grandes males del periodismo actual: la desidia.

Spotlight, en la línea de Veredicto final, de Sidney Lumet, también sobre la Iglesia, cumple con su propósito de olvidar lo superfluo para disparar contra lo esencial. Como en el extraordinario discurso del director Liev Schreiber a sus redactores, "la gran historia no está en los curas, como individuos, está en la institución; práctica y política, hay que apuntar contra los males del sistema", la película es una guía profesional y moral sobre el ejercicio de nuestro trabajo.
El de cualquiera.
Javier Ocaña (El Pais)

lunes, 22 de febrero de 2016

La Juventud


Puedo entender que Sorrentino moleste. Su estilo es tan pomposo y arrogante que es más fácil que provoque rechazo que otra cosa, pero a mí, que me rindo ante su suntuosidad, consigue hechizarme. Tras el viaje que supone el visionado de “La Grande Bellezza” (2013), una visita a la mundanidad y una búsqueda de la belleza a través de la literatura, podríamos decir que “Youth” (2015) es la mirada atrás en el camino, y a la vez, la mirada al frente, hacia el vacío de incertidumbre al que nos aproximamos desde el momento exacto en el que llegamos a este mundo. El que mira, a través de unas grandes gafas color café, es un Michael Caine poseído por un viejo y afamado compositor de música clásica, Fred Ballinger, que se encuentra atascado en su propio presente, viviendo, según le cuenta él mismo al médico que lo chequea, empujado por la apatía, aterrado por lo que le espera más allá del lujoso hotel donde pasa sus vacaciones.
En ese mismo hotel se encuentra su amigo Mick, interpretado de manera maravillosa por Harvey Keitel. Mick es un experimentado director de cine, entusiasta a pesar de su edad, que está deseoso de realizar una última película que le sirva como testamento artístico. Para ello trabajará con un jóven grupo de guionistas y con la que ha sido su musa durante toda su carrera: Brenda Morel (Jane Fonda).
Ambos entablarán amistad con Jimmy Tree (Paul Dano), un actor talentoso, frustrado por el origen de su éxito (interpretar a un robot) que busca ansiosamente pulir los detalles que le permitan perfeccionar el próximo papel que tiene entre manos.
Fred y Mick dan largos paseos por los caminos que bordean los bosques alpinos, disfrutan de las lujosas instalaciones de un balneario exclusivo, y hablan sobre su pasado, su presente y su futuro mientras observan como desfila ante ellos una extravagante colección de personajes: una Miss Universo con una mente cultivada y esculpida en un cuerpo perfecto,

 un dios roto del fútbol (homenaje a Maradona) con Karl Marx tatuado a la espalda,

un monje que es capaz de elevarse sobre las inmundicias terrenales,

 una masajista que cree que no tiene nada que decir pero que es capaz de decirlo todo sin mover la boca,

una pareja de ancianos que se guarda odio en forma de silencio y un deseo sexual que sobrevive al tiempo, prostitutas poco agraciadas, un niño que aprende y una niña que enseña…
A través del ecosistema anteriormente descrito,  y gracias a una banda sonora y una fotografía sublimes, Sorrentino consigue mantenerme en todo momento en un estado de tensión emocional constante, abrumado por su imponente belleza, mostrando mediante una catarata de detalles la importancia de la amistad, el absurdo necesario que supone perseguir los sueños, la pesada carga de crecer sin olvidar o haber crecido y olvidado, fallar, morir. Desgarrador, por poner un ejemplo, el monólogo que se marca Rachel Weisz, interpretando a la hija de Fred, mientras destapa, rememorando su infancia, todos los fantasmas de su padre, dando rienda suelta a un arrebato de odio injustificado.

Además, todo esto se consigue mientras se homenajea a la música como creadora de nuevas emociones, al fútbol como absurdo magnífico y necesario, y sobre todo al cine, como ficción más allá del arte, como deseo puro y primero de trascender al papel de extras que nos ha tocado en esta vida.
Quizás no consiga ser tan redonda ni personal como “La Grande Bellezza”, donde a uno le resultaba más fácil identificarse con el irresistible personaje de Jep Gambardella mientras vagaba en su espiritual búsqueda por las calles de Roma. Sin embargo, en “Youth”, la complicidad se reparte entre los personajes y los momentos que éstos comparten, creando un goteo emotivo que acaba, más tarde o más temprano, inundando al espectador, hasta embargarlo por completo en el tercer acto.
El desenlace y lo que se extrae de él, duele. Duele y a la vez reconforta. Es difícil de explicar porque la película acaba conteniendo tanto que al intentar desmenuzarla se descompone en nuestras manos. Podría intentar relatar mis escenas favoritas, contaros por qué algunos planos me dejaban sin aliento, el motivo de que ciertos diálogos me emocionaran o la reflexión final con la que me quedo, pero no serviría de mucho, el arte es subjetivo. No se puede explicar “Youth” al igual que no se puede explicar la vida. Ambas hay que vivirlas.

elmurodedocsportello.wordpress.com



sábado, 20 de febrero de 2016

Hermanos de sangre





Band of Brothers

Al principio de cada uno de los 10 capítulos de ‘Hermanos de sangre’, como se ha titulado en España, unos veteranos de la Segunda Guerra Mundial, ya ancianos, comparten sus recuerdos de algunas de las batallas y los momentos que vivieron en el frente europeo de la contienda, desde el Día D hasta el final de la guerra. Son la introducción a lo que vamos a ver, a la narración de las peripecias de la compañía Easy del ejército de Estados Unidos y, sobre todo, al relato de cómo vivieron la guerra los hombres que la componían. Si por algo destaca ‘Band of Brothers’ es por situar la acción en los soldados, en los lazos de compañerismo que se forman en combate, en las estrategias de cada uno para salir adelante día a día y no acabar cargando con la culpa del superviviente, que prefiere morir con el resto de sus compañeros a vivir señalado como un “héroe”.

El tono es similar al de ‘Salvar al soldado Ryan’, la película de Steven Spielberg a partir de la que nació esta miniserie de la HBO, pero con más tiempo se permite profundizar más en algunos personajes, como Dick Winters, al mando de la unidad, o el sargento Lipton o el médico, enseñarnos las dobleces y las dificultades que encuentran para salir adelante en un entorno para el que ningún entrenamiento de élite puede prepararlos. Uno de los puntos álgidos de la serie, en ese aspecto, es el asedio que la compañía sufre en los bosques nevados de Bastoña, sin prendas adecuadas para el invierno, cortos de municiones, refugiados en hoyos excavados en la tierra y casi abandonados a su suerte ante un ejército alemán que los bombardea diariamente y al que no pueden ver. Los dos episodios que transcurren en ese bosque belga, en el que los personajes llegan al límite de sus posibilidades, son los mejores de toda la serie.

Uno de sus principales activos es su sólido reparto, lleno de caras poco conocidas en 2001 como Damian Lewis, Ron Livingston, Donnie Walhberg, Matthew Settle, Michael Cudlitz o Neal McDonough. Incluso es posible ver en papeles muy pequeños a David Schwimmer, James McAvoy, Jamie Bamber o, en algo que no es más que un cameo, Jimmy Fallon. Hay ciertas licencias históricas y algunas imprecisiones con respecto a la historia de la compañía y al libro de Stephen Ambrose en el que se basa la serie, comprensibles para poder contarla, pero no son óbice para no disfrutar de una miniserie que, además, engancha casi desde el principio. Sus responsables, Steven Spielberg y Tom Hanks, estrenaron la continuación, ‘The Pacific’en la HBO. Tienen un estándar muy elevado con el que medirse.

Una escena: No es fácil elegir sólo una escena de ‘Hermanos de sangre’. Podríamos quedarnos con algunos de los momentos posteriores al desembarco en Normandía, o con cierto espeluznante descubrimiento que se hace cerca del final. Pero vamos a elegir uno que resume el tono de la serie, el discurso que el general alemán da a sus tropas después de rendirse, un discurso que es como una versión muy libre del que Shakespeare incluyó antes de la batalla de Agincourt en ‘Enrique V’, y que da título a la serie.

jueves, 18 de febrero de 2016

Pero... ¿esta serie cuándo se acaba?


En la televisión norteamericana lo habitual es que las comedias duren entre 20 y 30 minutos, y los dramas entre 40 y 60. Las series pueden llegar en temporadas cortas, con 13 capítulos, o largas, con 23. Pero después de 70 años de ficción televisiva, nadie ha sido capaz de responder a una interrogante que, a primera vista, parece sencilla. ¿Cuántas temporadas debe durar una serie?
Sobrevivir al estreno ya es una hazaña, pero ser capaz de superar el 'sophomore slump' es aún más meritorio. Tras la tercera, puede entrar el gusanillo de una cuarta, y en las producciones con temporadas largas ya surge la necesidad de superar el centenar de episodios con una quinta entrega para, entre otras cosas, hacer más rentable la serie. Precisamente son cinco las temporadas que la leyenda urbana televisiva establece como justas y necesarias. Y algunas grandes producciones como 'The Wire', 'Breaking Bad' o 'A dos metros bajo tierra' lo corroboran. 'Los Soprano' tuvieron una más, y todo fue bien, pero otras como 'Dexter', con ocho, o 'Expediente X', con una más, se echaron a perder. También es cierto que 'Urgencias' (15), 'Frasier' (11) o 'El ala oeste de la Casa Blanca' (siete) tiran por tierra la creencia popular. Porque cada historia, cada creador y cada cadena tienen sus tiempos, y de lo que se trata es de saber irse antes de decepcionar a la audiencia y estropear una producción.

Adiós (por fin) a la Sra. Florrick
Algo así han debido de pensar los directivos de la CBS, que hace unos días decidieron confirmar lo que muchos de los seguidores de 'The Good Wife' se temían: la presente será la última temporada de la serie. La producción creada por Michelle y Robert King ha mantenido una media de 12 millones de espectadores, situándose entre los 30 programas más vistos cada temporada. Además, ha logrado arañar nominaciones durante cinco años consecutivos, tanto en los premios Emmy como en los Globos de Oro. Y ha contado con el aval de los responsables de la cadena, que siempre la han tratado como a la niña mimada de su parrilla: no tenía audiencias descomunales, pero aportaba lustre a su programación. Hasta ahora.
'The Good Wife' ha contado con el aval de los responsables de CBS, que siempre la han tratado como a la niña mimada de su parrilla. Hasta ahora
'The Good Wife' perdió en sus dos últimas temporadas a dos personajes muy importantes para la serie. Algo más relevante de lo que podría pensarse, ya que se trata de una producción en la que algunos pensamos que muchos secundarios son más interesantes que la protagonista. Además, la media de audiencia de la temporada es actualmente cuatro millones de espectadores más baja de lo que acostumbraba hasta hace un par de temporadas. Y tal vez,  todo ello influyó en la decisión de los King, que en enero anunciaron que abandonaban el proyecto, aclarando que la serie podría continuar sin ellos.
La CBS no se ha arriesgado a intentarlo, porque no ha encontrado una razón para hacerlo. Todas las temporadas han tenido grandes momentos, es la serie que más (y mejor) ha planteado temas actuales y cuenta con los magníficos secundarios ya comentados. Pero la historia de Alicia Florrick hace tiempo que ('in my opinion') perdió su rumbo, y mientras montaba y desmontaba bufetes, probaba suerte con la política. Para terminar preguntándose si su única labor reconocible iba a ser la de madre y abnegada esposa. Todo ello acompañado de una sucesión de acontecimientos que reafirman lo que parece una regla no escrita en las series dramáticas: cuando no encuentres una forma para despedirte, castiga al protagonista todo lo que puedas.

Shonda necesita renovarse
Una máxima en la que este año podría encumbrarse como maestra Shonda Rhimes, creadora de 'Anatomía de Grey' y 'Scandal' y productora de 'Cómo defender a un asesino'. Todas ellas son historias de mujeres y para mujeres, que se sirven de temas recurrentes de la ficción televisiva (médicos, política y abogados) para contar, al inconfundible estilo de un culebrón moderno, tanto dramas personales como conspiraciones políticas. En el caso de las dos primeras, que se encuentran en su duodécima y su quinta temporada respectivamente, las protagonistas están atravesando un verdadero y particular infierno. Cierto es que, como buenos melodramas que son, las vidas de la doctora y la 'solucionadora' nunca han atravesado momentos de felicidad apabullante. Pero la sucesión de desgracias que Olivia y, especialmente, Meredith están viviendo, hacen que el muñeco de vudú del personaje se antoje necesario en el 'merchandising' de la serie. Aunque solo sea para seguir el ejemplo de Shonda.
La sucesión de desgracias de Olivia y, especialmente, Meredith, hacen que el muñeco de vudú se antoje necesario en el 'merchandising' de la serie
En lo que respecta a las audiencias, 'Anatomía de Grey' y 'Scandal' han sufrido en las últimas temporadas una paulatina pérdida de espectadores, provocada quizá por los giros y pérdidas que han vivido sus historias, ya de por sí alocadas. Tristemente, y a pesar de que ninguna de ellas es lo que fue, es poco probable que la ABC sacrifique unas audiencias aceptables por el honrado, pero poco frecuente, hecho de preservar la concepción original de cada producción, por muy peregrina que fuese.

Procedimentales eternos
Géneros televisivos como el procedimental policíaco son más propicios a extenderse en el tiempo. Este tipo de serie se centra en una pareja o grupo de policías que, capítulo tras capítulo, se ocupan de un caso diferente mientras se narra una historia central. Si los elegidos como protagonistas son además dos personajes cuya relación se alimenta de tensión sexual no resuelta, la longevidad está asegurada. Porque en algún momento la tensión se resuelve, la relación sufre vaivenes, se rompe o se reafirma, y si se trata de este último caso, terminarán formando una familia. Y si no, se vuelve a empezar.
'Bones' y 'Castle', con 11 y ocho temporadas respectivamente, son los ejemplos más evidentes y actuales de la perdurabilidad del género, una lista en la que también podríamos encontrar (sin el componente romántico) a 'Ley y orden: unidad de víctimas especiales', con 17 entregas, o 'Mentes criminales', con 11. Todas ellas, románticas o no, deberían valorar la posibilidad de ir echando el cierre. Ya sea por no afrontar el riesgo de que el interés de la audiencia termine convirtiéndose en rechazo, o por asumir que la creatividad tiene un límite y cada capítulo que pase será más difícil no repetirse. Además del probable cansancio de los actores o del dispendio económico que la producción suponga para la cadena. Porque una larga supervivencia en la parrilla también tiene inconvenientes, y el principal es que el caché de los intérpretes crece conforme avanza la serie. Si, además, como en el caso de 'Bones', la relación entre el equipo de la serie y la cadena atraviesa por malos momentos, el final se presenta casi como única solución posible.

Grandes y largas comedias
La teoría de las cinco temporadas nunca ha sido aplicable al género de la comedia, y se cae por sí sola cuando observamos a los ganadores de los premios Emmy a la mejor producción durante este siglo: 'Modern Family' va por su séptima temporada, las mismas que alcanzó 'Rockefeller Plaza'. 'Everybody Loves Raymond' llegó a nueve, 'Friends' tuvo 10 y 'Sexo en Nueva York' se quedó en seis. Aquí la extensión no es el sello de calidad del producto, todas ellas tuvieron (o tienen) temporadas irregulares, sino la confirmación de que lo habitual en comedia es ser longevo. No hay una gran comedia que no tenga detrás una buena ristra de temporadas.
La teoría de las cinco temporadas nunca ha sido aplicable a la comedia, y se cae por sí sola cuando observamos a los ganadores de los premios Emmy
La necesidad de una producción de poner punto y final a la historia que narra llega, desde el punto de vista creativo, cuando aquello que la permitió sobrevivir desaparece. Los momentos cómicos ya no lo son, la química entre los personajes no es la misma, la historia ha perdido su rumbo o simplemente la capacidad de sorprender y agradar al espectador. Unos males que pueden afectar a creaciones irregulares como 'Dos chicas sin blanca' y a producciones reconocidas como la propia 'Modern Family' o 'The Big Bang Theory'. En este último caso, su supervivencia está asegurada porque la CBS así lo quiso, asegurándole diez temporadas. Pero resulta revelador cómo poco a poco la serie ha dejado de estar entre las producciones a tener en cuenta, y estos días celebra sus 200 episodios discretamente.

Regresos poco merecidos
La comedia científica por excelencia no es la única producción que tiene asegurada su, más que discutible, supervivencia. 'Homeland', por ejemplo, esa producción que lleva cuatro o cinco temporadas de más, volverá en septiembre, con la intención quizá de parecerse demasiado a la actualidad y estropearlo todo en el último minuto. De nuevo. También volverá 'American Horror Story', porque parece que Ryan Murphy aún no ha torturado lo suficiente a todos sus fans, prometiendo un espectáculo que no acaba de llegar. Otras, como 'Orange Is The New Black' confían en su suerte algo más de tiempo, y han confirmado que la pena a cumplir en Litchfield se extenderá tres temporadas más.
La salud de una serie y la necesidad de mantenerla con vida son hechos más subjetivos de lo que a los espectadores y a las cadenas les gustaría. Algunos, como Graph TV, se esfuerzan por facilitarnos la visualización de las impresiones que genera cada capítulo, y el rumbo que sigue cada temporada. Si la línea trazada es descendente, y viene acompañada de un descenso en las audiencias, el esfuerzo por mantener con vida la producción tendrá un desenlace fatal, y solo servirá para alargar la agonía de la historia. Siempre será mejor criogenizarla y recuperarla dentro de unos años, que es algo que últimamente está muy de moda.
ALOÑA FERNÁNDEZ LARRECHI