domingo, 22 de octubre de 2017

Mindhunter


 Bueno, esta vez no podrán acusarme de meterme demasiado con Netflix. Esta semana nos trae su mejor estreno en un año, desde que en diciembre del 2016 liberó The crown, y además, es ya, sin duda, una de las mejores series del año.


No podía esperarse menos de un proyecto en el que detrás estaba David Fincher, con una filmografía tan buena como El club de la lucha, Seven, Zodiac, etc. El proyecto era tan interesante que Netflix y HBO compitieron duramente por hacerse con la serie. La victoria de Netflix era obvia después de que Fincher ya creara House of cards. Pero a diferencia de allí, donde sólo dirigió los dos primeros episodios y acabó desentendiéndose por completo de la serie ya en su segunda temporada (y vaya si se notó) en Mindhunter dirige sus diez capítulos, lo que hace que el nivel no decaiga y el conjunto mantenga una coherencia asombrosa, muy similar al resultado final de Cary Fukunaga con su True detective.

La serie adapta el libro Mind hunter: inside FBI elite serial crime unit, escrito por dos investigadores del FBI que narran su experiencia personal a mediados de la década de los setenta.


Vaya por delante que no es la típica serie de agentes de la ley a la caza de un asesino en serie. Sino que sigue a dos agentes de la UCC, Unidad de Estudio del Comportamiento, una sección creada en 1975 que tenía por objeto interrogar y entrevistar a asesinos en serie detenidos. El objetivo era meterse en su mente, entenderlos, o tratar de entender que convierte a una persona en un monstruo. La pregunta del millón de si el mal nace o se hace. Por eso la serie va a contar con varios detenidos a los que entrevistan en las cárceles por toda la geografía de los EEUU. Y a la vez, cuando acuden a las policías locales a impartir cursos, ambos agentes se van a involucrar en algunos casos locales de asesinatos y violaciones, tratando de pasar sus estudios de la teoría a la práctica.




Los dos agentes citados son Holden Ford, interpretado por Jonathan Groff y Bill Tench. Holt McCallany. No conocía nada del trabajo de ambos actores. Sé que el primero salía en Looking, pero es una serie que nunca me interesó y de la que no pude pasar de sus primeros minutos. A ambos agentes se va a sumar una civil, una profesora de psiquiatría interesada en el estudio y que acaba colaborando como asesora para ver si los resultados del estudio tienen aplicaciones civiles. A Wendy Carr la interpreta, ni más ni menos, que Anna Torv, en su mejor papel después de haber sido la inolvidable Olivia Dunham en Fringe.


El trabajo de los tres es impresionante, especialmente el personaje de Holden Ford, el alma de la serie, cuya evolución, pasando de un tímido y retraído agente de oficina, un chupatintas del FBI, que a medida que se mete en la mente de los psicópatas y a medida que empieza a meterse en el papel de los mismos para ganarse su confianza en las entrevistas, con un lenguaje vulgar y ofensivo, lo va a ir transformando en un ser frío, despiadado, cínico y un tanto amoral, para el que al final los resultados importan más que los medios usados para alcanzarlos.


David Fincher consigue en Mindhunter recrear la atmósfera agobiante de su Zodiac. con una banda sonora a la altura, unos diálogos profundos, inteligentes, unos personajes bien construidos. Además remata con lo más difícil, conseguir que las vidas personales de los tres personajes nos interesen. Lejos del manido recurso del agente de policía borracho, en Mindhunter vamos a ver con realismo, y poco a poco, como las vidas personales y profesionales de los tres personajes acaban colisionando.


No puedo terminar sin destacar a uno de los asesinos que entrevistan, un Edmund Kemper interpretado por Cameron Britton, que con su físico imponente y su lenguaje pausado da vida a un convincente monstruo con el que Holden acaba estableciendo una peligrosa sinergia.


La serie termina su primera temporada con inteligencia. Evoluciona muy bien a los personajes y los coloca en el disparadero de cara a una segunda temporada. Además puede contar con el recurso de presentar nuevos detenidos o nuevos casos de investigación. Esta sí es una serie que de verdad justifica una continuación de varias temporadas.

Spoiler. Lo que pretendían conseguir con el estudio, muy innovador para su época, se acabará cobrando sus víctimas al tratar de aplicarlo a rajatabla, como el caso del director de un colegio y a la vez deja al programa en el aire de ser suspendido. Fin Spoiler

Totalmente recomendable, es más, imprescindible si te gustan las buenas series. Muy adictiva, con un ritmo que engancha. Personalmente la he devorado en dos días aprovechando el puente festivo del viernes. Un maratón televisivo que me ha recordado a las mejores series de Netflix, diseñadas para no poder parar de verlas y que ya echaba de menos.

miércoles, 18 de octubre de 2017

LA PLEGARIA DEL BUZO


 El mismo día en que cumplí dieciocho años mi padre me llamó dulcemente y me dijo con la debida gravedad:

-El Señor, Dios, quiere que todo hombre haga, en la tierra, un trabajo. Él no quiere a los que miran, sentados al borde de los campos, la obra de los sembradores y de los labradores. Es preciso, pues, que elijas sin demora un arte que dé a tu vida un sentido y una finalidad. Cualquiera que sea tu elección, te prometo no ponerte obstáculos. Así, pues, decide y habla.
 Y yo, que reverenciaba profundamente al Señor, Dios, y obedecía siempre a mi padre, respondí:
 -Mi elección está hecha: seré buzo.
 Mi padre palideció un poco, pero contestó en seguida:
 -¡Hágase tu voluntad!

Así, desde aquel día, fui buzo. Durante muchos y largos años he vivido, solo y en silencio, bajo las grandes aguas. He habitado en todos los mares, he explorado todos los océanos, he bajado a todos los abismos. He encontrado esqueletos de barcos, cuellos de viejas anclas despuntadas, arcones llenos de monedas de oro cuyas efigies estaban corroídas por el agua; grandes; grandes monstruos luminosos, con enormes ojos blancos, me han iluminado con su resplandor irreal; largos cuerpos verdosos, semejantes a los de las sirenas, me han acariciado; he penetrado en las bocas oscuras de los volcanes sumergidos; he pisado el suelo de las Atlántidas desaparecidas; he topado con los hinchados cadáveres de los náufragos; me he debatido entre los tentáculos de pulpos colosales; he sacado a la luz montones de maravillosas perlas, de extrañas conchas, de árboles fosforescentes, los puñales que arrojaron en la noche los tremebundos homicidas, los anillos de los Dogos y la áurea copa del Rey de Tule…
 Llegó, pues, el día en que conocí todas las profundidades marinas, todos los valles de los océanos y todos los golfos más tenebrosos y los tesoros más ocultos. Llegó un día en que estuve impregnado por todos los perfumes salobres y supe todos los ritmos de las olas y todas las sinfonías de las tempestades, y entonces pensé que el Señor, Dios, podía estar ya satisfecho de mi obra y decidí volver a vivir en mi ciudad, entre los seres terrestres que había dejado desde hacía larguísimos años.

Pero, apenas llegué a la ciudad en donde había nacido y en donde quería morir, tuve como una sensación de terrible disgusto y de tormentoso estupor. Ya no reconocía ni amaba todo aquello que me había visto niño. Acostumbrado a las grandes soledades submarinas, iluminadas por reflejos milagrosos y por luces intensas que parecen venir de las profundidades, no podía habituarme a la angosta colmena fangosa que se llama ciudad. El cielo se me antojaba como juna especie de extraña prisión, surcada por estrechos y sucios corredores, en los que pequeños animales, corrían mirándose cruel o lascivamente. Ruidosas carcajadas móviles se arrastraban por los corredores, llevando dentro a bestezuelas aprisionadas y acurrucadas; el aire pesaba por el humo y el polvo, y pesaba a alientos infectos y a olores sofocantes. Los hombres me daban la idea de condenados a muerte, enloquecidos en la inútil espera de la gracia. Sus caras me resultaban odiosas, como las de los reptiles blanquecinos que deponen sus huevos cerca de las tumbas; sus ojos me parecían vacíos, como si el alma los hubiera abandonado; sus palabras sonaban en mis oídos como cantinelas de mendigos eternamente hambrientos o como gritos descompuestos de águilas a las que están cortando las alas. En sus casas tenebrosas y angostas vi yacijas en que se arrojaban por la noche como si fueran a morir, y mesas cubiertas de restos de cadáveres y de hojas arrancadas brutalmente a la frescura de la tierra. Habían fabricado grandes habitaciones, en donde algunos simulaban amar y morir, moviéndose con vestidos de muchos colores y bordados bajo la luz falsa de lámparas redondas, y grandes salas, en donde algunos de ellos, vestidos grotescamente de negro, simulaban salvar a la patria y al mundo chillando con gran seriedad. Y otras salas, en cuyas paredes estaban colgados pedacitos de tela cubiertos de colores y de líneas, con la intención de hacer soñar un mundo mejor que aquel en que viven.

Pero yo no comprendía, acostumbrado a los deslumbrantes silencios de las profundidades, muchos de sus gestos y muchas de sus palabras. Toda aquella vida, en medio de la cual, sin embargo, había nacido y crecido, me parecía sin significado: vacía, pavorosa, torpe, soez, pútrida, como la de un cubil subterráneo habitado por bestias ciegas, débiles e inmundas. Me parecía haber caído en un pozo habitado por cadáveres ambulantes y hediondos, y por la noche no tenía fuerzas para levantar los ojos, temiendo que de aquel cielo, demasiado ciudadano, hasta las estrellas hubieran huido.

Y yo pensé entre mí: “¿Quién puede haberme reducido a este estado? ¿Quién puede haberme cambiado el alma de tan terrible modo que ahora descubre lo ridículo, lo oscuro y lo feo dondequiera que mire? La ciudad es como yo la dejé de jovencito. Es más, dicen que desde aquel tiempo ha hecho muchos e insignes progresos de todo tipo. ¿Por qué, pues, se presenta ante mí, que vuelvo de los mares, tan extraña y nauseabunda, a mí que, sin embargo, la amé siendo niño con toda el alma y la encontré más bella, más majestuosa y más hospitalaria que ninguna?”

Pero no supe contestar a tales preguntas. Un hombre, que me asistía en aquel terrible estado, me aconsejó que leyera los libros de los médicos del alma y del cuerpo para encontrar el origen y el remedio de aquella que él llamaba, con sincera tristeza, mi alienación.

Y yo leí centenares y millares de libros, día y noche, siempre despierto y siempre ansioso en busca de salud. Pero en ningún libro encontré lo que buscaba. Entonces, encerrado en mi casa paterna, pensé y sufrí durante centenares y millares de horas, siempre despierto y siempre atento a la tremenda ansiedad de la salud. Pero todavía no he encontrado lo que buscaba.

Ahora me dirijo a ti, hombre que estás ante mí con tu malvada sonrisa de verdugo ocioso y con tus ojos que nunca han mirado el cielo; me dirijo a ti, hombre de las precoces e insaciables perversidades y de los secretos bien custodiados, y te ruego, en nombre de la tierra de la que naciste, de la tierra de que te nutres, de la tierra por la que te arrastras, te ruego que me digas por qué no comprendo y no amo la vida de los hombres.

Y, si me contestas, te daré una perla que recogí un día en el valle más fantástico del mar y que ningún ojo, fuera de los míos, ha visto.

Giovanni Papini (Italia, 1881-1956)

Un hombre llamado Ove




Al concluir la proyección, tuve que pensar en el poema ‘Si el hombre pudiera decir lo que ama’ de Luis Cernuda que no me resisto a citar casi en tu totalidad: “(…) Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien / cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío; / alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina / por quien el día y la noche son para mí lo que quiera, / y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu / como leños perdidos que el mar anega o levanta / libremente, con la libertad del amor, / la única libertad que me exalta, / la única libertad por que muero. / Tú justificas mi existencia: / si no te conozco, no he vivido; / si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.” Salvando las distancias, creo que encuadra con precisión el contenido de esta agridulce película sueca centrada en un entrañable misántropo tópico y gruñón, pero corroído por la pérdida de su único amor.

Quizás resulte algo simple, con demasiadas ganas de agradar y resultar simpática y hacerse querer a toda costa, pero la verdad es que conforme avanza su metraje consigue poner en pie el retrato fascinante de un cascarrabias enfurruñado, obsesionado con las reglamentaciones estériles y las prohibiciones arbitrarias, que tras su fachada de gigantón insociable esconde un corazón demasiado grande y quebrado como para permanecer en un mundo que le resulta ajeno e inhóspito tras la muerte de su adorada media naranja. Coquetea en varias ocasiones con el suicidio – sin que por ello la cinta pierda su tono ligero y amable – pero siempre hay algo o alguien que le impide concluir con éxito sus meticulosos preparativos. La vida parece querer brotar en los páramos más yermos.


Gustará a los que sepan apreciar el humor negro, a los que crean en la bondad intrínseca de todos los seres humanos, a los que no se avergüencen de sus buenos sentimientos y a los que no les asuste explorar la realidad como un tobogán que recorre, a una velocidad de vértigo, lo mejor y lo peor de cada uno y de sus semejantes. Quizás pueda irritar a los que se crean manipulados por el optimismo inquebrantable y radiante que desprenden las humoradas y extravagancias del ladino introvertido que las protagoniza, pero si uno se deja llevar por la propuesta, encontrará una modesta joya disfrazada de astuta bisutería.

Su aparente blandura no es sino un canto a la generosidad y ternura que nos reconforta y alivia durante nuestro breve peregrinaje por un valle de lágrimas incierto y resbaladizo.
Convencional comedia sobre la bondad que rebosa de historias, personajes y sucedidos, y que tiene querencia inopinada hacia la viñeta animada.

Parece fábula atiborrada, repleta de buenas intenciones y amor por la vida. A pesar de su previsible inicio malhumorado y sus continuos intentos de salir por la tangente suicida.
Línea clara, simpleza y brocha gorda. Ruidosa, cariñosa y sabrosa.
Entre la atorrante sucesión de naderías y la simpática muestra de un microcosmos vecinal lleno de alegría soterrada, luchando por salir y explotar.


To er mundo é güeno aunque no lo sepa o se niegue/empeñe en no asumirlo/reconocerlo, salvo algún burócrata desnortado de tebeo y algún compañero de trabajo que pacía por esos lares. Solo se trata de quitarnos la máscara (a los más avinagrados) y sacar a la luz nuestros corazones grandes y hermosos como una pelota de baloncesto, casi tanto como un Saab.

No tiene mucha gracia (a pesar de sus desesperados intentos por aparentarla), ni mucho interés, ni mucho ingenio, novedad o sustancia, es más bien como una canción pop un tanto anacrónica y vulgar que ponen en esa cadena de música que sirve para acompañar a los solitarios mientras cenan, hacen un bizcocho o recuerdan su glorioso pasado como anacoretas de grandes posibilidades todavía, antes de la roña.

Este contumaz obstruccionista que protagoniza la fiesta es un Mr. Scrooge de cajón y del carajo. Con un fantasma del pasado en forma de hada buena (su bella y buena mujer), uno del presente con una hada igualmente hermosa, bondadosa y un poco más belicosa, y el del futuro que todavía no se presenta pero que también amenaza con ascensión fulgurante a los cielos de los cascarrabias que tienen el alma como la patena y el espíritu recién planchado por las monjas santas del sagrado corazón, María, llena eres de gracia, Amén.


La tragedia se gesta en España. No podía ser de otra manera. Somos el infierno de Europa, donde se cuece, se fabrica a mansalva, a espuertas, toda la maldad y la desgracia que más tarde disfrutarán a manos llenas los europeos de más arriba. Somos el sótano oscuro, el de las bajas pasiones y los grandes malentendidos, el del horror vacui, cuando la noche se cruza con el miedo y solo sabemos de azar ciego y penas negras de horror feo.
Ferdydurke y Fana

lunes, 16 de octubre de 2017

El marginal


Hoy toca escribir sobre una ficción argentina que se estrenó hace poco  a nivel mundial, a través de la plataforma Netflix. Su éxito saltó las fronteras de su país para llevarse el Premio del Jurado en el Festival de Series de París. Un reconocimiento que le ha valido para lograr un distribución internacional. Se trata de ‘El Marginal’, un auténtico bombazo en su país, rodeado de buenas críticas tanto en el sector profesional como entre la audiencia.


La clave son los orígenes humildes de su producción, dado que ‘El Marginal’ está coproducida por la Televisión Pública Argentina y Underground; de hecho, en un principio, estaba concebida para estar lejos de la franja horaria de máxima audiencia. Su estructura iba a ser de treinta capítulos de media hora de duración y, al final, se condensó en trece capítulos de cincuenta minutos para una mejor exportación a otros mercados audiovisuales. Además, el poco presupuesto no ha sido excusa para lograr componer un producto de excelente calidad.


Sebastián Ortega y Adrián Caetano, creadores de ‘El Marginal’, tienen una gran experiencia tanto televisiva y cinematográfica; de hecho, en 2002 crearon ‘Tumberos’ de temática carcelaria e idéntica de la que trato esta semana. La cárcel abandonada de Caseros, con un historial similar a la prisión ficticia, acoge el rodaje de la serie para conseguir dar un enfoque realista y sórdido.


La historia de ‘El Marginal’ empieza con el ingreso en la prisión de San Onofre de Miguel Palacios (Juan Minujin), ex-policía, con la misión de infiltrarse en una banda muy peligrosa para averiguar dónde se encuentra la hija pequeña de Cayetano Lunati (Mariano Argento), un importante juez de Argentina, que acaba de ser secuestrada. El cometido es sumamente difícil ya que se encuentra en una de las cárceles más peligrosas de todo el país.


En San Onofre, completamente superpoblada, impera una sola ley: la del más fuerte. Los Borges, un clan mafioso, maneja a su antojo la prisión. Mariano (Claudio Rissi) y Diosito (Nicolás Furtado), los dos hermanos, han logrado montar una auténtica red económica y poderosa muy lucrativa. Su tela de corrupción llega a las más alta instancia de la cárcel. Antín (Gerardo Romano), director del penal y un auténtico sinvergüenza, no duda en sacar provecho de su posición.


Con un comienzo de gran alarde técnico, este drama carcelario consigue conectar rápidamente con el espectador. ‘El Marginal’ crece capítulo a capítulo gracias a un ritmo vertiginoso y unos personajes cincelados a la perfección. La narración mantiene el pulso firme durante los trece episodios además de  jugar a la perfección con los clímax y giros de guión. Una serie que usa sus recursos para realizar un producto arriesgado con una “fina” crítica al sistema penitenciario argentino.


Si algo destila la serie de Sebastián Ortega y Adrián Caetano es el del realismo más sucio y descarnado. La fotografía utilizada dota a la serie de matices grisáceos y porosos, además, la ambientación hace sentir y respirar al público esa podredumbre, presión y peligro al que están sometidos los presos. La vía de escape o zona de confort en esta continua guerra se encuentra en la consulta de la psicóloga Emma Molinari (Martina Gusmán), un ángel que brilla ante tanta oscuridad.


La crítica social y política es más que evidente en ‘El Marginal’ pero sobre todo hay un ataque directo al sistema penitenciario: una cárcel superpoblada, en estado precario y enferma de corrupción. La autarquía gobierna en un penal que se divide por castas o rangos que dan cierto privilegio y determinan la capacidad de supervivencia de cada preso. La brecha es tan profunda y significativa como la misma sociedad: los Borges y sus secuaces gobiernan la cárcel y disponen de una plácida estancia llena de comodidades, mientras que la Sub21 son aquellos que duermen hacinados en pequeñas carpas de plástico en el patio. Para más 'inri' la dirección y las fuerzas de seguridad son igual o más corruptas que los propios reclusos.


Un producto arriesgado y crítico que resulta extremadamente raro que se albergue en una televisión pública, algo que particularmente me llama la atención. La extremada dureza, el tono sórdido y el lenguaje soez son sus señas identidad de este drama carcelario.


Parte de su éxito recae en un excelente reparto en el que se acierta desde los protagonistas hasta los más secundarios. Sin embargo, me quedo con tres: Juan Minujin, excelente en su papel como ex-policía infiltrado; Claudio Rissi, soberbio líder del clan Borges; y, por último, Nicolás Furtado, grandisímo en su interpretación de ‘Diosito’ un excéntrico y peligroso psicópata.

se prepara la 2ª temporada
Esta primera temporada de ‘El Marginal’ se puede estructurar en dos partes bien diferenciadas separadas por un clímax potente. Un texto muy bien elaborado y trabajado que conjuga perfectamente con la dirección propuesta de Luis Ortega (‘Historia de un clan’) y una banda sonora que hace mover la serie a ritmo de hip hop.


‘El Marginal’ es una serie recomendable al cien por cien tanto si te gusta el género carcelario o como si es la primera vez que ves una ficción de este tipo. La podéis maratonear tranquilamente -o vorazmente- a través de Netflix.
Mario Cerdeño


sábado, 14 de octubre de 2017

Oficina de infiltrados


Estamos hartos de ver cómo funciona la CIA y conocemos la sede de Langley como si fuera nuestra casa. Lo sabemos todo del MI5, el MI6, el KGB, el Mossad y la Stassi. ¿Pero y los franceses? ¿Tienen servicios secretos?¿Para qué sirven? ¿Les queda algo de aquella grandeur colonial?







Un amigo me recomendó "Oficina de infiltrados" cuando le comenté que llevaba meses sin encontrar una serie que me enganchara, tras un par de años de frustrantes thrillers islandeses (¿o eran noruegos?), tediosas terceras partes ("Saúl 3", "Fargo 3", ...), irregulares policiacos ingleses ("Líne of Duty"), decepcionantes culebrones ("Nashville"), alargamientos artificiosos tras una primera temporada redonda ("Ray Donovan"), cabreantes desapariciones ("Silicon Valley"), tomaduras de pelo inaceptables ("Twin peaks 3") y truños lujosos e inverosímiles ("House of cards 4, 5, 6").


"Oficina de infiltrados" era una serie francesa (!) cuya sinopsis prometía más de lo mismo, una especie de "Homeland" chauvinista baratillo... Pero NO! Absolutamente genial y adictiva, con un guión brillante y verosímil y un casting espectacular, no por sus 'estrellas' (OK, Kassovitz es muy muy grande, un pedazo de actor) sino por la verdad, complejidad y sutileza que transmiten todos sus personajes: los iraníes son iraníes y hablan en persa; los sirios son actores sirios y actúan en su idioma; los franceses son de verdad, ni héroes ni villanos; los caracteres femeninos resultan fascinantes y anti-cliché"...


La producción es casi perfecta, con matices inapreciables para distinguir Argelia de Siria, Turquía de Irán.


Las varias tramas paralelas son sólidas y emocionantes y el thrill funciona siempre, sin concesiones a lo espectacular o increíble. Aprendemos cosas de los servicios de contraespionaje. Cada capítulo te deja colgado de un suspense inteligente y en cada capítulo hay, por lo menos, un par de escenas imborrables y/o memorables. Es una serie intensa y falsamente modesta, ambiciosa, alejada de los maniqueísmos infantiles de las películas de buenos-occidentales contra malísimos-terroristas-islámicos, tan típicos de homelands y similares.



Todos amamos una buena historia de aventuras. El ritmo frenético, la sensación de que cada minuto es último, la adrenalina que desprenden... Y sin embargo, esta no es una historia de aventuras. Hay mucho más. La lucha más dura, que es la que tiene uno consigo mismo, es en realidad lo que se relatara a través de este grupo de infiltrados de la DGSE. Hay grandeza en cada uno de los personajes, no obstante, estas se equilibran perfectamente con sus debilidades. Un acierto, un fallo. Gracias a esto, Eric Rochant ha sido capaz de crear una historia tan intrigante como verosímil, que sin necesidad de recurrir al efectismo de otras series de este género, teje una atmósfera conmovedora.
Entre otros aspectos destacables, podría considerarse la complejidad continua de las situaciones. El espectador será reiteradamente sorprendido por los acontecimientos, sin embargo, no convierte esta dinámica en un juego de niños con soluciones imposibles.


Lo más lamentable es su poca difusión entre los espectadores (españoles).
Me estoy alargando. En resumen, un "bureau des legendes" magistral y que te mantiene en vilo durante sus tres temporadas. Quizás la mejor serie francesa de la historia y una de las mejores series sobre espionaje de los últimos tiempos.(FA)

jueves, 12 de octubre de 2017

The Sinner





 The sinner tiene una virtud que puede llamar a engaño. Su punto de vista es tan atractivo y  original, que puede llevar al espectador a la idea de que está ante una serie mayor. Nada más lejos de la realidad. Su maravillosa premisa se desploma con el avance de los capítulos, cuando asistimos al habitual recurso del guionista tramposo, o que simplemente no quiere hacer bien su trabajo y termina recurriendo a la trampa para evolucionar la historia.



Una joven madre, esposa modelo, sufre un arrebato y asesina a puñaladas en la playa, ante su familia horrorizada y ante docenas de bañistas, a otro joven que reía feliz mientras su novia escuchaba en el móvil una canción. Gran punto de partida que nos pone en la incógnita de qué lleva a Cora Tanneti, a asesinar al joven Frankie Belmont, al que ni siquiera conocía.


Genial punto de arranque, que logra aún mayor atracción cuando Cora se declara culpable, cuando vemos que es la primera sorprendida por lo que ha ocurrido, y está tan perdida como el espectador. Más se complica la historia cuando el cadáver de su hermana pequeña, Phoebe, aparece y Cora es acusada de su muerte.


El problema lo vamos a encontrar cuando vemos que Cora sufre amnesia que afecta a unos meses de su pasado, una hoja en blanco que el guionista va rellenando haciendo que Cora recuerde, tras oportunas sesiones de hipnosis, un hilo suelto del que el detective Harry Ambrose pueda tirar. Así sucesivamente se pasan los capítulos. Harry está atascado, Cora, o el guionista, recuerda oportunamente otro fragmento del pasado que va evolucionando la historia. Cuando no es gracias a la hipnosis, lo es gracias a que Harry se cobra favores pasados y consigue que le dejen llevar a Cora a la escena del crimen sin despliegue policial alguno. Vamos, una asesina confesa se va de paseo con el detective.


Sobre los actores protagonistas, a Cora la interpreta Jessica Biel, otra actriz del cine que busca espacio en la televisión. Si su carrera ya está bastante atascada, gracias a engendros recientes como Unidas por la sangre o el insultante remake de Desafío total, no creo que The sinner le ayude a relanzar su carrera. Personalmente tampoco me parece muy buena actriz. Sea llorando o sea riendo, Jessica “Cora” Biel, siempre pone la misma inexpresiva cara de tristeza infinita.


Al Detective Ambrose lo interpreta Bill Pullman, el mismo de Carretera perdida, con otra carrera estancada. Pese a ser lo mejor de la serie, su personaje no da más de sí. Al tópico del detective buen samaritano, la subtrama de relleno que le adjudica ser un detective casado que pone los cuernos a su mujer porque le va el sadomaso, pues ni quita ni pone en la trama principal, e igual que han decidido que le vaya que le den azotes en el culo, podían haber decidido que el personaje fuera gay reprimido, alcohólico o un putero. El caso es dar una apariencia de personaje con traumas.


A medida que evoluciona la historia, veremos el pasado de Cora, su hermana Phoebe, enferma terminal con leucemia, su madre posesiva, muy religiosa y que asfixia la vida de sus dos hijas ante la pasividad de un padre sin carácter. Esa vida familiar tiene el efecto rebote de llevar a Cora a enamorarse del primer chulo que la sonríe. D.J Lambert (Jacob Pitts, Justified y recientemente Sneaky Pete)

Aunque la miniserie tiene un final que trata de ser redondo, sin dejar cabos sueltos, y hay que reconocer que no los deja, no deja de ser un final tramposo. Si la evolución de la historia carece de verosimilitud, más lo hace aún ese final.



Spoilers Phoebe, antes de morir convence a su hermana de que la lleve de fiesta, quiere saber que es enamorarse o al menos tener sexo. En plena orgía, mientras lo practica con Frankie Belmont, muere y al tratar de reanimarla, Frankie, que no es mal chico y es la verdadera víctima de la serie, rompe las costillas de Phoebe,  Cora que lo ve, le agrede. Para que su hijo no pague por lo sucedido, su padre mantiene unos meses a Cora drogada, eso es la causa de que Cora no recuerde nada, nada hasta que escucha esa canción en el móvil, en la playa, que reactiva a Cora. En fin, ahora sabemos que si quieres que alguien no recuerde parte del pasado nada más fácil que mantenerlo drogado un tiempo… Tampoco ayuda, e incluso estropea el resultado final, el pasteleo de ver a Cora, caso cerrado, sentenciada a 30 años, a la juez compadecerse de ella y rebajarle la condena a su mínima expresión, como si el que la tuvieran drogada años ha, sirviera de atenuante para un asesinato, o como si en un caso cerrado se pudiera volver a dictar sentencia. Fin Spoilers.


Conclusión final: buen arranque, desarrollo tramposo, aunque adictivo, final que trata de ser redondo pero que es artificioso y difícil de tragar. Sus méritos están en que es final cerrado, ocho capítulos de 40 minutos, que si alguien quiere ver, yo solo recomiendo si no tienes nada mejor a mano, pero es una serie que no va a pasar a la historia y me ha dejado el regusto de que la idea de inicio podía haber sido el motor de arranque de una muy buena serie, pero The sinner no es esa serie.
Laberinto de series