martes, 29 de marzo de 2016

Nadie quiere la noche



Isabel Coixet es, sin duda, una de las directoras de cine españolas más prolíficas de los últimos años. En tan sólo dos años, ha firmado y estrenado cuatro largometrajes totalmente diferentes y hasta opuestos entre sí.
Mientras nos hizo reír con 'Aprendiendo a conducir' ('Learning to Drive') en agosto, ahora nos hace pasar frío y sufrir en 'Nadie quiere la noche' ('Nobody Wants the Night'), que nos llega muchos meses después de que inaugurara la Sección Oficial de la pasada Berlinale en febrero.

'Nadie quiere la noche' está basada en hechos reales y rodada en condiciones extremas en Bulgaria por exigencias del guión, que firma Miguel Barros. Una vez más, Isabel Coixet nos habla sobre mujeres, el amor y la soledad, aunque en esta ocasión sitúa su historia en un lugar tan arriesgado y difícil, que termina convirtiéndose en una película sobre la supervivencia. De factura impecable, es una pena que nos cueste conectar con la historia.



 Es 1908 y Josephine Peary viaja a Groenlandia para reunirse con su marido, el explorador Robert Peary y compartir con él el instante de gloria de ser el primero en colocar la bandera norteamericana en el Polo Norte. Burguesa y chic, de Park Avenue, Josephine emprenderá un viaje temerario y épico en el lugar más inhóspito, puro y peligroso del planeta para encontrar a la persona que ama.


En su viaje, se encontrará con una humilde esquimal, Allaka, amante de su marido y que también espera su regreso. A pesar de sus diferencias, ambas tendrán que unirse para poder sobrevivir a las duras condiciones climáticas de la tundra.


La propuesta de Coixet es arriesgada en muchos sentidos: tanto el reto de rodar casi todo el metraje en la nieve y su dificultad de fotografiarla como el de crear empatía por un personaje tan absurdo y antipático como el de Josephine y conseguir crear un vínculo entre ella y la esquimal Allaka. Y la cinta cumple, sólo que para llegar hasta el interior de esa cabaña destrozada y ese frío iglú en medio de la nada, la película antes nos adelantará acontecimientos en la figura del personaje interpretado por Gabriel Byrne, casi anecdótico y al que uno termina olvidando pocos minutos después de que deje de aparecer.


Si no tenemos en cuenta que a 'Nadie quiere la noche' le cuesta arrancar y la inversimilitud que hace referencia al final de la cinta y que no contaré por no destripar su desenlace, lo más interesante de la película es, sin duda, esa conexión que se establece entre Josephine y Allaka.


Una conexión que, en apariencia, depende de su amor por el mismo hombre, pero que terminará convirtiéndose en una relación única y pura, basada en la mera necesidad de sobrevivir y de amar. Como siempre, Juliette Binoche crea un personaje poderoso y lleno de matices y sus primeros momentos con Allaka -la magnética Rinko Kikuchi-, son los únicos instántes cómicos que nos concede Coixet.


'Nadie quiere la noche' funciona como viaje épico y aventura polar, aunque con esto no esperéis acción trepidante. La última película de Isabel Coixet es más un viaje personal e instrospectivo, sobre la supervivencia y las formas más puras del ser humano. Un retrato de amistad y amor casi por necesidad entre dos mujeres, de puesta en escena interesantísima, pero con la que el espectador no termina de conectar, quizá por seguridad emocional o simplemente, porque le cuesta introducirlo en el estado anímico de la película.
Luciaros

lunes, 28 de marzo de 2016

Aprendiendo a conducir



                      Aprendí a conducir durante uno de los años más duros de la crisis. Atravesaba también una crisis personal importante. Cambié de profesor debido a los recortes. Mientras uno me decía que no corriera, el otro protestaba porque era demasiado cívica. Aprobé con el que me gritaba ¡dale chicha! (literal).
Reventé una rueda durante una práctica.

Creo que todos recordamos la experiencia de la autoescuela como si fuera ayer. Y que si sacarte el carnet de conducir se te hace bola, lo mejor es intentarlo cuando te enfrentas a un problema más importante. Porque en ese momento controlar un coche resulta menos complicado. O porque conducir es tu vida en ese momento y dejas de concentrarte en tu pena. Y esto es lo que le pasó a Isabel Coixet, a la escritora y guionista Sarah Kernochan y a Wendy, la protagonista en plena catarsis.

Ben Kingsley, uno de los actores más versátiles de la historia y en activo desde mediados de los sesenta, vuelve a dar vida a un indio tras haber interpretado a Gandhi en 1982. Este descendiente de la etnia guajarati, tira de raíces para interpretar a un taxista sij en Nueva York. Aunque según revela el actor, los que más le aportaron para interpretar a Darwan fueron los que le colocaban el turbante cada mañana antes de empezar a rodar. Darwan es ese profesor de autoescuela utópico que te invita a un helado tras el examen. El que no hace falta que diga “No pasará nada, yo estoy aquí con el otro freno” porque parece que controla el coche con la mente. El que se gana el cielo por soportar a las que empezamos a gritar en vez de pisar el freno.

En la vida, como en la carretera, todo cambia en un segundo. A eso se enfrenta Wendy (Patricia Clarkson), abandonada por su marido en un restaurante para evitar que monte una escena. Por supuesto, se ha ido con una más joven. Y de repente se encuentra atrapada en la vivienda familiar. Sola y sin conductor. De vuelta a la casilla de salida por obligación.


Isabel Coixet no es santo de mi devoción. No me suelen gustar sus películas por el exceso de dramatismo que pone en todo lo que hace. Y porque me saturan sus personajes tan condenados. Por eso me ha sorprendido tanto ‘Aprendiendo a conducir‘. Puede que sea porque la película la buscó a ella y no al revés. Como bien dijo la directora en rueda de prensa en el Festival de Málaga “después de verla no te dan ganas de cortarte las venas” (refiriéndose al resto de su filmografía). Sin embargo, aunque se trate de un encargo, su firma está ahí: en la lavandería, en la importancia que le da siempre a los libros y en el romanticismo del amor no correspondido y no consumado, que en esta ocasión se produce en un espacio tan reducido como el interior de un coche. Más coincidencias: los protagonistas repiten después de ‘Elegy‘ (2008).

Esta es una historia de personajes muy auténticos. Un inmigrante pluriempleado, bregado en mil faenas, agarrado con fuerza a sus papeles que le declaran ciudadano americano. Acostumbrado a esconder y a perder amigos. Sin dejar nunca de hacer el bien. Aunque adornado con una indumentaria y un bagaje bastante original, Darwan es el arquetipo del buen hombre. A diario intenta demostrar que es algo más que un turbante. Ben Kingsley consigue una interpretación sólida y muy entrañable de este taxista-profesor que se toma muy en serio su labor. Queriendo no solo formar buenos conductores, sino que sus alumnos abandonen su coche siendo también mejores personas. Por otra parte, Patricia Clarkson hace que sientas la sensación de hastío de Wendy ante cada clase. Plantearte qué necesidad tiene de enfrentarse a eso a sus años, pero a la vez tener la certeza de que tiene que hacerlo. La crítica literaria capaz de componer análisis muy sesudos porque domina las palabras, pero que es incapaz de dominar el coche. Algo que hace (casi) todo el mundo. La que intenta superar cada día la sensación de fracaso. Mención especial para la actriz Sarita Choudhury, que interpreta a Jasleen, la pareja concertada de Darwan. Curtida en mil series de televisión (‘Homeland‘, ‘The Good Wife‘, entre otras), esta vez da vida a la mujer con la que Darwan se casa por hacerle un favor y porque aunque es mayor todavía puede darle hijos. Porque es lo que debe hacer. Porque la madre de Darwan la ha elegido para él. Aunque no se conozcan de nada. Aunque para ella suponga coger sus cuatro cosas y volar hacia otro país para despertarse cada día al lado de un desconocido.

El abandono, la inmigración ilegal, el matrimonio concertado, las diferencias culturales, la importancia de la religión, volver a empezar, enfrentarse a los miedos. Sin perder el ritmo narrativo en ningún momento. Sin caer en tópicos ni apelar a la lágrima fácil. Un relato ameno y buenrollista reivindicando el si quieres, puedes y que ninguna pena dura eternamente. Un chute de optimismo. Unas interpretaciones de sobresaliente con la ciudad de Nueva York de fondo, que se convierte (y esto sí es un tópico) en no sólo uno, sino en varios personajes más.
Cristina Sánchez De Pedro


      



jueves, 24 de marzo de 2016

Una pastelería en Tokio



Cuando uno está en el otro extremo del mundo, no exactamente en nuestras antípodas, pero sí bastante lejos (“En el Japón, miá questá lejoh el Japón”, como decían los de No me pises, que llevo chanclas), es el mes de diciembre y hace un frío que pela, vosotros me vais a disculpar, queridos hermanos, pero lo que más se agradece es una sonrisa de oreja a oreja multiplicada por el número de camareros que tenga la cafetería o el restaurante, una sonrisa coral, por lo tanto, y estas palabras: “Arigato gozaimashita”. Acto seguido, como por arte de birlibirloque aparecerá delante de tu entumecido rostro un té, pidas algo o no pidas nada. Simplemente por el hecho de haber entrado en esa cafetería (salvo que sea un Starbucks) o restaurante (salvo que sea un McDonald’s). Luego pides algo, pues claro que pides algo, si lo que tú quieres es que esa amabilidad no se acabe nunca.

Y puede que sí, que vale, que no se trata de una sonrisa sincera, y que probablemente detrás de ella se ocultan estrategias comerciales. Probablemente, no: seguro. Pero cuando, insisto, estás en la condiciones supradicta, lo que más se agradece es un gesto de cordialidad. Porque en Japón ocurren esas cosas, que la más rabiosa modernidad cohabita con las modalidades más tradicionales de vida. Muy ostensible en Kioto, pero también en Tokio, donde una misma zona, el barrio de Harajuku, donde el barroquismo cospley comparte espacio con un parque donde se celebran las bodas de siempre, con sus kimonos y trajes de toda la vida. Tan ricamente.

Bajo esas premisas, acaba de llegar a las pantallas españolas Una pastelería en Tokio (2015), de Naomi Kawase, que abrió el Festival de Cannes, dentro de la sección “Una cierta mirada”, y ha formado parte del Festival Internacional de Cine de Toronto (TIFF), así como de la Semana Internacional de Cine de Valladolid (SEMINCI), donde fue galardonada con la Espiga de plata a la Mejor dirección, un dato que, por la proximidad en el tiempo, no ha sido posible trasladar aún a la cartelera del filme.

Sin embargo, no ha sido en Valladolid donde pude verla, sino ya en una sala de cine una vez que ha iniciado su andadura en la exhibición en nuestro país.

Varias son las maneras de aproximarse a esta película, que además serían válidas, como un análisis de tres generaciones diferentes personificadas por la anciana Tokue, Sentaro, el encargado de una microtienda de dorayakis, que debe andar por la treintena, y una adolescente escolar, con su uniforme académico incluido. Nos hallaríamos así ante un entramado que conjuga pasado, presente y futuro, respectivamente, totalmente aceptable, como digo, lo cual además nos permite una estructura alrededor de los tres ejes cartesianos esenciales. Pero prefiero abordar mi análisis desde otro punto de vista.

Y es que, efectivamente, ¿qué cabe espera de una película que se inicia con el esplendor de los cerezos en flor en un barrio de Tokio? Belleza, belleza y belleza, es decir, belleza, que no sé si he mencionado ya. Porque el argumento se puede resumir en muy pocas palabras: una anciana de 76 años que padeció una terrible enfermedad en su adolescencia (no voy a desvelar cuál) empieza a trabajar en un minicafetería de dorayakis, cuyo encargado es el treintañero al que hemos aludido más arriba, y una de sus más fieles clientes es la escolar, de la que también hemos dicho ya algo. Y ya está: a pesar de que el filme está basado en una novela de Durian Sukegawa, el guion básicamente no tiene más acciones que las anteriores.

Ahora bien, si Kawase ha sido galardonada con la Espiga de plata de Valladolid es por algo, y ese algo es, por ejemplo, el rodaje en primerísimos planos, más próximos a los actores que los de Yasujiro Ozu, quien, como es de sobra conocido rodaba mediante un objetivo exclusivo de 50 milímetros, que es lo que más acerca la óptica fotográfica al ojo humano.

Algo hay de esto en Una pastelería en Tokio, pero los planos son mucho más cercanos y se graban en no pocas ocasiones de abajo arriba, puesto que la cámara tiene que buscar su ángulo en un espacio mínimo, como es el establecimiento donde Sentaro hace sus dorayakis.


La película se sostiene sobre la poderosa presencia del repostero, que no prodiga precisamente en palabras, sino que su elocuencia se transmite en la mirada, los gestos, su actitud, en general. El texto más largo que le recuerdo es el de una carta que escribe a Tokue, que no es un diálogo, evidentemente.

Muchos planos, así mismo de hojas de árboles que van cambiando de aspecto según transcurren los meses, porque esta es la lectura con la que me quiero quedar: “Estamos aquí para ver y para escuchar”, manifiesta Tokue en un momento dado, y de la plasticidad del filme se infiere fácilmente que se refiere a ver y escuchar la naturaleza.

Porque este largometraje podría ser muy plañidero, dado que nada más plañidero que una historia plañidera. Sin embargo, no es ésa la intención de Kawase. Nada más lejos de la realidad: la directora japonesa recoge una historia tristísima para sublimarla en un poema de amor a la vida, fusión telúrica, pequeños placeres naturales, incluso en una de las ciudades más tecnificadas del planeta, si no la que más.

Confieso que he vivido se titulan las memorias de Pablo Neruda y ése es el objetivo final que al que nos dirigen los textos de autoayuda (confieso que he leído uno) (sólo uno) (no voy a decir cuál). Con otras palabras, que la conciencia de la muerte nos anime a vivir mientras esto dure, que al final de nuestros días podamos mirar hacia atrás y comprender que hemos vivido, la vida que nos ha tocado vivir, pero vivido.

Eso es, en definitiva, lo que quiere transmitirnos Kawase en Una pastelería en Tokio: el sentimiento hermoso de la vida.

¿Polvo somos y en polvo nos convertiremos? Ja, ja, qué risa, tía Felisa. Perdona, pero no: naturaleza somos y en naturaleza nos convertiremos.
Fco Javier Rodríguez Barranco 

domingo, 20 de marzo de 2016

Brooklyn


Eilis es una chica irlandesa que deja a su hermana y su madre para tener una vida mejor en Estados Unidos. Vivirá en Brooklyn en una residencia de chicas para labrarse un futuro, y allí conocerá el amor..

Parece que éste año, las películas de época van a pisar fuerte en los grandes premios.
La chica danesa ocurre en los años veinte mientras que la maravillosa Carol y Brooklyn comparten década, los años cincuenta .
Ambas son cintas románticas pero muy diferentes.


En Brooklyn, la reseña que hoy os comparto, tenemos a los ojos más bonitos del cine actual, Saoirse Ronan, en una aventura que rodea la trama de la inmigración cuando miles de irlandeses viajaban a los Estados Unidos en busca de un futuro mejor. En éste caso, una joven chica con la incógnita de lo que se encontrará, abandona a su querida hermana, la cual se queda haciendo cargo de su madre, para trabajar y estudiar en una época donde las mujeres apenas visitaban las clases ya que normalmente se encargaban de la casa.


Brooklyn es una buena película por parte de John Crowley. Probablemente le pese el hecho de no aportar nada nuevo en el guion, pero en éste caso la elección de Saoirse Ronan ha sido fundamental ya que ella es la película y el espectador viaja, vive y sufre con ella, desde sus primeros pasos en el barco, hasta su adaptación, tratando de marcar una línea entre el profundo amor a su hermana y su propia vida. Lo que asombra es la actitud de Eilis (Ronan) al no decir que no a nada, probablemente para no cerrarse puertas en un mundo desconocido. Y aunque ésto parece salir a pedir de boca, su actitud la llevará a cometer actos imprudentes que aparentemente no lo parezcan. Sin desvelar nada hay que destacar que esa historia de amor está muy bien llevada, es creíble, sobre todo por ser una chica abierta al amor en un estado de necesidad de compañía. ¿Será una buena elección? Las respuestas las tendremos en el film y es ahí donde radica la fuerza de ésta cinta, en su regreso a Irlanda, con su madre haciendo todo lo posible para que su hija se quede allí y guardando consigo un secreto que o bien le abrirá los ojos o la derrumbará por completo.


No es una cinta de Oscar, pero no cabe duda que el papel de Saoirse lo merece, como mínimo la nominación. Estamos ante un film muy bonito, repleto de delicadeza y sencillez que da gusto ver. A ésto se le une la hermosa banda sonora de Michael Brook, repleta de cuerdas, sonidos irlandeses y cantos tradicionales. En resumidas, Brooklyn es Saoirse Ronan en todo su esplendor, una chica que desde niña nos engatusó y que sigue apuntando maneras como una de las grandes y preciosas actrices del momento a las que hay que seguir, capaces de realizar cualquier papel y hacerlo bien.
(Spoiler) Me encanta ese final que aúna su comienzo en el viaje, en el barco, siendo ella la que ahora aconseja y regresando a una tierra enorme donde pueda decir, "Sí, es justo como el hogar"

Dante Martín

lunes, 14 de marzo de 2016

DEL PASADO EFÍMERO



 Este hombre del casino provinciano
que vio a Carancha recibir un día,
tiene mustia la piel, el pelo cano,
ojos velados por melancolía,

bajo el bigote gris, labios de hastío,
y una triste expresión que no es tristeza,
sino algo más y menos: el vacío
del mundo en la oquedad de su cabeza.

Aún luce de corinto terciopelo
chaqueta y pantalón abotinado,
y un cordobés color de caramelo
pulido y torneado.

Tres veces heredó y tres ha perdido
al monte su caudal; dos ha enviudado.
Sólo se anima ante el azar prohibido
sobre el verde tapete reclinado,

o al evocar la tarde de un torero,
la suerte de un tahúr o si alguien cuenta
la hazaña de un gallardo bandolero,
o la proeza de un matón, sangrienta.

Bosteza de políticas banales
dicterios al gobierno reaccionario
y augura que vendrán los liberales
cual torna la cigüeña al campanario.

Un poco labrador, del cielo aguarda
y al cielo teme; alguna vez suspira
pensando en su olivar, al cielo mira
con ojo inquieto si la lluvia tarda.

Lo demás, taciturno, hipocondríaco,
prisionero en la Arcadia del presente,
le aburre; sólo el humo del tabaco
simula algunas sombras en su frente.

Este hombre no es de ayer, ni es de mañana
sino de nunca; de la cepa hispana.
No es el fruto maduro, ni podrido,
es una fruta vana
de aquella España que pasó y no ha sido
esa que hoy tiene la cabeza cana...

Antonio Machado

miércoles, 9 de marzo de 2016

Café, un placer que también se sirve frío



No se trata de granizados ni mezclas: es una copa de café filtrado para degustar.

Puede tardar de ocho a 24 horas conseguir una copa de café frío en el método de goteo. El público puede verlo en la barra de café San Alberto, en el Museo del Oro, en Bogotá: el café pasa, filtrándose, a través del hielo, al ritmo de un lento reloj de arena. Gota por gota –una cada dos segundos– va sumando el líquido de café puro (sin caramelos ni salsas de chocolate) que San Alberto sirve en copas de vino.

Este método, ideado en Japón, es uno de los tres tipos de preparaciones de café que San Alberto integró en una experiencia de mini-cata que llamó ‘Viaje cafetero’. Fue ideada para complementar la experiencia de los visitantes del Museo del Oro, “sobre todo los extranjeros que llegan al país con la ilusión de tomarse el mejor café de sus vidas”, explicó Gustavo Villota, de la firma productora de cafés especiales.

“La vanguardia en el mundo del café –añade Villota– busca nuevas preparaciones en frío, pero no frapeados o mezclas de sabores, sino café puro frío”.

Así, en este espacio, por 15.000 pesos podrá pedir el ‘viaje cafetero frío’, que consta de tres copas de café de San Alberto, con breves explicaciones por parte de los baristas presentes. Las sirven en un orden determinado, del más suave al más fuerte, para facilitar la comparación entre sabores.

“La temperatura es necesaria a la hora de disolver los sabores del café –explica Villota–. Por lo general tomamos café filtrado con agua caliente. Pero en el método de goteo se busca compensar la ausencia de temperatura con tiempo, por eso es tan lento”.

Otra copa es el mismo café, con la misma molienda (media) preparado en jarra de café helado, que a diferencia del goteo, se basa en un choque térmico. “Se hace la extracción de sabores en agua caliente –indica el experto–, pero como lo queremos frío, se pone hielo entre el filtro y la bebida final”. En ningún caso la idea es preparar café caliente y dejarlo enfriar, porque ese proceso es, según Villota, el que mata los atributos del café.

La jarra de café helado da como resultado una bebida más dulce y más sutil que la anterior. La tercera copa es simplemente, una copa donde se ha servido un expresso al que inmediatamente se le ha echado hielo, y un chorro de agua para diluirlo. El barista de turno recomendará agitarlo para obtener un mejor sabor.

La propuesta de los ‘viajes cafeteros’, frío y caliente, así como de un ‘bautizo cafetero express’, que no es otra cosa que una especie de inducción a la degustación de café para principiantes, le dio a San Alberto la posibilidad de abrir su barra en el Museo del Oro.

“El Museo hizo una convocatoria –recuerda Villota–. Querían una propuesta de vanguardia para extranjeros. La idea es tener un espacio donde se haga cultura de café. Nos tomamos el tiempo de atender bien a las personas, contarles qué es el café colombiano, hablarles de la finca, de la quíntuple selección de sus granos”.



“Hay un efecto sibarita –cuenta–, nos ven tomando café en copa y preguntan. Tienen la expectativa de probar algo especial. (...) Queremos que entiendan que el café es otra pieza de arte colombiano”, finaliza.

LILIANA MARTÍNEZ POLO 

lunes, 7 de marzo de 2016

Génesis en Granada


Agua, fuego, tierra, luz. Estos cuatro elementos combinados en los planes de Dios al crear el mundo pueden ofrecer variables muy diversas, pero a los ojos de Sebastião Salgado se multiplican hasta el infinito, e incluso se salen de la norma porque, si bien el creador dejó claro, por ejemplo, que los cocodrilos deben reptar por la superficie hasta sumergirse en el agua, el fotógrafo brasileño nos puede sugerir, gracias a la superdotada visión que extrae de sus objetivos, que estas criaturas también vuelan. Quien se acerque al Caixaforum al aire libre del Paseo del Salón de Granada lo puede comprobar con sus propios ojos al contemplar las 38 imágenes del Génesis según Salgado, un trabajo que ha llevado al fotógrafo brasileño ocho años recorriendo el planeta en busca, ni más ni menos, que del paraíso.

¿Para qué? Para emular el ojo de Dios pero ser fiel a Darwin, para dar testimonio de los orígenes de la vida intactos, para certificar que corre el agua, que la luz es ese manantial mágico que penetra como un pincel y muta las infinitas sugerencias en blanco y negro que Salgado nos muestra del mundo. Para experimentar pegado a la tierra y los caminos aquello que relatan los textos sagrados pero también seguir la estela de la evolución de las especies; para comprobar que los pingüinos se manifiestan; para comparar la huella con escamas de la iguana y el monumental caparazón de las tortugas en Galápagos; para explicar que los indígenas llevan en la piel tatuado el mapa de su comunión con la de los ríos y los bosques; y que los elefantes y los icebergs emulan fortalezas de hielo y piel; y que la geología diseña monumentos y que todavía quedan santuarios naturales a los que aferrarnos.

Salgado (Aimorés, 1944) no sospechaba que a su edad iba a encontrarse en tan buena forma. Pero cuando decidió meterse a fondo en esta aventura que le ha absorbido hasta el tuétano, el fotógrafo se sorprendió a sí mismo atravesando cimas de 4.200 metros, vagando entre los surcos del agua, penetrando en la foresta y a expensas de la desnudez del desierto para captar lo que ha captado. “También es una vuelta a mis orígenes, a mi infancia en Brasil, cuando realizaba largos trayectos a pie, junto a mi padre, transportando ganado, y las distancias eran relativas”, asegura.

Así es como él cree que aprendió a mirar. Lentamente. Y a ser paciente, tal y como confiesa en De mi tierra a la Tierra, sus memorias publicadas ahora también por La Fábrica. En ellas describe, aparte de los hitos de su carrera, cómo alguien a quien le sonreía la vida, economista de alto nivel, se convirtió en un fotógrafo que al principio de su carrera no disponía de recursos para sufragar sus empeños de epopeya. Y cómo de los fríos despachos de los organismos internacionales pasó a dormitar entre tribus, ganarse la confianza de los rudos mineros y los perforadores de pozos petrolíferos para sacar adelante un proyecto como La mano del hombre o comprobar los efectos de la globalización migratoria antes de que se produjeran plasmándolos en su trabajo Éxodos.

En Génesis, Salgado ha logrado un viaje interior del que cualquiera puede ser partícipe —bien en la exposición o bien sumergiéndose en las páginas del espectacular tomo que ha publicado Taschen— sintiéndolo al aire libre. Las mutantes leyes del universo se manifiestan en él. “No creo que exista un orden establecido, pero sí una evolución común y natural entre lo mineral, lo animal y lo vegetal, una interacción”, explica.

Para ello ha caminado, ha logrado extraer energías milenarias de rutas como la que une Lalibela y el parque de Simien, en Etiopía. En total, 850 kilómetros a pie en tres meses. “El viaje de mi vida”, confiesa. Una odisea para la que reunió a un equipo de 15 personas y 18 burros de carga en los que transportaban los víveres y el material. “Así pude experimentar lo que se relata en el Antiguo Testamento, cómo viajaba la gente entonces, como vivía”. Lo hacían por senderos marcados por la huella del hombre desde hace más de 5.000 años y que se conservan intactos, como las costumbres de algunos. Se levantaban cada mañana a eso de las cinco de la madrugada y emprendían trayectos de unos 30 kilómetros en 10 o 12 horas. Sin planes demasiado inflexibles —“había que pararse a fotografiar, claro”—, con GPS y un cocinero, a juicio de Salgado magnífico. Su mujer, Leila, se unió a ellos en el único cruce de caminos al que se pudo acercar desde Adís Abeba en coche y les acompañó 350 kilómetros después andando. Es imposible entender la obra de Salgado sin su compañera de por vida, que le diseña los catálogos y las exposiciones, le acompaña en los viajes y le alienta a abordar sus épicos proyectos.

Así es como Sebastião Salgado ha querido retratar las raíces que nos pegan a la Tierra, a través de entornos donde sigue reinando el acecho del tigre, protegido por cuevas y rutas desde las que observaba la marea luminosa que mutaba los bosques y la arena de los desiertos, la erosión serpenteante de los cauces, donde no existen casas más allá del techo que ofrecen los árboles; donde las mujeres, sin mediar palabra, lavan los pies del forastero y el pecho de las madres está a disposición del hambre de sus hijos. Donde mana la vida en su orden salvaje, con su ley aclimatada al necesario pacto del equilibrio que en otros lugares vamos perdiendo.
Jesus Ruiz Mantilla (el Paìs)(adaptado en lo relativo a Granada)

viernes, 4 de marzo de 2016

Cien años de perdón


Que levante la mano quien haya sentido alguna vez la imperiosa necesidad de pegar una colleja a alguno de los niñatos rebosantes de 'style' que protagonizan los tres 'Ocean's' de Steven Soderbergh. Lo imaginaba. Pues esa sensación de desdén que provocan los ladrones de guante aterciopelado más famosos de la posmodernidad cinematográfica se queda en nada al lado de la que destilan El Uruguayo, El Gallego y el resto de mangantes de poca monta que conforman la banda de 'Cien años de perdón'.
Esta es la historia de un robo. El robo más grande jamás contado. Una película en la que todos los personajes son cacos de un modo u otro. Sí, filmes en los que no hay buenos se han hecho siempre. La última de Tarantino, por ejemplo. 'Cien años de perdón' incluye sin embargo una novedad que pasará probablemente a la historia del cine: es la primera vez en su vida que usted abandonará una sala convencido de que los buenos de la historia no pertenecen al discurso estrictamente diegético, sino que habitan fuera de él. Los buenos son, sin duda, el director y el guionista de la cosa. Dos ciudadanos conscientes, con ánimo justiciero y los calzoncillos por encima de los pantalones, dispuestos a abrirnos los ojos y a condenar en poco más de hora y media a toda la sociedad española: los políticos, los bancos, la Guardia Civil, el CNI… Incluso algunos rehenes acabarán con un billete en el bolsillo con parada en el infierno.


Algo huele mal en España. Ustedes no se han dado cuenta aún, pero el realizador español Daniel Calparsoro y su escribidor, Jorge Guerricaechevarría, sí lo han hecho. Y además se lo van a contar de esa manera, como quien acaba de descubrir la pólvora. De la manera que uno cuenta los buenos chismes: atropellándose, sin matices. Vomitando, sin masticar. Porque lo importante aquí, qué duda cabe, es la trascendencia del descubrimiento. Uno sale del cine después de ver 'Cien años de perdón' convencido de que vive en un país más corrupto que el brazo de Santa Teresa. Gracias.
Son tales las ganas de sentar cátedra con respecto a algo tan obvio, tal el esfuerzo por hundir a los personajes hasta la coronilla en la mierda, que el espectador se convierte en un simple invitado
Estamos en la sede valenciana del ficticio banco del Mediterráneo. Son las nueve de la mañana. Llueve. De repente, ¡manos arriba! Aparece un tipo con acento argentino imitando sin demasiada suerte la enajenación eventual del mítico Joker de Heath Ledger. Pero El Uruguayo no viene con la metralleta cargada de frases con retranca metafísica, tipo “Tú me matas por algún extraño sentido de la justicia...” (Joker a Batman en 'El caballero oscuro'). No, viene a batir un récord Guinness y por eso pronuncia “la concha de tu madre” unas 200 veces en 136 minutos. Guau.
A partir de ese momento, la película se convierte en un pasacalles del horror (más vacuo que 'vacui'). Nos enteramos de soslayo de que la directora del banco, una sobreactuadísima Patricia Vico, está en una lista. Suponemos que la Falciani. También que hay una caja fuerte (en b) que guarda un disco duro de esos que el PP de Bárcenas intentó destruir a martillazos. Referencias todas ellas muy sutiles. Y entonces el Gobierno manda a su jefe de gabinete (¡esto es particularmente grande!) a gestionar la que podría ser la mayor crisis de su historia. Todo personajes a medio hacer, cuerpos sin cabeza que bailan al ritmo frenético de una historia que delega toda su fuerza narrativa en los constantes, a veces poco creíbles, giros argumentales, y que tiene en el montaje y la fotografía sus únicos aliados válidos para convertirla en una película de género.

Hablamos, claro, del 'thriller'. Queda patente a lo largo del metraje que el guionista se ha visto algunos de los hitos del mismo, todos ellos paridos en los setenta. No se puede entender el plan de fuga más que como un homenaje a 'Tarde de perros' (1975), de Sidney Lumet. Aunque si esta cinta tiene un referente claro, ese es sin duda 'Plan oculto' (2006). La historia de un robo contextualizada también en una sociedad corrupta y paranoica, la América post-11S. Spike Lee tomó prestadas las claves del género y las barnizó de 'blockbuster' a petición de Universal Pictures. Calparsoro ha hecho lo propio pero con un resultado indudablemente más pobre.

La cosa la financia Vaca Films, una productora reconvertida en los últimos años en una churrería de 'thrillers' más o menos solventes, tales como ‘Celda 211’, ‘El niño’, ‘El desconocido’ o ‘Invasor’. También paga la fiesta Telecinco Cinema, empresa obligada por ley, como saben, a invertir en cine español, motivo por el cual solo apuesta por productos de índole comercial como este. Porque ya que se tienen que pegar un tiro cada año, prefieren que sea lo más lejos posible de sus partes nobles. Con esta política, hay ejercicios, incluso, en los que no han palmado pasta.
Precisamente Ghislain Barrois, consejero delegado de Telecinco Cinema, ha declarado que lo que más le preocupaba de esta historia cuando se la presentaron es que pudiera resultar verosímil. Es comprensible que en una empresa como Mediaset, en la que el umbral mínimo de la verosimilitud la marcan programas como 'Sálvame', este guion haya pasado finalmente el corte.
Pero el principal problema de la película que nos ocupa no es, sin duda, el de la credibilidad, sino el de la ambición. Son tales las ganas de sentar cátedra con respecto a algo tan obvio, tal el esfuerzo por hundir a los personajes hasta la coronilla en la mierda, que el espectador se convierte en un simple invitado, sin capacidad para discernir, a una clase de retórica y demagogia moralizante de hora y media. ¿'Cien años de perdón'? Mejor 200 pidiéndolo.

Nacho Gay(el país)