domingo, 28 de febrero de 2010

Tarta de San Valentín, y algún recuerdo más.


Ayer, en la pescadería del supermercado, tras coger número y esperar a que llegara mi turno, me di cuenta de repente, entre las personas que se encontraban en la misma situación que yo, a Luis, un profesor que tuve en uno de mis años de instituto –quién lo diría, pues el año que viene, se cumplen veinte años en que comencé-. Nuestras miradas se cruzaron cuando le vi y asocié en menos de un segundo de quién se trataba; retiré la mirada, aunque creo que el sí supo quién era, después de tantos años. De repente, quizás por la música de fondo del establecimiento, –muy acorde con San Valentín- y porque muchos esperábamos que la dependienta pulsase el botón que cambia el número que aparece en la pantalla y, posteriormente dijera el número que se refleja en la misma, empecé a recordar cuando él fue mi profesor y algo que mucho tuvo que ver con la fecha de hoy.En aquellos años, Luis, que impartía clases de Contabilidad, era un hombre que se cuidaba bastante bien, aunque algunas veces se dejaba barba de dos días y esto le resultaba atrayente a muchas alumnas, excepto a Margarita y a mí. A principios de curso, al no conocer a nadie, iba sola desde casa hasta el instituto; conforme pasaban los días, se crearon varios grupos en clase y había una chica, Eva, que vivía cerca de mi casa y, como pasaba por ella, le pedí que, por favor, se llegara para recogerme e ir juntas. Así lo hicimos y, cada mañana, en nuestro caminar, pasaba por nuestro lado Luis con una moto que me dejaba sin palabras. Eva suspiraba por Luis y le dedicaba piropos mientras le veíamos desde la lejanía, y yo le decía que lo mejor era su moto, de marca Honda. Desde el principio, el profesor era muy creído, chulo y le gustaba hacer bromas para que se las riéramos y Margarita y yo no le hacíamos caso.A Margarita y a mí, quien nos gustaba era el profesor de Informática. Se llamaba Fernando. Este era muy alegre, simpático y bondadoso, aunque comprendiésemos que cuando tenía que dar un toque de atención si la clase estaba alborotada, lo hacía. En lo único que siempre me percaté es que un zapato lo llevaba roto; inclusive pensaba si se había dado cuenta y cuándo traería unos zapatos nuevos. Finalmente los trajo, aunque mucho hubo que esperar. En el descanso entre el final de una clase y el comienzo de la clase de Informática, Margarita y yo nos íbamos al baño para ponernos pintalabios, recuerdo que este era de un color natural, inclusive a veces añadíamos brillo labial.La clase estaba compuesta por chicas y chicos, pero la voz cantante de las chicas se llamaba Sandra, y era capaz de hacer cualquier cosa con tal de conseguir buenas notas.Un par de días antes de San Valentín, los profesores y la dirección del instituto, acordaron poner un buzón, hecho de cartón en el hall del instituto, para introducir cartas, no sin antes poner el nombre del destinatario. En los descansos entre clases y recreos, estaban repletas de alumnos las barandillas de las dos plantas del instituto, pues en ellas, se veía bien quién echaría una carta en el buzón. La reacción de los que contemplaban todo esto era silbar. Dichas cartas, serían repartidas el mismo catorce de febrero en el aula que correspondiera al destinatario.Sandra y las demás seguidoras de Luis, tuvieron la idea de escribirle una carta en la que cada una llevase pintalabios, estampase su beso en un folio escrito, y debajo de la señal de carmín, indicaba el nombre de la alumna de la que procedía. Una de ellas me llamó para que participara, y mi respuesta fue un no rotundo. No lo esperaba, insistió, pero no accedí.Días más tarde, cuando en el horario tocaba clase con Luis, agradeció a las chicas que le enviaron la carta, aunque bien se dio cuenta de que Margarita y yo, no habíamos contribuido. A partir de ahí pensaba que Luis me tenía manía, pues si antes obtenía notables en Contabilidad, a partir de lo ocurrido desde entonces, me ponía un cinco. Siempre pedía una revisión de examen y en una de ellas me dijo si no me daba vergüenza aprobar por los pelos. Por lo menos reconocía el error en la corrección y alcanzaba notas cercanas al siete. Todo esto fue lo que pensé hasta que él dijo “¡Yo!”, pues era su turno. Le observé brevemente y bien pudiera estar cercano a los cincuenta años de edad, algo más de barba y barriga (a comienzos de los años noventa estaba plano). Mientras era su turno, se acercaba a mí y se alejaba un poco, hasta que llegó mi turno y se marchó. Cuando la pescadera me atendió, fui en busca de la vitrina donde estaban los quesos y pude ver de reojo que pasó dos veces por mi lado. Qué pesado, pensé. Menos mal que no coincidimos en la caja porque hay dos situadas en diferentes lugares.Al terminar el chico de la caja en pasar todas las cosas por la cinta y yo estaba a punto de pagar la cuenta, me dijo:_¿Quiere una tarta con forma de corazón para el día de San Valentín?_ Entiendo que usted tenga que venderla, pero no creo en ese día.Que conste que respeto a los que lo celebren hoy y desde hace muchos años. Y además, ¿qué hago con una tarta si en casa tenemos dulces que a veces, de no comerlos todos, se ponen duros?
Tejedora de palabras
http://tejedoradepalabras.blogspot.com/2010/02/tarta-por-san-valentin-y-algun-recuerdo.html

sábado, 27 de febrero de 2010

Carteros españoles



Las nuevas tecnologías y medios de comunicación han desplazado al olvido a nuestros queridos carteros, gente que siempre fue muy querida y esperada, solían ser portadores de buenas noticas.
Hoy han quedado relegados a traernos al buzón spam de grandes almacenes o las temidas facturas mensuales, las cartas, esas cartas que hace años disfrutábamos al recibirlas han quedado ya obsoletas y fuera de uso.
Lo cierto es que muchos que superamos la barrera de los 40 las echamos de menos, tanto recibirlas como escribirlas, pero hay que adaptarse y estar al día con las ventajas que nos ofrecen otros sistemas de comunicación, más rápidos, más eficaces, pero por desgracia menos interesantes.
Un homenaje a esos Carteros Españoles que llegaban a conocer a todos los componentes de una familia, que conseguían localizarnos a toda costa para hacernos llegar esa misiva tan deseada.

Los tiempos cambian, pero algunos nunca olvidaremos su inestimable trabajo y buen hacer, sobre todo cuándo su labor se la pusimos tan difícil, pero la cumplieron y doy fe de ello.
Senovilla

Papel de fumar


Hoy estoy muy contento. Dentro de un rato llegará Juana, la mujer a la que ayer conocí en el taxi. He vuelto a quedar con ella. Esta mañana la he acompañado a su casa. Abajo, en el portal, hemos coincidido con mis vecinos, los nuevos. ¡Qué vergüenza he pasado! A ella en cambio le ha dado por reír. Me gustaría poder tomarme las cosas así.Yo no suelo quedar con mujeres, y mucho menos en mi casa, de noche. ¡Y dos veces seguidas! Pero a ella supongo que debió de gustarle mi compañía, porque ha querido repetir. No es que me parezca increíble, pero no estoy acostumbrado, la verdad.Hace solo un par de semanas que mis nuevos vecinos viven en el 1º 1ª, el piso que dejó aquella pareja tan rara que andaba siempre a gritos. Estos no, estos van cogidos de la mano, al menos las veces que yo los he visto, y se miran de una forma que no deja lugar a dudas. Están enamorados. Gritos también dan, puedo dar fe de ello, pero son gritos muy distintos.Lo que ocurrió ayer fue, en realidad, algo excepcional para mí. Me da vergüenza reconocerlo, pero hacía mucho tiempo que yo no mantenía relaciones. Exactamente nueve años y tres meses. Y antes de aquel encuentro, que tampoco es que fuera una gran experiencia, debía de hacer más tiempo aún. Si dijera doce años, creo que no me equivocaría de mucho. Mis vecinos son más jóvenes que yo y se les ve bastante formales. Ella me pareció una chica interesante desde el primer día en que la vi. Es bajita y, francamente, bastante guapa. Me gustaron sus zapatos, que son verdes y llevan una tira en medio del pie. Y también me gustó, por qué no decirlo, su trasero.Pero yo estaba hablando de Juana. Lo de ayer fue un golpe de suerte. Subió al taxi como una pasajera más y, aún no sé muy bien cómo, al cabo de media hora estábamos en mi habitación. Fue ella quien llevó la iniciativa en todo momento. Nos entendimos a la perfección, como si lleváramos toda la vida practicando. Si no fuera porque estos asuntos es mejor mantenerlos en el terreno de lo privado, no me importaría entretenerme contando algún que otro detalle. Solo hubo, en todo caso, un problema, si es que puede hablarse de problema. Voy a hacer una excepción, contaré una intimidad. Juana chilla como una posesa. En mitad del asunto, ella no paraba de gritar. Y yo, por mucho que lo intentaba, no podía dejar de pensar que los vecinos nos estaban oyendo, como mínimo los del 1º 1ª, porque el tabique que separa su habitación y la mía es como papel de fumar. Hubo un momento en que no pude contenerme más y me atreví a taparle la boca con la mano. Ella no protestó, a no ser que puedan interpretarse como una protesta un par de mordiscos. Pero el volumen de sus gritos no disminuyó. En fin, no digo que eso me estropeara la noche, ni mucho menos, pero en aquel momento me resultó bastante incómodo.Acabamos cansadísimos. Nos tapamos con las sábanas, nos tumbamos boca abajo y yo le rodeé la espalda con el brazo. Fue entonces cuando empezamos a oír, nosotros, a los vecinos de al lado. A través de la pared podíamos distinguir perfectamente cómo hacían sus cosas. Se oían, sobre todo, los gritos de mi vecina, mucho más discretos que los de Juana, pero más largos y más cerca los unos de los otros. No era esa la primera vez que la vida íntima de mis vecinos se colaba en mi casa a través del tabique, pero hasta ayer había preferido no hacerles demasiado caso, más que nada por vergüenza. Por lo general, enciendo la radio y me concentro en ella. Pero esta vez pasamos un buen rato escuchándoles y riéndonos. Fue la guinda del pastel. Después ella encendió un cigarrillo y yo me quedé dormido.No deja de ser casualidad que esta mañana, al salir de mi casa, nos hayamos encontrado precisamente con los vecinos del 1º 1ª. Han sido solo unos segundos. Estaban cerrando la puerta y nosotros teníamos que pasar por delante de ellos para bajar las escaleras. Nos hemos saludado. En el momento en que Juana y el chico han cruzado sus miradas, se han echado a reír. No han podido reprimirse y se les ha escapado la risa a los dos a la vez. Han acabado desternillándose juntos. La mujer y yo, mientras tanto, los mirábamos. Nos hemos ruborizado. Me he fijado en sus zapatos verdes, los de la tira, y en su trasero también. He llevado a Juana a su casa y después me he ido a hacer unas gestiones y he comido y he echado unas cuantas horas en el taxi. Puede que parezca una tontería, pero he estado casi todo el rato pensando en cómo podría hacer para que ella hoy no haga tanto ruido. No tengo remedio.No importa. Lo que sí que importa es lo contento que estoy. Juana no es una mujer de bandera, pero tampoco está tan mal. Creo que podría estar a su lado, si ella me lo permitiera. Creo que podría darle amor. Y esa es la razón por la que estoy tan contento.

VICENTE APARICIO BÁDENAS

viernes, 26 de febrero de 2010

Cita truncada


Fotografía de Josep Fábrega Agea
¿Recuerdas? Eramos apenas dos adolescentes en nuestra primera cita.
Sentados en este banco, bajo miradas tiernas, besos inocentes y gestos enamorados, tú grabaste un corazón con nuestros nombres dentro.
En este banco ya nuestro, durante años esperaba cada tarde tu llegada, juntos hacíamos planes de futuro, de boda , de casa y poco después, para ese niño que crecía lentamente en mis entrañas.
Sentados en este banco vimos como nuestro hijo jugaba en la tierra; y casi sin darnos cuenta, fueron nuestros nietos los que nos miraban envejecer bajo el sol.
Hoy me sentaré de nuevo en nuestro banco ahora vacío, no vendrás más a la cita. Yo seguiré viniendo cada día, esperando paciente y llena de recuerdos, poder reunirme contigo

Francisca

Libro cerrado



No sé si ha llegado el momento, pero creo que sí, la duda me detiene porque es difícil separarse de aquello que antes día tras día hacía, sin descanso. Creo que he amado a la letra escrita con arte tanto como a las personas importantes en mi vida, como a mi misma en la plenitud de mi propio absoluto. Entonces sucede que vengo y me doy el tortazo mayúsculo porque me doy cuenta que no sirvo para nada. Ningún libro que lea, de los tantos que he leído ya, me ayudará a encontrar un medio de subsistencia. Sé que no es nuevo este descubrimiento, pero que sea nuevo para mí lo hace suficientemente importante como para cortarme en pedazos. En este momento viene a mi mente un recuerdo que data de más de 12 años, tiempo suficiente para que hayan muerto muchas cosas de mí, en el cual yo a pesar de no saber lo que quería hacer sabía a quien podía amar. Entre esas cosas amadas estaban los libros y las historias que me transportaban de manera tan magnífica a cualquier lugar. Sabía en aquel tiempo que todo era congruente con algo que no era viable. Era como amar al mal muchacho que nunca va a servir. Luego, tarde, decidí que debía seguir a mis afectos y me fue bien, porque hice lo que me gustaba. Pero ahora estoy ante algo que me impulsa a determinar un momento difícil, en el cual, definitivamente debo renunciar un poco a lo que quiero en pos de tener lo que necesito. No hay salidas para la gente como yo, la gente que ama a los libros y no tiene talento. Entonces, hay que renunciar y cerrar de un portazo la puerta de aquello que creí era sublime. Decir adiós para esperar otro momento de aldabas flexibles y más conciencia humanística, otro momento que seguramente llegará tarde o no llegará a la corta vida de una humana simple, sencilla, sin pretenciones, una humana de los tantos, esos que han existido y que pierden la conciencia una vez llega el segundo definitivo.


María Inés Pérez

jueves, 25 de febrero de 2010

Fronteras


Siempre sentí una cierta inquietud por el sueño de Laura. Su carácter nervioso solía poner trabas al asalto nocturno de Morfeo, y no pocas noches abandonaba nuestra cama para fumar un cigarrillo y sentarse a leer en el sofá al acecho de algún indicio de su llegada. Cuando regresaba y el cansancio lograba al fin rendir sus miembros y sus párpados, su sueño era profundo como el de los muertos, demasiado a menudo poblado de monstruos cotidianos, de espectros del pasado, de criaturas malintencionadas que la sacudían con fuerza mientras ella, mi dulce niña, les hacía frente con voz ronca, casi al borde del grito, tenso el arco de las cejas sobre los ojos cerrados. No era raro que yo, tras la superficie ligera de mi propio sueño, percibiera su agitación y retornara a la oscuridad de su lado. Le hablaba entonces despacio, envolviéndola con mi abrazo, tratando de arrancarla con suavidad de los entornos inhóspitos que pisaba. Laura apenas volvía en sí unos instantes, sin tan siquiera alzar los párpados, para hundirse de nuevo con presteza en el mar de su inconsciencia. Pero ese brevísimo emerger al sonido de mi voz, al contacto cálido de mi piel, bastaba por lo general para ahuyentar a los monstruos, a los espectros, a las criaturas malévolas, y trasladarla a un renovado y más apacible escenario onírico. Por la mañana, casi nunca recordaba la trama de sus pesadillas, a quién se dirigían sus palabras, con qué o quién se había enfurecido en sueños. Yo acariciaba sus cabellos, besaba sus labios sonrientes, y la sabía a mi lado a salvo de sus demonios.Aún guardo memoria de aquella noche, ya distante en el tiempo, en que por primera vez fue su risa la que quebró mi sueño. Una risa ligeramente distinta de la que tan bien conozco, que tanto adoro, manantial del que bebían mis días, y que ahora sólo se me ofrece en oscuras gotas. Esa risa un poco más aguda, y como amortiguada por una sordina, se entremezclaba en su boca con palabras ininteligibles, palabras también risueñas, cantarinas pese a su confusión, delatoras en el tono que las arropaba de una inusual alegría, de un conmovedor bienestar en el sueño de Laura. Inclinado por la costumbre, la rodeé con mi brazo y ella, aún profundamente dormida, lo apartó de sí rodando hacia un lado, alejándose de mí, como molesta por esa indeseable interferencia de mi cuerpo en su sueño. La risa cesó y con ella el diálogo a cuya mitad entrecortada e incomprensible había asistido en silencio. Pero la respiración honda y serena de Laura seguía provocando en torno a su espalda un extraño halo de felicidad que casi podía palpar. Al levantarse, le pregunté qué había soñado. Tampoco esa vez podía Laura recordarlo. En su memoria, únicamente persistía la imagen aislada, huérfana, de unas hermosas flores blancas. La abracé buscando resarcirme de su inconsciente rechazo y ella me acogió tiernamente en su pecho.Sólo meses más tarde, quizás ya demasiado tarde, fui capaz de intuir el mal presagio que anidaba en aquella primera risa, en aquel primer rechazo. Todavía hoy me tortura la sospecha de que quizá podría haber evitado la catástrofe que se avecinaba de haberla forzado a despertar, saboteando cruelmente esos momentos de felicidad onírica y así arrastrándola hacia mí. Pero, ¿cómo anticipar que a esa risa, a ese rechazo, por justicia sustraído al reproche sensato, les sucederían muchos más? ¿Cómo adivinar que habrían de dar inicio a la transformación, al principio casi imperceptible, luego dolorosamente evidente, de los hábitos nocturnos de Laura, y con ellos del tesoro que más preciábamos en cofre vacío y estéril?Poco a poco, sus dificultades para conciliar el sueño fueron mitigándose hasta derivar en su extremo opuesto: como guiada por una oculta avidez por sumergirse en las tinieblas, un rayo parecía fulminarla casi al momento de posar su cabeza sobre la almohada, abandonándome en medio de una frase, ausentándose repentinamente de mis incipientes besos y caricias. Después, el sueño comenzó a apoderarse de ella cada vez más temprano, sobre el sofá en el que veíamos la televisión o leíamos. Conocía las tensiones que venía sufriendo desde hacía tiempo en la oficina, su exceso de trabajo, y creí que su cuerpo sucumbía tras tanto insomnio, doblegado por tanto cansancio acumulado. Yo mismo la incité al principio a dejarse conducir por él, a no oponerle resistencia, a acostarse en cuanto reclamara su merecido descanso. En lugar de saciarse, su necesidad de dormir aumentaba gradualmente. El sueño de Laura me la hurtaba cada noche unos minutos antes.Por las mañanas, dejó de oír el despertador y debía hacer esfuerzos casi titánicos para que abriera los ojos y se preparara para su jornada. Los fines de semana no se levantaba hasta el mediodía, perturbado su sueño por el rugir de su estómago ocioso. Con frecuencia la observaba, mi niña dormida. Seguía riendo y hablando la lengua de Babel. Pero incluso cuando su rostro se cubría de la gravedad impenetrable de los durmientes, todo su cuerpo irradiaba ese extraño halo de felicidad que descubrí aquella primera noche. Una felicidad cada vez más tanqible, cada vez más impúdica. Al despertar, Laura amanecía como iluminada por un sol infinito, sus labios curvados en una hermosa sonrisa. Todas las mañanas, aún en la cama, le preguntaba. Ella nunca recordaba más que los mismos nimios, sorprendentes detalles: las flores blancas, un paisaje nevado, el canto de un pájaro sobre la rama de un árbol. Nada que me aproximara siquiera a la llave del misterio de sus diálogos y risas nocturnas. Los evocaba con una mirada bañada de enigmas, una mirada que, atravesando mis ojos, parecía traspasar los límites de este mundo para penetrar en otro. Otro mundo absoluta, radicalmente ajeno a éste. Luego, conforme iban diluyéndose las brumas del sueño, conforme se iba instalando en el día, la luz en Laura comenzaba a evaporarse, su semblante a ensombrecerse. Sus tiempos de vigilia fueron progresivamente invadidos por la tristeza, por el tedio, por el aburrimiento. Alternaban con una persistente irritación que la inducía al enfado infantil, a alzar su voz contra mí, a desbaratados accesos de furia, derramados sin motivo sobre mis hombros, que la obligaban a huir de casa con un portazo. Laura no dejaba de ser consciente de mi preocupación, de mis temores por su salud, de la creciente angustia que en mí provocaban su apatía, su irascibilidad infundada. También de la infección que, inoculada por ellas, se extendía mortífera por la sangre antes sagrada de nuestra relación. Tras cada disputa, leía en todos sus gestos una suerte de súplica: en silencio imploraba mi perdón por una falta paradójicamente nacida de la inocencia, por una culpa carente del suelo legítimo de la voluntad y la premeditación. Ya sólo lograba verla sonreír asomándome al espejo frío e inaccesible de su sueño.Hace días que Laura se estremece y gime a mi lado mientras duerme, poseída por un cuerpo invisible que no es el mío. Ahora sé que, cada noche, Laura vive en sueños una vida que no es la nuestra, habitada por una presencia a todas luces más poderosa que la mía. Más atenta, más solícita, más amorosa. Una presencia que la ha elevado a cumbres de felicidad que jamás consiguió conquistar de mi mano. Que se esconde con su despertar sin dejar más rastro en ella que una intensa añoranza desconocedora de su objeto. Por cuya ausencia se duele Laura en su vigilia sin ser capaz de vislumbrar la fuente de su dolor. Cuya desaparición diurna apaga su rostro, retuerce su ánimo y me arrebata su afecto y su alegría. Ahora sé que me he convertido para Laura en uno de esos monstruos cotidianos, de espectros del pasado, de criaturas malintencionadas que pueblan sus sueños y a los que ella, mi dulce niña, hace frente con voz ronca, casi al borde del grito, tenso el arco de las cejas sobre los ojos, rabiosamente abiertos para mí, cerrados para esa presencia. Como sé que es esa misma presencia quien, ocupando mi antiguo lugar, suplantando la realidad cada vez más difusa de mi ser en Laura, le habla entonces despacio, la envuelve en su abrazo, y la arranca de este mal sueño que juntos habitamos para apartarla de mí y así calmar su agitación. La presencia que acaricia su pelo, besa sus labios sonrientes, y la sabe a salvo de sus demonios cuando Laura, cruzando al otro lado de la frontera insuperable que nos separa, despierta y se entrega dichosa a esa otra vida. La vida que me ha relegado al terreno borroso y quebradizo del sueño. De un sueño de Laura. La vida donde mi propia presencia, pálida, etérea, sufriente, apenas tiene ya la triste, pobre cabida de lo irreal.



Escrito por Antígona


http://lacoleradeaquiles.blogspot.com/2010/01/fronteras.html

El Aleph reloaded 5.0


Una noche cualquiera de sábado me asomé al comedor sumido en las tinieblas del sueño y un reflejo titilante me atrajo con insospechada fuerza.
No era una esfera luminosa que compendiaba milagrosamente la inmensidad cósmica en su inabarcable totalidad, sino más bien el contenedor bidimensional donde habían ido a parar los desperdicios del universo, los despojos sin posibilidad de reciclaje, la materia decadente, casposa, retrógrada y cursi atrapada en un limbo catódico que se retroalimentaba sin descanso, desafiando las leyes eternas del tiempo y el espacio.
Apenas incliné la cabeza y sentí ya el fogonazo implacable de la avalancha audiovisual.
Vi un fakir tragando sables y vomitando llamas, vi la elección de Miss Sudadera Prieta patrocinada por la discoteca Hiperchomino de Guadalix, vi bailarines de claqué y percusionistas otomanos, vi pases de lencería y de peletería, vi imitadores de políticos, vi palmeros, transformistas, ventrílocuos; vi a Doña Rogelia y al cuervo Rockefeller, vi la grima y el esperpento; vi a un prestidigitador nórdico multiplicando palomas, vi al campeón del mundo de dominó y a la Tuna de Ingenieros de Caminos, vi cantantes de tangos en japonés, vi pelos engominados y cardados cubistas, vi ponchos andinos y relojes de nuevo rico, vi joyería arrogante y bisutería de rastrillo, vi danzas masai y media docena de vedettes turgentes con fruteros en la cabeza; vi a un vehemente reaccionario pidiendo la pena de muerte para los homosexuales y a un progresista melindroso llamando “discapacitado emocional” a un violador de bebés; vi a los niños de San Ildefonso, vi la coreografía de Macarena perpetrada por un grupo de turistas alemanes, vi trapecistas, vendedores de lotería, mimos, mariachis; vi un desfile de vestidos de novia, vi a Raffaella Carrá cantando en play back, vi al Dúo Dinámico, a Raphael; vi zapatos de plataforma y medallones de oro enredados en torsos velludos, vi las sienes plateadas de El Puma y el pezón fugitivo de Sabrina, vi a un limpiabotas de la plaza de Callao, vi una pareja de actores maduros en pijama contando chistes de viejos verdes, vi chirigotas de Cádiz, una conga brasileña, una soprano ciega y un tenor en silla de ruedas; vi adiestradores de caniches y susurradores de caballos, vi el coro lírico del parque de bomberos de Utrerilla del Monte, vi una niña con bata de cola y castañuelas, vi a una presentadora pija disfrazada de la sota de bastos, vi un striptease de despedida de soltero, vi a las chicas de la Cruz Roja en ropa interior, vi el sorteo amañado de un coche todoterreno, vi una cordillera de silicona y un concurso de dobles de Demis Roussos, vi el reflejo de mi rostro asombrado y atravesado por 365 líneas de alucinógeno magnetismo, pero no grité, porque eran las tantas y la ciudad dormía, unos en la cama y otros hipnotizados delante de sus alephs electrodomésticos,
igual que yo.

Jose Ignacio García Martín. El Ultimo Peatón.

miércoles, 24 de febrero de 2010

El Apache


Desde que entró por la puerta nos llamó la atención su aspecto, pero me equivoqué al otorgarle el calificativo de "Apache", no lo era y, sin embargo, siempre que nos hemos referido a él, lo hemos hecho con ese nombre. Tratando de subsanar el error, escribo este relato para poder nombrar en adelante a nuestro protagonista con la propiedad que se merece, al mismo tiempo que comparto una historia singular con las personas que amablemente dediquen un poco de tiempo a leerlo.
Era un hombre de pequeña estatura y muy delgado, con el pelo negro,brillante, peinado con la raya al lado y un pequeño "tupé" muy trabajado en la frente. En su cara muy blanca destacaban unas patillas finas y largas que hacían un dibujo tan elaborado como el símbolo de la Libra Esterlina, y no eran los únicos adornos capilares que tenía en la cara, estaban acompañadas por un bigote a lo Clark Gable y unas cejas arqueadas y bien perfiladas.
Muy limpio y con olor a perfume, su extravagante indumentaria lo trasladaba a otra época que en aquel momento no supimos definir. Su pantalón estrecho y negro le llegaba justo al filo de unos botines de punta fina que se cerraban en el tobillo con una hebilla plateada, no es necesario decir que brillaban como espejos. Se abrigaba con un gabán entallado y corto con dibujo de pata de gallo en blanco y negro, cada pata de gallo era de tamaño natural, es decir, eran tan grandes como las huellas que un pollo deja en el barro del corral. Culminaba su atuendo con un gracioso pañuelito rojo atado al cuello. Más adelante llegamos a la conclusión de que parecía escapado de un cartel de Toulouse Lautrec, asignándole con ello un lugar en el tiempo, pero no era ese tiempo el suyo y seguía sin ser un "Apache", aunque nosotros lo llamáramos así.
La confusión surgía de nuestra propia ignorancia. Él era atípico, y nosotros conocíamos algo de aquellos golfos de los arrabales parisinos que a principios del siglo XX habían hecho famosos los periodistas al publicar sus fechorías en los periódicos, adornando los artículos con dibujos o fotografías en los que aparecían unos jóvenes con un pañuelo rojo al cuello y con los zapatos muy limpios, apostados en las esquinas esperando a los transeúntes para robarles, o formando tumultuosas peleas entre ellos. Esos eran los Apaches y no nuestro hombre: injustamente lo habíamos etiquetado en función de su atuendo y eso es algo que normalmente induce a errores.
El hombre, educado y respetuoso, se dirigió a mi con un "Señoguita pog favog", por lo que deduje que era francés, demasiadas coincidencias para no equivocarse. Pero cuando comenzó a contarnos su problema se fueron aclarando las cosas, en su pasaporte estaba escrito que había nacido en Tarragona, pero había viajado mucho, se podía comprobar por la cantidad de sellos que tenía el documento. Se daba la circunstancia de que tenia frenillo y una mezcla de acentos que imposibilitaba la identificación de su procedencia a través del lenguaje.
También mostró un carné de identidad más que caducado, en el que figuraba la palabra “Artista” en el lugar reservado para la profesión del titular. Para calmar mi curiosidad no tuve más remedio que preguntarle que en que consistía su actividad artística, a lo que me respondió con mucha seriedad que era “tanguero”. De ahí venía todo, del oficio. Lo habíamos relacionado con las portadas de los discos de tangos de la Voz de su Amo y con los carteles que aparecían en las colecciones encuadernadas de la antigua revista “Blanco y Negro” que había en nuestras casas en las que aparecían imágenes de los cantantes ataviados con el mismo estilo que nuestro cliente.
Era cantante y bailarín de tangos. En los primeros años de la década de 1910 habían vuelto a Argentina y Uruguay, procedentes de París, los emigrantes que no habían tenido suerte en Europa y con ellos llegaba también una tropa de golfos y hampones que trajeron el estilo apache a los barrios bajos de Buenos Aires y Montevídeo, y rápidamente igual que había pasado en Francia los periódicos comenzaron a contar sus aventuras. Pronto se puso de moda lo que se llamó el Tango Apache, y grupos de cantantes como los “Apaches Uruguayos” o los “Apaches Argentinos”, llegaron a las más altas cotas de popularidad. Cincuenta años después nuestro amigo cultivaba precisamente ese estilo musical, algo que imprime carácter, por lo que no es de extrañar que eligiera su atuendo en concordancia.
De haber sido objetivos podíamos haberle llamado el Tanguero o el Artista, o podíamos habernos referido a él por su nombre y apellidos que hubiera sido lo correcto, pero eso es lo que hacíamos con todo el mundo y él era tan peculiar que fue imposible, se quedó con el “Apache” hasta el día de hoy. Y mucho me temo que así se va a seguir llamando, porque analizadas las características del personaje y habiendo estudiado a fondo las connotaciones del apelativo, llegamos a la conclusión de que es exactamente el nombre que define y califica a nuestro protagonista, no por ser delincuente, sino como nombre artístico.
Me dijo que vivía en Paris desde hacía veinte años, y que el último sitio donde trabajó en España, en Granada, donde tuvo un accidente por el que le reconocieron una pensión de incapacidad. La cobró durante un tiempo, pero se fue a Francia y ya no volvió a percibir nada. Aquello era extraño y ante mis preguntas sobre el motivo por el cual no había solicitado que se le enviara la paga al país de residencia, me explicó que había tomado la decisión de partir un poco precipitadamente y no le había dado tiempo. Había venido de vacaciones y quería aprovechar el viaje para tratar de averiguar si estaba perdida para siempre.Le pedimos que nos diera tiempo para localizar su expediente, no era una tarea fácil debido al tiempo que había transcurrido pero no era imposible, y le invitamos a que renovara el Carné de Identidad. Era la forma de rehabilitar la pensión con suficientes garantías de que se trataba de la misma persona, ya se encargarían en la Comisaría de verificar su personalidad con sus propios métodos.
Cómo es lógico, hay documentos fundamentales que no pueden ser objeto de expurgo y por mucho tiempo que haya pasado se encuentran siempre los antecedentes: en aquellos años se abría una ficha a nombre de los usuarios que solicitaban cualquier prestación y en ella se indicaba la clase de prestación y el número de expediente, anotando en la misma ficha todas las solicitudes que se presentaran a lo largo de su vida. Esos ficheros se informatizaron totalmente y hoy día se trabaja con más comodidad, pero entonces tardé un buen rato en localizar la ficha de mi “Apache”. Cuando la encontré sentí verdadera alegría al comprobar que efectivamente existía un expediente de incapacidad de aquel hombre. Ya podía bajar al sótano a buscarlo y rehabilitar su pensión, satisface resolver estos casos que se salen de la rutina y es agradable solucionar problemas, aunque no se conozca de nada a la persona.
Bolígrafo y papel en mano me dispuse a tomar nota del número de expediente, y observé algo que me perturbó: había dos expedientes anotados, uno era el de incapacidad y el otro ¡era de viudedad! ¿Quién había solicitado aquello?, según la anotación lo había hecho “su viuda”, y sin duda el fallecido era él. Tenía por delante un autentico problema, cuando menos el “Apache” era un estafador, era la primera vez que me encontraba ante un caso así, aquello me alteraba, lo comenté con mi compañero y decidimos bajar al archivo a buscar los expedientes para tratar de ver algo de luz en aquella trama, pensando que tendríamos que dar cuenta a la Asesoría Jurídica para que se actuara en consecuencia.
Fuimos al archivo como dos policías, tensos y con la determinación de descubrir el hilo del que íbamos a tirar para aclarar el embrollo. Un hombre que se presenta para reclamar su dinero y que en nuestros papeles figura como fallecido y causante de una pensión de viudedad, un asunto tan emocionante despierta el interés y aviva la imaginación, tanto que en nuestras cabezas alborotadas el pobre “Apache” solo tenía dos destinos posibles: o estaba muerto o iba a la cárcel por impostor.
Pero, por el momento, ninguno de los dos destinos era el suyo, la cosa era más rara todavía. En primer lugar el hombre no estaba muerto, aunque es posible que si se hubiera ido de “parranda”. Y en segundo lugar tampoco era un delincuente, no por este asunto, quedó demostrado que él era él y que estaba vivo.
El estrés de los investigadores pronto se disolvió, en el estudio del expediente descubrimos que la prestación de viudedad nunca se resolvió, simplemente se decretó el archivo de la solicitud por no haber aportado documentos imprescindibles. ¿Cómo se le va a reconocer una pensión de viudedad a una señora que no trae la partida de defunción del marido?
Contenía aquel expediente documentos muy interesantes. A partir de una denuncia por desaparición la señora había iniciado ante el juzgado un expediente de declaración de ausencia con la intención de obtener una sentencia judicial que lo declarase fallecido. Por causas que no supimos el juez nunca había dictado la sentencia esperada, puede ser que no estuviese claro el asunto. En la demanda la mujer explicaba que tenían graves problemas de convivencia y que un día el hombre salió y no volvió más.
Nuestra curiosidad había quedado satisfecha, a partir de ahí la resolución del asunto era fácil, solo quedaban algunas comprobaciones y pronto estaría todo solucionado. No obstante esperábamos el momento en que el hombre se presentara con preocupación, a ver como se lo tomaba. Nunca se sabe como va a reaccionar una persona al enterarse que lo han intentado dar por muerto para disponer de sus bienes.
No se lo tomó demasiado mal, algo debía de saber aunque se hizo de nuevas, nos dijo que era incomprensible, que él se había ido pero que nunca había ocultado su paradero, que eso había sido un intento de estafa por parte de su mujer y que por eso no había prosperado.
Exageramos al contarle lo que ella había alegado en la denuncia, adornamos el asunto con algún dato de nuestra cosecha, le contamos lo de la relación tormentosa y que después de una pelea había salido a comprar tabaco y no había vuelto jamás, al oír esto puso cara de asombro y abriendo mucho los ojos dijo:
-“¿Relación tormentosa?”, ¡Eso es falso!, tuvimos un disgustillo sin importancia nada más.
¡Disgustillo sin importancia y se había quitado de en medio durante más de veinte años!
A partir de ahí todo fue muy fácil, renovada su documentación como procedía, se rehabilitó la pensión actualizándola al valor del momento, lo que causó gran alegría al hombre que no se lo esperaba y la seguridad que le daba una pensión digna para toda la vida le hizo olvidar la actuación de la que fue su esposa que, aunque de forma indolora, había intentado “enterrarlo” en vida.
Su relación con nosotros se volvió más amistosa, el hombre estirado de las primeras visitas dio paso a una persona jovial que con simpatía insistió en que nos tomáramos un café con él y en la cafetería de al lado tuvimos un desayuno de anécdotas, mujeres y tangos, que nos proporcionaron una placentera digestión de cultura tanguista que nos ha sido muy útil en la vida.
Unos días después vino a despedirse porque volvía a París, nos dio una caja con envoltura elegante a cada uno, que en principio aceptamos creyendo que eran bombones, pero cuando las abrimos vimos que eran dos colecciones de monedas conmemorativas del bicentenario de la Revolución Francesa, eso no podíamos aceptarlo porque eran demasiado valiosas. Después de explicarle que no podíamos aceptar ese regalo de todas las formas posibles, conseguimos que cogiera las cajas y se las llevara, nos dijo que no lo comprendía y que se iba muy “disgustado”. Sin poder contenerme le dije:
- ¡Pues entonces no lo vemos por aquí en veinte años!
No fue así, volvió al año siguiente. Tenía un aspecto inmejorable y nos dijo que estaba muy tranquilo y feliz, seguía con sus agradecimientos, dijo que nadie se había preocupado por él como nosotros en su vida, que mientras pudiera volvería a saludarnos en sus vacaciones y que todavía se acordaba del mal rato que se llevó cuando no le aceptamos el regalo el año anterior. Me preguntó que si le aceptaría un bote de colonia, le dije que si, que eso no tenía importancia, tenía que haberlo pensado mejor conociendo su tendencia a la exageración, porque sacó de su bolsa un bote de litro de “Chanel nº 5”, ¡de litro!, veinte años me ha durado el perfume.
Coco Vida

Suerte


Sentado en un banco del parque observo distraído el trasiego de la gente mientras espero que llegue la hora.De pronto, algo llama mi atención.Es un gran cuervo, que con incordio se dedica a sobrevolar a los niños que juegan y a picotear el pelo de las niñas, mientras padres y acompañantes dan inútiles manotazos al aire intentando espantar y abatir al pajarraco. Está oscureciendo, se acerca la hora de la cena. El caso es que en cinco minutos el bullicioso parque se queda desierto.Por un segundo el negro animal se posa sobre el neón de la tetería.Es un local especializado en todo tipo tés, catalogado por los expertos como el mejor en su especialidad. En él se bebe té a todas horas, la única bebida permitida. Esta limitación, en lugar de ser un inconveniente es aceptada con mucho agrado por la mayoría de los clientes.La decoración es otro de sus atractivos. La componen unos cómodos sofás de color rojo, con mesitas redondas de madera noble al frente. Lámparas y apliques de vidrio emplomado iluminan la estancia con una tenue y cálida luz. El toque histórico y artístico lo dan varias acuarelas que cuelgan de sus paredes con estampas de la India y la campiña inglesa, así como una valiosa colección de tazas y teteras de fina loza y porcelana, expuestas armónicamente en estanterías y vitrinas.Pero en esta vida nada es lo que parece…La parte trasera del local da a un callejón. Una discreta e insignificante puerta es el acceso que cada noche utilizan otro tipo de clientes, entre los cuales me encuentro.Se celebran interminables timbas hasta el amanecer. Sobre el verde tapete se acumulan enormes cantidades de dinero que van cambiando de dueño en función de la suerte y el azar.Un hombretón de casi dos metros y ciento diez kilos de humanidad es el encargado de permitir el paso y de la seguridad dentro del local.Ayer fue una noche nefasta. Lo perdí todo. Estoy arruinado.Tal era mi desesperación que esta mañana, al llegar a casa, he cogido la pistola. Tengo que acabar de una vez por todas con esta adicción.Pero una llamada telefónica ha hecho cambiar mi decisión o, mejor dicho, he tomado una nueva decisión a raíz de la llamada. El destino ha llamado a mi puerta.Víctor es un compañero de la Facultad con el que hace tiempo no me relaciono, pero del que tengo referencias del éxito de su gestión en varias de las empresas del holding de su padre. Hemos quedado para comer y ponernos al día. La reunión ha sido muy agradable. Es un buen tipo. No me ha preguntado para qué quería el dinero, se ha limitado a sacarlo de la cartera a la vez que pagaba la comida y me lo ha acercado con discreción y una comprensiva sonrisa.Hoy estoy convencido de que mi vida va a dar un giro de trescientos sesenta grados, aunque como la mayoría de jugadores tengo mis supersticiones y la visión de ese cuervo no me hace ninguna gracia, es más, me parece un mal augurio.En fin, no quiero que me amargue la noche. Además parece que ha desaparecido. La suerte me reclama.Ya es la hora, han cerrado las puertas y han apagado el letrero. Me encamino hacia el callejón. Llamo a la puerta con la contraseña de rigor.De pronto algo surge de la oscuridad y me roza la cara. Es ese asqueroso animal. Trato de localizarlo, pero con velocidad ultrasónica vuelve a rozarme con sus negras alas.Recuerdo que llevo la pistola en el bolsillo, la saco y disparo dos veces a ese punto maldito…La puerta se abre, a pesar de que no recuerdo haber contestado a la segunda contraseña.Sigo con la pistola en la mano. El hombretón me mira y, sin articular palabra, dispara.La fuerza del impacto me hace tambalear hasta caer de rodillas y, aunque el humo del fogonazo me ciega, aún puedo ver su negra silueta sobre el farol. Definitivamente, no es mi noche de suerte.
Lola Encinas

martes, 23 de febrero de 2010

El par de zapatos


imagen :http://2.bp.blogspot.com/_5zOL_1to-Fc/S4PFSg9eLEI/AAAAAAAAABI/s_J3XEU45HM

Una pregunta espolea mis sesos, que no sexo pues otra cosa sería y, aunque seguro que la segunda opción sería más reconfortante, esa no es la cuestión sino algo tan simple tal que: ¿cómo contar algo tan lejano y que no resulte viejo?. Ni idea. Es una anécdota corriente, un recuerdo, una mirada a un pasado casi remoto.
Así que, he decidido ponerme ante la blanca pantalla, con mi estilográfica y mis cuartillas imaginadas y comenzar. Sin más.
Hablando con unas amigas lo recordé. A ellas, las quiero porque sí, pero también porque sirven de acicate a mi usada sesera. No sé cómo se las arreglan pero, aun sin proponérselo, consiguen apartar las telarañas que hay por doquier. Entonces una pálida luz, aunque tímida y con las típicas (¿o tópicas?) sombras de invierno, se cuela por la rendijas. ¿Será que van armadas siempre de hermosos paños quita-polvos?, ¿de líquido mata-arañas?, ¿de sonrisas y de aloumiños?. Lo desconozco, pero funcionan.
Así que esa tarde, en la que charlábamos de esto y aquello, diciendo algunas verdades, arreglando países con buen tino, desbrozando cualquier cosa y, sobre todo, riéndonos y haciendo el tonto que se nos da muy bien, me colocaron en hace muchos años y volvió a mí nítido, claro y con la perspectiva del tiempo. Divertido y es posible que aleccionador.
Cuando lo conocí ya era él un hombre de una edad superior, muy delgado, pequeño, enjuto, malhumorado casi siempre, con bastantes años de trabajos y responsabilidades y un carácter endiablado. Además, le faltaba la pierna izquierda y, en unos años en los que todavía las maravillosas prótesis actuales no se conocían, usaba muletas.
Disculpen la digresión, pero en los libros de aventuras, los piratas usan pata de palo. Pero eso es así porque todo encaja: son piratas, tienen barco y un parche en un ojo. Suelen llevar también, cuando no están ocupados en abordajes y rapiñas, un loro posado sobre un hombro, tienen terribles dotes de mando, comenten latrocinio sin remordimiento y matan sin compasión.
No es el caso; nada que ver con mi hombre que, al margen de los rasgos citados, era una persona muy normal, con su esposa, hijos, gustos y disgustos.
Había perdido la pierna atropellado por un malhadado tren, que bajaba al puerto para recoger pescado. Aciago día que yo no conocí. Aquel paso del tren no lo recuerdo protegido, ni siquiera por un paso a nivel. Simplemente pasaba, cuando tenía que hacerlo.
Este hombre tenía una característica peculiar. Cuando estaba en su trabajo, tenía prisa para hacer valer su postura, se enfadaba y debía trasladarse con su “no pierna”, abandonaba muleta y se trasladaba girando a un lado y a otro, a toda velocidad, su único pero hábil pie derecho.
En tales momentos, se levantaba raudo, izaba la mano en señal de aviso, profería seguramente algún improperio y salía volando sobre su única extremidad, bien “enzapatada” eso sí.
Bien, pues esta original y quizá un poco extravagante persona, tenía un cliente y amigo al que le faltaba una pierna. Un leal camarada que vivía allá, en la “Costa da Morte”, hacia el lejano país de los ártabros, en aquellos hermosos, duros y terribles mares dibujados por roquedos viejos y peligrosos. El azar, que a veces actúa a nuestro favor, había dispuesto que la pierna que le faltaba, fuera justamente la contraria.
Así sucedía que, el viejo varón que vive en mi recuerdo, llamaba feliz a su camarada. Tras soportar seguramente demoras telefónicas interminables, que a veces eran de largas horas, propiciaban enojos, pesimismos porfiados y ahora parecerían anacronismos inexplicables, bien recostado en el respaldo de su enorme silla, con el teléfono apretado en una de sus delgadas y pequeñas manos, decía, sonriendo con tranquilidad, pero casi a gritos para paliar las deficiencias de las líneas, aquello de: “oye, tú..., que me he comprado unos zapatos de piel cojonudos y te envío tu izquierdo con el sobrecargo del “Axiña” que está en puerto y sale hoy con ese destino”.
¡Oh hados traviesos!, estos dos hombres mutilados y amigos, compartían calzado, porque sus exiliadas piernas eran, como se ha dicho, contrarias. Y la medida de sus pies idéntica.

Publicado por Fonsilleda en su Blog.
http://fondevila.blogspot.com/