lunes, 28 de marzo de 2016

Aprendiendo a conducir



                      Aprendí a conducir durante uno de los años más duros de la crisis. Atravesaba también una crisis personal importante. Cambié de profesor debido a los recortes. Mientras uno me decía que no corriera, el otro protestaba porque era demasiado cívica. Aprobé con el que me gritaba ¡dale chicha! (literal).
Reventé una rueda durante una práctica.

Creo que todos recordamos la experiencia de la autoescuela como si fuera ayer. Y que si sacarte el carnet de conducir se te hace bola, lo mejor es intentarlo cuando te enfrentas a un problema más importante. Porque en ese momento controlar un coche resulta menos complicado. O porque conducir es tu vida en ese momento y dejas de concentrarte en tu pena. Y esto es lo que le pasó a Isabel Coixet, a la escritora y guionista Sarah Kernochan y a Wendy, la protagonista en plena catarsis.

Ben Kingsley, uno de los actores más versátiles de la historia y en activo desde mediados de los sesenta, vuelve a dar vida a un indio tras haber interpretado a Gandhi en 1982. Este descendiente de la etnia guajarati, tira de raíces para interpretar a un taxista sij en Nueva York. Aunque según revela el actor, los que más le aportaron para interpretar a Darwan fueron los que le colocaban el turbante cada mañana antes de empezar a rodar. Darwan es ese profesor de autoescuela utópico que te invita a un helado tras el examen. El que no hace falta que diga “No pasará nada, yo estoy aquí con el otro freno” porque parece que controla el coche con la mente. El que se gana el cielo por soportar a las que empezamos a gritar en vez de pisar el freno.

En la vida, como en la carretera, todo cambia en un segundo. A eso se enfrenta Wendy (Patricia Clarkson), abandonada por su marido en un restaurante para evitar que monte una escena. Por supuesto, se ha ido con una más joven. Y de repente se encuentra atrapada en la vivienda familiar. Sola y sin conductor. De vuelta a la casilla de salida por obligación.


Isabel Coixet no es santo de mi devoción. No me suelen gustar sus películas por el exceso de dramatismo que pone en todo lo que hace. Y porque me saturan sus personajes tan condenados. Por eso me ha sorprendido tanto ‘Aprendiendo a conducir‘. Puede que sea porque la película la buscó a ella y no al revés. Como bien dijo la directora en rueda de prensa en el Festival de Málaga “después de verla no te dan ganas de cortarte las venas” (refiriéndose al resto de su filmografía). Sin embargo, aunque se trate de un encargo, su firma está ahí: en la lavandería, en la importancia que le da siempre a los libros y en el romanticismo del amor no correspondido y no consumado, que en esta ocasión se produce en un espacio tan reducido como el interior de un coche. Más coincidencias: los protagonistas repiten después de ‘Elegy‘ (2008).

Esta es una historia de personajes muy auténticos. Un inmigrante pluriempleado, bregado en mil faenas, agarrado con fuerza a sus papeles que le declaran ciudadano americano. Acostumbrado a esconder y a perder amigos. Sin dejar nunca de hacer el bien. Aunque adornado con una indumentaria y un bagaje bastante original, Darwan es el arquetipo del buen hombre. A diario intenta demostrar que es algo más que un turbante. Ben Kingsley consigue una interpretación sólida y muy entrañable de este taxista-profesor que se toma muy en serio su labor. Queriendo no solo formar buenos conductores, sino que sus alumnos abandonen su coche siendo también mejores personas. Por otra parte, Patricia Clarkson hace que sientas la sensación de hastío de Wendy ante cada clase. Plantearte qué necesidad tiene de enfrentarse a eso a sus años, pero a la vez tener la certeza de que tiene que hacerlo. La crítica literaria capaz de componer análisis muy sesudos porque domina las palabras, pero que es incapaz de dominar el coche. Algo que hace (casi) todo el mundo. La que intenta superar cada día la sensación de fracaso. Mención especial para la actriz Sarita Choudhury, que interpreta a Jasleen, la pareja concertada de Darwan. Curtida en mil series de televisión (‘Homeland‘, ‘The Good Wife‘, entre otras), esta vez da vida a la mujer con la que Darwan se casa por hacerle un favor y porque aunque es mayor todavía puede darle hijos. Porque es lo que debe hacer. Porque la madre de Darwan la ha elegido para él. Aunque no se conozcan de nada. Aunque para ella suponga coger sus cuatro cosas y volar hacia otro país para despertarse cada día al lado de un desconocido.

El abandono, la inmigración ilegal, el matrimonio concertado, las diferencias culturales, la importancia de la religión, volver a empezar, enfrentarse a los miedos. Sin perder el ritmo narrativo en ningún momento. Sin caer en tópicos ni apelar a la lágrima fácil. Un relato ameno y buenrollista reivindicando el si quieres, puedes y que ninguna pena dura eternamente. Un chute de optimismo. Unas interpretaciones de sobresaliente con la ciudad de Nueva York de fondo, que se convierte (y esto sí es un tópico) en no sólo uno, sino en varios personajes más.
Cristina Sánchez De Pedro


      



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