domingo, 31 de octubre de 2010

¿Juego de palabras ?

Uno se mira y descubre que detrás de la suya, de la conocida, o de la pretendidamente conocida, hay otras miradas. No son miradas ajenas, no son miradas de otros, no son miradas desconocidas. Son miradas de uno mismo.

Lo que sucede con las miradas es que a uno le crecen por dentro, como raíces, son miradas que se entretejen. Lo que ocurre con estas miradas que nos habitan por dentro, es que permanecen en racimo, forman una amalgama de miradas.

Uno se observa con la cara de su mirada pero, a poco que uno esté atento, alcanza a descubrir que su mirada tiene, al igual que sucede con las monedas y con tantas otras cosas, su cruz correspondiente. Uno se atiene a la primera mirada que alcanza la luz y cree que esta es la definitiva, la única, la última pero, si uno se detiene en ese punto central que es la sinceridad, enseguida se da cuenta de que uno tiene detrás de esa primera mirada, otras muchas más que en ese instante no están a la vista.

Uno se detiene en uno mismo y a poco que se atreva a romper las normas de la autocompasión y esté dispuesto al atrevimiento, uno se da cuenta, uno advierte, uno descubre, que desde hace mucho tiempo sabe que su mirada primera no es la única mirada formal de uno mismo. En el anverso de esa primera mirada de uno, se esconden un millar, al menos, de miradas diferentes, de miradas con otra visión. Unas con visión oblicua, convexa o cóncava, lejana, diminuta, con olor a consuelo, con nubes de perdón, pero desde luego, a años luz de aquella primera mirada de uno.

Uno levanta la vista y se asoma a un otoño que anda preñado de colores y aposentos en los que serenarse y buscar. Y buscando, uno encuentra que nunca se mira a sí mismo con la misma mirada. Uno anota en la memoria que anda vacío de uno mismo y que tal vez la culpa de la falta de sinceridad, la falta de justicia a la hora de juzgarse a uno mismo, no esté en las múltiples miradas con las que se perdona o se castiga, con las que se abruma, se derrumba o sale a flote de una mala mirada. Uno entonces, pone la mirada en ese espacio que ocupa, en ese silencio que habita, en esa sombre que le acompaña desde siempre y declara que en realidad, la culpa la tiene uno mismo por no ser siempre uno mismo, uno solo.

Uno se mira y descubre que detrás de uno, del que conoce o pretende conocer hay otros muchos uno mismo. No son otros uno mismo ajenos. Es el uno de siempre, el que está presente en todas las miradas que lo fortifican por dentro.

Uno cierra los ojos para no continuar viendo sus uno mismo y se duerme en brazos de cualquier sueño que nada tiene que ver con todo esto.

Publicado por Luis

http://sumasdeletras.blogspot.com/

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