sábado, 18 de junio de 2016

EL AÑO PASADO EN MARIENBAD (1961, Alain Resnais)


Para centrarnos, partamos de la idea de que todo el cine es fantástico desde el momento en que materializa en imágenes una ficción; pero no todo el cine es Cine Fantástico. No solo las historias de hombrecillos de Marte, de vampiros, de monstruos antediluvianos, de batallas espaciales, de fantasmas o de casas encantadas –por citar algunas temáticas recurrentes– conforman la nómina de elementos que son generalmente aceptados como propios de esa parcela genérica. La adscripción al género también viene dada por el tratamiento formal de cualquier materia o historia, que si es narrada cinematográficamente de un modo que se aleja del naturalismo, de lo convencional, acercándose a lo irreal, a lo sugerente, a lo anómalo, a lo ambiguo o a lo imposible, puede verse abocada a asimilarse como propia de esos terrenos nebulosos y relativamente indefinidos de lo fantástico. Por mucho que el significante esté representando por algo aparentemente de lo más trivial, su significado, a partir de una especial plasmación en imágenes, puede adquirir esa connotación. En ese punto se encuentra “El año pasado en Marienbad”.


Difícil es ya de entrada intentar describir el significado de “El año pasado en Marienbad”, pues no parece existir ninguna intención por parte de su director –Alain Resnais– de evidenciarlo. Al contrario, más bien se esfuerza mucho en dispersar, en disfrazar, en encriptar, e incluso –en última instancia– en anular cualquier posible sentido al alcance de lo racional. Posiblemente ni siquiera existe ningún significado, quizás lo único que pretende es un juego con las emociones; aunque, para ser eso, destaca precisamente por una evidente asepsia en su tono. ¿Quiénes son todos esos impasibles personajes que aparecen en la cinta de Resnais?, ¿son muertos, vivos, fantasmas, sueños o pesadillas? La respuesta: cualquiera de ellas o todas a la vez; o incluso ninguna de las citadas. De tal calibre es la incógnita que se nos presenta; algo que hará las delicias de esos cinéfilos, críticos o simplemente aficionados al cine a quien les pesa tanto la intelectualidad mal entendida que no son capaces de discernir entre la pose y lo genuino, entre el bodrio y el entretenimiento. Aunque “El año pasado en Marienbad” inicia con soltura tan funesto camino de confusión, tampoco pienso que deba atribuírsele el llegar hasta esos límites, pero ay ay... Tal vez va siendo hora de defenestrar ciertos mitos o falsos iconos; tal vez.


No en vano, cuando una vez terminado su montaje se presentó a los distribuidores, estos no la quisieron estrenar. Comenzó así su periplo en pases privados para diversas personalidades de la cultura francesa, gustando a unos más que a otros. Sólo cuando la película ganó el León de Oro en el Festival de Venecia de 1961 vio la puerta abierta a una distribución comercial.


1.- Defender una sinopsis de la película supone a todas luces una actividad de alto riesgo. Pero vamos a intentarlo, al menos desde un punto de vista impresionista y convencional, literal. La acción se sitúa en lo que parece ser un hotel de lujo o establecimiento similar, cuyos huéspedes son mostrados de una forma anómala. Tres personajes (dos hombres y una mujer) acaparan los diálogos y ocupan los escenarios. La delirante repetición de la voz en off y de ciertas situaciones nos deja intuir que existe cierto problema de infidelidad, seguramente no carnal, más bien aparenta emocional. La insistencia de uno de esos hombres en reclamar a la mujer que le acompañe y que deje al tercero en discordia, su marido, es la escueta línea argumental que podemos encontrar. No hay más. El resto son fuegos de artificio, sorprendentes los primeros quince minutos, pero que a partir de ahí pierden fuelle y consiguen agotar. Todo ese nimio contenido argumental se intuye más como una excusa –que pudiera haber sido intercambiable por cualquier otra– con la que Resnais pone en marcha un experimento fílmico no exento de pretenciosidad. Acogiéndose a esta línea, algunos han tildado a “El año pasado en Marienbad”, directamente, de tomadura de pelo. Los años sesenta fueron tiempos de cambio y experimentación en muchos aspectos de la sociedad occidental (la guerra de Vietnam, la Nouvelle Vague, la revolución cubana, el movimiento por los derechos civiles de los negros en Estados Unidos, mayo del 68,...), y el cine fue uno más de ellos, siendo esta cinta un producto de aquel contexto.


2.-  El experimento que supone “El año pasado en Marienbad” es eminentemente narrativo. Comienza con unos parsimoniosos y bellos travellings (muy recurrentes en su autor) que muestran la suntuosa decoración del lugar, sus lámparas, sus pasillos, sus habitantes,... Todo en un principio aparenta fascinante. Más tarde, el descubrimiento de la vacuidad que entraña la película, a fuerza de insistir sobre un mismo concepto creativo –válido para un cortometraje, quizás soportable para un mediometraje–, se torna insufrible y excesivo durante 94 minutos, pues nada hace avanzar lo limitadísimo de su ¿argumento?. ¿Que el objetivo de Resnais no era contar una  historia, sino transmitir unas sensaciones? Pues digamos entonces que la sensación que transmite, una vez pasado el impacto inicial, es algo muy cercano al tedio.


Cierto es que Resnais, en un primer momento, consigue atraparnos con la belleza de sus imágenes, con la linealidad y limpieza de sus encuadres, con sus composiciones geométricas, con sus movimientos de cámara, con la pictórica planificación de algunos exteriores y con el misterio que aflora de la forma en que muestra a los personajes. Pero todo acaba siendo un espejismo. La sugerencia se convierte aquí en un fin y no en un medio, perdiendo de ese modo su función; lo que delata un afán exhibicionista y una pretenciosidad desbocada. Al final todo se resume en un truco de ilusionista con ánimo de epatar. La relación de la película con el espectador abandona ese objetivo tan tradicional que es el de contarle una historia, para –en cambio– jugar con él al escondite. También abandona –lo cual es muchísimo peor– la todavía más tradicional y esencial meta del cine y de cualquier arte popular: entretener. Aquí, pasada como he dicho la sorpresa inicial, sólo se consigue el hartazgo. Esa desunión respecto al lícito, necesario y, ¿por qué no?, suficiente objetivo de entretener bien pudiera ser una declaración de intenciones de Resnais, quien parece enfrentarse al cine desde un punto de vista tan radical como eminentemente intelectual, alejado de las verdaderas emociones y encapsulado en el mundo de los conceptos –el resto de la filmografía de Resnais que conozco no contradice en nada esta opinión–. Hace así una película para las minorías entre las minorías, nada defendible –e incluso reprochable– desde ese sentido de lo popular que, aun revolucionándolo, siempre asumieron y practicaron algunos de sus compañeros de generación y nacionalidad (Truffaut, Godard, Rohmer,...). Se amarra así a un discurso muy alejado de lo convencional; lo cual es sin duda estimulante y de agradecer, pero con el handicap de no tener en cuenta (o, habiéndolo tenido, mostrando desprecio por ello) que el cine es un arte íntimamente unido al tiempo, al paso de los minutos. No se trata de un arte estático como la pintura o la escultura –ajeno por tanto a la muy particular dimensión que le aporta el elemento “tiempo”–, por lo que las carencias relacionadas con el ritmo penalizan sobremanera cualquier abuso. Una de las principales preocupaciones del francés, además del cuestionamiento de la relación de pareja, parece rondar en torno precisamente a ese intento de romper el tiempo fílmico tradicional hacia una forma de asimilación del modo en que percibe el tiempo la memoria. Algo sin duda muy peligroso cuando se trata del Séptimo Arte, pues choca frontalmente con la esencia misma de uno de sus principales soportes narrativos.  

3.- Tanto los fantasmagóricos huéspedes como el propio lugar y los movimientos de cámara que Resnais utiliza para mostrárnoslos recuerdan al Kubrick de “El resplandor” (The Shining, 1980) y a su hotel Overlöok. Allí existía una ambigüedad que aportaba atmósfera a la historia; pero en este caso no existe tal historia, tan solo hay exhibicionismo y/o un más que discutible intento de experimentación narrativa.

Si tal cosa tenía cierto protagonismo dentro de la intención del director francés, la sensación de claustrofobia, de encierro, que desprende en alguna medida la situación que parecen vivir los personajes  de “El año pasado en Marienbad” –encerrados en el tiempo además de en Marienbad– tiene un nexo de  unión con su contemporánea “El ángel exterminador”  (1962), de Luis Buñuel, quien curiosamente había declarado que “a veces he lamentado haber rodado en México “El ángel exterminador”. Lo imaginaba más bien en París o en Londres, con actores europeos y un cierto lujo en el vestuario y los accesorios”[1]. Buñuel atinaba con su intento de metáfora desasosegante; Resnais opta en cambio por una inclasificable abstracción, cuyo posible/supuesto significado es de difícil visibilidad.

Los juegos que Michael Haneke se permitía en “Funny Games” (Funny Games, 2007), rompiendo los convencionalismos narrativos asumidos frente al espectador (la ruptura de la cuarta pared para que el personaje se comunique directamente con el público), o que Mario Bava utilizaba como anécdota en “Operazione Paura” (1966) (la persecución de un personaje traspasando a la carrera puerta tras puerta, hasta alcanzarse a sí mismo en una prodigiosa idea visual que constituía toda una fractura espacio-temporal dentro de ámbito fílmico) constituyen ejemplos similares en cuanto al desconcierto que generan algunos momentos de “El año pasado en Marienbad”.

En los casos anteriores prima lo anecdótico, pero en la película de Resnais lo anecdótico se convierte en generalidad. Con todo –y como ya había hecho en la interesante y algo más convencional, pero a la postre igualmente reiterativa, “Hiroshima mon amour” (1959) y en el espectacular bodrio que es “Te amo, te amo” (Je t´aime, je t´aime, 1968)–, Resnais trata de dislocar el sentido del tiempo gracias al montaje, creando una especie de bucle donde la idea literal del argumento (cualquiera que sea la que su autor haya pretendido) es repetida una y otra vez, simplemente con cambios en el vestuario de los personajes, en el punto de vista de la cámara o en el lugar físico donde se desarrolla la acción. Como coartada para su función experimental está bien, como modelo de renovación de la formas de narrar es un intento estimable, pero aburre tanta insistencia sobre lo mismo, sin suficiente anchura y empaque en su discurso, no terminando de llegar a ningún lado.


No parece éste (el de Resnais) un camino fértil si se quiere ir más allá de la anécdota. Un traje elegante no es nada si no tiene un cuerpo que vestir; no es más que algo que contemplar en un escaparate. Pero para gustos los colores, que se dice, y el prestigio de “El año pasado en Marienbad”, justo o injusto, ahí está.

Juan Andrés Pedrero Santos

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