miércoles, 26 de abril de 2017

Frantz


En "Frantz" el prolífico Francois Ozon retoma "Remordimiento", film del genial Ernst Lubitsch, basado a su vez en una obra de teatro de Maurice Rostand estrenada en 1932. Asimismo, es ineludible su reminiscencia a los melodramas del soberbio Fassbinder.


Gran parte de la película transcurre en una pequeña ciudad alemana, poco tiempo después de la Primera Guerra Mundial. Anna visita todos los días la tumba de su prometido Frantz, caído en la guerra en Francia. Gran sorpresa se llevará cuando en una de esas visitas encuentre a Adrien, un misterioso joven francés que también deja flores en la tumba de Frantz.


 Por un lado, es una película en blanco y negro de época que cuenta una historia de amor mallograda repartida entre la Francia y Alemania de posguerra que se erige en un drama antibélico Por el otro, es una historia atemporal de insondable belleza.
En tanto, Ozon hace foco en los silencios, las ausencias, el dolor y la tristeza sin llanto, las relaciones distantes pero profundas, el amor, el olvido y el recuerdo. Y es logrado en gran medida por un genial trabajo de Pierre Niney como el francés que vuelve a Alemania tras la guerra y la sensible Paula Beer como la alemana que llora la muerte del prometido muerto en Francia.
Así, Ozon da cuenta del placer que le provoca la variedad. No importa qué se cuente sino cómo. Y, nuevamente da cuenta de su maestría para hacerlo.


'Frantz' es una gozada para los cinéfilos de toda la vida. El excelente director francés François Ozon, se viste de clasicismo puro y con una exquisita fotografía en blanco y negro de Pascal Marti, nos ofece un relato fascinante que hará las delicias de los que amamos el cine clásico, el cine narrativo, el cine con el que crecimos y que ahora algunos se empeñan en reinventar con efectismos inútiles que ocultan sus incapacidades creativas. Ozon factura una película que parece de otro tiempo, con un cuidado supremo por el encuadre y un ritmo delicado, para narrarnos una historia sobre el pasado y la muerte, sobre la memoria y la ausencia, sobre la pasión y la mentira.


'Frantz' es un melodrama que utiliza los recuerdos como eje de reconstrucción de una familia rota y la mentira como pegamento, pero que también teje una alegoría sobre la reconstrucción de un país herido por la guerra. Aunque muchos podrán encontrar cantidad de referentes en el melodrama clásico, para mi, una constante que se me aparecía durante toda la proyección era la figura de Alfred Hitchcock. No hay suspense en el film de Ozon, pero sí una tensión subterránea que crea inquietud. También el título de 'Frantz' convierte en protagonista a la ausencia latente que mueve a los personajes como sucedía en 'Rebeca' (Alfred Hitchcock, 1940) y existe una extraña fascinación por la identidad impuesta como relataba 'Vértigo (De entre los muertos)' (Alfred Hitchcock, 1958), sin olvidar esa banda sonora de Philippe Rombi que, por momentos, parece reencarnarse en Bernard Herrmann, el compositor preferido del maestro del suspense.


Más allá de estas consideraciones personales, 'Frantz' es un excelente film, protagonizado de forma brillante por Pierre Ninney y Paula Beer (que se llevó premio en el Festival de Venecia), dos nuevas caras a tener muy en cuenta en los próximos años, cine de corte clásico (que no anticuado) que te reconcilia con el cine actual, donde un director como Ozon, demuestra que es capaz de desprenderse de todo artificio superfluo y contar su pasional historia con el corazón en una mano y la cámara de cine en la otra, como se hacen las grandes películas. 'Frantz' pudo verse en la Sección Perlas del Festival de Cine de San Sebastián 2016 y no se me ocurre una definición mejor para describir esta joya de película.


Con una exquisita sucesión de fotogramas en blanco y negro, -utilizando solo alguna pincelada de color para, curiosamente, acentuar el drama-, mi coetáneo François Ozon (nació un año después de mi), nos ofrece una curiosa historia de culpa y redención, no solo a nivel íntimo, personificado en Adrien, atormentado por la muerte de Frantz, en la prometida de este, Anna, y en sus padres, descorazonados con la desaparición de su primogénito, pero también a nivel colectivo, en las heridas que la conflagración dejó a las naciones francesa y alemana, y que solo dos décadas después volverían a sangrar en una suerte de funesta revancha.


François Ozon es un especialista en adentrarse en las tinieblas del alma humana, como bien mostró en films como Gouttes d'eau sur pierres brûlantes (Gotas de agua sobre piedras calientes), Swimming Pool (La piscina), o Le Temps qui reste (El tiempo que resta), por citar a las que más celebré, y en esta su última obra no deja de diseccionar en esa oscuridad, para mostrarnos sentimientos contradictorios, atormentados, como los derivados de la trágica muerte de Frantz, cuyas circunstancias serán reveladas hacia el final del film, aunque para entonces aquello ya perdiera importancia para nosotros, más pendientes del desenlace del imposible romance de Adrien y Anna.


Anna es realmente la derrotada en esta guerra de trincheras, después de pelear con tanto valor por lo que quiere, primero en esa guerra por mantener viva la memoria, sin mostrar ni un ápice de rencor, consagrada a su pena y a los recuerdos de su prometido, después en el combate entre alimentar ese amor antagónico que le crece a medida que va conociendo a Adrien, deliciosamente narrado tanto en el ritmo como en las formas –el paseo por el campo, el baño en el río, las conversaciones intimas-, o desterrarlo una vez que conoce la terrible verdad que descubre, antes de su partida, el joven francés. Excepcionales las interpretaciones de los actores protagonistas, Pierre Niney, que ya tiene una extensa carrera en el cine francés (al que vimos en un pequeño papel en Les neiges du Kilimandjaro (Las nieves del Kilimanjaro), y Paula Beer, con una filmografía más modesta (debutó en 2010, en The Poll Diaries) sobretodo en los países de habla alemana, pero a la que la crítica augura una prometedora carrera.


Sentimientos reprimidos que buscan una salida, como los de Anna cuando se atreve a cruzar esa frontera, no solo geográfica, sino también emocional, una forma de intentar resolver el conflicto interior, una metáfora de otro conflicto, el que enfrentó a dos naciones en una guerra cruel, con réplicas que, ocuparon buena parte del siglo pasado, y que se resolvieron con una suerte de asunción de culpas, más que de redención.


En definitiva, esta es una película con muchos temas transversales, que ofrece varias lecturas, y que merece la pena recomendar a aquellos que no temen hurgar en las heridas del pasado, en las íntimas y también en las colectivas.

AngeloNero

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