domingo, 5 de septiembre de 2010

La cama


No he respondido a la llamada. Al cabo de un rato, he escuchado la voz de Carmen en el contestador.
”Han dejado una cama en la esquina de Urgel con Mallorca. De los sesenta, buenísima. Llámame, me quedo ahí esperando para que nadie se la lleve”.

Tengo que hacer algo. Está llenando el loft.
”Con lo imprescindible, justo lo que necesitamos para vivir”, dice ella.
Ese no era el acuerdo. Habíamos hablado de un lugar para trabajar, de un espacio en el que cada uno se movería con libertad. Compartir, solo los gastos
Es verdad que pensé también en algo más, pero no se lo dije. Soy tímido, muy poco lanzado. Y ella me gustaba. Es tan decidida, tan directa, tan distinta a mí.
Aquel día le dije, exactamente le dije,
”¿Bajas a desayunar? Tengo que hablarte de algo”.
Y diez minutos más tarde, en el bar, le conté que me habían ofrecido un local industrial en Poble Nou y que me gustaría alquilarlo para tener allí el taller, pero que era demasiado caro.
En seguida me preguntó cuánto dinero pedían por él y los metros que tenía.
Quedamos en ir a verlo a la salida del trabajo. En su coche. Yo hace tiempo que voy y vengo en bicicleta.
”Estoy nerviosa”, me dijo al arrancar. Y puso su mano en mi pierna.
Luego empezó a hablar sin descanso. Me preguntó cómo lo había conseguido, qué clase de contactos tenía yo, pero no me dio tiempo a responder. Me explicó que estaba harta de trabajar en la empresa, que le cortaban las alas, que no podía esperar más y quería instalarse por su cuenta.
Volvió al tema del local y pareció muy admirada con mi suerte.
”Si están buscadísimos, ¿cómo lo has hecho?”, se preguntaba.

Cuando llegamos todavía entraba la luz. Los ventanales eran muy grandes, se veía la calle sin árboles y alguna fábrica abandonada.
”Casi doscientos metros cuadrados en dos plantas”, le dije.
”Fantástico, fantástico”, exclamó. “Tú arriba y yo abajo. ¿Te parece bien?”
Se descalzó y caminó sobre el suelo de cemento con los brazos abiertos, como en las películas.
”Es que ya lo estoy viendo”, decía andando de un lado a otro. “Aquí una mesa enorme, grande de verdad. Me gusta extender las telas, nada de muestrarios”.
Miró hacia arriba y se entusiasmó con las lámparas.
”Perfectas, esas no las tocamos, son de diseño antiguo, de nave industrial, qué pasada”.
Entonces me abrazó, después de lo de las lámparas. Me apretó muy fuerte la cintura. Es tan pequeñita.
Yo me quedé quieto, no sabía qué clase de abrazo era.
Después subió las escaleras, pero su perfume se quedó abajo.
”Aquí han dejado unas cajas de madera”, gritó. “Sobre todo que no se las lleven”.
Al salir tomamos unos vinos y hablamos de dinero. Ella no parecía darle importancia, me dijo que si podía, si no me iba mal, dejara yo el importe del depósito. Que se había quedado sin efectivo después de las vacaciones; sin cash, dijo, pero que estaba a punto de cobrar un trabajo independiente.
”Te lo daré en seguida, no te apures”.
”No pasa nada”, le dije. Era verdad.
Me gustó el acuerdo. Cada uno lo suyo. Me pareció que todo sería fácil.

Aquella noche, mientras cenábamos, hablé con mi padre. No dejaba de llevarse la cuchara a la boca, pero movía la cabeza y me miraba con los ojos un poco cerrados, con atención.
”No quieras ir demasiado aprisa”, me dijo.
Luego nos sentamos en el sofá los dos y miramos un concurso de palabras difíciles en la televisión. Parecía que mi padre siempre las conociera.
”Eso mismo, sí señor”, decía. Siempre repetía la respuesta del concursante.

Dos semanas más tarde nos instalamos en el local. Yo llevé poca cosa. La mesa de caballete, el ordenador, unos libros y una lámina de Rothko. Compré unas estanterías metálicas, pero todavía no las he montado.
La ayudé con sus muebles. Unos sillones muy grandes, una mesa antigua de madera maciza. ”Recuperada”, dijo. Y un espejo de casi dos metros, con un marco de acero, que encontró en un contenedor.
”La gente no sabe lo que tira”, me gritó desde la calle. “Baja, ayúdame”.
Fue una suerte que ella hubiera elegido la planta inferior.

No me acuerdo cómo fue la primera vez. Carmen estaba a mi espalda y me abrazó, pero no sé qué había ocurrido antes, por qué lo hizo. Sé que yo estaba muy cansado y tenía miedo de quedar mal. Que cuando se quitó la pinza del pelo y se le cayó al suelo, todavía era de día. Después no la encontrábamos, había oscurecido y tuvimos que iluminar con una linterna por debajo de las cajas. Ahí estaba.
También sé que teníamos sed y ella sentenció,
”Esto no puede ser, aquí falta una nevera y unas botellas de cava”.
Empezaron a llegar electrodomésticos. No solo la nevera, también un lavavajillas, un microondas. Compramos platos de porcelana y copas de cristal para la inauguración. Dijo que ni hablar del plástico, que daba mala imagen y que la fiesta se hacía para todo lo contrario.

Yo no hubiera querido despedirme de la empresa hasta tener algunos encargos, siempre fui prudente. “Miedoso”, precisó ella.
Pero no pude compartir mi horario de trabajo con las salidas, las compras, las visitas a nuevos posibles clientes. Había que dejarse ver. Había que arriesgarse.

Me lancé a la aventura por primera vez. Dibujé mis primeros proyectos y empecé a ser libre. Me sorprendía añorando el tiempo en el que soñaba con lo que ahora tenía.

Ella me acompaña cada día a mi casa en el coche. Yo ya nunca cojo la bicicleta. Mi padre la ha guardado en el trastero.
Por las noches me cuesta dormir. No estoy seguro de lo que hago, mi idea era otra, pero no sé cuál. Me imagino solo, estudiando, dibujando, mirando libros de arquitectos clásicos, paseando por el barrio y descubriendo restos de chimeneas del siglo pasado.
Me desvelo y entonces la imagino a ella, tan feliz, en la planta inferior, medio tumbada en el sillón moviendo las piernas como una tijera. Me llama con la mano sin dejar de hablar por teléfono. Yo la obedezco siempre, dejo lo que estoy haciendo y corro escaleras abajo.
Ella sostiene el auricular entre la mejilla y el hombro y se baja la cremallera de la falda.
Luego me obliga a esperar hasta que se despide, y eso puede llevarle mucho tiempo.
Trabajamos poco.

No quiero dejar mi casa. Mi padre y yo nos llevamos bien. Él se ocupa de todo. No es indiscreto, solo me pregunta qué tal me va y si voy a cenar en casa. Nos hacemos compañía, siento que me necesita. Sé que no va a ser así siempre, que un día me iré a mi propia casa y tendré mi família, vendremos a verle los domingos con un pastel de postre y nos quedaremos un buen rato mirando los concursos de la televisión.
Para eso falta tiempo, creo.
Todo ocurre sin que me de cuenta, no tengo tiempo de pensar, no puedo decidir nada.
Ahora Carmen ha encontrado una cama. Me ha dejado el mensaje en el contestador. Creo que la cama es un mueble definitivo.

Pero tengo la sensación de que ella tampoco me quiere.
María Guilera

4 comentarios:

  1. Me ha gustado, estas frases contundentes que a veces hay en los relatos, me encanta, como en este caso:
    "Pero tengo la sensación de que ella tampoco me quiere."
    Salud

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  2. me ha encantado este relato y me gustaría seguir leyendo más.

    bicos,

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  3. Muy bueno el relato.
    A veces las cosas nos van ocurriendo casi sin querer, por supuesto sin pensarlas ni decidirlas... por eso algunas relaciones surgen por inercia más que por amor.

    Besos

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  4. En mi nombre y en el de Grupo Karcoma, gracias por abrir la ventana a mi relato y permitir su lectura desde tu blog.

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