martes, 7 de septiembre de 2010

La ley de la selva


Su aspecto era esquelético, casi escuálido pero sin llegar a parecer famélico. El pelo escaso, con sangre africana, raptada en su hábitat y abandonada en tierra extraña. El corazón parecía que se iba escapar de su caja. Pero sabía que tenía que hacerlo fuese cual fuese el resultado. No poseía el miedo a los fracasos tan común entre los humanos. Estaba de algún modo programada y como cada noche que salía de caza, cumpliría escrupulosamente con su cometido. En otras ocasiones iba en manada pero la mayoría era lo más parecido a una fiera esteparia.
Salió con sigilo del callejón desde donde oteaba a las posibles presas y que era su seguro escondite. Era consciente de que todos los sentidos podían ser insuficientes en aquellas situaciones. Su olfato le guió hasta una pieza de bastante envergadura. Aquella hembra desarraigada necesitaba a la vez de la fuerza de la leona y de la agilidad de la gacela. Volvió a olisquear el relente de la noche que estaba impregnado de los efluvios de los otros animales mezclados con la sudoración de los árboles. Nadie le había enseñado nada de supervivencia. Lo llevaba dentro. El verde reluciente de su mirada brillaba en la oscuridad para no perder de visa la caza.
De repente se abalanzó sobre su presa que no tuvo tiempo de reaccionar. La tumbó boca abajo en suelo húmedo, le sacó la billetera y arrancó a correr un corto tramo de la Rambla hasta perderse por las estrechas callejuelas adyacentes ante la mirada atónita del despistado y obeso turista que vestía pantalón corto, gorra de béisbol y sandalias con calcetines. A pocos metros en el quiosco más próximo todo seguía con normalidad. Era la ley de la selva.


© Manel Aljama (septiembre 2010)

2 comentarios:

  1. Angel
    Una vez más gracias por elegir uno de mis cuentos. Sólo dejo unas palabras para su interpretación:

    Intento describir el ambiente en la parte final de la Rambla de Barcelona donde mujeres de origen africano son drogadas y explotadas como prostitutas y carteristas de turistas.

    He intentado ponerme en la piel de alguien que ha sido arrancado de su hábitat para ir a otro muchísimo peor y más despiadado.

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