sábado, 5 de marzo de 2011

Un cuento Chino

El 16 de marzo próximo inauguro en la Biblioteca de Andalucía, en Granada, una exposición en la que relato con imágenes y con palabras la experiencia de la adopción de mi hija. La muestra se titula “Un cuento chino”, y se compone de 13 cuadros acompañados por un relato compuesto también por 13 fragmentos, en los que he querido contar el viaje de ida y vuelta hacia la paternidad. Un viaje revelador a mi propio pasado y al renovado presente de mi familia. En sucesivas entradas iré descubriendo las imágenes y los textos hasta completar el relato total. Por supuesto decir que, como siempre, primero fue la pintura quien contó la historia, y después, de forma casi simultanea, fueron apareciendo en este blog unos textos que describían la misma historia que los cuadros, y que se abrazaron a ellos para contar a dos voces el mismo cuento. Por vez primera en muchos años las obras expuestas representan justo lo que necesitaba pintar, lo que quería revelarme a mi mismo, y lo que quería contarle al mundo.


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En el valle del Lijiang, la noche más corta del 4702, año del Mono de la Madera, nació una niña a la que llamaron Coral. Según el calendario chino los años regidos por el Mono de la Madera –madera sobre hierro– son turbulentos y provechosos, como la naturaleza misma del animal que los gobierna y la disonante relación entre el elemento madera y el elemento metal que la destruye. Cuentan en Oriente que los nacidos bajo éste signo son intuitivos, inteligentes, extrovertidos y memoriosos; que saben perdonar, pero no olvidan.

ORIENTE

Lejos de aquel valle, en la penumbra de una casa sin día, vivía un equilibrista al que una sombra negra había borrado la risa. Cierta mañana, cuando el Sol encendía el palacio de la colina roja, una mujer se presentó ante él y le dijo: “Oriente”. Después señaló un lugar en el aire y fijó con puntualidad exacta la hora de una cita.

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El equilibrista corrió sin pausa hacia la salida del Sol, atravesó siete aros de fuego por continentes de hielo y tundra, y llegó por fin al valle ardiente de los tigres y el bambú.

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En los bosques de Nanning cruzó su mirada con la de un macaco. Dicen que en el fondo de esos ojos se encuentra nuestro espejo más antiguo, pero lo que aquel hombre vio fue un desprecio feroz y el deseo agazapado de reescribir el comienzo del Génesis.

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Mientras tanto, cerca de los bosques, en la quietud de cera de un parque dormido, sometido el perro, la memoriosa Coral olvida y espera.

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A la hora señalada del día de la cita, sobre la esfera azul de los astros cardinales, dejando muchedumbres milenarias en el verde esmeralda del río, surgió luminosa la Estrella de Oriente.

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–No tengas miedo, dijo el equilibrista. Te he esperado desde el origen del tiempo para nacer en tu pupila y decir tu nombre. Nada temas –le murmuró convincente al oído–, subiremos a la Muralla y cruzaremos fugaces el firmamento hasta que muera el día.

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Terminado el viaje, la tomó en sus brazos y le fue diciendo: –Ven, ésta es tu casa. En verano jugarás en el amarillo que hay junto a la puerta, y desde las ventanas verás cómo los pájaros de la mañana despliegan sus alas para alcanzar las ramas más altas. Al principio de uno en uno, des-pués en bandadas frenéticas se reconocen y agrupan disputándose un lugar desde el que empezar el día. Todas las mañanas igual: pardillos contra estorninos, mirlos contra vencejos, palomas contra palomas y urracas contra todos. A veces el aire se estremece con la sombra del halcón y crece el silencio bajo la envergadura poderosa del águila. Al caer la tarde vuelven con estruendo a las ramas más altas, y se reconocen y agrupan disputándose un lugar donde pasar la noche. Los estorninos caen sobre los álamos, las grajillas se esconden en las rocas, las urracas acechan los nidos y la calma crece con la oscuridad. Todo vuelve a su sitio, todo queda ordenado en el valle del Genil.

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Transcurrido algún tiempo, cierto día sintió la mano de Coral cobijarse en la suya, y se vio de niño caminar junto a su padre, y una palabra triste se le enredó en la garganta.
–En las mañanas de otoño iremos despacio hasta el colegio y te enseñaré, antes de que aprendas la aritmética del verbo, cómo los días se acortan en noviembre y cómo en marzo brotan las primeras hojas. Que debajo del asfalto que pisamos hay un mosaico con delfines antiguos y una fuente con un grifo de bronce; y acequias que regaron los huertos; y casonas con escudos y patios donde descansaron los amos del mundo; y que muy cerca de allí, entre los juncos de una tarde amarilla, un hombre joven se conmovió extrañado al pensar su propio nombre.

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Con el esmero del labrador que abona la tierra, el equilibrista dejaba caer sus palabras.
–Caminaremos junto al río crecido por las lluvias del invierno que arrastran barro y piedras desbordando acequias, anegando huertas y cortando caminos. Te diré que este valle fue una montaña por donde la lluvia y la nieve limaron las rocas y sedimentaron el lodo hasta hacerse una cuna por la que llegar al mar. Aprenderás que los brazos de los pájaros se cubrieron de plumas para poder volar, y que los dedos de nuestra mano adaptaron su forma a la función de coger las cosas con destreza. Quisiera explicarte, hija mía, que las leyes primordiales de la materia construyeron el mundo que vemos, pero prefiero que mis palabras calen como la lluvia fina sobre la tierra fértil, y sientas en tu corazón la belleza irrepetible de este atardecer.


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–Mírame, escucha y no olvides –le previno una sola vez como el que extiende un bálsamo o dicta un testamento–. Viajarás abrazada a tu historia entre lienzos de oro y mares de seda. Serás Oriente en Occidente.

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Después del invierno, el Sol del equinoccio repartió por igual sus rayos sobre el mundo, devolviendo a los pájaros el color de sus plumas, el brillo a los ojos del perro altanero que guardaba el ingenio, el verde a la semilla seca, y al agua la vida nueva. Desde el fondo blanco de las curvas del río, llegó por fin la primavera.

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Un día le dijo: ponte seria, y ella pintó de oro el ánimo en penumbra del viejo equilibrista.

Juan Vida

4 comentarios:

  1. Me han atrapado estas pinturas, me guardo la página para leer la historia más despacio.
    Un hermoso descubrimiento. Gracias.

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  2. Maravilloso...
    Gracias por hacerlo conocer, Ángel.
    Me ha atrapado.

    Besos!!!

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