martes, 22 de marzo de 2011

"Siempre que sueño las playas, las sueño solas, mi vida."

Foto de Carvohe
Nunca parecía asustado, ese era el único don que se atrevía a exhibir, el resto se los guardaba para sí, a sabiendas, celoso, de lo que vale la información. Era un hombre consciente, a pesar de lo ausente de su mirada, sabía más de lo que aparentaba y callaba más de lo que decía.

En el barrio le conocían por esa supuesta valentía de corcho-pan, por aquel orgullo arrabalero que le hacía partirse la camisa y sacar pecho ante la más mínima afrenta; los que le conocían de verdad, tal vez, a sabiendas de las cartas que llevaba escondidas en la manga se atrevían a tachar tanta barrabasada de farol. Yo sigo sin tenerlo claro. A veces prefiero pensar que pintaban bastos y él tenía as y tres.

Dicen que la única diferencia entre un cobarde y un valiente es que uno sabe a lo que se enfrenta y el otro tan sólo cree saberlo; eso dijo Bukowski, supongo que para justificarse, era un viejo acojonado. No como este muchacho.

Bebía, como el viejo cabrón de Hank, también para olvidar, para olvidar que esto duele, que las cargas pesan, que mañana tocará volver a empezar, el bebía, bebía hasta poder permitirse el lujo de llorar, de aflojar la máscara o de apretarla con saña.

A cualquier otro le hubieran pedido cuentas, un “echa el freno”, “esto te va a acabar jodiendo”; pero que le echabas en cara a él, que aparentemente nada tenía en este mundo; una vida difícil sin muchas expectativas, eso tenía el pobre cabrón, “las oportunidades se las tengo contadas, no me venga usted a sisar ninguna”, le susurraba la vida y el asentía con todo el cinismo del que disponía. Apuraba el cubata, mataba el cigarro y echaba a andar, cruzaba los dedos, y se conjuraba, esperaba que la vida se hubiera equivocado al contar.

Si Da Vinci hubiera captado esa sonrisa suya, resignada, desdibujada, como reflejada en un espejo de carnaval, el arte tendría un digno arquetipo de perfección humana, un hombre dolido, que no cree en aquel cuento chino del rendirse. Pero no, Leonardo tuvo que retratar a aquella furcia andrógina... de errores está la historia llena.

De errores subsanables y de errores que acaban mal; muy mal.

La última vez que le vi era de noche, de un salto salió de las tripas de aquel bar, me vio y decidió acercarseme, él andaba torcido, y que coño, yo también. Cruzamos un abrazo y cuatro palabras, me pidió fuego y no pude más que encogerme de hombros, se colocó el pitillo en la oreja, que daba igual que encontraría algún mechero que robar.

Hablamos de los planes de la noche, nuestros caminos se separan, dijo ladeando la cabeza, y yo asentí; esta noche habrá bulla, gruñó mirando al tendido y yo me lo quede mirando, le pregunte si la había o él la iba a ir a buscar.

Que mañana te cuento. Que cuides, no te arriesgues; le pedí.

Cuando la mano es buena no hay riesgo; me soltó mientras me tendía esa zarpa, grande, callosa, dura, cómo él. Le despedí y se fue calle abajo.

Andaba con paso flamenco, sin miedo en la mirada, tarareaba con la cabeza y con los dedos se aliñaba el cigarro que yo no le pude encender.

Yela W
http://seisbalasensiberia.blogspot.com/2011/02/siempre-que-sueno-las-playas-las-sueno.html
,

1 comentario:

  1. Gracias mil por la propaganda y el bombo, el blog tiene muy buena pinta, voy a echarle un ojo a ver si me pierdo. Un saludo!

    ResponderEliminar