sábado, 12 de marzo de 2011

Haikú

Cenamos en el balcón aunque ya empezaba a refrescar. Me resistía a que se acabase el buen tiempo. Ignoraba los escalofríos que me recorrían la espalda.
–Quizá sería mejor recoger la mesa. ¿No tienes frío?
No respondí; le miré con curiosidad, como si fuese alguien a quien no conocía demasiado. Me llené la copa con el vino blanco que quedaba en la botella y pensé que a pesar de llevar tanto tiempo juntos había mucho que no le había contado. No eran secretos, ni nada inconfesable. Eran cosas mías que no había necesitado compartir. ¿Tendría él guardadas otras? ¿Sería posible descubrir algo nuevo y escondido, una vida que hubiera yo ignorado durante años?
–Ponte la chaqueta, no quiero entrar todavía. Siéntate un rato –le pedí.
–Voy a leer a dentro, ahí fuera no hay buena luz.
Hubo un tiempo en el que, por la noche, me ponía su bata larga y me gustaba envolverme en ella. Él metía las manos entre las mangas anchas y decía que mi piel era lo más suave que existía en la tierra. No eres como el resto de los humanos, ni siquiera de los mamíferos; éste es un tacto a medio camino entre la boa y el cisne. Eres una especie nueva, voy a tener que darle nombre, murmuraba. Respiraba junto a mi oreja y ese aliento cálido me impulsaba a abrazarle. Nunca supe qué responder cuando me hablaba de ese modo. Él era un poeta y yo una recepcionista de hotel.
En esos días nos quedábamos en la terraza fumando un cigarrillo compartido. Ahora hacía tiempo que no fumábamos, pero yo seguía deseándolo. No se lo decía, pensaba que era mejor no hablar de eso, no tentarle. A lo mejor él ya había olvidado el humo. Como lo de mi piel.
Escuché las risas de un grupo que salía del bar de la plaza. Nosotros nunca salíamos con otra gente. Él decía que estaba cansado del ruido, que pasaba tantas horas entre gritos que el silencio era lo que más necesitaba. No hubo nunca cenas con amigos, ni siquiera hubo amigos. Me había contado historias de cuando iba a la universidad. A él le parecían muy divertidas, pero yo no comprendía casi nada. Dónde están ahora esos compañeros, le pregunté un día. Y me respondió que todos se habían vuelto unos imbéciles y que no tenía nada en común con ellos.
Me apoyé en la barandilla y sonó el teléfono en el bolsillo de mis pantalones. El gerente me pedía cambiar el turno, mi compañero estaba enfermo ¿Podía ir el domingo? Le dije que sí, que no se preocupara.
No me importaba trabajar los días de fiesta. Él dormía casi toda la mañana y luego leía un par de periódicos hasta la hora de comer. Por las tardes corregía los ejercicios de sus alumnos mientras yo planchaba o miraba una película de la televisión. Nada de particular.
Una polilla golpeaba la luz de la terraza. Pensé en si nada iba a cambiar, si todos los domingos serían así el resto mi vida. Me hubiera bebido otra copa, pero ya no quedaba vino en la botella. Ahora los del bar estaban justo debajo de nuestro balcón. Imaginaba cómo sería estar ahí, quedar para la próxima cena, colgarme del brazo de alguien, despedirme de los demás y andar hasta nuestra casa despacio.
La polilla cayó sobre la mesa. Intentó volar de nuevo y al cabo de un rato se quedó inmóvil. Cuando ya parecía muerta se arrastró torpemente hasta el borde del cenicero. Levanté la botella y las copas y sacudí el mantel entre los barrotes. Luego entré al comedor. Él estaba dormido con el libro entre las manos y la cabeza ladeada. Pensé que se había hecho muy mayor, las mejillas le caían y, aunque seguía peinándose con una coleta, tenía poco pelo. Me parecía muy atractivo, quizá más que antes, y me hubiera gustado que despertara con las ganas de hablar de hacía siete años, cuando me explicaba las poesías que yo nunca conseguí entender. Tan bonitas. Ojalá me tomara la cara entre las manos como entonces y me dijera otra vez que yo era un haikú. Eres un haikú, el único perfecto que he tenido entre los dedos. Sutil, natural, exacto, precioso. Qué es un haikú, le pregunté, y él se fue a buscar un libro pequeño y cuadrado de tapas negras y muy brillantes y empezó a leer frases cortas. Al final, en las páginas en blanco, escribió mi nombre en japonés. Luego fuimos a tumbarnos en aquella cama extraña, el futón al que ya me he acostumbrado, y me pidió que adivinase qué animales dibujaba su dedo en mi espalda. Una serpiente, dije. Pero qué serpiente, hay muchas, dime cuál. Una boa. Y ahora, siguió, éste es muy difícil, concéntrate. Ya lo sé, un cisne, un cisne blanco.
El grupo del bar se despedía. Me levanté y fui a buscar el despertador. Mañana iría a trabajar pronto. Busqué en las estanterías el libro de tapas negras y brillantes y lo encontré. A la izquierda, los dibujos a plumilla, los símbolos delicados y negros que no podía descifrar. A la derecha, las palabras que yo podía leer, la traducción que él había tardado todo un invierno en terminar mientras le miraba sin poderme creer que aquel hombre me quisiera.

Acabado el monzón,
por los pliegues del monte
sube reptando la niebla

Todo va fluyendo,
los sueños de las libélulas,
en las burbujas del agua.

En el hotel, los domingos no hay demasiado movimiento, tendría tiempo. Leería despacio, reseguiría con la punta de los dedos cada línea, movería los labios repitiendo las palabras sin que nadie me oyera; cerraría los ojos, aprendería.
En algún lugar debía estar escondido el secreto. Cómo podría mezclarme entre los versos, ser yo un dibujo en tinta negra. Boa y cisne otra vez. No una polilla golpeando la luz en un balcón, al final del verano.
Maria Guilera

4 comentarios:

  1. Madre mía, qué hermosura.
    Me ha encantado, Ángel.
    María, eres una escritora sublime. Y los haikús son maravillosos.

    Gracias a los dos por tanta belleza.

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  2. Ángel, te agradezco tus visitas, no por esporádicas menos fieles, y la difusión que haces de nuestro blog Karcoma.
    Un abrazo y una pregunta: "El lector impenitente" es tu blog? Me parece una maravilla.
    María.

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  3. María, un escrito excelente. Me ha enamorado desde el principio, ciertamente.
    Ángel, muchas gracias por compartir esta belleza literaria. Te tendrían que poner un pedestal, porque siempre llevas lo mejor.

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  4. Es un sindromre. Yo lo llamo, el NO poder de la conquista.. entre otras cosas.

    Maravilloso relato!
    un abrazo, sila

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