viernes, 10 de marzo de 2017

Yo, Daniel Blake



En una época en la que cualquier agresión social por parte de los poderes públicos pasa por delante de nuestros ojos, sin más que provocarnos espanto y a lo sumo indignación, Ken Loach y Paul Laverty nos "escupen" a la cara la maldad del sistema impuesto y fundamentalmente también la de los "cómplices necesarios" que la hacen posible, porque si no colaboráramos como lo hacemos, nada podría ser igual de canalla.


De esta película hay quien dice que es igual a las anteriores de este director. Gracias a dios, es verdad, porque está uno harto de que los grandes éxitos nos hablen de acción, violencia con efectos especiales, soluciones de superhombres frente a problemas de índole cósmico.
Loach lleva toda la vida denunciando las agresiones de los poderosos capitalistas, de los políticos que los necesitan para proseguir sus carreras, de unas clases medias ciegas y egoístas a las que nada les importa la suerte de los más desfavorecidos, y cuando enfrenta esas agresiones siempre ha encontrado los verdaderos caminos de salvación en la solidaridad entre esos desfavorecidos.


Siempre molestaron sus películas a los poderes fácticos, pero ahora las enfrentan descalificándolas como didácticas, buenistas, ilusorias. Tienen que hacerlo así en una época que ya sufre la muerte de las ideologías, de las fes, de las utopías que han fraguado a través de los últimos lustros.
Porque las ideas, las utopías son más peligrosas para los explotadores, los acaparadores, en suma "los malos", que las armas más sofisticadas. Si las personas asumiéramos que tenemos en nuestra ética, en nuestro comportamiento las verdaderas fuerzas revolucionarias para cambiar un sistema social basado cínicamente en la libertad de mercado que lleva indefectiblemente a la miseria, a la pobreza, a la marginalidad, a la falta de oportunidades, a la muerte prematura...de millones de seres humanos; Si lo asumiéramos todo sería muy distinto.


Cierto que el protagonista está construido para llevar de la mano al espectador a través del laberinto levantado por las administraciones para enfangar la consecución de los subsidios, de las ayudas que en todas partes se tienden a disminuir, a hacer desparecer, a que los individuos que entran dentro del círculo de ayudas, subsidios se sienta una piltrafa sin capacidad de rebelión, imposibilitado para ello. Y lo logra.


La protagonista femenina, vive, educa, es ayudada y ayuda, una persona portadora de todas las esperanzas que necesitamos para seguir caminando en un mundo aparentemente sin salidas; eso es lo que quieren, que vivamos solamente preocupados en consumir, pasarlo bien, llegar hasta donde podamos en la escalera social, sin que nos tenga que importar nada hasta dónde puedan llegar los otros.


La tesis es clara, meridiana. En el mundo actual hay mucha gente que sobra pero a la que no se puede matar, no se atreven a tanto, por lo tanto, mientras se van muriendo y quejando, el estado se encuentra con un problema, qué hacer con ellos, cómo pararles los pies, de qué manera entretenerlos y confundirlos, parecer que nos preocupamos por ellos y los atendemos.
Ahí es cuando aparece el fenómeno burocrático, todo el monstruoso entramado de las conocidas como sociedades del bienestar, dícese del tinglado espantoso formado por asistencia social, oficinas de empleo, cursos, subsidios, paro, pleitos, apelaciones y demás papeleo limosnero (se trata de soltar lo mínimo posible y que esa cantidad paupérrima sea conseguida al precio de variadas vejaciones y penalidades. La humillación y la farsa como ingredientes fundamentales del espectáculo de la caridad estatal; te tratan como a ganado y te obligan a hacer un papel que nadie se cree, ni tú ni ellos. Mil formas de persuasión, trabas y obstáculos constantes, de apariencia inofensiva y de crueldad inusitada.


El mensaje es claro, te vamos a dar poco y ese poco lo vas a tener que pagar con sangre, a fuerza de vergüenza), eufemismos de algo que no suena tan bien, es decir, barricadas, ejércitos que separan los dos lados, el de los que defienden sus privilegios frente a los que no cuentan, y en medio esos soldados en tierra de nadie, en la frontera, que por cuatro buenos duros (y mucha suerte que tienen) protegen el fuerte de los posibles invasores, por lo menos los marean, aturden y desesperan. Mano de obra que hace el trabajo sucio del poder. Ahí está una de las paradojas: todo ese chiringuito en realidad no ayuda a la pobre gente en lo esencial (son hipócritas parches en heridas sin remedio), no les da o busca trabajo (remedos en el mejor de los casos), justo al contrario, sirve para emplearse ellos mismos, aquellos que dan la cara ante los pobres.


¿Y de dónde salen esas muchedumbres de quejosos ciudadanos que se agolpan en esas oficinas esperando un turno que se eterniza? ¿Por qué?
Pues son la materia sobrante (antes se montaban guerras que solucionaban el problema de manera limpia y eficaz, la carne de cañón era eliminada y después, mientras se reconstruía, había trabajo para todo el mundo), formada por aquellos que no dan la talla, ya sea por incompetencia, enfermedad, mucha edad, inexperiencia, debilidad o muchas cosas más que vienen de mismo origen, nacieron en el lado equivocado y en el tiempo pernicioso, aquel que considera que el trabajo no es un derecho o un deber, ni siquiera una necesidad de reciprocidad en la que participamos todos aportando nuestro granito de arena, ni mucho menos algo a lo que obliga el sentido común si se quiere una sociedad justa y sana, no, se ha convertido, así nos lo venden cada minuto de cada día, en un bien precioso y muy escaso, oro puro, maná caído del cielo, milagro, aventura, lotería y maravilla, por eso se pasan los ratos hablando de la famosa "creación de empleo", porque consideran que hay que inventarlo, crearlo de la nada, sacarlo de algún sitio misterioso, arrancárselo a la tierra o al mismo Dios, ya que no existe ni se conoce su paradero. Todo ello acarrea consecuencias denigrantes, por ejemplo, la consideración del trabajo como un favor, pura compasión, que te hacen los gerifaltes para que no te mueras, por pena, y que por ello debes agradecer o suplicar, además de aceptar por cochambroso que sea o muy poco que te paguen; y por otro lado deriva en la sensación, de ahí la necesidad, la inevitabilidad, el interés por mantener siempre una hermosa cantidad de parados (es mentira que quieran erradicarlo), de competencia general, el todos contra todos en la búsqueda del trabajo perdido, la potenciación del sálvese quien pueda, la selva laboral, a ver quién acepta algo peor (y ahí aparecen los emigrantes como factor de cierre, atraídos por las empresas que buscan beneficios a cualquier precio y en colaboración con los políticos son expoliados ya que saben que ellos están en peores condiciones, se van a quejar menos y se puede abusar más, con lo que se demuestra fehacientemente que no interesa acabar con la falta de trabajo, si así fuera se daría a los primeros, no a los últimos, sino que solo les importa el mayor beneficio con el menor coste, caiga quien caiga).


Ya tenemos el cuadro completo. Privilegiados, barricadas o murallas (servicios sociales) y pobre gente + inmigrantes (doblemente desvalidos).
Este es el contexto en el que se sitúa esta película. Impecable y admirable ejercicio de lucidez respecto a un asunto cotidiano, vergonzoso y tan decisivo.

No te la pierdas.
Terminarás con ganas de que todo cambie, de cambiar tú.
NERI

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