miércoles, 8 de marzo de 2017

El Viajante



                  El cineasta Asghar Farhadi fue noticia en la pasada edición de los Oscar no tanto por su película como por su decisión de no acudir a la ceremonia en solidaridad con el resto de ciudadanos iraníes afectados por el veto migratorio de Donald Trump. 'El viajante' acabó llevándose el premio al mejor filme de habla no inglesa, una decisión que se ha leído sobre todo en clave política. Es verdad que en esta categoría competía una favorita de la crítica como la alemana 'Toni Erdmann' de Maren Ade. Pero no hay que olvidar que una de los anteriores películas de Farhadi, 'Nader y Simin, una separación' (2011), ya se alzó en su momento con la misma estatuilla, además de convertirse en la película iraní con más proyección internacional de la historia.


Tras el paréntesis francés que supuso 'El pasado' (2013), con 'El viajante' Farhadi regresa a Irán con un proyecto que recuerda bastante a su título más popular. Aquí volvemos a encontrar a una pareja como protagonista. Pero, al contrario de lo que sucedía con Nader y Simin, cuando arranca la película Emad y Rana se encuentran todavía en una etapa feliz de su relación. Acaban de mudarse a un nuevo piso. El anterior corría el riesgo de derrumbarse, así que han aceptado el primero que han encontrado a través de un colega de la compañía de teatro de la que son miembros. Todo ha ido tan rápido que la inquilina anterior todavía tiene allí sus cosas. Una noche, Rana aprovecha para ducharse antes de cenar mientras su marido va a la compra. Llaman al telefonillo y, confiada, abre la puerta antes de regresar al baño. Cuando Emad vuelve a casa, descubre que su esposa ha sido agredida. El ataque empieza a erosionar una vida en pareja que hasta ahora había transcurrido con total armonía.
Farhadi es un maestro a la hora de desplegar dramas personales en forma de 'thriller'.


Una tensión latente se apodera de 'El viajante' mientras los dos personajes se enfrentan de forma diversa a la agresión que ha sufrido Rana. Emad se lo toma a modo personal, como si la víctima hubiera sido él. En su interior va amasando una profunda sed de venganza espoleada por su obsesión por descubrir qué pasó exactamente. ¿Quién fue el hombre que asaltó a su mujer? ¿Tiene que ver algo la antigua inquilina en el allanamiento? Una furgoneta abandonada se convierte en la pista a través de la que seguir el rastro del sospechoso. Rana, mientras tanto, intenta sobrellevar el trauma a través de cierto mutismo y de aferrarse a la vuelta a la rutina.


El asalto a Rana juega un papel similar al del aborto de la asistenta en 'Nader y Simin, una separación' y al del suicidio misterioso de 'El pasado'. Además de convertirse en el enigma narrativo que da fuelle al 'thriller', también permite reflotar una serie de tensiones sociales, patriarcales y de clase que no resultaban evidentes en un escenario de presunta estabilidad.
El machismo se hace obvio por el simple hecho de que nunca acaba de quedar claro si Rana ha sido víctima de una agresión también sexual. El tabú en torno al tema acrecienta el malestar de Emad, a quien al principio del filme vemos mostrarse comprensivo ante el hecho de que una mujer se sienta incómoda por sentarse a su lado (o al de otro hombre cualquiera) en uno de esos taxis compartidos. La convicción de que la anterior inquilina era una prostituta y la sospecha de que el asaltante la confundió con su esposa parece herir su orgullo masculino. Otro vecino presume de cómo le ajustaría las cuentas al agresor, mientras todo el mundo tiene claro que es mejor no acudir a la policía, porque encontrarían sospechoso que una mujer abriera la puesta a un desconocido. A todo esto, el dolor de Rana queda en un segundo plano.


La tensión acumulada a lo largo del metraje desemboca en un tramo final en que Farhadi enfrenta a su protagonista masculino a un dilema ético que emponzoña todavía más su carácter. Para llegar hasta aquí, el relato ha dado un par de vueltas innecesarias, lo que da como resultado un filme menos fluido y más redundante que 'Nader y Simin'; una obra, en fin, a la que se le notan más las costuras y se le adivinan antes las intenciones.



 Los protagonistas representan a lo largo de la película, y en paralelo a su propio drama, 'Muerte de un viajante', de Arthur Miller. Los intervalos entre bambalinas nos permiten situar mejor a los personajes a través de su propia condición socio-cultural: son una pareja joven y moderna con intereses intelectuales e ingresos más bien modestos. No queda tan claro hasta qué punto la pieza teatral tiene que funcionar también como caja de resonancia del periplo de Emad, un personaje mucho más joven que el cuasi jubilado Willy Loman. Ambos comparten, eso sí, ese deslizarse por un abismo de decadencia moral del que no parece haber salida posible.
Eulalia Iglesias (EC)

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