viernes, 4 de junio de 2010

Giros de la memoria


La cocina de mamá era una enorme y preciosa cocina económica o bilbaína, aunque ahora, que tienen sabor a antiguo, rústico y a materiales “nobles”, sean caras. Tenía dos amplios hornos, herrajes dorados, como dorada era, la preciosa y gruesa barra que separaba cuerpos, de traidoras planchas ardientes, una pequeña puerta para cargar leña y la inferior en la que caía el combustible como volátil ceniza gris, luego de haber cumplido sobradamente su función. Los dorados lucían ese brillo con sabor a añejo, a cosa bien hecha, como la comida que se cocinaba en ella, como las manos que la bregaban con afán, destilando cariño e, incluso, pasión.
El espacio no era excesivamente grande para lo que se usaba en aquellos tiempos, pero sí lo suficiente para que, mientras se sucedían los largos, fríos y húmedos inviernos, en aquella enorme casa sin calefacción, fuera el lugar idóneo para cualquier comida. Junto al calor del hogar, arracimados en torno a las dos refregadas mesas, que había que unir para las comidas de tanta gente que tuvimos el placer de habitar tan sencillo, pero fértil y rico lugar, dando nuestra espalda o frente, a la vacía parra que cubría el patio. Había también un precioso y amplio vertedero (castellanizado de vertedeiro o vertedoiro, lugar donde se vierte algo, fregadero) de mármol blanco. A su lado, una airosa mesa, también de mármol, con patas de hierro, que se utilizaba para apoyar, escurrir y lo que hiciere falta. Además, un enorme aparador, cobijaba toda clase de útiles, apoyado por el del comedor cercano que guardaba otros, sencillos, pero más importantes.
Aquella cocina era algo especial, pues las personas que la poblaban y hacían funcionar, también lo eran. Mamá, no se podría concebir sin el acto de cocinar y de reunir gente alrededor de una mesa para saciar apetitos y dar gusto y placer al paladar. Creo que amaba obsequiar a los demás y, ante el fogón ella era de las mejores. Había sabido trasmitir a las otras mujeres que la rodeaban, todas sus sabias maneras. Y aquel universo, con sus aromas, era una constante tentación para todos.
En aquel recinto siempre había algo que hacer y, a pesar del trajín (o precisamente por él), recuerdo que, durante alguna época, los hombres del pueblo iban por allí a tomar “una taza”. Así, el ambiente a determinadas horas, se traducía por el del bar de enfrente o un anexo del casino, que también estaba situado enfrente. Se pasaban a tomar un vino, pero sobre todo lo hacían para charlar, cambiar impresiones en buena compañía e, incluso, a escuchar en la radio “el parte”, que no era otra cosa que las noticias, aunque ahora yo deduzca que les llamaban así por los “partes de guerra” que habían “sufrido” no hacía demasiados años y que se les habían quedado prendidos, junto al dolor. Y, todo ello, aderezado con el delicioso olor que nacía del hogar y que hacía atractivos los manjares, por muy humildes que fueran.
De paso, si podían o les dejaban, picaban algo. Así veía yo, por allí, a algunos de los entrañables personajes que poblaron mis infancias. Casi siempre de profesiones liberales, desocupados o rentistas, que también había. Los demás, como la mayoría en el pueblo, tenían sus ocupaciones pero, a pesar de ello, cuando el horario se lo permitía, se acercaban a enterarse de las nuevas o discutir sobre ellas.
Mamá, con el apoyo de Madrina, Amparo, una etérea Eva (que entraba y salia) y una paciencia infinita, aguantaban todo aquello como si fuera lo más normal del mundo. Seguían a lo suyo, como si nada, con una total tranquilidad, sonriendo casi siempre y, exponiéndose además, a las pullas, cosquillas o lo que fuere. Todo dependía del ambiente que se respirara y del humor de los protagonistas, de la gravedad de situación nacional o internacional o de los goles de sus equipos. Los demás habitantes de la casa nos pasábamos continuamente, para husmear e intentar alguna rapiña.
Alguno de aquellos aromas forman parte de mi cultura olfativa y no los podré olvidar nunca pues en aquella cocina, sabían mimarnos y se esmeraban porque cada uno de nosotros, tuviera su bocado, incluidos los visitantes.
Mamá era una artista y yo no tengo duda de que, de haber nacido más tarde, hoy estaría entre los nuevos viejos cocineros.
Guardo especial memoria de unos sabores que no he vuelto a disfrutar desde entonces: empanadas de lomo (raxo) y de congrio, los grelos sin terminar de cocer, que ella me acercaba a media mañana, mientras yo estudiaba, con unas gotitas de aceite de oliva, las verduras cultivadas por el Portugués en aquella fértil tierra. Nada sabe igual ahora.
La cocina con sus sabores y sus gentes, además de las que llegaban, con el total y absoluto dominio de la humanidad de mamá, crepitaba con la leña, vivía y nos hacía un poco más felices. Aquella pequeña pero gran mujer, con su práctica y delicada inteligencia, la abarcaba entera y la dirigía tan sutilmente, que daba la impresión de que nada se imponía a nadie.
Mamá, con su dominio e imaginación al servicio de todos nosotros, todavía tenía tiempo para mirarte profundamente y preguntar: “nena, ¿qué te pasa?”, cuando realmente algo sucedía.
Nota.
Rehecho sobre la base de otro antiguo.
Imagen: Elia Fuentes, Seixo, Xalundes.
Publicado por fonsilleda
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