sábado, 19 de junio de 2010

La pesadilla



No era una mañana mas, algo me decía que iba a pasar algo pero no sabía qué. Me levanté como todos los días a la misma hora y con el singular ruido de mi despertador. Me siento en mi cama grande, confortable, situada en una amplia habitación cálida e iluminada. Un ventanal que muestra el exterior en forma de cuadro.
Observo con detenimiento esa mancha negra que contrasta la almohada blanca, congelada en el tiempo, a la espera de nada ni nadie.

El siempre en la misma pose, inmerso en un sueño profundo y sin perturbación alguna. Todas las mañanas se despierta una hora mas tarde que yo. Cuando me despierto lo observo unos minutos para llevarme una foto de él y luego me alejo de la habitación, recorro el pasillo y bajo las escaleras con la tranquilidad de que todo está en orden. Voy en busca del desayuno, ese ritual previo al resto del día. Hoy algo sucedería, tenia ese presentimiento desde el momento en que mi cuerpo y mi cama dejaron de ser un solo objeto.

En la planta baja diviso su cartera arriba de la mesada. Estaba abierta como invitándome a ella. No soy de hacer esto pero hoy todo es distinto. Me acerco y con culpa la reviso. Cartas de alguien, una tal Marisa. No era amiga de la familia ni conocida nuestra. Leo con detenimiento mientras me preparaba para lo peor. Palabras y frases como puñales. No podía creer que estaba en presencia de mi engaño, del fin de una relación y del principio de otra. Se hacia cada vez mas difícil sostener ese papel entre mis manos, era filoso y quemaba. ¿Qué debo hacer?, era el único interrogante que se me manifestaba, cuya respuesta no estaba o no quería que esté.

Me conozco, ese era mi terror más grande, mi reacción podía no ser la adecuada pero ya no me importaba nada. Era tanto el dolor que el corazón no piensa, y eso me asustaba. Me acerco al bar en busca de un trago que me tranquilice pero nada era suficiente. En ese mismo instante oigo un grito. Era él, pedía ayuda. Me nombraba entre lamentos. Corrí con fuerza hasta esa escalera sin fin, hasta ese pasillo interminable, hasta esa puerta que en ese momento separaba lo que nadie nunca soportaría ver. Su cuerpo sin vida, sus ojos perdidos en un mundo de arrepentimientos. No, seguía allí, como la última vez que me fuí; quieto y callado.

Me siento en mi cama, lo miro y no podía entenderlo. Me recuesto sin saber que hacer y me duermo profundamente buscando la cura de todo el dolor. Al despertarme todo había cambiado: mi habitación ya no era amplia ni cálida e iluminada, la cama había dejado de ser grande y confortable; todo parecía un sueño.
Y cuando de repente miro que mi ventanal ya no es un cuadro y que fué remplazado por barras verticales, como jaula sin salida.

Me dí cuenta que no era un sueño, si no más bien el principio de mi pesadilla.
Publicado por Lucrecia Borgia
http://elmundodelucrecia.blogspot.com/

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