El Séptimo piso

El séptimo piso



Nadie hablaba de la agencia Vértice sin bajar la voz. No figuraba en anuncios ni patrocinaba eventos, pero su nombre circulaba como un susurro entre artistas y productores. Ocupaba el séptimo piso de un edificio sin encanto, en una calle donde las farolas parpadeaban incluso de día. Desde fuera, no parecía un lugar capaz de fabricar estrellas ni de destruirlas. Justamente por eso lo era.

Álvaro recibió la citación a las 22:47. La hora exacta le provocó una incomodidad difícil de explicar. El mensaje era breve, impersonal, imposible de rastrear. “Audición privada. No traigas acompañantes.” Aquella precisión no era una cortesía, era una advertencia.

Al entrar, notó que el aire estaba demasiado quieto. En la sala de espera, una docena de sillas idénticas formaban una fila perfecta. Sobre la pared, retratos en blanco y negro de artistas conocidos… o que alguna vez lo fueron. Sus sonrisas no transmitían éxito, sino agotamiento. Algunos nombres habían sido raspados, como si alguien hubiera intentado borrarlos a conciencia.

La recepcionista no parpadeó cuando él dijo su nombre.
—Ya sabíamos que vendrías —respondió.

El representante lo observó como si no fuera la primera vez que se veían. Le habló de disciplina, de control, de la necesidad de “optimizar la identidad artística”. No mencionó contratos, solo consecuencias. Álvaro sintió que aquella reunión no era una oferta, sino una evaluación.

Las semanas siguientes fueron un descenso lento. La agencia intervenía en todo: qué decía, qué callaba, cómo se vestía, qué recuerdos compartía en entrevistas. A veces, Álvaro encontraba correcciones en su correo antes de haber escrito nada. O respuestas enviadas desde su cuenta que él no recordaba haber redactado.

Empezó a dudar de su propia memoria.

Un músico de la agencia se despidió una noche diciendo que se iba “por decisión propia”. A la mañana siguiente, nadie recordaba su nombre. No figuraba en registros internos ni en archivos digitales. Las búsquedas no devolvían resultados. Era como si jamás hubiera existido. Álvaro entendió entonces que Vértice no borraba carreras: borraba identidades.

Intentó marcharse. No hubo amenazas directas, solo una calma excesiva. Nadie lo detuvo. Nadie lo llamó. El silencio fue peor que cualquier persecución. Sus audiciones desaparecieron. Su reflejo en los escaparates empezó a resultarle extraño. En ocasiones, alguien lo saludaba por un nombre que no era el suyo.

Meses después, la agencia cerró. Sin explicaciones. El edificio fue vaciado en una sola noche. Los antiguos representados empezaron a reaparecer, aunque algo en ellos parecía incompleto. Hablaban de lagunas, de años difusos, de recuerdos que no encajaban.

Álvaro creyó que todo había terminado.

Hasta que una madrugada despertó con el teléfono encendido. En la pantalla, un documento abierto: un contrato que no recordaba haber firmado. Su nombre figuraba en la primera línea… aunque la firma no se parecía a la suya. O quizá sí.

Oyó un sonido en la calle. Se asomó a la ventana. En el edificio de enfrente, un nuevo logo se iluminaba lentamente. Distinto diseño, mismo séptimo piso encendido. Durante unos segundos, le pareció ver su rostro proyectado en el cristal, mezclado con otros, superpuestos, como capas mal borradas.


El teléfono vibró una última vez.

“Felicidades por tu reincorporación.”

Álvaro intentó recordar cuándo había decidido volver.

No lo consiguió.

 

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