sábado, 10 de mayo de 2014

Dame a luz en la oscuridad


Sostengo en mi mano derecha, la que secuestra caricias en los lupanares del asco, un cubilete de palabras secas.
Agito mi mano derecha, remuevo las palabras agotadas, lloriqueantes, y las lanzo en el tapiz desaparecido de mi mundo...

Y compongo con ellas el último poema, enfermo, que escribiré jamás; sobre ese tapiz descompuesto: sobre esta mentira que me absorbe. Agité el cubilete enmascarado y lo arrojé al vacío.
Ordeno las palabras, desordeno el sentido, claudico en su sintaxis...
Sonrío sin gracia y me despido de nosotros...

Una vez hecho esto, separo lo que soy de lo que fuera (fui), lo que seré de lo que ya nunca más, y me atrevo a distanciarme de ese modo, a encenderme con la mecha semántica de cualquier principio inimaginable (narrado), porque sopla una suave brisa de niebla desde el sur de ningún cuerpo de este mundo... y digo:

«A lomos de caballitos de mar, remonto las olas esqueléticas de la playa de tus ojos... Segrégame en tu mirada, sorbe la espuma que efervescente supura esta cabalgada por la comisura de tus párpados...
Estoy a punto de nacer. Tu boca es una cesárea deliciosa preñada de calientes jugos que abrazan mi frío, mi miedo atávico a la vida. Estoy a punto de no haber existido jamás, entre tus brazos labiales, dentro de la maravilla desubicada de tu útero evanescente...
Tararea esa melodía que nos regaló el silencio...
Dame a luz en esta oscuridad salpicada de ti, de los latidos reflectantes del horizonte doblado como una esquina para nosotros. Como una esquina a escasos metros de distancia... A la vuelta de la esquina... Nos espero a la vuelta de la esqui...

Me tumbo en medio de la playa, en medio del invierno, ahora que no he vuelto a ser yo nunca más, ahora que me desangro a siglos de distancia en cualquier lugar desconocido de vete a saber qué universo; me tumbo en el silencio provocado por mi muerte (nuestra muerte, cariño) y espero, envuelto en la bocanada de tu parto inexplicable, el huracán que destroce la espera, que enarbole nuestros cuerpos imposibles en la cima de los mundos, como una bandera de esperanza delicada desafiando los designios de todo aquello que nos condenó... hace millones de años, en el corazón inexpugnable de Dios...


(Grita con fuerza... Te oiré...)

Alberto Trinidad

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