La piel enamorada

A. Mora

Un hombre puede conseguir ser un náufrago durante cien años y que la barba no le llegue hasta los pies. 
Pero conquistar a una sirena requiere el valor de un marinero audaz, sordo y ciego, la mirada de un seductor, la caricia sibilina de las algas silenciosas, el aroma de las azucenas de mar y un fondo musical de arpas submarinas. 
Yo no poseía nada de eso, y sin embargo, cuando deshilachaba las nubes del atardecer en la playa para tejer mis poemas, una sirena se acercaba a la orilla para escucharme. 
Las olas se aliaban con ella y lanzaban su espuma sobre mi cuerpo para apoderarse de mis versos. 
Cuando una ola más potente me arrastró hasta ella y rocé su espalda desnuda, encontré el tacto de mis poemas grabado sobre su piel.
P. Menaya 


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