sábado, 8 de noviembre de 2014

Me gusta el otoño.



Y me gusta este octubre contenedor de nostalgias, hacedor de esa saudade que te acompaña a la barra del bar, que bordea contigo la taza de café desde primera hora, que transita las calles asida a tu cintura, que comparte asiento junto a ti en ese tren lento de alta velocidad, que mira por encima de tu hombro lo que lees, que se traviste en musa y te empuja a madrugar un domingo para esculpirle un pie letrado a tu punto de mirada, que resucita los recuerdos, que acentúa las preguntas sobre qué andará haciendo éste o aquélla, que cultiva los olores yermos, que descompone las emociones, que esconde las aceras bajo un manto de hojas suicidas, que puebla de ocres los caminos que conducen a los sitios acordados y que convierte los campos en lienzos donde la tristeza en un destino y no una consecuencia.

En la cafetería donde estoy ahora, los cristales han mudado en una improvisada pizarra donde las gotas reescriben los torcidos renglones de ese Dios que hizo el mundo en siete días y se quedó tan pancho. Se nota que estamos hechos con prisa, revestidos de sobras, creados a imagen y semejanza de la palabra caducidad y que duramos lo que dura un corto invierno, una margarita en manos del enamorado indeciso y primaveral, una canción del verano y una berrea otoñal con final feliz.

Comparto escenario con un niño acoplado a una “Tablet” de ultísima generación, un abuelo que lee a su lado la prensa cargada de goles, de metas, de cimas, de carreras y de la infinitud del tablero deportivo. Junto a los ventanales por los que desciende la lluvia, una mujer de edad mediana, de melena lacia y oscura, toma una infusión, pasa sin ganas las hojas de un periódico que no distingo y de vez en cuando atiende los silbidos suaves que emite su móvil. Ahora me descubre observándola, disimulo la vista hacia esa calle anegada y regreso a esta pantalla en la que confluyen los ecos del pasado y las pisadas del presente.

Decido que no tengo nada más que contar. Que la morena lacia que estaba cerca de mi mesa se ha marchado, que el nieto ha desconectado de la tecnología, milagro, y habla con el abuelo que le cuenta no sé qué de cuando era pequeño también y se entretenía con un muñeco de trapo ataviado de ilusión, que las camareras echan de menos los días de sol, como yo no, y en la puerta, una anciana amarra su perro a un reservado para mascotas que tienen prohibida la entrada.

Decido dejar de escribir y disfrutar de un par de capítulos de EL AMANTE, del escritor israelí Abraham Yehoshúa.

Decido que voy a pagar estos dos cafés. Decido también que cuando salga acariciaré el pelaje mojado del perrito que aguarda bajo una lluvia intermitente y que proyecta su tristeza desorbitada hacia el interior del local intentando localizar a su dueña que acaba de pedir un café con leche y una madalena enorme.

Y regresaré al piso nuevo, la ciudad donde siempre es otoño.


Publicado por Mario

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