viernes, 28 de noviembre de 2014

Perlas negras.


Sus ojos brillaban como dos perlas negras a la luz de la luna ¿De donde había salido toda esa luz? El blanco de su cara, ese que tanto me gustaba criticar dado mi cariño hacia el calor del sol, hacía de lienzo para una mirada que me partía en dos. Un cerquillo curvo apenas dejaba ver sus cejas levantadas, era un gesto de entre sorpresa y alegría que me miraba con los ojos muy abiertos. Evité el sobresalto, yo estaba pero a la vez no estaba ahí ¿Qué estaba pasando?
Me perdí en su pelo, elegantemente peinado hacia atrás. Un broche con forma de óvalo lo abrazaba y resguardaba, como con miedo a dejar esa oscuridad inundar la habitación. ¿Había una habitación? ¿Por qué de repente no hay nada? Lo veía caer como una suave caricia de tinta que enmarcaba su dibujo y recorriendo ese marco fue que el reflejo plateado del borde de uno de sus pendientes me gritó. Tenía una forma muy parecida a la del broche, un óvalo prolijamente decorado con trisqueles, aunque éstos eran cinco y bastante más pequeños. De ellos caían a su vez pequeñas hojas plateadas que se movían y sonaban con el viento. ¿Podía escuchar eso? Las hojas se veían muy pequeñas para emitir algún sonido.
¿Y había viento? Sí, viento. De alguna manera mis ojos siguieron la dirección de un mechón que se desviaba de su curso, como hipnotizándome. Obligándome a seguir sus designios, me paseó por su pequeña y simpática nariz, y cuando yo justo estaba por sonreír recordando los infortunios por los cuales me reí de ella, como para castigarme por ese atisbo de atrevimiento, una fuerza increíble se llevó mi mirada de ahí hacia donde yo sabía que sería la perdición...
Esa boca me miraba, se reía de mí. Alguna vez la había advertido de mis debilidades, esas cosas que uno hace por pura idiotez. Era como una sonrisa con forma de beso. Fuego rojo con encarnado en los labios de una mujer. Saboreé mi propia boca, tragué saliva, de repente moría de sed.
Por un momento lo vi todo, todas las piezas juntas. Al momento de poner todas esas partes en un mismo lugar, me vi a mi mismo adquiriendo su gesto, de entre alegría y sorpresa, pero completamente deslumbrado. De seguro era la luz, había mucha luz, como si la acariciaran cincuentas lunas llenas. ¡Cómo me ponía la luna llena! ¡Cincuenta lunas me iban a volver loco! ¿Por qué había tanta luz? ¿Por qué había tantas lunas? Si yo me había ido a dormir a la tardecita y mi luna era una sola.
Me fui a dormir con el enojo para olvidarla.
Me desperté sólo para darme cuenta de que no dormía sólo con el enojo, que había muchas otras cosas y que no quería olvidarlas.

 Ottar

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