viernes, 30 de septiembre de 2016

Cien años de Perdón


Mientras en el Congreso siguen tratando de clausurar el mandato político con mayor número de casos de corrupción de la historia de la Democracia española, la cinematografía patria parece haber encontrado en el thriller el perfecto catalizador para despertar al fin de ese letargo que le hacía reaccionar con torpeza y pudor a su realidad circundante. Enrocado en un revisionismo histórico perezoso, el cine español se ha mostrado tradicionalmente incapaz de atender a la realidad social del momento sin salirse de las vías de un desgastado modelo de cine social de brocha gorda que nunca entendió que la forma también es fondo. Aún más, y más alarmante, resulta vislumbrar que en la eterna marejada de la cuestión del “cine español” pesaba hasta hace poco una especie de "pacto de no agresión" por el cual, en pos de una industria unificada, se habría de apostar por un cine comercial apolítico y conciliador; una auténtica pantomima que, por omisión, no hacía sino reflejar una ideología apoltronada y conservadora.


Por eso se agradece la alegría de género con la que Jorge Guerricaechevarría (habitual partner in crime de Alex de la Iglesia) aborda de manera directa la insostenible situación de corrupción política que ha asolado al país en los últimos años. Cien años de perdón es una película sobre la corrupción en clave de sátira que se vale del molde del thriller de atracos como vehículo de fuga. Así, el relato del robo a un banco en plena Valencia, capital del gobierno corrupto del PP, golpea con el codo en las costillas de unos mandatarios que se verán caricaturizados en este ocurrente entramado que juega a situarnos en la tesitura de ladrón roba a ladrón. Efectivamente, al igual que en la reciente El Desconocido, el punto de partida parece ser la fantasía revanchista de la platea. Pero mientras el thriller moral de Dani de la Torre ponía en jaque ese sentimiento al llevarlo al límite, la cinta de Calparsoro se abona al cine de escapismo que busca, ante todo, que el espectador se divierta dedicándole un corte de mangas a los de arriba al menos durante un rato.


Desde el contundente inicio, en el que se introduce a los atracadores sin rodeos ni previo aviso, Calparsoro y su guionista desplazan el foco de atención al propio fracaso del plan, rompiendo rápidamente las expectativas del género – hasta los propios atracadores parecen cachondearse de los rituales del secuestro en la empresa financiera – para girar con ingenio hacia otro presupuesto: la imposibilidad de hacer una película de atraco-a-un-banco siguiendo el esquema habitual de héroes y villanos en esta España de 2016. En este sentido, mientras un sólido Luis Tosar parece representar la vertiente canónica, el grupo de actores argentinos que le acompañan aportan una mirada fresca, cercana al costumbrismo, que contribuye a dinamitar con gracia la idiosincrasia del atraco. Quizás porque, como se apunta con sorna, ellos ya están un poco de vuelta de todo esto.


En el transcurso del robo, Calparsoro se revela como un director que ha ido puliendo sus formas –
 siempre apuntando a lo físico y visceral - hasta llegar a una suerte de depuración en la que ya no necesita del artificio del golpe de efecto para mantener su perfil de mandíbula prieta. No obstante, alcanzada esta elegante concisión, se puede recriminar al director de Invasión la falta de arrojo para insuflar a sus productos de una mayor personalidad que los eleve a algo más que a un aplicado ejercicio de profesionalidad.


Una tacha que limita también a otros thrillers con los que comparte ADN (El Niño, El desconocido, La isla mínima) y ante la que se hace urgente la necesidad de replantear la identidad de este género en alza una vez superado el escollo de alcanzar la alta factura de los referentes estadounidenses. En la autoría incombustible de Enrique Urbizu, el mejor artesano en activo, o en Celda 211, en la que Daniel Monzón aunaba comercialidad con una personal puesta en práctica del cine de acción-reacción, el género tiene dos buenos espejos donde mirarse.


Por lo pronto, ya contamos con iconos propios - Luis Tosar y José Coronado - y en Cien años de perdón, con una solvente entrega.

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