La Grazia
No es una película, es un estado de ánimo
… ese estado de ánimo es del de cierto hastío vital.
La primera consideración que salta a la vista es que el presidente —interpretado magistralmente por Toni Servillo—, no parece ser de nuestra época. Hay que ir bastante atrás en el tiempo para encontrar en un mismo dirigente serenidad, elegancia, una gran cultura, inteligencia y unas fuertes convicciones morales. La duda no hace progresar ni a la película ni al personaje, y enlentece el metraje a un ritmo —acompasado por 'A Sparrow Alighted Upon Our Shoulder' y 'Manifest', de Jóhann Jóhannsson— que tampoco coincide con el nuestro. Muy al contrario que Mariano De Santis, el teatro político actual se asemeja más a un juego de marionetas que a un escenario poblado por personajes profundos —y pulidos hasta la saciedad— bajo la tinta de un dramaturgo.
La grazia nos presenta una figura que hoy resulta difícil de creer: un estadista que, ante todo, es un humanista. Recuerda a aquellos grandes presidentes de antaño —como un Benjamin Franklin o un Abraham Lincoln; en Europa, cuando llegó ese tipo de gobierno republicano, el perfil ya había cambiado—, que eran eruditos y pensadores antes que políticos profesionales. En ellos, la esencia precedía al cargo. Hoy, en cambio, parece mandar la forma, la etiqueta, la exterioridad. La película, por tanto, no solo plantea un dilema ético, sino que nos confronta con la nostálgica y casi quimérica figura de un presidente que encarna una autoridad moral hoy extinta.
La grazia es una película que se mueve en un territorio extraño y profundamente humano: el de la vida cuando ha perdido peso. Su protagonista, un presidente anciano, camina por el mundo como quien flota en un espacio sin gravedad moral. A cierta edad —parece decir la película— las grandes preguntas dejan de exigir respuestas, las convicciones se vuelven livianas y las certezas se evaporan. Lo único que permanece son las cicatrices.
La película construye un retrato delicado de esa levedad tardía —muy bien representado por un astronauta y una lágrima ingrávida, cual sustancia de la que está hecha la tristeza— donde la política, la religión y la responsabilidad pública ya no pesan, pero sí lo hace aquello que dolió de verdad. La vida se vuelve ligera, pero las heridas no. Y cuando el desgarro es demasiado grande, la cicatriz deja de ser un recuerdo para convertirse en parte de la forma misma del ser. Esa idea atraviesa toda la película: el cuerpo intenta reparar, pero el alma conserva la marca.
El film juega con el doble sentido del título: la gracia como don espiritual y la gracia como prerrogativa jurídica del perdón al reo. Ambas se vacían en manos de un hombre que ya no cree en la firmeza de nada, ni siquiera en la suya. La película no juzga: observa. Y en esa observación aparece una verdad incómoda y hermosa a la vez: vivimos dudando, pero actuamos como si no dudáramos.
La grazia es una obra sobre la fragilidad, sobre la duda como forma de sabiduría y sobre la manera en que las cicatrices moldean la identidad más que cualquier ideología. Una película que no busca respuestas, sino que ilumina la belleza —y el peso— de no tenerlas.
En la parte final, el protagonista afirma que “la gracia es la belleza de la duda”, y decide firmar la ley de la eutanasia, no desde la convicción, sino desde la aceptación de su propia incertidumbre. Reconoce que a cierta edad los hijos deben seguir al padre, pero que llega un momento en que debe ser al revés, y es su hija —jurista como él— quien le devuelve un peso moral que él ya no posee. En la entrevista final, confiesa que la vida es duda, aunque aparentemos firmeza, cerrando así el arco de un personaje que solo encuentra gravedad en la cicatriz íntima de una infidelidad pasada, la única verdad que nunca pudo indultar.
(C)Weinzhorn








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